Contigo ni de coña Capítulo 19 — Alba
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Capítulo 19 — Alba

Marcos ya no espera a que le pida las cosas dos veces.

No tengo que repetir las órdenes masticando la saliva caliente de la rabia.

Y yo, por mi parte, he dejado de medir cada palabra antes de soltarla, aflojando ese cálculo mental que me encogía el estómago por el miedo a que recibiera mis sugerencias como otra intromisión de mi mundo de pantallas en su cocina de humo y manteca, tan analógica, tan sorda a los números de mi cuenta de empresa.

Nos hemos ido acoplando el uno al otro como el cuerpo se acostumbra al bochorno de las doce de la mañana en este local: sin darnos cuenta, hasta que la piel deja de sudar frío y el aire, cargado de aceite quemado y humedad, simplemente se vuelve la única atmósfera posible para respirar.

Hasta Lola se ha dado cuenta. Esta mañana, mientras ajustamos el marco del primer plano y el trípode me hiela los dedos con su metal pelado, se me acerca con ese olor a colonia barata y tabaco que siempre la precede.

Me lo suelta con esa soltura gaditana tan suya, esa de quien no gasta energía en filtrar lo que piensa porque le pesa demasiado en la boca:

—Chiquilla, llevaba semanas sin ver a mi primo tan tranquilo en una cocina.

No sé qué responder. Me escuecen las mejillas por la quemadura sorda del foco y me limito a apretar los labios, a sonreír de lado y a seguir limpiando con la manga del jersey la lente de la cámara.

El comentario, sin embargo, se me queda atrancado en el pecho, molestando como una miga de pan durante toda la mañana, como una pregunta directa para la que no tengo respuesta.

—Necesito que repitas el gesto del final. El de la cuchara —le digo a Marcos, señalando los píxeles rojos del monitor portátil de siete pulgadas.

—¿El de probar la salsa o el de servir? —pregunta él, sin quitar la vista de la tabla de picar.

—El de servir. Tu mano tapea el borde del plato durante un segundo.

Se inclina sobre mi hombro para mirar la pantalla. Siento el calor áspero que desprende su brazo tras cuatro horas pegado a los fogones, un vaho rancio a ajo, sal y sudor encendido que me eriza el vello del cuello. Estira un dedo índice, limpio pero con la uña negra de carbón, y toca el cristal.

—Aquí. Ya está.

Es un detalle insignificante, una maniobra de tres segundos en medio de una pauta de trabajo, pero me provoca un calambre en las sienes pensar en lo absurdo que le resultaría este gesto a la Alba de hace veintiún días.

Aquella Alba que bajó de la estación de tren de Cádiz con la maleta a cuestas, los nudillos blancos de apretar el asa y el miedo amenazándole el estómago, obsesionada con salir viva de un restaurante regentado por un tipo que tenía todos los motivos del mundo para despreciarla.

Y ahora estoy aquí, rozándole el codo sin apartarme, compartiendo una pantalla diminuta y discutiendo el encuadre de una toma con la misma naturalidad áspera con la que despacho las métricas con Itziar por videollamada.

No es amistad. Ni siquiera sé si existe una palabra en mi vocabulario para definir la presión sorda que nos une: esa mezcla de respeto profesional forzado por las circunstancias, una curiosidad física bastante incómoda y una tensión de fondo que no se ha ido, solo ha bajado de decibelios hasta volverse un zumbido manejable en la nuca.

Pero hay algo. Un peso concreto que no estaba ahí hace dos semanas.

Si tuviera que pasarlo por el tamiz de mis tablas de Excel, diría que hemos cambiado un contrato de alto riesgo y cero margen de beneficio por un escenario nuevo, indefinido, en el que aún no he calculado el coste de cancelación.

El teléfono me vibra contra el muslo, en el bolsillo trasero de los vaqueros. Seis pulsaciones cortas. Es Itziar.

