Contigo ni de coña Capítulo 15 — Marcos
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Capítulo 15 — Marcos

El plato está ahí, en la página que llevo tres años sin abrir del todo: el cazón en adobo con su mezcla de limón y pimienta que serví en Madrid, el plato que Alba señaló en su vídeo, el mismo que un algoritmo convirtió en la prueba número uno de un juicio social que nunca se celebró en un juzgado pero que yo perdí de todos modos.

No la he vuelto a cocinar desde entonces.

Ni una sola vez, ni en la intimidad de mi casa, ni para comprobar si las manos aún guardaban el punto exacto de la emulsión.

El realizador exige algo «con historia» para este tercer episodio, algo que conecte la piedra ostionera del Pópulo con mi propio recorrido, y en la reunión de ayer a las seis de la tarde, alguien de producción, rozando los veinte años y sin tener la más mínima idea del dolor ajeno, soltó sobre la mesa justo esa propuesta: el plato que me puso en boca de todos antes de enterrarme bajo doscientos mil comentarios de burla.

No dije que no en ese instante. El estómago se me contrajo en una bola dura, amarga como la hiel, y no supe articular palabra.

Me quedé en silencio, apretándome el muslo izquierdo por debajo de la mesa hasta hacerme daño, y dejé la propuesta flotando entre un «quizás» y un «ya veremos» murmurados sin mirar a nadie, que es la forma cobarde que tengo de aplazar lo que me da pánico resolver frente a los demás.

Ahora, a solas en la penumbra de la cocina, con los minutos descontándose en el reloj de pared —cuarenta y dos minutos exactamente antes de que retumben las botas del equipo por el pasillo—, no me queda más remedio que decidir.

No es por ella. Me lo repito con un ramalazo de rabia que me calienta el pecho mientras paso la yema del índice por la lista de ingredientes escritos con mi letra torpe de hace años.

No es un gesto romántico ni de rencor para Alba, aunque cualquier imbécil que nos vea juntos en pantalla vaya a jurar lo contrario.

Es una cuenta pendiente con mi propia carne.

Es comprobar si puedo, tras tres años masticando polvo y miseria, volver a agarrar el cuchillo para esta receta sin que el pulso me traicione, sin que el sudor de la vergüenza me baje por la nuca como la última vez que la emplaté frente a un comedor lleno de señores con corbata que aplaudían, pagando el menú degustación, sin sospechar que asistían al derribo de mi vida.

Me acuerdo de mi padre, que en paz descanse y Dios lo tenga en su gloria, con sus manos duras y agrietadas por el salitre y la cal viva, y en la colleja que me habría dado de verme aquí parado, hecho un flan frente a un pedazo de papel en lugar de encender los fogones sin tanto rodeo.

Él jamás comprendió mi manía de meterle metafísica y literatura a un guiso de pescado.

Pero la fatiga de llegar a fin de mes y el miedo al fracaso sí los conocía de sobra; sabía, mejor que cualquier cocinero con estrellas, que al miedo hay que meterle el corte limpio igual que al pescado en la tabla, de un solo tajo y sin perder el tiempo en contemplaciones.

Un sudor denso me empapa la espalda del delantal mientras repaso lo que significaría decir que no.

Salir del paso con un arroz con chocos tradicional, algo seguro, sin tres años de ruina y escombros escondidos debajo de la tabla.

Sería lo más razonable para mi salud. Sería también, me digo mientras se me acalambran las piernas por la tensión, la enésima vez que agacho la cabeza y dejo que un maldito vídeo de sesenta y tres segundos decida por mí lo que puedo tocar en una cocina y lo que no.

Y de sentirme un cobarde frente a una pantalla estoy hasta los mismos cojones.

Saco los ingredientes de la cámara frigorífica.

Los dispongo en hilera sobre la mesa de acero: el cazón en tacos frotado con sal gorda, los limones, la pimienta recién molida, los tres dientes de ajo, los ochenta gramos de manteca, las cabezas de camarón.

Las manos me tiemblan sutilmente al coger la puntilla, un repiqueteo nervioso que solo yo percibo en las articulaciones, pero según avanzo y el olor al aceite que empieza a humear a ciento ochenta grados penetra en mis fosas nasales, los músculos recuerdan la rutina de quince años y la mano se me asienta.

Esto no es un perdón. Tampoco es que vaya a curarme de la noche a la mañana de la bancarrota ni del desprecio. Es solo una prueba física para saber si sigo vivo o si soy solo un fantasma en el plató.

Cuando escucho el chocar de las llaves en la puerta principal y las primeras voces del equipo resonando en la entrada, tengo la decisión metida en los tuétanos, aunque no pienso soltar una palabra a nadie antes de tiempo.

Ni al realizador, que saltaría de alegría pensando en el pico de audiencia que le regala mi desgracia.

Ni a Lola, que me miraría con esa cara de pena que me mata y empezaría a agobiarse por si me da un ataque de ansiedad en directo.

Ni, desde luego, a Alba, que tendría todo el derecho a que la pusiera sobre aviso y a quien no pienso adelantarle ni media palabra.

Si me voy a meter en esta candela, me meto sin red y sin paños calientes. Con los focos encendidos, a puerta gayola frente a la cámara, y que el mundo ruede por donde tenga que rodar.