Con Mucho Amor (y mantequilla) 37. Con mucho amor (y mantequilla)
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37. Con mucho amor (y mantequilla)

Con mucho amor (y mantequilla)

Lo vi coger su abrigo en una esquina, dispuesto a marcharse de la fiesta sin que nadie lo notara, como un gato que sale de una casa en la que sabe que no es del todo bienvenido.

Y algo dentro de mí, una parte que llevaba meses amordazada, dijo «si se va ahora, se va para siempre, y vas a pasarte el resto de tu vida sabiendo que lo dejaste irse».

Y otra parte, la cobarde, la de siempre, me decía que lo dejara marchar, que era lo más limpio, que para qué desenterrar nada, que un hombre que te ha mentido medio año no se merece ni los buenos días.

Las dos voces a la vez, como un comité que no se pone de acuerdo.

Pero la primera, por una vez en mi vida, gritó más fuerte.

Yo soy de huir. Esa es mi tara, ya lo conté.

Cuando algo me hace daño, cojo mis cosas y me largo: lo hice con el obrador, lo hice con Víctor, lo llevo haciendo toda la vida.

Pero por una vez, viéndolo a él coger el abrigo para huir el primero, entendí lo que se siente al otro lado.

Y no me gustó. No quería ser, para Gabriel, lo que Víctor había sido para mí: la persona que se va sin mirar atrás.

Así que abrí la boca y dije su nombre.

—Gabriel.

Se giró. Y se quedó ahí, a tres metros, con el abrigo a medio poner y una cara que no le había visto nunca, una cara sin armadura, como si la mía fuera la única voz del mundo que podía pararlo.

* * *

Lo de hablar en mitad de aquel jaleo, con Lola cantando y medio barrio dándose abrazos, era imposible.

Le hice un gesto con la cabeza y entramos los dos en el comedor, que estaba vacío, con las mesas todavía puestas y el olor de siempre, y de pronto el ruido de la calle se quedó fuera y nos quedamos él y yo, solos, en el sitio donde había empezado todo.

Tantos meses imaginando esa conversación, y ahora que la tenía delante no me salía ni una palabra de todas las que había ensayado a las tres de la mañana. Nos quedamos un momento mirándonos, torpes, como dos adolescentes, en aquel comedor lleno de sillas vacías.

—No hace falta que digas nada —dijo él, rápido, como quien quiere ahorrarle a otro un mal trago—. Sé que no me has perdonado. No te lo estoy pidiendo. Solo iba a dejarte una cosa y marcharme. Ten.

Y sacó del bolsillo del abrigo una servilleta de papel doblada. La abrió encima de una mesa. Dentro había un croissant.

Un croissant horrible, la verdad. Torcido, pálido por un lado y quemado por el otro, con las capas mal selladas y una pinta de haber sufrido lo suyo en el horno.

Un croissant hecho por alguien que no tiene ni idea de hacer croissants y que se ha empeñado igualmente.

Y encima, derretido, formando una mancha ridícula y temblorosa, le había puesto un corazón de mantequilla.

Y entonces fui yo la que se quedó sin armadura.

* * *

Porque ese era nuestro idioma. El del primer día, cuando le hice yo a él un croissant y le dibujé el corazón de mantequilla de broma, para reírme de lo serio que era, y él se lo comió en silencio y al día siguiente volvió.

Volvió al día siguiente, y al otro, y al otro, siempre a la misma hora, siempre pidiendo lo mismo, y yo fingía que era un cliente más y él fingía que venía por el café, y los dos sabíamos que era mentira y que aquel croissant con su corazoncito de mantequilla era la cosa más parecida a una declaración que dos personas tan tontas como nosotros eran capaces de hacerse.

Aquello, que no significaba nada y lo significaba todo, era lo único que teníamos que no había contaminado la mentira.

Y ahí estaba otra vez, en una servilleta arrugada, hecho un desastre, hecho por sus manos torpes de contable.

—Lo he hecho yo —dijo, innecesariamente, porque saltaba a la vista—. Esta mañana. Me ha salido fatal. Lo he intentado tres veces. —Tragó—. Era lo único que se me ocurría para decirte lo que no sé decir con palabras. Que lo siento. Que tenías razón en todo. Que ojalá te hubiera conocido siendo otro.

Me quedé mirando aquel croissant infame y se me llenaron los ojos, y no fue por el croissant, fue por las tres veces.

* * *

—Cuéntamelo —dije—. Todo. A la cara. No por boca de Nayra. Quiero oírlo de ti.

