Contigo ni de coña Capítulo 8 — Marcos
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Capítulo 8 — Marcos

Me he encerrado en el cuarto frío antes de saber siquiera que mis piernas habían decidido moverse.

No recuerdo el trayecto: tres zancadas ciegas desde el fogón cuatro hasta el tirador de la puerta.

Pasar del vapor a noventa grados a este habitáculo a cuatro me deja tiritando, rodeado del olor ácido de las acelgas podridas y el zumbido del compresor, con las aristas de aluminio de las estanterías clavándoseme a través de la chaquetilla húmeda.

El cuerpo reacciona por pura supervivencia antes de que la mente procese el golpe.

«Denunciaba que el chef le había robado una receta a su madre».

Ha sido Alba. Lo sabía. Lo supe desde el correo de hace dos días, a las nueve y cuarto de la mañana, y lo confirmé ayer mismo con esa humedad pegajosa que se me quedó en la palma de la mano tras estrechársela en la sala de reuniones de la Diputación, y aun así, oírlo en voz alta, pronunciado por un tipo con polo de marca delante de dos cámaras con objetivo de cincuenta milímetros y media docena de clientes mirando, me ha reventado las tripas.

Una cosa es masticar la sospecha a solas en el estómago.

Otra muy distinta es que el mundo entero te escupa el veneno a la cara en directo.

Coño.

Cierro los ojos. Este aire a cuatro grados, este tufo a chapa y verdura marchita que llevo doce años usando como tranquilizante natural, hoy el cuerpo lo rechaza. La yugular me percute a más de ciento veinte pulsaciones, un pulso que no tuve ni en los pases de noventa comensales de Madrid.

Porque no es solo rabia lo que me quema por dentro.

La rabia es limpia, la rabia se mide en gramos y tiempos de cocción, la sé manejar.

Esto es una náusea fría mezclada con una vergüenza física, un ardor que me sube por las mejillas al saber que todos los presentes —y yo el primero, hace dos minutos, con la sartén de hierro en la mano derecha y la cabeza en blanco— hemos tenido que presenciar delante de las cámaras lo que me hizo.

Justo en el instante en que me pillé a mí mismo mirando cómo trabajaba ella, bajando la guardia, olvidando la hostilidad de estos dos días.

Pienso en mi padre, en sus manos llenas de callos de la almadraba, y en la colleja que me daría si me viera ahora encogido entre dos cajas de cartón de tomates en lugar de plantarle cara al problema.

Él jamás se echó para atrás. Yo llevo mil noventa y cinco días huyendo de todo: de los micrófonos, de la prensa local, de cualquier mierda que me recuerde a la vida que me arrebataron.

Y hoy, el primer día que me atrevo a salir del pozo, la realidad me mete los dedos en la boca para recordarme por qué me escondía.

Eso es lo que me abrasa el pecho. No el escándalo, que de esos me he tragado unos cuantos.

Es la estupidez de haberme quedado, hace media hora, mirándole el cuello con una curiosidad imbécil que no sentía desde hacía años, y descubrir lo gilipollas que he sido por ceder un milímetro.

Tres años levantando un muro con cada plato, y en cuarenta y ocho horas esta tía se me mete por una rendija que creía sellada con cemento.

Suelto una risotada entre las paredes de chapa.

Dos nudillos chocan contra la puerta. Son dos golpes, seguidos de la voz de Lola al otro lado:

—¿Marcos?

Me quedo inmóvil. Aprieto los dientes porque me da miedo la saliva amarga que acumulo en la boca; si hablo ahora, voy a escupir fuego.

Necesito sesenta segundos. Necesito que el pecho deje de subir y bajar como un fuelle roto antes de pisar la sala, porque si salgo con las venas del cuello hinchadas, termino estampado contra alguna lente de la televisión.

—Marcos, chocho, ábreme.

