Contigo ni de coña Capítulo 5 — Alba
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Capítulo 5 — Alba

Entro en la Casa del Pirata cuando la torre de la iglesia de Santa Cruz da las ocho.

El sudor me pega la camisa de lino a la espina dorsal tras cargar desde la furgoneta con los doce kilos del trípode pesado y la maleta de los focos.

Calculo la sala a ojo: no llega a los treinta y dos metros cuadrados.

Traigo los talones agrietados por el calzado de vestir y me escuecen dentro de los mocasines, pero en mi cabeza ya está corriendo el rótulo automático: potencial viral alto, estética de barrio.

Es el vicio de llevar cuatro años viviendo de monetizar lo que veo.

Clasifico el espacio antes de que me duela la espalda, encasillo a la gente antes de que me dirija la palabra.

Un olor denso me llena las fosas nasales, una mezcla de manteca, comino, hollín viejo y pan recién horneado.

El aire cargado me rasca al respirar, tan distinto del perfume sintético a pino que rocían a chorros en las oficinas de la agencia para simular calidez.

Las paredes encaladas muestran grietas que dejan ver el ladrillo tosco de debajo.

En cualquier sesión en Sevilla o Madrid habríamos llamado a un escenógrafo para imitar ese desconchón; aquí no hay más misterio que la falta de tiempo para dar una mano de yeso.

Saludo al equipo con un gesto seco. Compruebo la ganancia del micrófono de solapa en la grabadora Zoom —entre menos doce y menos seis decibelios—, mi rutina de siempre, la que evita que piense en los seiscientos euros que me quedan en la cuenta tras pagar el alquiler.

Pero hoy el estómago se me agarrota. Este local no se deja comprimir en una plantilla de Excel.

Con Marcos no me vale ninguna de mis fórmulas.

Lo veo a través de la puerta entreabierta de la cocina.

No es el encuadre congelado del PDF que me mandaron los jefes, ni la foto del contrato que firmamos ayer mismo.

Está inclinado sobre una sartén de hierro negro de unos treinta centímetros de diámetro.

La suela de sus botas raspa el suelo de terrazo con un ritmo sordo, exacto.

Corta el ajo sin mover la muñeca más de tres milímetros.

Me quedo clavada en el marco de la puerta, sintiendo el calor del fogón dándome de lleno en la cara, y aprieto la libreta Moleskine contra el pecho sin llegar a abrir la tira elástica.

Tenía la meta de apuntar tres observaciones antes de la primera toma; no tengo ni una sola línea redactada.

Llevo seis años trabajando en esto y es la primera vez que la mano no me responde para anotar.

—Tienes que mirar a la cámara al menos una vez durante el primer minuto —le digo. Trago saliva con un sabor metálico—. Si el protagonista no fija la mirada en los primeros tres segundos, la retención cae un cuarenta por ciento. Es estadística pura.

Marcos no deja de mover la rasera de madera. Se gira despacio. Huele a fritura, a carbón y a un sudor limpio. Me clava los ojos con una fijeza que me hace ajustar el peso del cuerpo de un pie a otro para no perder el equilibrio.

—Aquí no miramos a la cámara mientras cocinamos —dice—. Miramos la sartén. Si no, se quema todo.

El realizador, un chaval de veintidós años que acaba de salir de la escuela y tiembla cada vez que se descuadra un plano, me busca con la mirada para que intervenga.

Le hago una señal suave con la mano izquierda: dejamos correr el flujo, no apretamos.

Durante años he tratado con cocineros con estrella y ego a juego que querían salir guapos; intentas forzarlos a actuar y lo único que consigues son ocho gigas de metraje inservible.

Es hosco. Tenía esa palabra apuntada a lápiz en el margen de la hoja de producción desde el martes.

Hosco, con los hombros rígidos por el esfuerzo físico diario.

El realizador vuelve a la carga, suelta la parrafada sobre el enganche emocional con el espectador, pero Marcos sigue rascando el fondo de la cazuela con el trapo sucio colgado del delantal de lona.

La concentración que pone no nace del orgullo ni del despecho.

Es algo que me oprime el pecho porque lo reconozco: es el miedo a que si se distrae un segundo, la comida se eche a perder y no haya segunda oportunidad mañana.

