Capítulo 4 — Lola
El teléfono me vibra en la tela gastada del bolsillo del delantal a las diez y cuatro de la noche.
Ya lo tengo colgado del perchero y acabo de pasar la fregona por las últimas cuatro mesas del comedor principal.
Lo primero que me viene a la boca es la miseria del día: chochi, esta tía no duerme o qué.
Estoy sentada en el escalón de piedra del callejón posterior, el que da al callejón de la trastienda.
Siento la piedra helada calándome las nalgas a través de los pantalones de trabajo y me arden los juanetes, hinchados tras once horas de pie en el servicio.
Se ha alargado más de la cuenta porque el rodaje empieza mañana a las nueve en punto de la mañana y Marcos ha querido repasar el pase dos veces completas; algo raro en él, un tic que me hace sospechar que el contrato firmado esta mañana con la Diputación le está retorciendo el estómago tanto como a mí.
Tengo el auricular izquierdo puesto y el derecho colgándome por el pecho, justo cuando la voz del Robe llega a la estrofa dura de la guitarra y la vibración del teléfono me retumba contra el muslo.
Itziar Etxeberria — Comunicación Ruta Gastronómica, indica la pantalla.
La foto de perfil muestra una luz blanca de oficina, la cabeza girada tres cuartos, un cuello de camisa azul oscuro y una sonrisa medida de estudio fotográfico.
Cero fotos de la Caleta, cero cervezas al sol, cero grasa en los dedos; nada que sugiera que esa mujer sabe lo que es tener la espalda molida a medianoche. Y el texto, mare mía, el texto.
«Hola Lola, un placer. Te escribo porque necesitamos coordinar contigo la logística del rodaje desde el lado del restaurante.
Adjunto documento con: calendario de grabación, requisitos técnicos del local (acceso, enchufes, ancho de puertas para equipo), horario óptimo de luz natural según orientación del local, protocolo de conducta ante cámara para el personal, y calendario editorial de contenido paralelo en redes propias del restaurante (si aplica). »
Si aplica. Chocho, si aplica, me digo para mis adentros mientras noto el sabor acre de la última caña que me bebí a toda prisa en la barra.
Como si yo tuviera un community manager en vez de llevar una cuenta con trescientos doce seguidores exactos, donde subo cada tres semanas una foto movida del plato de acedías fritas cuando entra la luz de levante por la ventana limpia.
Pulso el archivo adjunto. Doce páginas. Cuento doce páginas completas de PDF en la pantalla del teléfono.
Doce, para preguntarme dónde están los enchufes.
Hay que tener ovarios. Empiezo a buscar palabras que no he dicho en mi vida —asset, call time, brief de marca— y tiro la toalla al llegar a la palabra número quince.
Me paso la mano por la frente, grasa pura del humo de las freidoras, sabiendo que mi única tarea diaria es tener las veinticuatro sillas bien puestas a la una y media y que la cesta de pan de barra no se quede vacía.
Tecleo rápido con el pulgar derecho, aguantando el tirón en la muñeca cansada:
«Hola Itziar, gracias. Voy a intentar leerme esto pero te aviso que de la mitad de las palabras no tengo ni idea. ¿Enchufes para qué exactamente? Aquí tenemos los cuatro de la pared de la cocina y dos en la entrada, no sé si eso es cumplir requisitos o no.»
El aviso de mensaje de entrada suena antes de que pasen tres minutos en el reloj de la esquina superior. Noto un pellizco de fatiga en las sienes; esta mujer no se tumba en el sofá a descansar jamás.
«No te preocupes, es normal. Te lo explico llamando si prefieres — por texto esto se eterniza y se malinterpreta todo.»
Dejo los ojos fijos en el brillo azulado de la pantalla. El olor a humedad del callejón me entra por la nariz y me sale una risa corta, seca. «Se malinterpreta todo», dice la que me manda doce folios en PDF para enterarse de si los cables de las freidoras tapan los enchufes de la pared.
«Vale», respondo rozando las teclas. «Mañana te llamo, que ahora mismo estoy más para la cama que para explicar nada.»
«Perfecto. Buenas noches.»
«Buenas noches.»
Seca la tía. Ni una carita, ni una coma puesta por error, ni una brizna de guasa en las letras.
Y sin embargo, la forma en que suprime el rodeo —esa soltura para liquidar en tres líneas lo que a mí me cuesta un audio de cuatro minutos mientras ando hacia la parada del autobús— me deja la boca medio abierta y una picazón extraña en la piel.
Apago el móvil y el callejón se queda a oscuras.
Me mantengo inmóvil en el peldaño de piedra cinco minutos más.
Noto el peso del cuerpo cayendo sobre los talones y el roce rasposo del delantal de algodón guardado en el bolso.
Resulta absurdo que una tía que redacta como quien me notifica una orden de embargo me haya sacado este temblor tonto en las manos, casi sin rozarme, sin poner un solo gesto de amabilidad.
En la barra de mi local todo el mundo grita, mueve los brazos, te agarra del hombro con la confianza de quien ha compartido playa y tabaco desde chico.
Esta vasca no suelta ni un centímetro de carne, y aun así se me ha quedado atrancada tras los ojos como un pinchazo de sal.
Mañana a primera hora le marco el número, aunque solo sea para oírla trastabillar cuando le suelte una frase fuera del papel. Esto promete.