Y se sentó en un banco del comedor, con las manos sobre la mesa de hule, y me lo contó entero.

Que había venido a vaciar la corrala, sí.

Que era su trabajo y que al principio le dio igual, porque llevaba toda la vida desalojando casas sin mirar a quién había dentro.

Que cuando me conoció empezó a mirar, y eso lo estropeó todo.

Que se enamoró sabiendo que estaba a punto de quitarme la casa, y que cada día que callaba era un día más de cobardía, porque tenía miedo: miedo de que lo odiara, miedo de perder lo único bueno que tenía, miedo de descubrir que era idéntico a su padre.

Que por eso se escondió, no para engañarme mejor, sino porque no sabía cómo dejar de ser quien era.

Y me habló de Pilar. De su abuela y sus croissants de los domingos, de la corrala de Tetuán, del señor del abrigo bueno y la carpeta.

De que él se hizo administrador para no volver a sentirse nunca como aquel niño, y de que se pasó la vida del lado equivocado de la carpeta hasta que un comedor de Lavapiés lo obligó a mirarse.

—El día que me echaste —siguió—, el día del «fuera de mi cocina», me fui a casa, me senté en el suelo y entendí dos cosas a la vez.

Que te había perdido. Y que, aunque te hubiera perdido, no podía seguir haciendo el trabajo de mi padre ni un día más.

Que ya no me valía. Así que al día siguiente fui a la torre y rompí con él.

No para recuperarte, que conste. Sabía que eso no se compra.

Lo hice porque tú me habías estropeado, para siempre, la capacidad de mirar hacia otro lado.

Y entonces, sin que yo se lo pidiera, hizo lo que terminó de partirme.

—Y le debo esto a Pacita —dijo—. Ella lo sabía.

Lo supo desde el principio, la muy bruja.

Una vez me cogió de la manga y me dijo, muy bajito, «tú a esta niña la quieres, y vas a tener que elegir entre tu padre y ella, y como elijas mal no te lo perdono ni muerta».

—Sonrió, con los ojos brillantes—. Pues ya he elegido, Pacita. Tarde, pero he elegido.

* * *

Yo lo escuchaba y notaba cómo se me iban cayendo, una a una, todas las murallas. Y eso me dio un miedo atroz. Porque una muralla cuesta meses levantarla y se viene abajo en una tarde, y detrás de la muralla estaba yo, otra vez a la intemperie, otra vez expuesta a que me hicieran lo de siempre.

Así que dije la única cosa honesta que me quedaba por decir. El miedo. En voz alta.

—Tengo pánico —dije—. No te voy a mentir, que ya hemos tenido bastante mentira para una vida.

Lo último que me pasó por quererle a alguien fue una deuda de cuarenta y un mil euros y una nota de despedida.

Aprendí que querer es prestarle a alguien el cuchillo con el que luego te abre.

Y no lo digo por hacerme la dura, lo digo porque es verdad y porque te lo mereces de verdad.

Llevo ocho meses reconstruyéndome a cachos, aprendiendo a dormir sin que me despierte a las cuatro de la mañana la cuenta de lo que debo.

Me ha costado Dios y ayuda volver a ser una persona.

Y me da un miedo de muerte volver a ponerme en manos de alguien que pueda deshacerlo en una tarde.

Y ahora vienes tú, con tu croissant churrigueresco, y me pides que vuelva a darte el cuchillo.

¿Y cómo sé yo que no vas a hacer lo que hizo Víctor?

¿Que no vas a irte el día que esto se ponga feo?

Gabriel no me prometió nada. Y eso, paradójicamente, fue lo que me convenció.

—No lo sabes —dijo—. No te puedo prometer que no me vaya, porque las promesas las carga el diablo y tú de promesas vacías ya tienes el cupo lleno.

Lo único que puedo enseñarte es lo que ya he hecho.

Víctor, cuando vino lo feo, se fue con el dinero.

Yo, cuando vino lo feo, me quedé y lo perdí todo.

No te lo cuento yo: míralo. Está hecho. La diferencia entre él y yo no está en lo que te prometo.

Está en lo que ya me ha costado quedarme.

Se quedó callado un momento, mirándose esas manos torpes que habían intentado tres veces hacer un croissant. Y luego añadió, más bajo:

—Y, además, ya no tengo adónde irme. Me has dejado sin padre, sin empresa y sin apellido. Lo único que me queda en esta ciudad, Candela, está dentro de este comedor. Tú incluida. Sería bastante absurdo huir de lo único que tengo.