Moja una cucharilla de café en la salsa, se la lleva a los labios y entrecierra los ojos.

Ajusta la llave del gas medio milímetro; el silbido del fuego baja de tono.

Todos los chefs con los que he grabado en Madrid o en San Sebastián hacían teatro para la lente.

Marcos no. Marcos está solo con su sartén aunque tenga tres focos de cien vatios apuntándole a la nuca.

Durante cuatro segundos me olvido de las cláusulas, de la deuda con la productora y de la firma de ayer.

Solo veo a un tío matándose a trabajar para llegar a fin de mes.

Me da pánico pensar así. Siento un pinchazo de acidez.

Tengo treinta y cuatro años y me he tirado los últimos tres blindándome la piel para que nada de lo que ruede me toque por dentro.

Ni los cierres de restaurantes históricos, ni las bancarrotas, ni las historias dramáticas que editamos con música triste para sacar más reproducciones.

Y en diez minutos, en un local que huele a frito y con un suelo que se me pega a las suelas, noto cómo se me agrieta la coraza.

No es que me guste, me digo a mí misma mientras me froto las manos frías.

No puede gustarme un tipo que representa el mayor problema de mi contrato.

Es cansancio acumular dieciséis horas diarias de pantalla. Solo eso.

Me lo repito tres veces entre dientes mientras aflojo la palanca del trípode para cambiar la altura a noventa centímetros. No me convenzo.

El rodaje sigue sin grandes sobresaltos durante la hora y media siguiente, dentro de lo que permite su tirantez.

Respuestas de cuatro palabras, silencio absoluto entre toma y toma.

Con el bolígrafo azul trazo una línea gruesa en la libreta para separar los bloques de tiempo: esa tirantez que no se puede impostar en un guion vale más que tres días de ensayo.

La gente que ve los vídeos desde el autobús a las ocho de la tarde detecta el cartón piedra a la legua.

A las diez menos cuarto monto la lente de cincuenta milímetros para grabar planos del comedor. La sala se ha llenado con siete mesas ocupadas por gente del barrio que desayuna fuerte o adelanta el menú del día, a nueve euros con cincuenta.

Desde la barra, dos jubilados con el café y el anís siguen mi trípode como quien sigue unas obras en la calle. Uno es calvo y lleva una gorra del Cádiz; se vuelve hacia el otro.

—¿Eso es la tele, Don Manuel?

—Eso es internet, Quico. Es peor: no se apaga.

—Pues que me saque por el lado bueno.

—Tú no tienes lado bueno. Tienes el de la oreja y el otro.

Anoto en la libreta: público objetivo, mayor de setenta, escéptico, sin pantalla. Retención altísima. Intención de compra, nula.

Entonces me da un escalofrío en la nuca.

En la mesa siete, junto a la ventana que da al callejón, hay un hombre de unos sesenta y cinco años.

Lleva un polo salmón de marca y sostiene una copa de vino sin tocarla.

No me mira como miran los curiosos que ven una cámara de cine en la calle.

Me mira fijamente, con las cejas juntas y la boca entreabierta, igual que si estuviera haciendo cuentas mentales para encajar una cara en un recuerdo de hace años.

Conozco esa mirada. Es la cara que pone alguien cuando encuentra una foto antigua en el fondo de un cajón y no sabe si tirarla o guardarla.

Anoto el detalle en la esquina superior de la página: cliente, mesa fondo izquierda, unos 65 años, polo salmón.

Intento mantener el ritmo cardíaco bajo control convirtiendo la sensación en un dato de producción.

Es un mecanismo de defensa para no notar cómo la sudoración fría me baja por las costillas.

Pero el instinto me dice que ese hombre no está pensando en cuántos seguidores tengo en Instagram.

Sabe algo. Reconoce algo en mi cara que no tiene nada que ver con la pantalla.

Su presencia me pesa en los hombros durante el resto de la sesión. Me cuesta mantener la cámara firme. Reviso la hoja de papel arrugada donde Lola apuntó a mano las reservas de la mañana, pero solo hay nombres de pila y números de teléfono fijos de Cádiz. Nada me encaja.

Saco el bolígrafo y, en tres trazos rápidos en el margen del cuaderno, dibujo la línea de su mandíbula y el corte de su pelo cano para no olvidarlo.