Capítulo 17 — Marcos
Me alejo hacia la cocina con la suela de los zuecos pegándose al gres grasiento del suelo y la frase «dame un minuto» aún suspendida en el aire, tibia, como el vaho que sueltan las ollas cuando se destapan antes de tiempo.
En cuanto cruzo el vano de la puerta y la pierdo de vista, me dejo caer de espaldas contra la encimera de acero frío.
La vibración del motor de la cámara frigorífica me retumba en los riñones y respiro hondo, sintiendo el hedor rancio del aceite usado, calculando cuántas palabras verdaderas puedo soltar de golpe sin que el nudo que tengo bajo la nuez me quiebre la voz justo a la mitad.
Sobre la tabla de cortar de polietileno blanco, manchada con cercos amarillos de cúrcuma que ya no salen con lejía, sigue el cuchillo cebollero Arcos de veinte centímetros; conserva un trozo de escama gris y un hilillo de sangre seca pegado al lomo del acero.
Me quedo fijado en ese filo mellado durante cuatro o cinco segundos largos, apretando los dientes hasta que me duelen las muelas, buscando en el metal una explicación sensata para este impulso absurdo que no parezca un soliloquio de borracho ni una disculpa barata.
No había hecho números con esto. Es lo que me revuelve las tripas: llevo tres años exactos midiendo al milímetro cada pestañeo ante los focos, controlando el tono de la voz en los micrófonos de corbata para no parecer acorralado, y hace cinco minutos he dejado que el bíceps y los nudillos trabajaran solos, por puro instinto animal.
Ahora me toca armar una frase coherente con la lengua pesada para justificar algo que ni mi propia cabeza alcanza a procesar.
—Necesitaba comprobar algo —digo de golpe, secándome el sudor de las sienes con el dorso del antebrazo, porque jamás se me ha dado bien adornar las cosas y hoy se me agarra un ardor amargo en el fondo del estómago—.
No he hecho esto por ti. Tampoco para joderte la existencia, aunque entiendo que sea lo primero que se te pasa por el cuerpo al verme actuar así.
—¿Entonces?
—Necesitaba saber si las manos me responden todavía con el corte del pescado.
Si me aguanta el pulso sin bailar sobre la tabla.
—La voz me sale áspera, pelada, despojada del tono impostado de cocinero televisivo que estuve ensayando mentalmente junto al fregadero—.
Tres años enteros sin tocar esa pieza de cazón.
Ni para un sofrito en casa, ni a solas a las dos de la mañana.
Cada vez que rozaba la idea de rozar esa receta con la punta de los dedos, se me cerraba el estómago de golpe y me entraban ganas de vomitar.
Ella me observa fijamente, marcando las arrugas del entrecejo, con una rigidez en los hombros que no tiene nada que ver con la actitud de la redactora que tomó notas en la libreta durante los tres primeros días de rodaje, cuando mi bronca constante solo le parecía un contratiempo logístico en la hoja de producción.
Esto cala a otro nivel. Tiene la misma mirada con la que se observa una vía de agua en el casco de un barco.
—¿Y te salía? —pregunta en un susurro, aflojando los labios pero sin soltar la libreta.
—Al principio no. —Suelto un resoplido por la nariz que me rasca las fosas nasales, sin pizca de risa—.
La muñeca me temblaba tanto que el primer filete me salió deshecho, hecho una pringue sobre la madera.
Sentí un escalofrío bajándome por el espinazo y creí que tendría que soltar la hoja delante de los cuatro técnicos, delante de tus narices, y masticar la humillación de confirmar en directo lo que llevo mil días rumiando a solas: que esa maldita elaboración me tullía las manos en cuanto tocaba el fuego.
—¿Y qué hiciste?
—Seguí picando. —Me limito a alzar un hombro, un movimiento rígido que me tira del trapecio cargado por la postura—.
A la tercera tajada el pulso se me fue asentando en los nudillos.
No sé si eso limpia la basura que llevo dentro.
Sería de idiotas pensar que se arregla así de fácil.
Pero al menos el miedo ya no me paraliza los dedos sobre la tabla, y con eso me basta para tirar hoy.
El silencio se despliega entre la barra y las mesas vacías, espeso y distinto a las pausas que habíamos masticado hasta ahora —el silencio de perro rabioso cuando me hizo firmar la cesión de imagen, el aire viciado del almacén del congelador, el murmullo aséptico de los pasillos del hotel a primera hora—.
Este silencio quema distinto, tiene el tacto de una lija fina, denso y cargado de un peligro sordo.
—Yo tampoco he sido capaz de darle al play a ese vídeo desde hace más de catorce meses —suelta ella de golpe, tragando saliva con un chasquido perceptible, como si arrancar cada sílaba le rasgara el esófago—.
Lo conservo en la memoria del teléfono, claro.
Sigue colgado en la red, acumula reproducciones cada vez que un bot lo rescata en X o alguien lo resube a TikTok.
Pero fui incapaz de volver a darle a reproducir. Se me revolvían las tripas.
Es la primera vez que suelta lastre sin que yo tenga que acorralarla contra la barra, la primera ocasión en que admite que aquel maldito clip de sesenta y tres segundos le abrasa las entrañas por razones que nada tienen que ver con los algoritmos de métrica, el control de crisis de la productora o la huella digital.
