38. Reconstruir
Reconstruir
GAbrIEL
Resulta que reabrir un comedor da muchísimo más trabajo que cerrarlo. De cerrar entendía yo un rato; lo otro lo estaba aprendiendo desde cero.
Las semanas siguientes a la victoria fueron un no parar.
Había que adecentar el local, que llevaba meses con la persiana echada y olía a cerrado.
Había que hacer obra menor para cumplir las normas de sanidad, ahora que el comedor existía oficialmente y un inspector podía entrar por la puerta.
Y había que rematar el papeleo. Al final no quedó en cooperativa, como pensábamos al principio; el sindicato nos recomendó constituirlo como asociación gastronómica vecinal, que para Hacienda y para lo nuestro era más sencillo y encajaba mejor con lo que aquello era de verdad: un sitio donde la gente del barrio comía junta.
A Carmina la figura legal le daba igual con tal de poder decir que ahora «esto es de la asociación», muy ufana, como si presidiera un consejo de administración.
Yo me encargué de la parte que se me da bien, los números y los trámites, y descubrí, no sin cierta sorpresa, que se puede usar exactamente lo mismo que aprendí para echar a la gente de sus casas en mantenerla dentro. Las mismas herramientas. Solo cambia hacia dónde apuntas.
Me hizo gracia, la primera vez que lo pensé, llamar a una oficina de Hacienda para dar de alta un comedor de abuelas en lugar de para liquidar una promoción de lujo.
La funcionaria al teléfono no entendía nada.
«¿Una asociación gastronómica para dar de comer casi gratis?
¿Y eso quién lo paga?». Le dije que el barrio.
Que el barrio se paga solo, si lo dejan.
Pero la parte que de verdad me reconstruyó a mí no fue esa.
* * *
Cande se había empeñado en enseñarme a hacer croissants.
—No pienso tener un novio que selle las capas como tú —dijo, mientras me ataba un delantal con la misma autoridad con la que mandaba en todo lo demás—. Es bochornoso. Mira. Se dobla así. Otra vez. Que no es un acordeón, Gabriel, es un hojaldre.
—Lo estás haciendo a propósito —dije una mañana—. Esto no lo hace bien nadie a la primera.
—Yo lo hacía bien a la primera —dijo ella, robándome un trozo de masa cruda y comiéndoselo, que es una guarrería que solo se permiten los buenos—. Pero yo soy yo, y tú eres un contable con las manos de palo. Dame veinte años y a lo mejor te sale uno presentable.
—¿Veinte años? —dije.
—Por lo menos. ¿Te da miedo el compromiso?
Y siguió laminando, tan tranquila, como si acabara de decir algo sin importancia, cuando los dos sabíamos que acababa de decir, a su manera, de la única manera que ella sabe decir las cosas grandes, que contaba conmigo para los próximos veinte años.
Yo, que llevo treinta y seis años haciendo las cosas bien a la primera, era un completo desastre en aquella cocina, y ella se reía de mí sin piedad, y era la primera vez en mi vida que me daba igual hacer algo mal.
Aprendí más de la felicidad en aquellas mañanas, con harina hasta los codos y a Cande corrigiéndome la postura de las manos, que en treinta años de hacerlo todo correcto.
La felicidad, descubrí, no es un sitio al que llegas.
Es una cosa que se amasa por las mañanas, mal, riéndote, y que hay que volver a amasar al día siguiente.
Eso es lo que nadie te cuenta del «vivieron felices»: que es un verbo, y que se conjuga todos los días.
* * *
Y un día llevé la foto.
Es la única que conservo de mi abuela Pilar.
Está descolorida y tiene una esquina doblada.
En ella, Pilar es joven, lleva un delantal de flores y sostiene una bandeja de croissants en el patio de una corrala, la de Tetuán, de la que un señor con un abrigo bueno la echó para no volver.
Murió en un piso interior sin patio, lejos de los suyos, sintiéndose de ningún sitio.
Llevaba toda la vida en una caja, en un cajón de mi piso, mirando una pared.
Durante años no había sido capaz ni de mirarla.
La foto era un reproche: aquí está la casa que no supiste defender, niño.
Pero ahora, con la corrala salvada, había dejado de ser un reproche para convertirse en otra cosa.
En una invitación. Como si Pilar me dijera, desde su delantal de flores, que ya iba siendo hora de que su nieto la llevara a un sitio donde se hicieran croissants los domingos y de donde no la pudiera echar nadie.
La colgué en el comedor, junto a la puerta de la cocina, sin decir nada a nadie. No hacía falta explicarlo. Pero Reme, que lo ve todo, se paró delante.
—¿Y esta señora tan guapa quién es?
—Mi abuela —dije—. Hacía croissants los domingos. Vivía en una corrala como esta, hasta que la echaron.
Reme miró la foto un buen rato. Luego cogió un trozo de celo y le aseguró ella misma la esquina doblada, con cuidado, como se arregla la chaqueta a un nieto antes de una foto.
—Pues ya está —dijo—. Una más de la casa. Aquí, de ningún sitio, no es nadie.
Y se fue a sus fogones. Y mi abuela, cuarenta años tarde, volvió a tener una corrala.
* * *
CANDE
Yo, por mi parte, estaba haciendo las paces con la harina.
Llevaba ocho meses sin amasar en serio, por miedo, porque cada vez que metía las manos en una masa me acordaba del obrador, y del obrador me acordaba de Víctor, y de Víctor me acordaba de todo lo que perdí.
Había convertido lo que más me gustaba del mundo en un campo de minas.
Pero ahora tenía un comedor que reabría y cien bocas que alimentar, así que no me quedó otra que volver a entrar al barro.
