Contigo ni de coña Capítulo 14 — Alba
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Capítulo 14 — Alba

Terminamos de recoger a las once y veinte de la noche, casi una hora más tarde de lo habitual.

Me duelen las plantas de los pies dentro de las zapatillas y siento un ardor sordo en la zona lumbar tras aguantar la misma posición durante seis tomas seguidas; todo porque el último plano del episodio exigía que la luz entrara por el ventanal con un ángulo exacto antes de marcharse.

Cuando los cuatro técnicos del equipo recogen sus bártulos y la puerta se cierra, quedamos solo Marcos, Lola y yo.

Nos movemos por la cocina en un silencio pesado, esquivándonos sin chocar por puro hábito mecánico, fregando la mesa de trabajo de acero y guardando el menaje tras días seguidos de compartir este espacio cerrado.

Salgo al exterior. El aire nocturno del Pópulo pega frío en la frente sudada.

A esta hora, las farolas amarillas proyectan una luz densa y tibia sobre el blanqueado de las paredes; el único sonido son las uñas de un gato sobre los adoquines o el murmullo ahogado de una mesa lejana de bar.

Llevo nueve días en Cádiz y mi cuerpo aún no procesa este espacio reducido.

Falta el ruido constante de la ría de Huelva, el espacio ancho al que estoy acostumbrada, y la tensión muscular de subirme a un avión cada tres semanas para aterrizar en Madrid o Barcelona.

En Cádiz la cobertura es una opinión y los horarios, una sugerencia.

Aquí las cosas parecen ir lentas desde fuera, pero me palpitan las sienes exactamente con la misma urgencia de siempre, solo que aprendo a mantener los hombros abajo para que no se note.

Lola agarra el bolso de piel sintética con una mano rápida, apurada, sin la calma pesada que suele tener en el trabajo.

Le cambia el tono de voz cuando se despide, esa prisa rara que me da que tiene nombre y apellidos y que seguro la espera detrás de alguna pantalla.

Marcos sigue de pie junto al fregadero, guardando cuchillos en el taco de madera con un chasquido metálico constante.

Yo me siento en una de las sillas de hierro de la terraza interior, una esquina diminuta que da al callejón.

Apoyo la libreta de tapas duras sobre los muslos por pura inercia, sintiendo el cartón frío a través de la tela del pantalón.

—¿Siempre llevas eso encima? —pregunta Marcos.

Aparece desde la penumbra con dos tercios de cerveza helados en las manos, sosteniéndolos por el cuello. Deja uno sobre la mesa de madera. El cristal húmedo marca un cerco transparente a dos centímetros de mi codo. No le he pedido nada, pero tengo la boca llena del polvo del set.

—Casi siempre —contesto.

—¿Y qué apuntas?

Tengo un calambre microscópico en el estómago, un frío que se aprieta de golpe. La libreta no se toca. Ni siquiera Itziar, que cobra su sueldo de mi empresa cada mes y lleva catorce meses viendo este lomo gastado sobre mi mesa de trabajo, se ha atrevido a preguntar qué hay guardado ahí dentro.

—Ideas para contenido, notas de sitios, cosas que veo y no quiero que se me olviden —digo.

Mantengo la voz neutra, soltando el párrafo de memoria, las mismas palabras calculadas que llevo repitiendo como una coraza pública desde que mi cuenta superó los cincuenta mil seguidores.

—¿Y por qué en papel? Podrías tener una app para eso.

Suelto un aire corto por la nariz, una risa seca que no me mueve las mejillas.

—Podría. Pero no sería lo mismo.

Marcos apoya los antebrazos sobre la mesa metálica. No tiene prisa. Encaja los dedos alrededor de su botellín con esa pausa manual que usa para limpiar un pescado o controlar el punto de aceite en la sartén. Aplica la misma lentitud física para quedarse ahí de pie, mirándome.

—Era de mi madre —digo. La frase me sale sola, rasposa, antes de que pueda frenarla, sorprendiéndome por lo rápido que he soltado el aire—.

