Capítulo 3 — Marcos
Llego a la puerta de la Diputación cuando faltan diez minutos para las once.
Llego temprano no por educación, sino porque llegar tarde a un sitio que aborreces es regalarle a los demás el derecho a mirarte por encima del hombro.
Me planto en la sala de reuniones ajustándome el cuello de la camisa blanca, la única medianamente presentable que me queda y que Lola planchó anoche hasta las doce a base de vapor y almidón para tapar los cercos del uso.
Siento un nudo duro bajo las costillas que no sé si es hambre o una vergüenza vieja a la que prefiero no ponerle nombre.
El edificio huele a papel estancado y al chorro helado del aire acondicionado, ese olor institucional idéntico en Cádiz y en Madrid: a tiempo muerto y a decisiones que toma un desconocido mientras tú firmas.
Cuento las puertas del pasillo —una, dos, tres, cuatro, la quinta es la mía— midiendo la distancia a la salida por si los nervios me traicionan.
Ella ya está allí.
La reconozco en mitad del espacio antes de que el cuerpo se le mueva un milímetro.
Es esa postura rígida, la espalda recta y las escápulas encajadas de alguien que ha pasado años sosteniendo la mirada de un objetivo sin que se le mueva un músculo de la cara.
Lleva el pelo, más claro y dorado bajo los fluorescentes que en la pantalla de cinco pulgadas del móvil, recogido en una coleta tirante que parece hecha deprisa, pero que delata esos veinte minutos fijando mechones frente al espejo del baño.
Se gira despacio. Nos sostenemos la mirada durante dos segundos exactos, y en ese par de latidos la voz se me encoge de tal forma que luego, durante el resto de la jornada, soy incapaz de ponerle nombre a la marejada de peso que se me instala en el pecho.
Frialdad, para empezar. La suya y la mía.
Me sostiene los ojos con la misma distancia desinfectada con la que saludas a un vecino desconocido en el espacio cerrado de un ascensor.
Bien. Preferible así. Es lo único que le pido a esta mañana de mierda: que nadie pierda el tiempo fingiendo una simpatía que ninguno de los dos nos podemos permitir.
—Marcos Lería —dice el jefe de prensa, encajado en un traje gris que le tira de las axilas y huele a tienda de saldos, extendiéndome una mano húmeda como si pretendiera sellar un trato matrimonial en lugar de una colaboración administrativa pagada con dinero público—.
Alba Nieto. Supongo que no hace falta que os presente a estas alturas.
Nadie dice nada. El silencio se alarga hasta que el hombre tiene que carraspear.
Tiene esa sonrisa plana de quien necesita que la foto de prensa salga limpia para justificar su sueldo.
A él no le tiembla la voz porque no tiene nada que perder.
El que se juega el resto del año y lo poco que le queda de orgullo soy yo.
Firmamos. Hoja a hoja, con un bolígrafo azul de la Diputación que hay que sacudir dos veces contra la mesa para que la tinta baje.
Cuento las páginas —seis, siete, ocho— porque contar objetos siempre me ha servido para que la asfixia se vuelva manejable.
El jefe de prensa suelta de pasada un rosario de cláusulas —plazos, fechas de rodaje, penalizaciones— y cuela una advertencia sobre la «conducta profesional» y la obligación de no dar la nota ante los medios locales.
Ni levanto la vista. Es un trámite amargo más, de los que rubricas con el pulso tenso porque tienes problemas más graves devorándote por dentro.
—Y ahora, si sois tan amables —dice el jefe de prensa, sacando del bolsillo un teléfono móvil con la pantalla resquebrajada y levantándolo a la altura de los ojos—, daos un apretón de manos. Para la nota de prensa.
Pienso, mientras estiro el brazo y noto la tela de la camisa tirante en el hombro, que en cualquier despacho de Madrid este trámite lo habría cerrado un fotógrafo contratado con una cámara de verdad, y no un administrativo enfundado en un traje barato apuntando con el móvil como si intentara sacarle una foto a una gaviota en el muelle.
