Capítulo 16 — Alba
Me queda un regusto a metal en la boca, ese sabor agrio que se me agarra a las encías cuando duermo apenas cuatro horas y me alimento de café frío de máquina.
El episodio tres empieza como los demás: el calor seco de los dos focos de quinientos vatios pegándome en el cogote, el zumbido de los micrófonos de corbata y Marcos con las manos ya sobre la tabla de picar de arce antes de que el realizador baje el brazo.
Llevo tres jornadas de rodaje —veinticuatro horas de pie sobre este suelo de terrazo que me deja las lumbares molidas— aprendiendo a anticipar el peso de sus pasos.
Sé en qué segundo exacto va a necesitar que eche la cadera a la izquierda para no estorbar el plano, cuándo prefiere un silencio rotundo y cuándo, muy de vez en cuando, busca con la mirada el objetivo negro de la cámara sin que nadie se lo indique.
Hoy, sin embargo, el cuerpo no me responde para adivinar nada.
Tengo el estómago cerrado desde que lo vi cruzar el umbral a las ocho de la mañana.
Trae una rigidez en los hombros y la mandíbula apretada, con ese aire de quien ha tomado una decisión definitiva en la soledad del autobús, antes de pisar la baldosa de esta cocina.
Pienso, en un primer momento, que son los estragos del cansancio tras una semana tragando polvo y humedad costera. Me equivoco de pleno.
Empieza a desempaquetar ingredientes que no figuran en el guion que imprimí ayer en la copistería.
El realizador me busca con los ojos desorbitados, pidiendo explicaciones, y yo le respondo con un leve encogimiento de hombros, manteniéndome al margen, porque cortar a Marcos cuando entra en la inercia del pase es la forma más rápida de echar a perder lo que sea que esté madurando.
Entonces el aire de la sala se me vuelve de plomo.
La combinación de especias. El corte en diagonal del pescado, esa inclinación exacta de cuarenta y cinco grados que solo alguien que se ha tragado el vídeo setenta veces en una pantalla de portátil sabe reconocer al milímetro.
Y el remate: el giro seco de la muñeca al dejar caer la salsa sobre la porcelana, un ademán que ha permanecido intacto durante tres años en la memoria de sus huesos.
Es el plato. El famoso plato de Madrid. El mismo que destrocé en mi canal y que le costó la reputación, el local y las ganas.
La certeza me entra por la piel en sacudidas heladas.
Primero es un cálculo seco, casi numérico: estoy viendo exactamente lo que sospecho.
Después siento un calor punzante detrás de los ojos al comprender que no es una casualidad; lo hace a sabiendas, cargando todo el peso de su cuerpo sobre ese pescado como una sentencia ejecutada a conciencia.
Y al final, aplastándome las costillas, un miedo físico y denso: la tregua cimentada a base de silencios y cafés compartidos se está rompiendo en mil pedazos delante de un objetivo que no va a pestañear.
Me falta el aire; durante unos segundos me olvido por completo de que hay una lente enfocando mi rostro, registrando cada parpadeo.
Me quema la piel de la cara. No sé qué busca.
No sé si es una venganza ensayada para escupirme a la cara un «mira lo que me quitaste de las manos, mira lo que tuve que ver desaparecer», o si es un impulso distinto, algo oscuro que no logro descifrar y que me aterra bastante más.
El realizador, ajeno a los tres años de barro que flotan sobre la mesa, se me pega a la oreja. Huele a tabaco rancio y a sudor seco.
—¿Esto entraba en el plan? —murmura.
—No —digo con la voz tomada—. Pero no cortes nada. Deja que corra.
Marcos remata el emplatado con un rigor casi quirúrgico, concentrado en no gastar un solo movimiento en vano.
No levanta las pestañas ni hacia el objetivo ni hacia mi sitio.
Parece solo en la sala: se han borrado los focos, el chasis de las cámaras y los cuatro técnicos; solo existen el plato plano y unas manos que ejecutan la rutina aprendida en otra vida.
Al acabar, se pasa el trapo por las palmas con fuerza y me sostiene la mirada.
No le veo brillo de victoria en los ojos.
Tampoco odio, ni esa calma fría del que cobra una deuda vieja.
Le veo las ojeras marcadas, una palidez de piel estragada, la fragilidad del que acaba de desnudar una cicatriz que le ha costado la vida mostrar.
Conozco bien esa cara porque es la misma que se me queda a mí en el espejo cuando le doy a publicar a un contenido que me expone hasta las vísceras: una mezcla de náusea y alivio que te deja temblando.
—Corten —dice el realizador, rompiendo un silencio que pesaba tanto que dolía en los oídos.
En cuanto se apaga la luz roja de la cámara, avanzo hacia él. Siento el latido del pulso retumbándome en las sienes y la libreta de notas se me escurre de los dedos, estrellándose contra el suelo. Me da igual la compostura.
—¿Por qué has hecho esto?
Marcos me sostiene la vista. Por sus rasgos cruzan dos o tres gestos contenidos, apretando la mandíbula como si sacara la cuenta del precio que paga si habla de más con el equipo rondando, recogiendo cables con un disimulo torpe.
Traga saliva.
—Dame un minuto —dice.
Su tono baja dos octavas, áspero y lento, sin la retranca ni la picardía gaditana con la que me frenaba el lunes.
Se da la vuelta hacia la trastienda de la cocina, dejándome sola en la sala que huele a aceite quemado y a humedad acumulada.
Me agacho, recojo el cuaderno del suelo con las manos frías y me lo aprieto contra el estómago por puro instinto de protección.
Me quedo fija mirando el marco de la puerta por la que ha desaparecido, contando los segundos en silencio, sintiendo el suelo frío bajo las suelas exactamente igual que hice en aquel cuarto frío hace unos días.