Contigo ni de coña Capítulo 11 — Alba
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Capítulo 11 — Alba

Llevo cuarenta y ocho horas exactas encajada en esta cama de hotel con el cuello rígido, alternando entre responder correos de gestión de crisis y mirar las grietas del techo de escayola mientras me pregunto si debería hacer el equipaje antes de que me echen.

Siento el estómago encogido, un hueco por no haber probado más que un par de cafés fríos de máquina que saben a calcetín.

Llaman a la puerta. Son dos golpes en la madera aglomerada, un ritmo que no se parece al nudillo suave de nadie de mi equipo.

He desbloqueado la pantalla tantas veces desde el martes que tengo la yema del pulgar adormecida.

Itziar me escribe cada cuatro horas con la contención de quien administra un edema: serenidad sin decirme que la prensa local nos devora.

A las diez he empezado una nota de renuncia de treinta y cuatro palabras.

La he borrado tres veces; las tres me ha parado el mismo pinchazo caliente en el esternón, un rechazo físico a darme por vencida que no sé poner en orden.

Es Marcos.

Trae una camiseta limpia, se nota el olor a jabón neutro y el pelo aún húmedo pegado a la nuca.

Tiene una tensión extraña en las mandíbulas, ese rictus apretado de quien se traga el orgullo porque no le queda más remedio.

Durante tres segundos largos no suena nada en el pasillo.

Estamos los dos inmóviles sobre la alfombra gastada del umbral, midiéndonos, sintiendo la carga densa que se ha acumulado desde el cuarto frío el otro día.

—¿Puedo pasar? —dice.

Me aparto. Mis talones descalzos pisan la moqueta áspera.

La habitación tendrá unos doce metros cuadrados, lo justo para la cama individual, una mesa de aglomerado y esa luz de tubo fluorescente que usan en los edificios de la Diputación.

Marcos entra sin hacer ruido, ocupando el espacio con esa soltura medida con la que se mueve entre los fogones: sin bracear, aprovechando cada paso, sin rozar una sola esquina.

—Si vienes a pedirme que abandone la campaña —digo, empujando la puerta hasta oír el resbalón de la cerradura—, llegas tarde. Llevo la mañana calculando la indemnización.

—No vengo a eso.

Se queda de pie junto al escritorio, rectísimo, con las manos metidas en los bolsillos de un vaquero oscuro que no tiene las manchas habituales de harina o aceite de la cocina. Desvía la mirada hacia la ventana dos segundos. Por primera vez desde que lo vi en la presentación, le cuesta arrancar.

—Vengo a pedirte que no lo hagas —dice al fin—. Que sigas.

Me late el pulso en el cuello. Llevo dos días enteros esperando una notificación del gabinete jurídico, un burofax, reproches o el puñetazo en la mesa de un hostelero al que le he reventado la mañana ante los medios y los patrocinadores. Esto no lo tenía calculado.

—¿Cómo?

—Si te vas, la campaña se cae. Si la campaña se cae, la Diputación cancela la subvención y me revisa la concesión del local.

—Habla despacio, soltando los datos con la precisión con la que pesaría cien gramos de sal o doscientos de manteca, sin adornos, exponiendo la pérdida real—.

No te voy a vender una moto diciéndote que esto lo hago por tu cara bonita.

Es pura supervivencia. Necesito el impacto de este contrato para pagar la cocina nueva.

Y para que esto tire para adelante, te necesito dentro.

Hay algo que me remueve las tripas en esa soltura para enseñar las cartas.

Es una franqueza dura, de tasca, sin el barniz diplomático al que estoy acostumbrada.

Tras cuarenta y tantos mecenas diciéndome frases de manual para amortiguar el golpe, la dureza llana de Marcos me asienta los pies en el suelo.

—¿Y si me niego?

—Pues perderé el local por el que llevo cotizando catorce horas diarias los últimos tres años. —Se encoge de hombros, un movimiento mínimo que contrasta con el peso de la quiebra—. Pero no voy a rogarte nada. Si coges las maletas, te vas y me jodo. Es tu decisión.

La palabra le sale rasgada, con el acento gaditano marcando las eses al final, roto por la irritación. Es el primer rasguño que le veo en la coraza de profesional impecable que ha llevado puesta desde la primera reunión, y ese pequeño fallo de cálculo hace que se me deshinche la rabia en el pecho.

Me dejo caer en el borde del colchón. Siento la dureza del muelle bajo el muslo.

Gano unos segundos para que el aire vuelva a entrarme en los pulmones.

