Capítulo 9 — Alba
—No lo sé —digo—. Pero no podía quedarme ahí fuera sonriendo ni un segundo más.
El frío del cuarto del género me pega de golpe en la piel sudada del cuello, una corriente helada que huele a metal oxidado y a verdura recién cortada.
Se me revuelve la acidez de siempre cada vez que rozo el miedo a fallar.
Pero hay algo en este frío que me obliga a bajar los hombros: es un aire ajeno a los focos, al calor de las pantallas y al temblor de mis manos.
Fuera, al otro lado de la puerta, continúa el chasquido de los platos.
Aquí dentro solo estamos dos personas y un aire que me escuece en las narices.
Marcos me mira con los ojos entrecerrados, las pupilas fijas en mí como si midiera la distancia exacta para no tropezar con un trasto roto.
—Pues aquí no hay cámaras —dice—. Así que no sé qué esperas conseguir.
—No espero conseguir nada.
—¿No? —Apoya la espalda contra el borde metálico de la estantería.
El acero cruje bajo su peso. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, la camiseta negra manchada de harina seca en el codo derecho, y la piel del cuello tan tirante que puedo verle el latido rítmico de la yugular.
Es una rigidez física, una postura de fuerza que conozco bien en los hombres golpeados por la vida—.
Porque a mí me parece que llevas tres años sabiendo exactamente lo que consigues con cada movimiento que haces.
Lo tuyo es medir el impacto antes de actuar, ¿no?
Eso me han dicho que hacéis los que vivís de esto.
Calculáis el alcance antes de sentir nada.
—No es tan sencillo.
La frase me sale en una nube de vaho y los dientes me castañetean en la última sílaba, lo que le quita bastante solemnidad. Él tampoco gana: tiene los labios morados y aun así consigue mirarme como si tuviera calefacción.
—Para mí sí lo fue. —Se inclina apenas un centímetro hacia adelante, la voz plana, clavándome la mirada sin parpadear—.
Para mí fue sencillísimo. Un día tenía un restaurante y al siguiente no tenía nada, y en medio de esos dos días había exactamente un vídeo tuyo y dos millones de personas repitiendo tu titular como si fuera verdad revelada.
—Sé que no...
—Ni siquiera sabes lo que vas a decir tú misma, ¿verdad? —La voz le sale rasposa, casi un silbido grave entre los dientes apretados—. Llevas dos días hablándome en el idioma de tu oficio, «engagement», «retención», «alcance», y ahora que tienes que hablarme en el mío no te sale ni una frase entera.
La boca seca me impide tragar saliva y siento un latido sordo detrás de los ojos.
Odio la certeza helada con la que me habla.
Intento enderezar la espalda para no parecer más pequeña entre estas cajas de plástico, busco una frase pulida, un vocabulario técnico que sirva de parapeto, y solo noto el sudor enfriándoseme en las sienes.
Es la desnudez de cuando, de niña, me quedaba sin respuesta en la pizarra delante de toda la clase.
—¿Lo sabías? —pregunto. El esfuerzo por mantener la voz firme me tensa los músculos de la mandíbula—. ¿Sabías quién era yo desde el principio?
Se queda inmóvil. El único sonido en la cámara es el zumbido grave del motor de refrigeración que vibra bajo el suelo de cemento, contando seis o siete segundos largos de silencio.
—Desde el correo, hace dos días —dice al fin—. Reconocí tu nombre antes de terminar de leerlo.
Un pellizco me atenaza el bajo vientre. Mantengo los dedos apretados contra las costuras de mis pantalones para que no se note el temblor de las uñas.
Me he pasado la mañana entera calculando escenarios, contando los minutos de cada interacción, midiendo las distancias en la cocina para no parecer nerviosa, mientras él guardaba esa información bajo la piel, masticándola en silencio a cada paso.
—Y no dijiste nada.
—¿Qué querías que dijera? —Da un paso corto hacia la izquierda. La suela de su bota de trabajo chirría contra el suelo húmedo—. ¿«Hola, sé que arruinaste mi vida hace tres años, encantado de trabajar contigo»? Perdona si no encajaba en tu calendario editorial.
—No fue mi intención que...
—Da igual la intención. —Mantiene el tono bajo, una línea continua y fría que me resulta más pesada que si me hubiera gritado a diez centímetros de la cara—.
El restaurante cerró igual. Mis empleados se quedaron sin trabajo igual.
Yo pasé seis meses sin poder mirarme al espejo sin ver primero tu vídeo, igual.
La intención no cambia ninguna de esas cosas, y tú lo sabes mejor que nadie: si algo entiendes de verdad es de resultados, no de intenciones.
Las palabras me caen encima como sacos de yeso.
Aprieto los dientes hasta que me duelen los molares, buscando espacio para colar un perdón, pero cualquier frase que imagino me suena falsa, artificial, igual que los correos automáticos que envío a las marcas cuando se cancela una colaboración.
Si pido disculpas ahora, entre el olor a apio podrido y los cajones de plástico, me voy a sentir como una mentirosa pagando una multa pequeña para quitarse el problema de encima.
El orgullo me quema el pecho, un ardor caliente que sube desde el estómago.
—No voy a pedirte perdón aquí, con cajas de verdura de por medio y diez minutos antes de que alguien nos interrumpa —digo, y notarlo en los labios me produce una descarga de adrenalina que me aclara la vista—. Si algún día te lo pido, quiero que valga algo. No quiero que sea esto.
Él parpadea. Afloja ligeramente los puños que mantenía cerrados junto a los bolsillos del delantal, y por un segundo la línea rígida de sus hombros cede dos centímetros hacia abajo.
La sorpresa le altera el rictus del rostro, descolocando esa guardia pesada que traía levantada desde que cruzó la puerta.
—Muy conveniente —dice, con la voz perdiendo el filo abrasivo de antes—. Aplazar la disculpa hasta que te convenga más.
—Piensa lo que quieras.
El aire entre los dos se vuelve denso como una habitación cerrada en agosto.
Percibo el calor de su cuerpo a un metro, compitiendo con el frío.
Nos miramos reconociendo las ojeras del otro, la dureza del trabajo no pagado.
Ya no hay distancia comercial ni pantallas de por medio; el silencio se estira con la pesadez de una deuda antigua que ninguno de los dos puede saldar esta tarde.
La puerta de metal se abre con un golpe que choca contra el tope de goma del suelo.
—Aquí estáis. —El jefe de prensa entra atropelladamente.
Trae la camisa de vestir pegada a las axilas por dos cercos grandes de sudor, y el aliento le huele a tabaco rancio y café frío.
Se pasa la mano por la frente brillante—.
Llevo un cuarto de hora buscándoos, y las cosas no pintan bien.
Si esto sigue creciendo en redes antes de que salgamos con un comunicado, la Diputación va a plantearse cancelar la campaña entera.
Los dos. Esta misma tarde. Necesito una versión de lo que ha pasado ahí fuera, y la necesito ya.
Marcos me sostiene la mirada un segundo más. Veo la vena de su frente pulsar una vez antes de que desvíe los ojos hacia la salida.
—Vamos —dice él.
Da media vuelta y cruza el marco de la puerta, dejándome sola con el frío que me cala la tela fina de la blusa y el olor metálico del aluminio. Aprieto los puños hasta clavar de nuevo las uñas en la palma. Esta conversación no ha terminado. Ya me encargaré yo de que se termine, cuando toque.