* * *

Y tenía razón. Esa era la diferencia. Yo había pasado meses esperando que Gabriel me demostrara que no era Víctor, y resulta que llevaba meses demostrándomelo, a escondidas, arruinándose por mí sin pedir ni las gracias.

No hay garantías. Nunca las hay. Querer a alguien es, efectivamente, prestarle el cuchillo.

Eso no me lo iba a quitar nadie, ni Gabriel, ni el croissant, ni cien finales felices.

Pero aquella tarde, en el comedor, entendí por fin la otra mitad de la frase, la que se me había olvidado: que también te prestan a ti el suyo.

Que la cosa va de dos cuchillos sobre la mesa y dos personas decidiendo, cada mañana, no usarlos.

Y que pasarte la vida sin prestar el tuyo, por miedo a que te corten, es otra manera, más triste, de acabar igual de sola.

Llevaba toda la vida protegiéndome de que me hicieran daño, y se me había olvidado que protegerse tanto también es una forma de hacérselo una misma.

Rompí mi primera promesa hacía meses, el día que volví a encender un horno. La segunda la rompí en aquel momento, a conciencia, sabiendo lo que hacía y lo que arriesgaba, que es la única manera que vale la pena de romper una promesa.

—Eres consciente —dije, con la voz haciéndome cosas raras— de que ese croissant es un atentado contra la repostería.

—Soy muy consciente.

—Y de que, si vamos a hacer esto, vas a tener que dejar que te enseñe. Porque no pienso salir con un hombre que sella así las capas.

Gabriel se rio. Se rio de verdad, por primera vez desde que lo conocía, una risa que le cambiaba la cara entera.

—¿Eso es un sí? —dijo.

—Eso es un «ven aquí, anda».

* * *

Y lo besé. O me besó. Da igual, llevábamos meses debiéndonoslo y nos lo cobramos los dos a la vez, en mitad de aquel comedor que olía a guiso y a cuarenta años de gente queriéndose como podía, con un croissant horrible enfriándose en una servilleta al lado, como testigo.

Fue un beso sin adjetivos, de esos que no se cuentan porque contarlos los estropea. Solo diré que sabía a mantequilla. Cómo no.

Cuando nos separamos, él me tenía la cara entre las manos, igual que me la había cogido Reme una hora antes, y pensé que en esta familia teníamos todos la misma costumbre, la de coger la cara de la gente a la que queremos como si fuera algo que se nos pudiera escapar.

Y a lo mejor lo era. A lo mejor todo se nos puede escapar, siempre, las casas y las personas y los obradores y las abuelas.

Eso no lo arregla un beso. Pero por primera vez en mucho tiempo no me dieron ganas de salir corriendo.

Me dieron ganas de quedarme. Que, para una que es de huir, es casi un milagro.

—Reme me ha invitado a comer los domingos —dijo, con la frente pegada a la mía.

—Lo sé. Estaba delante.

—¿Y tú? ¿Tú me invitas?

Me lo pensé un segundo, por darme el gusto de hacerle sudar.

—Mira —dije—, mi abuela y la Reme montaron este sitio hace cuarenta años, y la Reme me dijo una vez cuál era el secreto de que la gente volviera.

Con mucho amor. Y mucha mantequilla. —Cogí el croissant infame de la servilleta y le di un mordisco, porque estaba malísimo y me lo comí entero igual—.

Lo del amor lo vas pillando. Lo de la mantequilla, hijo, te queda un máster.

Él me miró comerme aquel desastre de croissant con una cara de tonto enamorado que no le pegaba nada al hombre de hielo del primer día, y yo pensé que a lo mejor a las personas, como a los croissants, lo que las hace buenas no es salir perfectas; es el empeño con que alguien las vuelve a intentar.

Pacita tenía razón. La muy bruja. El amor, al final, había entrado por la cocina.

Esa noche, antes de dormir, hice dos cosas que llevaba ocho meses sin hacer. Saqué del cajón donde la tenía escondida la libreta de recetas de mi abuela. Y me reí sola, en voz alta, sin motivo, como una idiota. Las dos cosas, después de tanto tiempo, me costaron lo mismo: nada. Salieron solas.

Fuera seguía la fiesta, y el comedor reabría sus puertas, y a mí me esperaba un horno que volver a encender y un torpe al que enseñarle a laminar. Pero eso ya es otra historia. Una de las buenas, para variar.