Pienso. No en la marcha en sí —en el fondo sé desde ayer que volver a Huelva derrotada sería tragarme el mismo polvo que llevo masticando desde que se viralizó aquel vídeo—, sino en el precio que voy a ponerle a mi permanencia.

—Me quedo —digo—. Pero pones las cartas sobre la mesa conmigo.

Alza una ceja. Su rostro recupera algo de atención.

—Te escucho.

—Primera: nada de desaparecer como el martes. Si se tuerce una rueda de prensa o saltan los periodistas, me lo dices de frente, no me dejas tirada ante las cámaras mientras te escondes en la trastienda.

—Hecho —dice.

—Segunda: se acabó nombrar el dichoso vídeo a cada minuto. Tenemos siete semanas de actos por delante y voy a exigir compostura profesional delante de los micrófonos, aunque en cuanto se apaguen los focos no nos demos ni los buenos días.

—Puedo cumplirlo.

—Y tercera. —Trago saliva. Tengo la boca áspera como la lija.

Esta es la cláusula que me quema por dentro desde hace dos noches—.

Si un día estás hasta las narices y quieres pegarme un grito, me lo pegas.

Prefiero que me eches en cara lo que piensas a que me des otro portazo en la cara como el del cuarto frío. Me revientan los modales de compromiso.

Se me queda mirando sin pestañear. Hay un brillo distinto en las pupilas, una mezcla de extrañeza y evaluación sutil que no llego a descifrar.

—Una enmienda —dice.

—No son enmiendas, es un pacto verbal.

—Pues una enmienda verbal. Que nadie me llame «proveedor de contenido». Lo pone en el contrato, página cuatro, y me sentó como una patada.

No me sale la risa, pero algo se me afloja en la comisura.

—Aceptada.

—De acuerdo —dice. La voz le sale más grave, asentada—. Hecho. Y para que quede claro: tregua es tregua. Amigos, contigo ni de coña.

—Yo no he pedido amigos. Y contigo, ni de coña.

El silencio vuelve a ocupar los doce metros de la habitación.

Ninguno hace el gesto de extender la mano ni de acortar los dos metros de moqueta que nos separan.

El recuerdo del contacto torpe del otro día sigue demasiado fresco para arriesgarnos a otra sacudida.

Es un trato en el aire, sin papel oficial de la Diputación ni asesores redactando borradores.

Una tregua de conveniencia entre dos personas que se necesitan para no hundirse.

Apoyo las palmas sobre la colcha y noto que las manos me han dejado de temblar.

Sorprende darse cuenta de cómo cambia la presión en la sien cuando dejas de encajar golpes y pones tus propios límites.

Llevo treinta y seis meses acatando los guiones que redactaban otros para amortiguar mi caída —los consultores de Sevilla, la abogada de la agencia, la misma Itziar ordenándome callar— y esta es la primera tarde, desde la filtración, en la que fijo yo el precio de mi trabajo.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —dice Marcos, agarrando el pomo de la puerta antes de salir.

Me quedo inmóvil.

—¿Por qué grabaste eso? —La voz le sale ahora sin la firmeza del comerciante, más baja, casi por pura curiosidad insatisfecha—. Lo del pescado. Nunca lo he entendido. Por qué esa receta, por qué decirlo de esa forma, con esa suficiencia, como si estuvieras cobrándote una deuda antigua.

La pregunta me cruza la espalda como un latigazo de agua helada.

Me escuece exactamente en el sitio que llevo tres años blindando con capas de indiferencia.

Podría soltarle ahora mismo lo de los domingos de mi infancia en Huelva, el olor a aceite refrito pegado a la cortina de la cocina, mi madre limándose las uñas tras la barra de la freiduría y esa mueca amarga que se le quedó la tarde que quebró el negocio familiar.

Podría saldar la cuenta con él en diez segundos.

Se lo debería, tal vez, después de haber visto cómo me ha enseñado sus cuentas sin pestañear.

Cierro la boca. Aprieto los dientes.

—No es tan sencillo —digo. Me oigo la voz plana, distante, una respuesta miserable que no cubre ni la mitad de lo que pide, pero es todo lo que me sale del estómago.

Marcos sostiene la mirada un par de segundos más, sopesando el peso de lo que me he callado, pero no aprieta.

Hace un gesto leve con la cabeza y se desliza hacia el pasillo.

La puerta se cierra con un chasquido metálico.

Me quedo sentada en la cama, pegando la libreta de notas contra las costillas, sintiendo la dureza del cartón apretándome el pecho mientras cuento mis propias pulsaciones en el silencio del cuarto.