Contigo ni de coña Capítulo 10 — Marcos
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Capítulo 10 — Marcos

La reunión de crisis empieza a las nueve en punto de la mañana en la Casa del Pirata.

El jefe de prensa se ha apoderado de la única mesa que no tengo montada para el servicio, desplazando la aceitera y el pimentero para hacer sitio a sus papeles.

Entre los dos hay un solo café solo que lleva veinte minutos enfriándose, con una capa de nata amarillenta ya cuajada en la superficie que no me he atrevido ni a mover.

Junto a la taza, una carpeta grasienta de capturas impresas que trae bajo el brazo desde ayer a las ocho de la tarde, acumuladas como quien junta albaranes para defenderse en un embargo.

Tengo los ojos secos de no haber pegado ojo.

He pasado seis horas dando tumbos en la cama, con la palma de la mano derecha todavía caliente por el apretón de hace dos días y la mandíbula apretada recordando cada palabra masticada ayer entre las cajas de lechugas.

No he sacado nada en claro, solo un latido raro en el estómago que me dice que en setenta y dos horas algo se me ha descolocado dentro.

—Esto es lo que hay ahora mismo —dice, deslizando la tablet hacia mi lado hasta rozar la taza.

La pantalla brilla reflejada en mis pupilas.

—Doscientos catorce mil visionados del vídeo que grabaron los del fondo.

Los comentarios están rajados por la mitad: trescientos defendiéndote a ti, cuatrocientos pidiendo la cabeza de Alba y unos pocos rescatando las imágenes de hace tres años para moverlas de nuevo.

La Diputación ha llamado a las siete y diez.

Están valorando congelar la partida presupuestaria de la campaña.

Congelar la partida. La saliva se me vuelve amarga y dura, como si hubiera tragado un pedazo de carbón vegetal.

—Si paralizan eso —digo, forzando las cuerdas vocales con la voz ronca de la mañana—, ¿qué hacen con la renovación del local?

El jefe de prensa deja correr seis segundos en el reloj de la pared antes de responder. Ese silencio, pesado como el tufo a frito del extractor apagado, me pesa más en el pecho que cualquier discurso.

—La cláusula de la prórroga exige un mínimo de impacto mediático —suelta al fin—. Si cortan la emisión antes de llegar a los doce episodios, tienen cobertura legal para tumbar la concesión. La tuya incluida.

Apoyo los codos en la mesa y fijo la mirada en la nata del café.

Pienso en los setenta metros cuadrados de comedor que llevo tres años trazando a lápiz sobre servilletas, un proyecto que sigue en el aire mientras este cuchitril huele a humedad.

Todo mi pan pendiendo de tres despachos en los que no pinto nada.

—¿Qué exigen para mantener los fondos?

—Silencio en las redes. Que el equipo ruede hoy a las diez como si nada.

Que vosotros dos pongáis cara de no haberos tirado los trastos a la cabeza.

—Me mira de arriba abajo, deteniéndose en mi camiseta arrugada—.

Y que no te desmarques corriendo a mitad de toma como hiciste ayer a las diez de la mañana.

El trago me raspa por dentro. Sé que el plante que le hice en el almacén frigorífico fue una cagada de crío sin una gota de sentido común, pero el remordimiento me escuece en las tripas.

—Tengo que hablar con ella —digo, apretando los nudillos sobre el borde de la mesa antes de pensarlo bien—. Con Alba.

El jefe de prensa arquea la ceja izquierda, arrugando la frente.

—Pensaba que erais la mecha del petardo.

—Y lo somos. Pero si la concesión depende de lo que firmemos esta semana, prefiero que escuche de mi boca que no me voy a rajar. No quiero que le llegue un escrito frío de la oficina firmado por un gestor.

Me oigo y no me reconozco. Durante treinta y seis meses me he jurado a mí mismo, mientras fregaba los azulejos de esta cocina, que no volvería a poner mi sueldo en manos de nadie que viviera de una pantalla o de una cámara.

Y aquí estoy, con la suela de los zapatos gastada y la dignidad a rastras, calculando cómo pedirle a esa mujer que aguante el tirón.

No es solo por la concesión. Hay algo más hondo, un peso sordo que no pienso soltarle a este tío ni a nadie.

Si esto se rompe hoy, antes de que sepa qué demonios significó la piel del brazo ardiendo ayer en el almacén a cuatro grados, me voy a quedar con un nudo que no me va a dejar tragar en la vida.

Es una locura, una imprudencia que me cuesta asimilar. Tres años huyendo del circo de los platos decorados para acabar mendigando dos minutos de conversación con la persona que me hundió el negocio.

—Está en el hotel de la Plaza de España, habitación doscientos cuatro —dice el jefe de prensa, recogiendo sus capturas y guardándolas en la carpeta de plástico—. Si vas a moverte, hazlo ya. A las diez y media hay reunión con los patrocinadores.

Hago un gesto con la cabeza, me desato los cordones del delantal negro de peto que ni me acordaba de llevar puesto, y lo dejo caer sobre la silla.

Salgo a la calle con los gemelos cargados y una rabia sorda metida en los huesos, apretando el paso en dirección a la entrada del hotel, dispuesto a encarar a la mujer que me dejó sin nada.

Menuda semanita llevo en el cuerpo, me digo, cruzando el Pópulo mientras el sol de las nueve y media empieza a quemarme la nuca y la camiseta se me pega a la espalda de la humedad. Ofú, si me lo cuentan hace un mes, me río en su cara y no me lo creo ni jarto de vino.