Contigo ni de coña Capítulo 42 — Marcos
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Capítulo 42 — Marcos

Llevo toda la tarde en la cocina de la Casa del Pirata, a persianas bajadas, con la sudoración fría pegándoseme a la nuca tras cuatro horas a más de treinta grados junto a los fogones.

El cartel de cerrado cuelga al otro lado del cristal del portalón.

Llevo dos semanas calculando cada minuto de este plato antes de que el sol caiga del todo sobre la playa de La Caleta.

Sobre la mesa de acero inox tengo organizados los ingredientes en línea recta, exactamente a tres dedos de distancia entre cada plato.

Casi todo viene de la lonja de esta mañana, donde me he dejado la voz regateando por género fresco.

Pero el cazón ha sido otra historia: Manolo ha tenido que encargar tres piezas específicas al trasmallo de Conil después de que yo le diera un par de vueltas a la conversación sin soltarle del todo para qué demonios lo quería.

La receta no es mía. Pertenece a Carmen, la madre de Alba.

La he ido levantando pieza a pieza a partir de retazos que la niña soltaba en la barra sin darse cuenta: un condimento mencionado al pasar, la textura del aceite hirviendo en la sartén de hierro, ese crujido del pescado frito que recordaba de cuando tenía ocho o nueve años.

A eso le sumé las señas de Manolo, que conoció a Carmen allá por el noventa y dos y conserva todavía un paladar fino para acordarse de cómo sabía aquello en su momento justo.

He echado cinco días de pruebas, tirando a la basura tres cazuelas enteras que eran puro engrudo hasta dar con este punto.

Manolo vino a probarlo dos veces esta semana.

La primera tarde se zampó la primera cucharada, dejó el tenedor en seco sobre el plato con un golpe metálico y estuvo callado casi dos minutos enteros, mirando al azulejo blanco con los ojos nublados por las cataratas.

—Es ella —dijo al fin con la voz seca—. Es Carmen, tal cual.

No necesité más confirmación.

Esta noche, en la gala de la Diputación, rodeado de trescientas personas enfundadas en chaqueta y vestido de fiesta, voy a cocinar esto en directo.

Son dos semanas rondándome la cabeza este ajuste de cuentas: poner el nombre de Carmen donde le corresponde y devolverle a Alba el orgullo antes de que termine el evento.

No sé si esto servirá para que el concejal de turno renueve los seis meses de concesión que me quedan de contrato, ni si frenará al grupo inversor que lleva un mes llamándome desde un número oculto para comprarme el local a precio de saldo.

Pero me quema la boca el sabor del adobo y sé que hay que hacerlo.

Notar la certeza en las tripas, en lugar del pellizco del miedo que llevo arrastrando tres años, frena el pulso desbocado. Tres años decidiendo cada compra, cada horario y cada plato en función del orgullo y del temor a que me vuelvan a partir en dos. Esto va de otra cosa.

Dos golpes de nudillos en la puerta trasera, con ritmo de rumba. Sé quién es antes de abrir.

—Abre, primo, que traigo limones del patio y la cabeza como un bombo.

Lola entra con una bolsa de red y la camiseta del bar pegada a la espalda. Huele a fritanga y a tabaco rubio. Deja los limones sobre el acero, mira la cazuela de barro, mete el dedo en el adobo sin pedir permiso, se lo chupa y cierra los ojos.

—Mare mía. Esto es de abuela.

—Es de la madre de Alba.

—Pues la señora sabía lo que hacía. —Se apoya contra la mesa y cruza los brazos. La sonrisa le dura poco—. Marcos, tengo que soltarlo en algún lado o reviento.

—Suéltalo.

—Me estoy haciendo ilusiones con la vasca.

—Mira los limones, no a mí—. Y no sé por dónde va a salir esto.

Ella tiene su agencia, su vida en Bilbao, sus reglas, y yo tengo el bar, a mi madre y este suelo.

Yo de Cádiz no me muevo ni con grúa. No me lo ha pedido, ni yo a ella, y ya me estoy montando la película entera. A mi edad. Y encima con acento.

—Yo llevé tres años sin dejar entrar a nadie en mi casa —digo—. Y mírame ahora, con un móvil nuevo y una chavala de Huelva.

—Mira quién habla.

—Hablo yo, que he metido la pata más que tú. La distancia no se mide en kilómetros, Lola, se mide en lo que las dos estéis dispuestas a hacer por salvarla. Un Alvia sale de Santa Justa a las seis de la mañana. Yo me lo sé, que lo miré por si acaso.

