34. Dos frentes
Dos frentes
Yo libraba mi guerra de noche, que es cuando se libran las guerras de papel.
Desde que rompí con mi padre, mis días eran de un orden monástico, solo que ahora el orden servía para algo.
Por las mañanas, abogados: el de patrimonio, que llevaba la catalogación; el mercantil, que estudiaba la cláusula del fondo.
Por las tardes, informes. Por las noches, el insomnio y los cálculos.
Había convertido mi piso de Chamberí en un despacho de campaña contra mi propia empresa, y dormía cuatro horas, y adelgacé, y no me importaba, porque por primera vez en la vida el trabajo que hacía me parecía limpio.
Las noticias llegaban a cuentagotas y casi todas malas.
La catalogación avanzaba a paso de funcionario: un informe favorable aquí, una comisión aplazada allá, y mientras tanto el calendario del desahucio corriendo el doble de rápido.
El fondo holandés no se había retirado todavía, pero mi informe había hecho su efecto: sus abogados estaban «estudiando la situación», que en el idioma de los inversores quiere decir que tienen miedo.
Y mi padre, con Soldevila, apretaba el acelerador para ejecutar antes de que cualquiera de mis trampas cuajara.
Era una carrera. Ellos corrían para vaciar; yo corría para blindar. Y el que llegara primero, ganaba.
Y yo iba perdiendo por puntos. No por falta de razón, sino por falta de tiempo, que en los juzgados es lo mismo.
Tenía las pruebas, tenía los argumentos, tenía la ley de mi parte en casi todo.
Lo que no tenía era el calendario. Mi padre podía ejecutar un desahucio en semanas; una catalogación, en cambio, podía dormir meses en un cajón de la administración mientras a la gente la ponían en la calle.
La burocracia, que casi siempre protege al fuerte, esta vez me ahogaba a mí. Ironías del oficio.
Lo peor de pelear a oscuras es que no puedes celebrar los avances con nadie. Ganaba pequeñas batallas (un sello, una firma, una llamada) y no tenía a quién contárselo. Solo el silencio del piso, y la tentación, cada noche, de coger el teléfono y escribir un número que me había prohibido marcar.
* * *
Yo, mientras tanto, no daba abasto, y lo prefería así.
En tres semanas, el comedor que no existía se había convertido en una pequeña máquina de resistencia.
Teníamos casi doscientas firmas, gracias a que la periodista de la Lola publicó por fin el reportaje, con una foto de Reme delante de la olla grande que partía el alma, titulado «El comedor que quieren cerrar».
Se compartió como la pólvora. De repente, gente de todo Madrid escribía indignada, venía a comer en solidaridad, preguntaba cómo ayudar.
Carmina llevaba la centralita desde su teléfono.
Encarna, las cuentas. Lola daba entrevistas como si volviera a tener veinte años y un escenario.
Y pasaba una cosa rara, que yo no me explicaba.
El caso iba mejor de lo que debería. La abogada del sindicato, una chica que se llamaba Nayra y que valía su peso en oro, me lo dijo un día, perpleja: «Es como si alguien nos estuviera pasando las cartas del otro equipo.
Sabemos exactamente qué contratos defender, dónde va a atacar la empresa, qué puntos flacos tiene la operación.
Esto no es normal, Candela. Alguien de dentro nos está ayudando».
Yo me encogí de hombros. Pensé en la suerte, en el karma, en Pacita moviendo hilos desde el otro barrio.
En lo que no pensé, porque me había prohibido pensar en ello, fue en la única persona que conocía esa operación de dentro.
Lo achaqué a que el sindicato era bueno, a que Nayra sabía lo que hacía, a que cuando un barrio se pone serio pasan cosas.
Y me volqué. Hacía meses que no me sentía tan útil.
Redactaba, organizaba, hablaba en reuniones, discutía con funcionarios.
La repostera arruinada que había llegado a la corrala a esconderse se había convertido, sin darse cuenta, en una especie de capitana de la resistencia, con un cuaderno lleno de teléfonos y una rabia por fin bien empleada. Pacita se habría reído de orgullo.
* * *
El primer contacto me lo tendió Nayra, sin avisar, que si me avisa no voy.
—Mañana a las seis, en el local del sindicato —me dijo—.
Reunión de estrategia para la vista de la catalogación.
Va a venir la persona que nos está pasando la información.
Necesito que estéis los dos, porque tú tienes los datos del comedor y él tiene los de la finca, y por separado no nos sirve de nada.
«Él.» Lo dijo así, en masculino, y a mí se me puso el cuerpo en alerta antes que la cabeza. Pero no pregunté. Una parte de mí ya lo sabía. La otra prefirió no confirmarlo hasta que no quedara más remedio.
Al día siguiente subí las escaleras del local del sindicato con el estómago cerrado. Abrí la puerta. Y allí estaba, sentado a una mesa llena de papeles, con una camisa que le quedaba más holgada que antes y unas ojeras que no le conocía.
Gabriel.
Nos miramos medio segundo. Medio segundo nada más, pero en ese medio segundo cupo todo: lo que fuimos, lo que me hizo, lo que todavía me revolvía las tripas verlo.
