Contigo ni de coña Capítulo 12 — Itziar
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Capítulo 12 — Itziar

Miro el reloj del ordenador: las seis de la tarde pasadas por cuatro minutos.

He pospuesto esta llamada tres veces, inventándome una urgencia ficticia en la bandeja de entrada para no marcar, aunque sé de sobra que no hay ni un solo correo en la pantalla cuya respuesta garantice el pago del alquiler de este mes.

Redactar es un refugio físico: la espalda pegada a la silla ergonómica, los dedos sobre el teclado mecánico, la posibilidad de borrar tres veces una frase antes de que nadie la lea.

La pantalla es amortiguación. Una llamada, en cambio, implica exponer el aire que te queda en los pulmones, dejar que la otra persona escuche el titubeo antes de que me dé tiempo a encajar la máscara profesional.

Marco el número de Lola. Al otro lado la línea da dos tonos y alguien descuelga bruscamente.

—¿Diga?

De fondo cruje un altavoz saturado donde se mezcla la batería de un rock caduco con el quejío de una copla retumbando contra azulejos.

Se oye la voz de Lola alejándose del micrófono, gritándole a alguien en la trastienda con ese golpe de garganta tan propio de Cádiz, amplio y sin rodeos: que le bajen el volumen a la radio de una puta vez.

—Hola, Lola, soy Itziar. Te llamo por lo del documento.

—Ay, qué bien —dice ella, retumbando ya clara en mi auricular—, porque llevo dos días mirando los folios con la sensación de que me hace falta un traductor del jurado para enterarme de algo.

Me sale una carcajada breve, un golpe de aire que me retumba en el pecho y que me contrae el diafragma.

Es un sonido extraño en esta habitación, una risa que no le regalo jamás a los clientes ni a sus jefes de prensa, como si hubiese salido de una cavidad vocal que mantengo cerrada a cal y canto de nueve a cinco.

—Vamos por partes, entonces —digo, apoyando los codos en la madera barnizada del escritorio—. ¿Por dónde empezamos?

Pasamos los siguientes veinte minutos repasando las doce páginas del borrador.

Entre sus golpes de risa, ruidosos y rasgados, me voy dando cuenta de que el problema de Lola no es la falta de entendimiento; es que el lenguaje que he volcado en el papel no tiene ningún anclaje en el barro de su bar.

Le desgloso la palabra asset y ella se pasa la mano por el delantal —oigo el roce de la tela espesa— antes de soltar que en el restaurante eso siempre se ha llamado «una cosa a la que hay que sacarle una foto».

Tiene una lógica tan aplastante, tan pegada a la tierra, que me quedo sin saber qué objetarle.

Le traduzco la casilla del call time y ella contesta, con ese acento gaditano abierto y sin pausa, que por allí abajo eso significa «a la hora que se diga, más o menos».

Vuelvo a reírme, esta vez sintiendo el tirón en las mandíbulas, sin poder frenarlo a tiempo.

—Perdona que te lo diga —suelta en medio de una pausa donde se oye el tintineo de vasos de tubo de fondo—, pero te explicas del carajo. Bastante mejor que el papelurcio este, desde luego.

—Es mi trabajo —digo, fijando la vista en la esquina superior de la pantalla.

—Ya, pero una cosa es saber hacer algo y otra saber explicarlo sin hacer que la otra persona se sienta idiota. Tú lo segundo lo tienes.

El comentario me clava en la silla. No porque sea una frase meditada, sino por la soltura áspera con la que lo suelta: sin la lambisconería de las reuniones de agencia, sin buscar un descuento, con la misma neutralidad con la que diría que está chispeando fuera.

Me corre un calor repentino por la nuca.

Llevo exactamente trescientos sesenta y cinco días levantándome a las seis de la mañana para sostener este proyecto sola, contando cada hora de sueño, peleando cada detalle al milímetro para que no se me caiga la estructura, y esta mujer, que no sabe lo que es un briefing, me acaba de soltar en veinte minutos una verdad más limpia que la de cualquier director de marketing con el que haya comido este año.

Algo se me atasca por dentro. Necesito apoyarme en algo firme antes de que el silencio se vuelva denso.

—Bueno —digo, aclarándome la voz y agarrando el bolígrafo con fuerza para volver al carril de la logística—. Sigamos con los horarios de luz natural.

—Espera —interrumpe ella, y se oye cómo aspira aire a través del teléfono—. ¿Qué es eso que huelo desde aquí? ¿Estás horneando algo?