Aquí las cosas se hacen así, sin envoltorios ni adornos, y una parte de mi cuerpo —una fracción pequeña, golpeada, de la que me avergüenzo un poco dada la rabia que debería tener dentro— agradece esa falta de parafernalia.
—Más cerca —dice el de prensa, entrecerrando un ojo—. Que parezca que os caéis bien.
—No nos caemos bien —digo.
—Pues que lo parezca. Para eso se os paga.
—Hay un extintor en mitad del encuadre —observa Alba sin mirarme, con la paciencia justa de quien lleva años corrigiendo las fotos de otros—. Pero adelante. Hagamos historia.
Ella avanza el brazo también.
La piel de su palma toca la mía durante menos de dos segundos. Un contacto simple, la temperatura de su piel contra la mía, nada que no haya hecho mil veces antes con clientes del restaurante, con proveedores de pescado o con desconocidos. Y sin embargo.
Sin embargo, hay un latido de calor seco en su mano, una forma firme de apretar —sin dejarse llevar por la fuerza pero sin soltar los dedos, la presión exacta de quien sabe calibrar la distancia— que me sube en un chispazo rápido por el antebrazo hasta la clavícula.
No significa nada. Intento convencerme de que es una estupidez.
Un maldito apretón de manos no es nada, no me jodas, que no es la primera vez que le toco la mano a una mujer en toda mi vida.
Pero el calor no se borra. Se queda clavado ahí, justo en el centro de la palma.
Como la marca que deja una plancha encendida, una quemadura sorda que no escuece de golpe pero que tarda un segundo en mandar la orden de dolor al cerebro, y para cuando quieres reaccionar ya tienes la marca en la carne.
Aprieto el puño despacio, disimulando el gesto en el costado, como si cerrando los dedos pudiera aprisionar ese calor dentro de la mano, masticando la extraña certeza de haber rozado algo que no tenía derecho a tocar.
—Gracias a los dos —dice el jefe de prensa, bajando el teléfono con cara de haber cumplido el expediente del día—. Mañana a primera hora empezamos a rodar. Os quiero a todos allí.
Alba asiente con un movimiento breve de barbilla, seria, y se da la vuelta sin emitir un solo sonido.
La veo alejarse hacia la puerta del pasillo con la misma rigidez vertical en la espalda que tenía cuando entré, sin un leve balanceo, sin un roce de los dedos contra la falda, sin la menor señal de que a ella también se le haya cruzado un chispazo por las venas.
O puede que no le haya pasado nada. Puede que para alguien como ella un saludo formal no sea más que eso, un gesto vacío de compromiso, y que el único imbécil en toda esta habitación capaz de convertir un roce de manos en un charco de nervios sea yo.
Me quedo apoyado sobre la mesa mirando el marco de la puerta vacía un par de segundos de más, con la mano derecha todavía caliente dentro del bolsillo del pantalón y la cabeza dándole vueltas a preguntas absurdas que no me voy a permitir responder en voz alta.
—¿Pasa algo, Marcos? —pregunta el de prensa, guardando el terminal en la chaqueta y recogiendo las copias del contrato.
—Nada, todo en orden —miento de golpe, con la misma soltura automática con la que llevo más de tres años mintiéndome a mí mismo sobre cosas infinitamente más destructivas que esta.
Salgo a la rampa de la calle y el golpe de luz me sacude la vista de lleno, ese sol ciego de Cádiz que cae a plomo sobre el asfalto y no pide permiso a nadie, tan agresivo y brillante, tan distinto de la luz filtrada y tibia que entraba por los grandes ventanales de cristal del local de Madrid.
Aquí el aire te quema los párpados y te obliga a arrugar la frente antes de haber dado diez pasos por la acera.
Hoy, con el cuerpo destemplado y la cabeza a mil por hora, esa claridad tan bruta me sienta como una patada en el estómago.
No sé qué coño ha sido eso. No tengo ni la más remota idea de qué acaba de pasar ahí dentro.
Ofú, como esto se repita durante el rodaje, voy a tener un problema del carajo.