Capítulo 6 — Marcos
Cocinar con tres focos apuntándome a la cara y el chasquido constante de los obturadores es una pesadez insufrible.
Técnicamente los movimientos salen, pero noto un ardor punzante en la nuca y las articulaciones torpes, con un retraso pesado, como si el sudor que me baja por la frente frenara la orden de los nervios antes de llegar a los dedos.
Llevo desde las siete de la mañana —exactamente tres horas— montando la puesta a punto con el aceite frío pegado a los antebrazos.
A las diez, con dieciocho cubiertos ocupados de los veinticuatro que entran en el comedor y cuatro operarios entorpeciendo el paso entre los fogones y la sala, esa pesadez en las muñecas no hace más que aumentar.
He cocinado con el escrutinio de dos inspectores de guía anotando en silencio a dos metros de la mesa de pase, con proveedores cargantes reclamando atención a gritos y con un crítico que se sentó en la mesa uno con un bloc de tapas de hule idéntico al que ahora me remueve las tripas por razones muy distintas.
Jamás se me había contraído tanto el estómago ni me había costado tanto ignorar a quien tenía enfrente.
No son las cámaras ni el cableado por el suelo.
Es Alba. Entra y sale de mi visión periférica apretando contra el pecho esa libreta con las esquinas desgastadas, moviéndose con un aplomo que no pide permiso a nadie.
Cada vez que la noto a mi espalda supervisando la luz del plano, se me tensa la piel del cuello y se me acelera el pulso, con un calor molesto que nada tiene que ver con los fuegos.
—Necesitamos que mires a cámara al menos una vez —dice ella.
—Aquí no miramos a cámara mientras cocinamos. Miramos lo que tenemos en la sartén. Si no, se quema.
Suena más seco de lo que pretendía. El metal caliente del mango me quema levemente las yemas de los dedos, pero aprieto la mano sin mover un músculo para no dejar traslucir nada.
Que se acostumbre. Llevo más de mil días rechazando cualquier objetivo que me enfoque y no voy a romper mi norma esta mañana por inflar los números de una aplicación.
—Estás perdiendo un cuarenta por ciento de retención —insiste ella, con la voz de quien da un diagnóstico a un familiar.
—Mejor —digo, sin girarme—. Aquí no caben ni los que hay.
En la mesa siete hay un tipo cuya postura me genera mala espina.
Lo percibo entre pase y pase, con los ojos en el pescado y los oídos alerta: el tintineo de los cubiertos, el crujido de la puerta, el tono de quien pide la cuenta.
El cliente de la siete no toca su plato.
Alterna la vista entre la lente del trípode y Alba con una rigidez que no es la de quien viene a comer.
Tras quince años al frente de un pase, el cuerpo distingue los hombros relajados del que disfruta de la rigidez cervical del que mide los tiempos para dar un golpe. Y esta última me destempla la sangre.
—¿Todo bien por ahí? —le pregunto a Lola en un murmullo cuando pasa rozando el pase con el peso de la bandeja en el brazo izquierdo.
—¿Por dónde?
—Mesa siete.
Gira la cabeza con un movimiento imperceptible de la barbilla, manteniendo el torso erguido.
Lola abarca los treinta y dos metros cuadrados de la sala con un solo golpe de vista sin fijar la pupila en nadie, una destreza pulida tras doce años acumulando calambres en las piernas por las aceras de La Viña, donde un despiste al cruzar la mirada te cuesta perder a la clientela del barrio entero.
—Nada raro. Un señor con una copa de vino, ¿qué quieres que te diga?
Dudo un instante. La piel de los brazos se me eriza bajo la chaquetilla manchada de grasa.
No sé qué respuesta busco, ni tan siquiera por qué me escuece haber preguntado, salvo por ese nudo amargo que me oprime el esternón desde la mesa siete, del mismo modo que me quema la mano la extraña sensación que me dejó ayer el apretón de manos al despedirnos.
Trago saliva y vuelvo a bajar los ojos al aceite hirviendo. Intento sujetar el ritmo de la respiración y centrar la mente en el sonido rítmico del cuchillo contra la madera. Aguanto así diez minutos, con una gota de sudor bajándome por las sienes.
Entonces el cliente de la mesa siete levanta la mano. No busca la cuenta de cuarenta y cinco euros.
—Perdona —dice al camarero, alzando la voz con una firmeza seca que hiela el ambiente—. ¿Podéis darme el micrófono un momento? Quiero hacerle una pregunta a la cocinera influencer.
El realizador, que lleva toda la mañana absorto ajustando los niveles de entrada en el monitor, se yergue del taburete de un tirón.
Alba, situada a un metro a mi izquierda, se queda inmóvil.
Se le tensa la línea de la mandíbula un segundo antes de forzar esa sonrisa pulida de cara al público, la misma que pones cuando se te cae una bandeja al suelo y tienes que disimular el desastre.
La sartén de hierro me pesa de golpe en la muñeca y me quedo paralizado con el brazo en alto, rompiendo mi propia rutina, porque toda la sangre se me va de golpe al oído, atenta a esa mesa siete y a esa voz que mastica cada sílaba con rencor.
Fuera lo que fuese aquello, está a punto de arruinarnos el trabajo de toda la mañana.