Llamada perdida (2). Llámame cuando puedas, no es urgente pero quiero comentarte algo.

No es urgente. Leo la pantalla con la vista cansada, la espalda entumecida por la mala postura delante del trípode, y calculo si me sale a cuenta parar la producción para devolver la llamada o si puedo aguantar hasta el plato de arroz de la comida.

Treinta segundos de duda. El rodaje rueda fino.

El aire dentro del local se siente, por primera vez, respirable, y no me apetece romper esa inercia por una notificación de pantalla que no lleva adjunto un problema imprevisto.

—¿Pasa algo? —pregunta Marcos al verme fijar la mirada en el móvil durante más de diez segundos.

—Nada. Cosas de Itziar. Un tema de métricas.

Vuelvo a meter el teléfono en el bolsillo, notando el peso de los cien gramos de plástico contra la cadera, y me olvido de él durante casi dos horas.

Me dejo llevar por el compás mecánico del rodaje, por ese dialecto mudo de gestos que Marcos y yo hemos ido construyendo sin hablarlo —un parpadeo lento cuando el realizador pide repetir un plano inútil, una ligera contracción en la mandíbula cuando entra un cliente ruidoso interrumpiendo el sonido directo—, un código que no requiere explicaciones porque los dos lo sentimos en los músculos.

A media tarde, con la tarjeta de memoria llena y el cuello agarrotado, me decido a marcar su número. Me refugio al fondo del almacén, entre sacos de patatas que huelen a tierra húmeda y cajas de aceite vacías, buscando tres metros de sombra sin ruido.

—Perdona, se me ha liado el día con las tomas —digo nada más escuchar el tono.

—No pasa nada —contesta la voz de Itziar.

Viene filtrada por ese tono seco, sin inflexiones, que pone cuando oculta un dolor de cabeza o una mala cifra en la pantalla—.

Solo quería avisarte. He visto movimiento raro en las cuentas antiguas.

Esas que reflotan contenido viejo cuando hay campaña.

Nada grave aún, un par de menciones al vídeo de hace tres años. Cuentas pequeñas, con poco tráfico.

—¿Menciones de qué tipo? —Aprieto el teléfono contra la oreja, sintiendo el metal caliente sobre la piel.

—No sé. Perfiles sin foto clara, alguna agencia de viajes de segunda, un par de cuentas de gastronomía que no te han seguido en la vida.

Es raro que salte justo hoy, con la campaña de Cádiz a un tercio de camino, después de tres años congelado.

Puede ser casualidad. A lo mejor alguien lo ha vuelto a compartir en un grupo de WhatsApp. Pero quería decírtelo.

Escucho el auricular mientras miro por la rendija de la puerta del almacén.

Fuera, Marcos recoge las sartenes de cobre, el vapor blanco le cubre la cara y el espacio se siente extrañamente en orden, limpio, ganado a base de horas de pie.

La idea de que el barro de hace tres años vuelva a manchar la moqueta me da una pereza física, un cansancio repentino en las piernas.

—Seguro que no es nada —digo, para frenar el latido que me empieza detrás de los ojos—. Ese vídeo flota de vez en cuando. La gente busca morbo, no encuentra nada nuevo y se aburre a las dos horas.

—Probablemente —dice ella, antes de cortar la llamada.

Guardo el teléfono en el pantalón con un gesto rápido, como quien se deshace de un papel sucio, y salgo del almacén.

Marcos me busca con la mirada desde la barra, alzando un poco las cejas sin soltar el trapo con el que seca el acero.

Le respondo con un leve movimiento de cabeza, cerrando el tema.

No voy a dejar que una sombra lejana amenace la única tarde de tregua que hemos conseguido pagar en este restaurante.

Ese «seguro que no es nada», dicho con el olor a grasa frita pegado a la piel en la trastienda de un bar de Cádiz, es exactamente el tipo de frase que se te queda atragantada días después, cuando ya es demasiado tarde para retirar lo dicho.