Capítulo 2 — Alba
Itziar me llama a las nueve y veinte. Lo sé sin mirar la pantalla porque el zumbido vibra directo contra la formica de la encimera, junto a la taza de café aguado que me tomo sin ganas para estirar la última bolsa de tostado en oferta, que ya sabe a trastero.
Itziar jamás gasta minutos antes de las diez si no es para soltarme un reajuste de contrato o un imprevisto financiero.
Es su método para dormir la culpa: te escupe primero la cifra exacta y deja que el impacto te anestesie.
Llevo catorce meses trabajando con ella, y si llama antes de las diez, la tormenta es de las que dejan marca.
—Tenemos confirmación del chef —dice. Ni un hola, ni un ¿qué tal la noche?, ni el más mínimo margen para tragar el sorbo de café—. Marcos Lería.
Ahí está. El nombre cae de golpe, pero esta vez no viene envuelto en números sino en una especie de reflujo amargo que me sube desde el estómago.
Marcos Lería.
No es un nombre que mi cabeza rescate al instante.
En seis años de carrera he facturado más de cuarenta campañas y he olvidado decenas de caras y logotipos.
Pero mi cuerpo guarda la memoria del golpe mejor que la cabeza.
Cádiz. Un cocinero. Un restaurante cerrado hace mil noventa y cinco días en la zona del Retiro.
Me quedo con el aparato pegado a la oreja, oyendo la respiración de Itziar.
En esos dos segundos de silencio me flaquean las corvas y tengo que apoyar la palma sudada en la encimera para no irme abajo.
No es una forma de hablar: es un mareo físico, el cuerpo entendiendo el peligro antes de que la memoria procese el desastre.
—¿Itziar? —pregunto, y la voz me sale más raspada de lo normal por la falta de agua.
—¿Sí?
—Mete su nombre en el buscador. Ya. Con las palabras «restaurante cerrado» y «Madrid».
Se oye el repiqueteo de sus uñas acrílicas contra el teclado, cuatro segundos exactos. Luego la voz de Itziar baja dos tonos, con la prudencia que solo usa cuando sospecha que un cliente va a exigir la devolución del anticipo.
—Alba. ¿Este tío es el del vídeo?
Me quedo mirando la Moleskine de tapas negras y bordes deshilachados abierta sobre la mesa.
Es la misma que compraba en la papelería del barrio cuando nadie me ofrecía colaboraciones.
Por primera vez desde que vivo de esto, el bolígrafo azul se me queda suspendido entre los dedos.
No hay código de descuento ni métrica de conversión que mida lo que se siente cuando el algoritmo de tu propia subsistencia —el que decide si este mes cubres los 750 euros de alquiler— te cruza con el único contrato que jamás debiste aceptar.
—Sí —digo, tragando saliva con dificultad—. Es el del vídeo.
Corto la llamada y bajo la mano. La pantalla del móvil se apaga, devolviéndome un reflejo sucio de mi propia cara sobre el cristal negro.
No cambia nada. Las métricas de aquel vídeo de hace tres años me las sé de memoria; no necesito consultar la pestaña de analítica.
Dos millones doscientas mil reproducciones.
Treinta y cuatro mil guardados. Cientos de mensajes privados felicitándome por tener los ovarios de «denunciar el abuso laboral» y por «hacer justicia con la hostelería de siempre».
Y yo, mientras leía cada notificación con la pulsación a cien frente a la pantalla encendida a las tres de la madrugada, sabía perfectamente que la justicia que pretendía vender estaba torcida desde la primera frase del guion.
Pero me dejé llevar. Dejé que el indicador de interacción subiera como una espuma rancia.
Dejé que la publicación se convirtiera en el pico de rendimiento que la agencia necesitaba para subirme la tarifa, aunque por dentro sabía la verdad: estaba usando una herida podrida de mi propia casa para disfrazarla de causa social a costa de un desconocido.
Hay una parte de mi estómago, la más profunda, la que aún guarda el olor a aceite refrito y harina rancia de la freiduría de mi madre en Huelva, que sabe por qué no frené aquel vídeo.
Porque durante aquellas semanas, tras el embargo de la freiduría «El Salaito» y los 42.
000 euros de deuda con los que nos dejaron a la intemperie, sentí una satisfacción física y amarga al ver que alguien pagaba por lo que le habían hecho a mi madre.
Aunque fuera a través de una historia inflada que no era del todo la nuestra, y sobre los hombros de un hombre que probablemente no tenía la culpa directa de nuestra miseria.
Fue un alivio físico, una descarga de rabia retenida en los hombros, tan grande que no me paré a calcular el daño exacto que le estaba haciendo a un tercero.