—Tú lo miraste por si acaso. —Me suelta un codazo flojo en las costillas, y se le ve el brillo en los ojos—. Anda, graba ya esa cosa, que se enfría el adobo y luego me dices que la culpa es mía.

Se va por donde ha venido, y la puerta trasera se queda un rato temblando en el marco, con el olor a limón recién cortado flotando en la cocina.

Tres toques suaves en el cristal del portalón. No hace falta abrir para saber quién es: los zapatos de tacón en el adoquín, el perfume, ese carraspeo de quien no sabe si molesta. Me acerco hasta la persiana, que no subo, y por la rendija de abajo asoman una bolsa de papel y una servilleta doblada.

—No abras —dice Alba desde el otro lado—. Sé que estás con lo tuyo y no quiero saber qué es. Hay un bocadillo de tortilla de la Viña y una orden: comerlo entero. Sentado.

—Yo no recibo órdenes de gente de Huelva.

—Pues es la primera vez que obedeces a alguien de Huelva con un bocadillo delante. Aprovecha.

Oigo cómo se queda un segundo más, quieta, con la frente a lo mejor apoyada en el cristal. Después los tacones se alejan hacia el paseo, deprisa, que tiene una gala que sobrevivir. En la servilleta, con su letra redonda de niña aplicada: «Respira. Pase lo que pase esta noche, ya me has ganado. A.»

Me como el bocadillo sentado, como mandan. Es el mejor que he probado en meses, y lo digo con la autoridad de quien lleva quince años dándoles de comer a gaditanos.

Se me cierra el estómago solo de pensar en lo siguiente.

Voy a tener que grabarlo.

Meto la mano en el cajón de abajo de la mesa de despacho y saco la caja del teléfono que compré hace tres semanas tras mucho dudar y que no había llegado a abrir.

Lo enciendo. El brillo azul me quema los ojos ya cansados por el humo del aceite.

Me quedo de pie junto al fregadero, sosteniendo el plástico frío con la palma sudada.

La última vez que tuve un cacharro así en la mano pesaba diez kilos más y estaba sentado en el suelo del antiguo restaurante de Madrid, viendo cómo subían las reproducciones del vídeo de Alba mientras mi nombre caía en picado en cuestión de horas.

Por eso no había vuelto a comprarme uno.

Jamás he grabado un vídeo para colgarlo en Internet.

Alba se tiró semanas insistiéndome en que hiciéramos clips de treinta segundos para que la Casa del Pirata ganara un puñado de clientes propios.

Se lo negué con una cerrazón que hoy me escuece en las encías, viéndome aquí, con los dedos temblorosos frente a la pantalla por la misma chavala que entonces me quitaba el sueño.

Toco el icono de la cámara. Entro de forma torpe, tropezando dos veces en la pantalla táctil con la yema del pulgar manchada de perejil seco.

El punto rojo parpadea en la esquina inferior.

Me quedo inmóvil mirándolo. A mi espalda, la mezcla de verduras y vino blanco hierve a fuego lento, soltando un gorgoteo suave que huele a comino y sal gorda.

¿Cómo demonios arranco? Tengo treinta y siete años y sé perfectamente qué decir cuando hay un fogón encendido, seis comandas colgadas del riel y un cliente protestando en la sala. Pero enfrente de esta lente negra me quedo seco, como si se me hubiera olvidado el idioma.

Me acuerdo de Alba. De cómo saca el móvil en mitad de la cocina, habla con la pantalla como si le hablara a un vecino en la plaza de las Flores y no parece importarle nada. Si esa chiquilla ha sido capaz de ponerse ahí después de todo el barro que le cayó encima, no tengo excusa.

Tomo aire por la nariz, llenándome los pulmones del vapor acre del refrito.

Apoyo el teléfono contra un tarro de cristal que contiene ochocientos gramos de pimentón de la Vera, encuadrando la cazuela de barro y mis manos.

Muevo el tarro de sitio dos veces para ajustar el plano, fiándome del ojo y de la luz cenital del fluorescente que parpadea cada pocos segundos.

El pulso me retumba en el cuello con la misma fuerza punzante que la noche en que la besé en la cocina.

Pulso el círculo rojo.

El contador empieza a correr en números blancos: 00:01, 00:02.

Tengo la boca completamente seca y la cabeza vacía.