Contigo ni de coña Capítulo 7 — Alba
15%

Capítulo 7 — Alba

El plástico frío del micrófono pasa de mano en mano —del técnico de sonido al camarero, del camarero al tipo del polo salmón en la mesa siete— y a mí se me va la voz antes de procesar el desastre.

Ochenta y cinco centímetros de cable negro serpenteando entre los tenedores.

Una lentitud engañosa. Podría haber levantado la mano izquierda, decir la frase número catorce del manual de contención —«Anotamos la pregunta para la ronda final, gracias»—, pero las articulaciones del cuello no me responden.

Me quedo quieta. La Moleskine se me clava en la palma; la tapa dura absorbe el sudor de mis dedos.

Sonrío con los labios pegados a los dientes por la falta de saliva.

Una parte de mí, la que aún recuerda el olor a rancio de los veranos sin vacaciones, sabe que las deudas antiguas se cobran siempre con público.

—Gracias —dice el hombre.

El mimbre de su silla cruje bajo sus ochenta kilos mientras se recoloca el cuello de la camisa. Me apunta con el índice, la uña cuadrada, impecable, de quien no ha fregado una plancha en su vida.

—Yo a esta chica la conozco. Es la del vídeo de hace tres años. El del negocio de Madrid.

El murmullo de la sala baja diez decibelios de golpe.

El técnico se queda con la percha de dos metros suspendida a medio metro de la mesa; al realizador se le desencaja la mandíbula y se le olvida marcar la entrada de cámara.

En la mano izquierda me quedan cuatro dedos dormidos rodeando el cuaderno.

El pulgar se me ahoga contra el papel. El aire del Pópulo entra por la puerta exterior a treinta y cuatro grados, cargado de salitre y aceite frito, y se me pega a las aletas de la nariz como una película de grasa.

La que hizo aquel vídeo. El del restaurante de Madrid.

El golpe térmico me sube desde los tobillos hasta las orejas.

No es la cocina abierta ni los focos: es la física exacta de aquella noche de hace tres años, el portátil abrasándome los muslos, el contador marcando doscientas mil, cuatrocientas mil, novecientas cincuenta mil reproducciones antes de las tres de la madrugada, y la ilusión estúpida de que por fin podía arreglarle la vida a mi madre.

Hoy noto la misma sangre hirviendo en las sienes, pero esta vez la mecha me quema las suelas.

Aprieto las muelas hasta que me chispea el oído derecho.

Sostener el encuadre. Contar tres segundos mentales —uno, dos, tres— antes de mover un solo músculo de la cara, tal como me repetía el consultor de medios con voz de metrónomo.

Hombros abajo. Respirar por la nariz para que la clavícula no suba.

Noventa mil seguidores ganados a fuerza de tapar esto debajo de recetas de tres minutos y planos de iluminación cuidada.

—No sé de qué me habla —digo.

Las cuerdas vocales me salen rígidas, pero la voz suena plana, lisa, sin grietas. Por dentro, sin embargo, siento la sacudida seca de una articulación que se desencaja fuera de sitio.

—Claro que lo sabe.

El tipo aprieta el tubo metálico del micrófono con los nudillos blancos. Le brilla la frente por el calor.

—Yo vi la publicación original. Se volvió viral en tres horas. Decía que le habían copiado la fórmula del adobo a la familia.

El realizador da dos pasos cortos, levantando las palmas con el reloj de pulsera brillándole bajo la luz artificial.

—Señor, por favor. El espacio está reservado para la grabación.

—Si solo estoy diciendo lo que hay —el hombre no suelta el aparato, asentado en la silla con la terquedad pesada de los clientes que han pagado una cuenta de cuarenta y cinco euros—. Es chocante que trabaje con él ahora.

La palabra familia me entra por el oído como una salpicadura de aceite hirviendo en el antebrazo.

A mi alrededor, tres móviles se alzan en ángulo de cuarenta y cinco grados; el piloto rojo brilla en dos.

El realizador consulta su monitor calculando el coste de pausar la producción.

Alguien murmura una orden, pero la cámara secundaria no se apaga.

Giro la cabeza hacia la barra de emplatado buscando a Marcos.

El corazón me da un latido sordo, tan fuerte que la vena del cuello me martillea contra el cuello duro de la blusa.

Es ridículo esperar nada de él —ningún gesto, ninguna piedad del hombre al que hundí la reputación en sesenta y tres segundos de metraje editado—, pero el cuerpo reacciona antes que el cálculo.

El taburete metálico junto a la plancha está vacío.

La espátula descansa sobre el trapo, pero él ya no está. El hueco de un metro ochenta donde hace diez segundos picaba perejil me produce un vacío repentino, como fallar el último escalón al bajar a oscuras.

El jefe de prensa me agarra del tríceps por detrás. Las yemas de sus dedos se me clavan en el músculo a través de la tela con una presión de tres o cuatro kilos.

—Sigue sonriendo —musita entre dientes, sin abrir la boca, expulsando un aire cálido con olor a café rancio—. Sonríe al tiro de cámara dos y no te muevas.

Hago fuerza con los músculos cigomáticos.

Las comisuras me tiran hasta doler. En la mesa tres, una mujer de unos cincuenta años empieza a dar palmaditas lentas, para romper la tensión del ambiente.

Dos personas más la siguen por pura inercia social, generando un aplauso ralo que suena a platos de plástico chocando entre sí.

El jefe de prensa levanta el pulgar hacia el realizador, indicando que mantenga la grabación abierta mientras me hace retroceder dos pasos hacia el pasillo de servicio.

En el pecho me queda la misma presión del día que embargaron la freidora industrial de mi madre.

Pienso en sus manos arrugadas limpiando el mostrador por última vez, convencida de que mi vídeo era justicia divina y no una bomba de mecha corta.

Y pienso en Marcos, al otro lado de la puerta de vaivén, encajando la confirmación de quién soy.

Cuando la mano del jefe de prensa cede sobre mi brazo, dejándome la marca roja de sus dedos en la piel, los oídos se me despejan de golpe. Lo que más pesa en esta sala no es la cámara enfocándome la frente ni el tipo del polo salmón.

Es el vapor que sigue saliendo, a tres metros de mí, del plato que él dejó a medio emplatar.