Contigo ni de coña Capítulo 18 — Lola
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Capítulo 18 — Lola

Itziar llega al restaurante a las once y veinte de la mañana, sin avisar, cargando una carpeta de fuelle bajo el brazo y unas gafas de sol de pasta que se quita nada más cruzar el umbral.

Durante un segundo entero me quedo inmóvil tras la barra, con un trapo húmedo congelado en la mano y la espalda tiesa del cansancio acumulado, sin saber qué decir.

Una cosa es encajar una voz seca por el altavoz del teléfono durante siete días seguidos y otra muy distinta es que esa misma voz cobre cuerpo en mitad de mi bar, a tres metros de mí.

Es bastante más baja de lo que me había figurado, con el pelo oscuro recogido en una coleta tan tirante que parece tirar de sus facciones hacia atrás.

Se mueve entre las mesas vacías con un paso rápido, cortante, un ritmo que no se parece en nada a la cadencia pausada que le conozco por la pantalla.

La miro dos segundos más de la cuenta, sintiendo cómo se me calienta la nuca bajo la camiseta de trabajo, y trago saliva esperando que no note el descoloque.

—Hola —dice, dibujando una sonrisa que no le intuía en las llamadas, mucho más suave que la distancia profesional que gasta en las notas de voz—. Soy Itziar.

—Ya lo sé, chocho, si te reconozco el acento de aquí a Jerez.

Suelta una risa corta, y el golpe del sonido me sorprende tanto como su altura. En las grabaciones sonaba contenida, casi ensayada, pero aquí en directo le sale entera, de golpe, rompiendo esa forma tan pulida que tiene de colocar cada palabra.

—Y antes de que lo digas: soy más baja de lo que suena por teléfono —añade sin pausa—. Todo el mundo lo comenta en los primeros cinco minutos. Así nos lo quitamos de en medio.

—Yo lo iba a decir en el minuto seis.

—Pues llegas tarde.

—Vengo a repasar los últimos detalles del episodio de mañana —dice, sacando tres folios mecanografiados de la carpeta—. Prefiero hacerlo en persona, así no volvemos a liarnos con los mensajes de WhatsApp.

—Buena idea. La última vez casi te mando un audio de cinco minutos explicándote la posición de los enchufes de la pared.

—Casi lo prefiero a que me llames «chochi» en un documento oficial —dice. Mantiene la cara seria dos segundos exactos, no sé si de verdad o apretando los labios, hasta que me saca una carcajada limpia que resuena en los azulejos más fuerte de lo que me habría gustado.

Nos sentamos fuera, en la mesa de aluminio que queda junto a la puerta, desplegando los papeles entre los dos ceniceros.

Durante la media hora siguiente repasamos horarios de entrada, tres tiros de cámara y las necesidades eléctricas.

Mi cabeza va encajando su jerga de producción a trompicones, traduciendo cada término técnico a mi vocabulario diario, mientras ella me marca los puntos con la punta de un bolígrafo azul, sin esa condescendencia habitual de la gente que vive pegada a los algoritmos y las marcas.

En un momento dado, para enseñarme la foto de referencia del encuadre que quiere para la grabación, me acerca su móvil.

Al coger la pantalla, la yema de mi pulgar roza la suya.

Es un contacto de un segundo, la clase de roce involuntario que con cualquiera se olvida al instante, pero que a mí se me queda grabado en la piel del dedo con un chispazo de calor eléctrico.

Itziar no retira la mano de inmediato. Lo hace despacio, despegando los dedos un milímetro tras otro, y mantiene los ojos fijos en la pantalla que yo sostengo antes de retomar la explicación sobre la luz de la terraza como si el aire no se hubiera vuelto pesado de golpe.

Tengo el auricular derecho metido en la oreja, el izquierdo colgando sobre el cuello del uniforme porque nunca me quito la música cuando trabajo sola. Sin pensarlo dos veces, desenredo el cable y le extiendo el botón de plástico.

—Escucha esto un segundo. A ver si sabes qué es.

Coge el auricular con una cautela torpe, sujetándolo apenas con dos dedos como si tuviera miedo de romper el cable fino.

Nos quedamos calladas durante veinte segundos, con las sienes a escasos centímetros y un solo hilo de cobre uniéndonos la cabeza.

En el auricular suena una grabación de los años sesenta, un italiano cantándole al verano con un timbre rasgado que a mí, desde que me sentaba en el suelo de la cocina de mi abuela con ocho años, me destempla el espinazo.

—¿Qué es esto? —pregunta en un susurro, bajando la voz para no tapar el sonido.

—Gianni Morandi. Cosas de mi abuela. Me lo ponía en la radiocassette de pequeña y se me quedó metido dentro.

—No pega nada contigo.

—Ya lo sé —contesto, tirando del cable para quitarme el auricular antes de que el sudor de la frente delate lo cerca que estamos—. Por eso me gusta.

Un segundo de duda flota sobre la mesa. Me quedo mirando el doblez de su camisa blanca, calculando los minutos que faltan para que empiecen a entrar los primeros clientes de la comida.

—Bueno —dice, alineando las hojas de papel contra la mesa antes de guardarlas—, creo que tenemos todo listo para mañana.

—Eso parece.

Se queda de pie junto a la mesa, con la carpeta negra pillada contra el costado, mirándome fijo con los ojos muy abiertos.

—Podríamos quedar otro día —dice, hablando un punto más rápido de lo normal—. Por trabajo. Para repasar el resto de la semana con margen, sin depender del teléfono.

—Claro. Por trabajo.

La palabra suena falsa en mi propia boca. Ella tuerce la comisura de los labios al oírme, la misma sonrisa de compromiso flojo que se me pega a mí en la cara. Nos quedamos un instante paradas en la acera, sosteniendo una excusa mala que ninguna de las dos necesita para buscar otra fecha.

—Vale —dice al fin, encajándose las gafas de sol sobre la nariz con un gesto brusco, como quien cierra la visera de un casco—. Te escribo para fijar la hora.

—Chochi, prefiero que me llames.

Suelta esa risa limpia de nuevo, la misma que me deja un cosquilleo raro en el estómago, y agita la mano derecha mientras encara la esquina.

Me quedo apoyada contra el marco de madera de la barra, sintiendo el calor del sol de mediodía en los brazos y una presión tonta en las mejillas de la que no voy a ser capaz de librarme en todo el turno.