Con Mucho Amor (y mantequilla) 39. La reapertura
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39. La reapertura

La reapertura

El día que el comedor volvió a abrir, no cabía un alma en la calle del Sombrerete.

Habíamos echado el resto. Las mesas corridas, con sus hules a cuadros recién planchados.

Una olla en cada fuego, porque para una reapertura como Dios manda hace falta más de una olla.

El corcho de la entrada, con sus cuarenta nombres de toda la vida y unos cuantos nuevos.

Y un cartel en la persiana, escrito con la letra fea de Carmina, que decía: «HOY COMEMOS TODOS».

Sin precios. Sin condiciones. Como ha sido siempre.

Y vino el barrio. Vino entero. Vinieron los vecinos de la corrala, claro, los dieciséis pisos que ya no echaba nadie.

Pero vino también el resto de Lavapiés: los del bar de abajo, los de la frutería, las familias de los otros bloques que habían visto en nuestra pelea un espejo de la suya, los críos correteando entre las piernas, los viejos con su bastón y su silla plegable.

Vino hasta Nayra, la del sindicato, que se quitó por un día la cara de guerra y se dejó poner un plato de cocido delante.

Era más una romería que una inauguración. Era el barrio celebrándose a sí mismo.

Yo llevaba desde las cinco de la mañana en la cocina, con Gabriel de pinche, sacando bandejas como si fueran a venir a comer mil personas.

Y a lo mejor vinieron, porque perdí la cuenta.

Solo sé que no paramos de servir en toda la mañana, que la olla no se vaciaba nunca, como la del cuento, y que cada cara que entraba por la puerta era una que el mes anterior tenía el desahucio encima y ahora tenía un plato caliente delante.

Eso no lo paga el dinero. Eso no sale en ningún balance, por mucho que Gabriel se empeñe en cuadrarlo.

* * *

Pero hubo un momento, antes de que empezara el jaleo de verdad, que fue el que se me quedó grabado.

Antes de abrir, colgamos el cartel.

No el de Carmina. El otro. El de verdad.

Lo habíamos mandado hacer en madera, pintado a mano por un rotulista de la calle de la Ruda de los de antes, con letras de las que ya no se ven.

Y en esa madera estaban escritas, clavadas para siempre encima de la puerta del comedor, las palabras que Pacita nos dejó en su última nota:

PORQUE A VECES EL AMOR ENTRA POR LA COCINA

Lo colgó Gabriel. Se subió a una escalera, con el cartel bajo el brazo y un nivel en el bolsillo, porque hasta para eso es maniático, y lo fue ajustando hasta dejarlo perfectamente recto sobre el dintel.

Y a mí, viéndolo ahí arriba, me dio por pensar en una cosa que no le dije porque se me habría puesto a llorar él, que es de los que lloran para dentro.

Pensé que aquel hombre se había pasado la vida colgando otra clase de papeles en otra clase de puertas.

Avisos de desahucio. Notificaciones. Carpetas.

Cosas que echaban a la gente de sus casas.

Y que ahora, subido a aquella escalera, estaba clavando justo lo contrario: un letrero que invitaba a entrar. La misma mano. El cartel cambiado.

Cuando lo dejó recto y bajó, el barrio entero, que se había quedado callado mirando, se arrancó a aplaudir.

Reme se secó los ojos con el pico del delantal y disimuló diciendo que era el humo de la cocina, que llega hasta la calle.

Carmina no disimuló nada y lloró a gusto, que para eso tiene ochenta años y ya no le importa lo que digan.

Y yo busqué con la mirada la silla que ya sabía que estaba dentro, esperándonos, y pensé que aquellas palabras eran de Pacita, que las garabateó para mí en una nota y que ahora, fíjate, presidían en madera el comedor que ella ayudó a llenar durante cuarenta años.

Y la frase de Pacita quedó allí, presidiéndolo todo, donde la pudiera leer cualquiera que pasara por la calle y le hiciera falta.

* * *

Y entonces sí. Entonces abrimos, y aquello se llenó, y fue la mañana más feliz que recuerdo.

No me da la prosa para contarla entera. Diré solo retazos, que es como se recuerdan los días buenos.

El olor a guiso saliendo por la puerta a la calle.

Reme en su trono de siempre, junto a los fogones, repartiendo cucharadas y órdenes a partes iguales.

Carmina haciendo de relaciones públicas con un Ducados apagado en la mano, contándole a todo el que entraba la batalla de la comisión como si la hubiera ganado ella sola, que un poco sí.

Encarna cobrando las voluntades en su libreta, que ahora eran cuotas de socio, pero ella las apuntaba igual, con su letra de maestra.

Lola cantando, cómo no, subida otra vez a algo, con don Aurelio mirándola embobado desde primera fila como si fuera la única mujer del mundo.

Vi a los críos del barrio mojando pan en las ollas, y a sus madres darles una colleja cariñosa y un «eso no se hace» que no iba en serio.

Vi a Encarna meterle a escondidas un táper a una señora que vino sola, con esa generosidad suya que disfraza de cuentas.

Vi a dos vecinos que llevaban un año sin hablarse, por una tontería de tendederos, hacer las paces delante de un plato de lentejas, porque eso tiene la comida compartida, que ablanda hasta las rencillas más tontas.

Vi a Gabriel, mi Gabriel de hielo, partido de risa con un chiste de Carmina, con el delantal manchado y la cara de alguien que por fin está en su sitio.

Vi, en fin, lo que mi abuela y la Reme llevaban cuarenta años viendo cada día y yo había tardado treinta y tres en entender: que un sitio donde la gente come junta es lo más parecido que hay a una familia que no te toca por sangre, sino la que eliges tú.