Y resulta que las manos no habían olvidado nada.
Resulta que yo seguía ahí debajo, entera, esperándome.
Las primeras hornadas las hice con miedo, esperando que me temblara el pulso o que se me fuera el punto del azúcar.
Pero a la tercera bandeja se me había olvidado que tenía miedo.
Volví a ser esa que se pierde en una masa y levanta la cabeza tres horas después sin saber qué hora es.
Y entendí una cosa: el obrador no me lo había quitado Víctor.
Me lo había quitado yo, escondiéndolo para que no me lo volvieran a romper.
Y una cosa que tú misma guardas bajo llave no te la puede devolver nadie. Esa la tienes que sacar tú.
Una tarde, preparando el menú de la reapertura, saqué el cuaderno.
* * *
El cuaderno de recetas del comedor lleva cuarenta años pasando de mano en mano.
Lo empezó mi abuela con la Reme, y ahí dentro está la letra de las dos, y la de muchas otras: recetas tachadas, corregidas, manchadas de aceite, con anotaciones al margen del tipo «a Encarna no le gusta el comino» o «doblar para el día de Reyes».
Es la memoria del barrio escrita en azúcar y guiso.
Yo lo había estado evitando, igual que evitaba la harina, porque era de Amparo, y con Amparo yo tenía una cuenta abierta que ya no podía cerrar.
Mi abuela y yo no nos despedimos bien. Discutimos por Víctor, ella me avisó, yo no la escuché, y luego me dio demasiada vergüenza volver. No estuve cuando se murió. Eso no se arregla. No hay receta para eso.
Pero esa tarde, hojeando el cuaderno, encontré una página a medio empezar, con su letra, una receta de hojaldre que dejó sin terminar.
Y, sin pensarlo mucho, cogí un boli y la terminé yo.
Debajo de su letra puse la mía. Corregí la cantidad de mantequilla, que ella siempre se quedaba corta, y añadí al margen, porque me salió: «Más, abuela. Siempre más. Que para eso estamos».
No lloré. No hice un drama. Solo me quedé un momento mirando las dos letras, la suya y la mía, juntas en la misma página por primera vez en la vida, terminando entre las dos una receta que ninguna de las dos había podido acabar sola.
Me acordé de cuando era pequeña y la veía a ella escribir en ese cuaderno, con las gafas en la punta de la nariz, y yo pensaba que algún día escribiría yo.
Luego la vida se torció y di por perdido ese tren para siempre.
Pues llegué tarde, como llego a todo. Pero llegué.
Y algo, dentro, que llevaba ocho meses en carne viva, dejó por fin de doler.
Reme, que pasaba por detrás, le echó un ojo a la página y no dijo nada del perdón, ni de la abuela, ni de las paces. Solo dijo:
—Ya era hora de que estuvieras en ese cuaderno —dijo—. Tienes su misma letra fea, mira tú.
* * *
Y luego está lo de Lola, que merece capítulo aparte pero se lo voy a resumir.
Resulta que don Aurelio, después de meses rondándola con la sutileza de un tractor, por fin se decidió.
Se presentó en el comedor un mediodía, con un ramo de claveles reventones y el bigote recién recortado, y delante de todas, muy solemne, le pidió a Lola que fuera su novia.
A los ochenta y pico. Con sus claveles. Como un quinceañero.
Lola, que fue cupletista en el Salón Pompeya y no ha perdido el instinto para una entrada triunfal, no se lo puso fácil. Lo dejó sufrir un rato, abanicándose despacio, mirándolo de arriba abajo como quien tasa un género en el mercado.
—Mira, Aurelio —dijo por fin—. A mi edad ya no está una para noviazgos largos.
Hizo una pausa de cupletista, de esas que en el Pompeya dejaban la sala en vilo. Carmina contenía el aliento. Don Aurelio se había puesto del color de sus claveles.
—Así que o esto va en serio —siguió Lola—, o no me hagas perder el tiempo, que me queda poco y lo pienso gastar bien.
Y le plantó un beso de cuplé, de los de cerrar telón, que le dejó a don Aurelio el bigote temblando y a Carmina aplaudiendo como en un estreno. Reme tuvo que sentarse del soponcio de la risa. Y así, sin comerlo ni beberlo, el comedor se quedó con dos historias de amor por el precio de una.
* * *
GAbrIEL
La víspera de la reapertura nos quedamos los dos solos cerrando el comedor.
Las mesas ya estaban puestas para el día siguiente, con sus hules a cuadros limpios. El cuaderno descansaba en su estante con una página más. La foto de Pilar vigilaba desde la puerta. Olía a local recién fregado y a hojaldre del bueno, porque el que yo hago ya casi no es un atentado.
Cande apagó las luces de la cocina y vino a apoyarse a mi lado, mirando la sala vacía, cansada y contenta, con una mancha de harina en la mejilla que no le dije que tenía porque me gustaba.
—Mañana esto se llena —dijo.
—Mañana esto se llena —dije yo también.
No nos dijimos nada más grande que eso. No hizo falta. Habíamos reconstruido un comedor, dos oficios y a dos personas bastante rotas, y todo estaba por fin en su sitio, esperando solo a que llegara la gente.
Le limpié con el pulgar la mancha de harina de la mejilla, ya que íbamos a salir a la calle. Ella me dejó hacerlo. Y en ese gesto tonto, el de limpiarle a alguien la cara sin que te lo pida, cabía todo lo que yo no sé decir y ella no necesita que le diga.
Cerré la persiana. Y por primera vez en mucho tiempo, al bajarla, no sentí que estuviera cerrando una casa. Sentí que la estaba guardando para mañana.