Por un segundo deja de ser la ejecutiva de Madrid que anotaba mis exabruptos como un mero balance de daños y se transparenta la mujer que lleva tres años masticando la misma rabia amarga que yo.
—¿Por qué no lo ves? —pregunto, intuyendo que la respuesta nos va a estrellar de lleno contra la historia de su madre.
—Porque en cuanto arranca el primer segundo de pantalla, vuelvo a sentir la opresión en el pecho de todo lo que vino detrás.
La persiana de tu local echada abajo a las tres semanas.
Mi madre llorando de agradecimiento al teléfono, la bandeja de entrada al borde del colapso y las llamadas de los periodistas a las ocho de la mañana.
—Aprieta la libreta contra las costillas hasta deformar el cartón, escondiéndose tras las tapas igual que hago yo cuando me froto los trapos de cocina contra los muslos sin haber tocado el agua—.
Mirar la cicatriz todas las semanas no ayuda a que deje de escocer. Lo único que hace es reabrir la piel.
Asiento en silencio, sintiendo el peso del cuerpo sobre los talones cansados.
No añado una sola palabra porque no hace ninguna falta; por primera vez en meses comprendo, sin necesidad de esquemas ni discursos, que los dos estamos cosidos con el mismo hilo desgastado, aunque los sietes de la ropa nos hayan salido en sitios opuestos.
Ella cargando con una grabación en alta definición que no tolera volver a reproducir en la pantalla del móvil.
Yo clavado ante una receta de pescado que me agarrotaba los dedos cada vez que encendía el quemador.
Dos personas arrastrando por el barro el peso muerto de un minuto y tres segundos que ya no hay forma humana de rebobinar.
Eso no limpia el barro del pasado ni nos convierte por arte de magia en amigos, pero altera la gravedad de todo lo que nos rodea.
—La brecha sigue abierta, ¿no? —suelto al fin, más para escuchar el sonido de mi voz en el comedor vacío que por sacar nada en limpio—. Quiero decir que el desastre de hace tres años no se evapora por haber cocinado un plato.
—Claro que no —responde ella, bajando los brazos un par de centímetros—. La mancha sigue ahí. Pero ya no sé si lo que tengo atravesado en el esófago es odio puro hacia ti. Es algo bastante más retorcido para lo que no encuentro una palabra adecuada.
Es la frase más desnuda que ha salido de nuestras bocas desde el encontronazo en el cuarto frío, y por eso mismo resulta peligrosa: deja a la vista una rendija que ninguno de los dos sabe si conviene tapiar o cruzar del todo.
A nuestro alrededor, el equipo de sonido y fotografía termina de enrollar los cables gruesos de las antorchas y guarda los trípodes en las fundas de lona negra, ajenos por completo al aire espeso que hemos estado respirando a dos metros de ellos.
La tensión se diluye en la rutina gris del fin de la jornada: el chaval de producción pidiendo a voces la copia de las llaves de la furgoneta de alquiler, el operador de cámara quejándose del dolor de espalda mientras repasa la orden de trabajo para las ocho de la mañana.
Alba se despide levantando ligeramente la mano derecha, un gesto desprovisto de la sonrisa neutra de catálogo profesional, y camina a pasos rápidos hacia la salida para unirse al grupo que regresa al hotel.
Dos horas después, pasada la medianoche, estoy cerrando el local con Lola. Me pilla mirándome de reojo desde el otro lado de la barra mientras me mojo los dedos para contar por tercera vez la caja del cajón.
—¿Qué te pasa en la cara? —pregunta.
—Nada —digo sin levantar la cabeza de los tacos de papel moneda.
Sigue fija en mi sitio, con esa compostura de gata vieja con la que lleva calándome las intenciones desde que jugábamos de chicos en el barrio de La Viña.
—Tienes un rictus rarísimo en la boca, Marcos.
—¿Qué rictus ni qué carajo?
—No sé. Como si te hubieran quitado diez kilos de encima o te hubieras encontrado un billete de cien en el bolsillo del delantal —se cruza de brazos, apoyando el hombro contra el marco de la puerta de la cocina, sin quitarme los ojos de encima—.
Aunque estés masticando si me lo cuentas o te lo guardas para ti solo.
Me quedo callado un momento. Sigo pasando las esquinas de los billetes entre el pulgar y el índice, un fajo que ya he verificado tres veces en el libro de caja, solo para retrasar la respuesta y porque no tengo la más mínima idea de cómo traducirle a mi prima esta marejada que me bullen las entrañas.
—Chiquilla, deja de mirarme con esa cara de fiscal —suelto al fin, sintiendo cómo se me tuerce la comisura de la boca en una mueca incontrolable—. Cierra el pasador de la verja, apaga la barra y vámonos tiraos para casa.
—Ni de coña, que llevas una semana con cara de haberte tocado la primitiva y no querérselo decir a nadie.
—Me ha tocado una caja que no cuadra.
—Una caja que no cuadra. Qué bien mientes, primo; si fueras peor persona serías rico. —Se echa a reír ella sola—. Anda, no digas nada, que te lo noto en los andares.
Le da al interruptor general de la luz con un chasquido y una sonrisa de lado que me deja claro que este asunto no se va a quedar sepultado aquí.