En un momento, una de las periodistas que habían venido a cubrir la reapertura le puso un micrófono a Reme delante de las cámaras y le preguntó cuál era el secreto. Que cómo había aguantado aquel comedor cuarenta años. Que qué tenía aquella comida que juntaba a tanta gente.

Reme, que ha dado de comer a medio barrio durante cuarenta años y no se arruga ante nadie, y mucho menos ante una cámara, la miró un momento, se limpió las manos en el delantal con toda la calma del mundo, esbozó media sonrisa, y dijo lo mismo que le decía a mi abuela en aquella cocina hace cuarenta años, lo que lleva diciendo toda la vida:

—¿El secreto? Con mucho amor. Y mucha mantequilla.

Y se volvió a sus fogones, tan ancha. Cinco palabras. Y en ellas, sin pretenderlo, cabía todo lo que de verdad importa: que a la gente se la quiere dándole de comer, y que en la vida, como en la cocina, más vale no quedarse corto con lo bueno.

* * *

Pero no todo era alegría. Y menos mal, porque la alegría sin una pena al lado no me la creo.

En mitad de la sala, en su sitio de siempre, había una silla vacía.

La de Pacita. Le habíamos puesto encima su foto, esa en la que sale riéndose con cara de estar tramando una de las suyas, y delante, un plato servido, con su ración como a todo el mundo, porque en esta casa nadie se queda sin comer, ni siquiera los que ya no pueden.

Hubo un momento en que Reme pidió silencio, levantó su vaso de vino peleón, y la sala entera se calló.

—Por las que empezaron esto —dijo, con la voz un pelín tomada—.

Por mi Amparo, que montó conmigo este comedor hace cuarenta años con cuatro perras y mucha cara, y que ya no está para verlo lleno.

Y por la Pacita, que se nos fue con prisas, como vivió, sin avisar y dejándonos a todos con la palabra en la boca.

Levantó el vaso hacia la silla vacía.

—Esto también es vuestro. Que no se diga que en esta casa os dejamos sin vuestra ración.

Y a mí, que tenía a Gabriel al lado y al barrio entero delante, se me juntó la pena con la alegría, porque la felicidad de verdad nunca viene sola: viene siempre con la lista de los que te faltan a la mesa.

Pacita no llegó a ver esto. Mi abuela tampoco.

Ganamos, pero ganamos sin ellas, y eso es una alegría que escuece, que es la única clase de alegría que de mayor te acabas creyendo.

Brindé por las dos. Por la que me dejó un comedor y una cuenta sin saldar. Y por la que me dejó una nota que ahora colgaba sobre la puerta.

* * *

Lo de Lola y don Aurelio tuvo su momento de gloria también, faltaría más.

A media fiesta, alguien sacó un altavoz, y Lola, que no necesita que se lo pidan dos veces, se arrancó con un cuplé de su juventud, de esos pícaros, moviendo el abanico con una gracia que ya quisieran las de veinte.

Y don Aurelio, que no había bailado en su vida, se levantó, le tendió la mano con una reverencia de otro siglo, y se pusieron a bailar los dos en mitad del comedor, despacito, agarrados, él pisándola y ella riéndose, mientras el barrio los jaleaba.

Verlos ahí, a sus ochenta y pico, estrenándose en el amor como dos chavales, me arregló por dentro algo que no sabía que tenía roto.

Porque si a esa edad todavía se puede empezar, pensé, entonces nunca es tarde para nada.

Ni para querer. Ni para volver a una cocina.

Ni para perdonar a un hombre que te llevó un croissant horrible.

Don Aurelio, cuando terminó el baile, sin soltarle la mano, le dijo a Lola algo al oído que la hizo reírse como una cría y darle un manotazo flojo en el pecho.

Nadie se enteró de qué fue. Pero Lola estuvo el resto de la mañana con una sonrisa que ni el carmín le tapaba.

A los ochenta y pico. Hay esperanza para todos, oye.

* * *

Al final de la mañana, cuando la cosa se calmó un poco, me quedé un momento apartada, apoyada en el marco de la puerta, debajo del cartel de Pacita, mirándolo todo.

Vi a Reme mandando en su cocina. Vi a Carmina y a Encarna discutiendo por una cuenta.

Vi a Lola y a Aurelio cogidos de la mano.

Vi la silla de Pacita con su plato. Vi, junto a la puerta de la cocina, la foto de una señora con delantal de flores que ya era de la casa.

Vi un comedor que durante cuarenta años no había existido en ningún papel y que ahora, por fin, existía, lleno hasta la bandera de la gente a la que daba de comer.

Cuarenta años tardó en salir del armario de los secretos, este comedor.

Y resulta que para hacer legal lo que de verdad importaba (que la gente se cuide, que nadie coma solo, que una casa sea de quien la habita) solo hizo falta que alguien se atreviera a pelearlo.

Mi abuela lo peleó cuarenta años a cucharadas.

Nosotros lo peleamos en una comisión, con un informe y mucha cara. Cada generación, su batalla.

Y vi a Gabriel, que vino a apoyarse a mi lado, en silencio, mirando lo mismo que yo.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En que mi abuela tenía razón —dije—. Y la Reme. Y la Pacita. En que todas tenían razón y yo era tonta.

Me pasó un brazo por los hombros. Olíamos los dos a guiso y a mantequilla, que es a lo que huele esta familia. Nos quedamos así un rato, sin hablar, viendo la fiesta desde la puerta, debajo de las palabras de Pacita.

—Bienvenida a casa —dijo.

Y por una vez no salí corriendo. Me quedé. Debajo de la frase de Pacita, en mitad de mi gente, en el único sitio del mundo donde el amor, efectivamente, entra por la cocina.