Esa palabra, ese «chocho» dicho con la cadencia pesada de Cádiz, me afloja el pecho más que cualquier ejercicio de respiración. Siento cómo la presión arterial me baja un par de puntos, lo justo para estirar el brazo, agarrar la palanca de acero y tirar hacia adentro sin que los dedos me tiemblen.

Abro. Lola se apoya en el marco de la puerta, con la frente arrugada y las cejas comidas por la preocupación, mirándome sin rodeos.

—¿Estás bien?

—Estoy perfectamente —digo.

Las palabras me salen rasposas. Los dos sabemos que es mentira, pero ella se limita a apretar los labios con la lealtad habitual y no insiste.

—¿Qué está pasando ahí fuera? —pregunto.

—Un pifostio gordo. El de prensa dando vueltas como un pollo sin cabeza, los de las mesas del fondo sacando los móviles para grabar la escena, y ella...

—Lola se pasa la mano por el delantal, midiendo las palabras antes de soltarlas—.

Ella está aguantando el tirón. Pero se le ve en los ojos.

Y tú aquí, congelándote los huevos como un gilipollas, que es lo que hacéis los tíos cuando algo os escuece.

No le pregunto qué se le ve. Me muerdo la lengua para no hacerlo, aunque la curiosidad me quema en las sienes con un martilleo físico, molesto.

Esa contradicción —querer saber y querer mandar todo al carajo a la vez— es la prueba definitiva de que llevo desde ayer con las tripas revueltas por su culpa.

Antes de ayer habría jurado por la memoria de mi padre que la suerte de Alba Nieto me importaba un carajo.

Hoy me resulta imposible repetirme esa mentira sin sentir un pellizco en el estómago.

—Dame un minuto —digo, apoyando el peso en la estantería—. Y salgo.

Lola asiente en silencio y empuja la hoja de acero hacia atrás. La goma de la puerta sella el compartimento y me devuelve al zumbido monótono del motor, rodeado de cajas de lechugas y de esta rabia que me corroe los nudillos.

No llego a contar treinta segundos.

El cerrojo metálico vuelve a sonar con un chasquido y la puerta se abre.

No es Lola. Es ella. Alba entra sola, sin las cámaras detrás, sin el chaval de comunicación sujetándole el sobre de folletos.

Cierra de golpe a sus espaldas con una firmeza que no tiene nada que ver con la mueca estúpida de compromiso que le he visto mantener en la sala.

El flujo del aire helado le agita un mechón suelto que se le ha escapado del recogido, haciéndolo bailar sobre la frente húmeda de sudor.

Me quedo mirando esa mecha de pelo, fijándome en esa tontería como si la vista necesitara agarrarse a un punto fijo para no perder el equilibrio.

Esto no estaba en el guion del programa. No estaba en ningún plan de rodaje ni en lo que se supone que dos profesionales en nuestra posición deben hacer.

—¿Qué haces aquí? —pregunto.

Alba no responde de inmediato. Se queda parada sobre el suelo de aluminio antideslizante, a dos pasos de mí, encajonada entre una pila de calabacines y los sacos de patatas, mirándome sin la distancia helada que suele ponerse como coraza.

Por primera vez en todo el tiempo que llevamos cruzando frases, tiene la cara de alguien a quien le acaban de hundir el suelo bajo los pies delante de cincuenta desconocidos.

La misma cara de gilipollas que se me quedó a mí en Madrid.

—No lo sé —dice, con la voz apagada—. Pero no podía seguir ahí fuera sonriendo como una estúpida ni un segundo más.

El espacio del cuarto frío se reduce a la mitad.

Entre el palé de verduras que nos separa y su hombro no hay más que metro y medio de aire helado, pero la densidad de la sala me pesa en el pecho como si estuviera sumergido a diez metros de profundidad.

Doy un paso al frente sin pensarlo, sintiendo cómo el frío del suelo me atraviesa las suelas de los zuecos.