Contigo ni de coña
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Capítulo 1 — Marcos
El correo de la Diputación entra a las nueve y cuarto. La pantalla del móvil me ilumina los dedos pegajosos, amarillentos por la escama y la hiel de un kilo de merluza que llevo limpiando desde las seis. El olor a salmuria me sube por los nudillos.
Estimado Sr. Lería: nos complace confirmarle que ha sido seleccionado como chef protagonista de la campaña «Ruta Gastronómica de Cádiz», en colaboración con...
No sigo. No me hace falta llegar a la línea siguiente para que se me cierre el píloro en un pellizco seco, exactamente igual que cuando se te pasa el aceite en la sartén y el humo negro te golpea la garganta.
Alba Nieto.
Me cago en mis muertos.
Dejo el teléfono sobre la madera barnizada.
Me miro la mano derecha: tres quemaduras de salpicadura en el dorso, la marca blanca del corte de cinco puntos en el pulgar que me hice en la cocina de Madrid y las uñas comidas por el detergente industrial.
Tres años intentando pagar deudas para descubrir que sigo en el mismo pozo.
El pescado brilla sobre la tabla. Una merluza de ojo turbio en la lonja esta mañana y el lonjista mirándome como si yo tuviera la culpa.
Las manos se me quedan rígidas, con los tendones marcados bajo la piel fría.
Vuelvo a coger el terminal. «Alcance nacional», pone.
Tres palabras para no decir que van a pagarle a ella tres mil euros por sonreír mientras yo pongo la cara y las horas.
El comedor de La Casa del Pirata mide cuatro metros de ancho por ocho de largo.
Doce mesas ajustadas al milímetro. La pared del fondo me huele a la humedad del caño.
Salgo al patio interior; la cal todavía conserva la humedad de la noche y me atraviesa la tela fina de la camiseta de trabajo.
Respiro por la boca, sintiendo el aire frío en las muelas.
Diez, nueve, ocho. El corazón me da golpes contra el esternón, un ritmo acelerado que me sube hasta las sienes.
Sesenta y tres segundos de vídeo. Cuatro meses viendo vaciarse las mesas, el piso devuelto con prisas y el teléfono sin sonar.
Denuncio, decía en la pantalla, sujetando un cuaderno de tapas rojas contra el jersey, que la receta estrella de este local es una copia arruinada.
Sesenta y tres segundos. Dos millones de visitas antes de que yo pudiera liquidar el stock de género.
Tres semanas después, la liquidación de la plantilla y yo recogiendo los cuchillos en una caja de fruta.
Nunca supe qué bar decía. Solo recuerdo la peca que tiene bajo el ojo izquierdo y la voz que le temblaba al final de la grabación, un temblor que entonces confundí con rabia y que ahora me sabe a flojera en la boca.
Se pegaba ese cuaderno gastado contra las costillas como si llevara dentro un parte médico.
Y los de la Diputación me la meten en la cocina.
Vuelvo a la tabla. El lomo de la merluza está deshecho por haber frenado el corte a la mitad.
Pienso en los ochocientos euros de alquiler que vencen el día cinco.
En la cláusula cuarta del contrato de arrendamiento: la renovación de este mismo local, el único que tengo, depende de la subvención provincial de turismo, atada al programa de apoyo a jóvenes chefs por el que me lo alquilaron hace tres años.
Si digo que no, no amplío nada. Me quedo sin local del todo el día que toque renovar, y tres años de currar aquí no habrán servido para nada.
Me seco el sudor de la frente con el antebrazo. Cojo el Alcatel de teclas, con la pantalla rajada en la esquina, y marco el número fijo del patronato.
Salta la locución automática. Voz metálica: la cita para la firma es mañana a las once en el Palacio Provincial. Ambas partes presentes.
Cuelgo. El silencio de la cocina solo lo rompe el goteo del grifo del fregadero, un pulso constante cada cuatro segundos.
En Madrid estas cosas las resolvía un abogado de corbata y cara de funeral.
Aquí me quedan el delantal sucio, la merluza echándose a perder sobre la pinocha y una presión en la boca del estómago que huele a vinagre.
Mañana nos vemos la cara.