Esa es la cifra que jamás he anotado en los márgenes de ninguna libreta: el coste real de mi propia cobardía, que ahora vuelve a ponerse sobre la mesa de mi cocina tres años después.
Marco el número de Itziar otra vez antes de que la pantalla vuelva a bloquearse.
—Cancela la ruta. No voy a hacer la campaña.
—No se puede, Alba.
—Itziar, hazlo.
—Firmaste la adenda con exclusividad hace seis semanas —la voz de Itziar suena fría, limpia, como una mañana de helada—.
Hay una penalización del ciento veinte por ciento sobre el total del presupuesto si te echas atrás sin una causa legal justificada.
Y decir «no me entra en gana grabar con este tipo» no es causa justificada frente al departamento jurídico de la marca.
Es un suicidio financiero y un titular servido en bandeja a la competencia.
—Escucho el ruido de un sorbo de té al otro lado de la línea, una pausa medida de tres segundos—.
¿Hay algún problema legal o alguna denuncia por medio que yo deba conocer antes de la reunión?
Habría tanto que detallar que necesitaría tres horas y un abogado de oficio.
Está el vídeo de los dos millones de visitas, sí, pero detrás de esas reproducciones hay una freiduría de barrio desahuciada en Huelva, hay un letrero de metacrilato desmontado a martillazos para no verlo colgado un día más, y está mi madre, que perdió esa forma particular de sonreír ensañando los dientes superiores la misma tarde de octubre en que vino el procurador a notificar la subasta del local.
Una sonrisa que yo le conocía desde que era chica y que desapareció para siempre, reemplazada por un rictus apretado, cansado, que le acentuó las arrugas de la comisura y que nunca más volvió a ser la de antes.
Hay una hija que agarró ese dolor familiar y lo transformó en sesenta y tres segundos de contenido viral.
Nada de eso entra en una llamada de noventa segundos con una agente comercial que solo piensa en la comisión del quince por ciento.
—No —respondo, mientras me noto el cuello rígido—. No hay nada.
Corto de nuevo. Miro la libreta de tapas gastadas.
Apoyo la punta de la mina sobre el papel de gramaje barato y fuerzo a la mano a escribir la única síntesis operativa que me permite mantener la cabeza fría: Marcos Lería.
Ruta Gastronómica Sur. Retención emocional de audiencia: crítica.
Riesgo de marca/reputación: inaccesible.
Plan B: ninguno. Plan C: ver plan B. Es una estupidez metódica, lo tengo claro, clasificar en categorías de archivo algo que me está produciendo una opresión física en el esternón, como si llevara un bloque de yeso metido bajo las costillas.
Pero es mi único recurso cuando el peso de la realidad amenaza con dejarme sin aire: fraccionar el pánico en epígrafes, en datos procesables, en conceptos que se puedan cerrar de un portazo.
Esta vez el truco no funciona. La piel de los brazos se me eriza de un frío desagradable.
Porque debajo de la estructura del informe hay una duda física que me quema por dentro y que no me he formulado en tres años: ¿qué ocurre si él ya ha atado cabos y sabe exactamente quién soy?
¿Qué pasa si mañana a las once me presento en la sala de juntas, abro la puerta de cristal y me encuentro algo mucho más pesado que una mala contestación o un gesto de rabia; me encuentro con la mirada fija de un tío que sabe perfectamente qué cara tiene la persona que le arruinó la vida desde una pantalla?
Cierro la Moleskine de golpe, haciendo sonar el elástico negro.
Me miro las palmas: no hay temblor, la piel está fría pero los dedos firmes.
Es la única disciplina corporal que conservo tras años de sonreír a cámara mientras por dentro me deshacía.
Si mañana tengo que entrar a esa firma, entraré con la barbilla arriba y el paso firme.
Me repito la consigna frente al espejo del pasillo mientras me coloco la tira del bolso: voy a entrar decidida, voy a entrar decidida. Es la secuencia que uso antes de grabar una promoción tensa. El problema es que hoy la voz me suena hueca, como una moneda falsa al caer sobre baldosa.
Lo que no sé es que Marcos Lería ya lo sabe todo. Que ese hombre lleva desde las nueve y cuarto de esta misma mañana masticando mi nombre y mi cara con un odio concreto, mientras yo sigo haciéndome la ilusión de cruzar mañana esa puerta siendo una desconocida más.
Meto la libreta en el fondo de la bandolera, ajusto la cremallera y apago la luz de la cocina. Mañana, once en punto en la sede. Frente a frente.
Y no hay más.