La libreta, digo. No esta en concreto; esta es la sexta que me compro.

Ella empezó la primera. Apuntaba dibujos, dudas de madrugada, listas de la compra, recetas que se inventaba.

Cuando tuvo que bajar la persiana del negocio, dejó el bolígrafo sobre la mesa y no volvió a escribir nada más.

Yo empecé con las redes dos meses después y me compré una igual.

No sé si por inercia o por tener algo rígido en las manos mientras hacía un trabajo que ella no entendía.

El corazón me da tres latidos fuertes contra las costillas, un tamborileo rápido que me calienta las orejas.

Noto el peso de la imprudencia en la piel: he abierto una grieta por la que entra aire frío.

Llevo tres años midiendo cada palabra en los vídeos, leyendo los términos de los contratos de patrocinio tres veces antes de firmar para no comprometer mi marca, y de pronto me descubro regalándole esto a un desconocido en una esquina oscura del Pópulo, mientras se nos calientan los tercios de cerveza sobre la mesa.

Marcos no mueve los hombros. Se queda mirándome fijamente, con los ojos clavados en los míos sin ese parpadeo nervioso de quien busca qué responder para quedar bien.

—Tiene sentido —dice—. Yo necesito tener las manos sucias de harina o de grasa para pensar claro. Cocino solo en casa a las dos de la mañana aunque no tenga hambre.

Su respuesta cae despacio, sin forzar nada, un puente mínimo entre el trabajo con sus cuchillos y el mío con la cámara.

Me aflojo un poco contra el respaldo de la silla.

Por un segundo, en este rincón donde solo llega el olor a humedad de las paredes antiguas, desaparece el pacto del hotel, la distancia impuesta por las cláusulas de producción y la cortesía distante con la que nos hemos tratado estos días.

—¿Y tu madre? —pregunta Marcos—. ¿A qué se dedicaba antes de que tú...?

La frase se le queda a la mitad, pero la intención me golpea de lleno en el esternón.

Siento un tirón en el cuello, como si me hubieran echado encima una manta pesada de agua helada.

La piel de los brazos se me eriza de golpe y la espalda se me pone rígida contra la madera.

El cuerpo responde antes de que la cabeza calcule la excusa.

—Es tarde —digo, cerrando la libreta de un manotazo que suena duro en la calleja—. Debería volver al hotel.

—Alba.

—En serio, mañana empezamos a rodar a las ocho y no me ha dado tiempo ni de cenar.

Me pongo en pie con las piernas crispadas, apretando el cuaderno contra el vientre, usando la libreta como una plancha de plomo para cubrir el pecho.

—Gracias por la cerveza —digo.

Giro sobre los talones y echo a andar a paso rápido antes de que se me note en los ojos la quemadura del susto.

Doblo la primera esquina de piedra, me meto en el pasaje oscuro y solo cuando dejo de oír sus pasos al fondo del callejón aminoro la marcha, apoyando una mano en la pared encalada para tragar aire.

El pulso me martillea la yugular, pero la respiración se va asentando poco a poco en los pulmones.

Ha faltado un milímetro. He estado más cerca de soltarlo todo que en cualquier momento de los últimos tres años, en los que solo he hablado de esto a oscuras, mirando al techo de habitaciones de hotel pagadas por marcas.

Sigo caminando a paso largo por el empedrado, con los dedos clavados en el cartón de la libreta para que no se me caiga.

Por la mente me pasan en tropel los datos exactos que me he guardado: el rótulo azul de la freiduría de mi madre en Huelva, los cuarenta y dos mil euros que debía al banco al cerrar, la persiana de chapa cayendo contra el suelo a las cuatro de la tarde de un martes y el titular que luego usaron otros para hablar de nosotras.

Me arden las mejillas por el esfuerzo de la caminata, pero hay algo más amargo quemándome por dentro: una parte de mí, sorda y rabiosa, quería quedarse sentada en esa terraza y terminar de hablar.