Capítulo 13 — Marcos
Los tres días siguientes pasan con una calma tan ajena que me deja un regusto ácido debajo de la lengua. Hace una semana, con los riñones machacados y la espalda hecha una tabla, me habría parecido una guasa.
Tiene una forma de trabajar meticulosa que se me mete en los huesos.
Revisa cada toma un par de veces antes de dar el visto bueno y apunta en una libreta manoseada detalles que a mí jamás se me ocurrirían: los rayos de luz entrando por la ventana de la cocina a las siete y cuarto de la tarde en punto, o el ángulo exacto donde se aprecia mejor la humareda blanca subiendo de la olla.
Si hace falta, repite el mismo tiro quince veces seguidas sin perder los papeles ni poner de mala leche al equipo.
Admito, únicamente para mis adentros y con la boca chica, algo que hace siete días me habría negado a aceptar: que esta chavala domina lo suyo y sabe lo que hace.
Que la tregua que cerramos en la habitación de aquel hotel de mierda se está llenando de chicha de verdad, en lugar de quedarse en un simple papel firmado para salir del paso.
En la barra, Don Manuel y Quico el Cabra han montado su propia comisión de seguimiento, con anís y sin cámara.
—La huelvana manda —sentencia Quico.
—Manda y se calla, que es como se manda bien —dice Don Manuel.
—Y el Madrid obedece.
—El chef no obedece, Quico: aguanta, que es distinto. Y tú, ni una cosa ni la otra, que llevas una hora con el mismo café.
Los oigo desde el pase y me hago el sordo, que es lo que se hace con los comentarios de la barra: se dejan envejecer.
Del vídeo ni una sola palabra. Lo respeta a rajatabla, con una frialdad que por momentos me remueve el estómago más que cualquier desplante.
Tras la pregunta que le solté a quemarropa en el hotel —aquella que se quedó flotando en el aire sin respuesta—, me esperaba un ambiente denso, cargado de cuchillos.
En lugar de eso, entre los dos ha crecido una cortesía seca, pragmática, casi cómoda, y todavía me noto torpe y sin saber muy bien por dónde meterle mano.
Lola se encarga de toda la logística de estos tres días mano a mano con Itziar sin pedirme apenas cancha.
Lo agradezco en el alma, porque entre la paliza de los focos y sacar adelante el turno de cenas en el restaurante me noto la nuca a punto de reventar.
Alguna noche, entrecomida y pase, pillo a Lola mirando la pantalla del teléfono con un brillo y una sonrisa que no le había visto en la vida, con esa cara de despistada que se le queda a una cuando algo la descoloca por completo.
Pienso: novio. Pienso: pobre hombre. Me asomo por encima de su hombro con la excusa de la bayeta y me caza a la primera.
—¿Tú quieres algo?
—No.
—Pues deja de respirarme en el cogote, que ya tengo un ventilador en el bar y es mejor que tú.
No pregunto, que en mi caso es preguntar a gritos. Cada cual carga con sus silencios, y Dios sabe que yo no soy nadie para pedirle cuentas a nadie con todo el lastre que llevo a la espalda.
El tercer día, mientras recojo los trapos y apilo las cañadillas tras el último plano, Alba se va acercando despacio, sujetando la libreta apretada contra las costillas.
Es un gesto automático que ya conozco de sobra, de la misma forma que el mío es restregarme las palmas contra el delantal lleno de grasa aunque las tenga secas.
—Buen trabajo esta semana —dice, sin más historia.
—Tú también —contesto.
Una frase corta, de las que se sueltan dos compañeros de faena al acabar el turno.
Y sin embargo, mientras la veo caminar hacia la furgoneta negra con el equipo, me doy cuenta de que llevaba tres años enteros sin decirle a nadie, con esa naturalidad, que había hecho bien las cosas.
Que llevaba tres años demasiado encerrado en mi propia mierda como para mirar a alguien de frente y soltarle algo parecido de corazón.
Me guardo la duda en el pecho. Hay cosas que no se dicen en alto, y menos a quien tienes delante.