Miro hacia la cocina americana, a tres metros de mi mesa. El aroma dulce y denso del cereal tostado flota en el aire caliente del piso.

—Pan. Hago pan cuando necesito pensar, una tontería que conservo desde hace años. Ahora mismo tengo una hogaza en el horno y setecientos gramos de masa fermentando bajo un paño húmedo mientras hablamos.

—¿Tú? —se extraña ella—. ¿La que me ha mandado un archivo de doce páginas para organizar cuatro fotos hace pan casero?

—Todo el mundo necesita algo que no se pueda medir en métricas —digo.

Las palabras me salen de golpe, rasposas.

Siento el resto de masa seca que me ha quedado atrapado bajo la uña del dedo índice y me la limpio con el pulgar.

Me sorprende lo desgarrada y fácil que ha salido esa confesión, un detalle íntimo que no le he contado ni a las tres amigas que me quedan en Bilbao de la época de la facultad, y que aquí, a través de cientos de kilómetros de fibra óptica, se me acaba de escapar frente a una mujer a la que no le he visto la cara.

Me remuevo en la silla. El cuello me duele por la postura.

—Vamos, sigamos con los horarios de luz natural —digo para frenar la deriva.

—Vale, pero antes dime una cosa —su voz baja medio tono, pierde el ruido de fondo, se vuelve más densa—. ¿Tú de dónde eres? Que hablas distinto.

—Del País Vasco. De Bilbao, que no es San Sebastián; si lo confundes me ofendo, avisada estás.

—Ah, vasca. Se te nota poco el acento, la verdad.

—Llevo catorce años fuera. Se me ha ido puliendo.

—Pues qué pena —dice.

La frase se me queda clavada en el oído como un pinchazo frío.

Noto la tensión en los hombros. Nadie me había dicho nunca que perder el rasgo de mi casa fuera una pérdida; en las agencias de Madrid, perder el acento era una victoria silenciosa, una forma de pulir las aristas para que nadie supiera de dónde venías ni cuánto te pesaba la maleta.

—A mí me gusta la gente que suena de donde es —añade ella.

Me quedo en silencio, con la mano izquierda apretada sobre el muslo.

Llevo más de una década educando la lengua para no marcar las consonantes, para limar las vocales, para sonar neutra, aséptica, corporativa, de ningún sitio, capaz de encajar en cualquier despacho de cristal sin molestar a nadie.

Escuchar que esa asepsia es una resta me resulta una idea casi violenta, un idioma desconocido.

Trago saliva y vuelvo a las hojas. Terminamos de revisar los párrafos que quedaban, tachando horarios y reajustando la logística de las entregas.

Cuando no queda un solo punto técnico que consultar, la pantalla del ordenador me indica que llevamos treinta y ocho minutos de llamada.

Un asunto de diez minutos ventilado con frialdad ejecutiva se nos ha escapado entre las manos.

—Bueno —digo, sintiendo una torpeza física en la boca para dar la conversación por cerrada—, creo que ya está todo.

—Sí, eso parece.

Ninguna de las dos cuelga. Se oye solo la estática de la línea y el chasquido lejano de la radio del bar.

—Cualquier cosa que necesites, me escribes o me llamas —digo al fin, impostando esa modulación recta y profesional que me sale sin pensar cuando quiero poner distancia.

—Vale. Aunque prefiero llamar. Se me da fatal escribir bonito.

—A mí se me da fatal todo lo contrario.

Lola suelta una carcajada honda, un sonido que le nace del estómago y que retumba en el auricular sin ningún tipo de filtro, chocando de lleno con mi respiración corta y pausada.

—Pues estamos bien combinadas —dice—. Buenas tardes, Itziar.

—Buenas tardes, Lola.

Presiono el botón rojo. Apoyo el móvil boca abajo sobre la madera de la mesa y me quedo fija mirando la pantalla en negro.

Siento los músculos de la cara rígidos, deshabituados a la sonrisa tonta que se me ha quedado dibujada frente al reflejo oscuro del cristal.

No me pasa esto con los clientes. Nunca.

Llevo doce meses repitiéndome una norma estricta, un límite de seguridad grabado a fuego: nada de vínculos personales con la gente del trabajo, ni con sus entornos, porque esta agencia levantada a base de créditos es lo único que me sostiene y no voy a arriesgar los ingresos por un despiste emocional.

Me paso la mano por la cara. Siento la piel caliente. Repito la norma para mí misma, con la voz apagada resonando en las paredes desnudas del salón, pero la frase suena ya tan vacía y seca como el aire que sale de un radiador encendido.