Luego él bajó la vista a sus papeles, y yo me senté en la otra punta de la mesa, lo más lejos que pude sin que se notara que era a propósito.
—Candela —dijo. Solo eso. Mi nombre, como si pesara.
—¿Eras tú? —dije—. El de la información.
—Sí.
—Ya.
* * *
No fue una conversación. Fue una transacción, fría como un parte.
Hablamos de la finca, de los contratos, de qué argumentos llevar a la vista, de números y de fechas.
Nayra, en medio, hacía de árbitro sin entender muy bien qué partido se jugaba por debajo.
Yo le pasaba datos del comedor; él los encajaba en su mapa legal con una precisión que, en otra vida, me habría parecido sexy y que ahora solo me parecía la prueba de lo bien que sabía mentir.
Por fuera, dos profesionales. Por dentro, yo notaba cada gesto suyo como si me lo hicieran con una lija.
La manera de pasar las hojas. El boli que mordía cuando pensaba, igual que mordía otras cosas.
La vez que nuestras manos casi se rozaron al coger el mismo documento y los dos las retiramos como de un fogón encendido.
Lo que más rabia me dio fue darme cuenta de que lo seguía encontrando guapo.
Que el cuerpo es tonto y no se entera de las traiciones.
Que una puede odiar a alguien con toda la cabeza mientras el resto del cuerpo se acuerda perfectamente de cómo era dormir pegada a él.
No dije nada de eso, claro. Me limité a la finca.
Y cuando me explicó, técnico, lo de la catalogación y lo del fondo, hice como que era la primera vez que oía esos planes, aunque eran calcados a los que Encarna había traído del sindicato.
Empezaba a entender que detrás de nuestra suerte estaba él.
Pero no quise darle el gusto de agradecérselo.
Un hombre no te pone una bomba en casa y luego espera una medalla por traerte el extintor.
Solo una vez se salió del guion. Fue cuando Nayra salió un momento a por unas copias y nos quedamos los dos solos en aquella sala, en silencio, con todo lo no dicho llenando el aire como un gas.
Él levantó la vista de los papeles. Abrió la boca.
Y supe, con pánico, que iba a decir algo de verdad, algo de lo nuestro, algo que yo no estaba en condiciones de oír sin venirme abajo.
—No —dije, antes de que le saliera—. Lo que sea, no. Hemos venido a salvar el comedor. Nada más. Si me dices una sola palabra de lo otro, me levanto y me voy, y entonces no hay vista ni hay nada.
Cerró la boca. Asintió. Volvió a sus papeles. Y a mí me dolió haberlo cortado casi tanto como me habría dolido escucharlo, porque una parte de mí, la idiota, la que el cuerpo no había puesto al día, se moría por saber qué iba a decir.
—Hay que ir a esa vista con todo coordinado —dijo Nayra al final—. Vuestros dos frentes, por separado, pierden. Juntos, a lo mejor no. Pensáoslo.
«Juntos.» La palabra me cayó como una piedra.
Porque tenía toda la razón: por separado no servíamos.
Mis firmas sin sus papeles eran un gesto bonito.
Sus papeles sin mi barrio detrás eran un expediente frío.
Para ganar había que mezclarlo todo, y mezclarlo todo significaba sentarme a su lado, confiar en su trabajo, dejar que su nombre y el mío aparecieran en la misma página.
Y no sabía si era capaz. Salvar el comedor me estaba pidiendo justo lo único que me había jurado no volver a hacer: contar con Gabriel Salazar.
Recogí mis cosas y me fui sin despedirme. En la escalera, me tuve que parar a respirar. No por el esfuerzo. Por el otro motivo, el que no pensaba reconocer ni bajo tortura.
* * *
Se fue sin despedirse, y yo me quedé mirando la puerta por la que había salido como un idiota.
Nayra me observaba.
—No sé qué hay entre vosotros dos —dijo, recogiendo carpetas—, y no quiero saberlo. Pero como no aprendáis a estar tres horas en la misma habitación sin congelar el aire, esto lo perdemos. La jueza no va a salvar una corrala por dos que se odian con educación.
—No me odia ella a mí —dije—. Me odia con razón. Y no es odio. Es otra cosa peor.
—Pues sea lo que sea, guárdatelo hasta después de la vista.
—Se puso el abrigo—. Tienes una semana, Salazar.
La catalogación entra a comisión el martes.
Si para entonces no tenemos a los vecinos y los papeles cantando lo mismo, el desahucio les pasa por encima a todos.
Y a esa mujer la echan de su casa por segunda vez en un año.
La primera se la hiciste tú. La segunda, como no espabiles, también será un poco culpa tuya.
Se fue. Y me dejó solo con la verdad más incómoda de todas: que para salvarla iba a tener que acercarme a ella, y que acercarme a ella era exactamente lo que no tenía derecho a hacer.
En la reunión, cuando me cortó con aquel «lo que sea, no», le hice caso, porque era lo justo y porque tenía razón.
Pero lo que ella no vio, ocupada como estaba en no mirarme, es que lo que iba a decirle no era una súplica.
No pensaba pedirle perdón, ni explicarle nada, ni cobrarme el gesto.
Solo iba a decirle que tenía buen aspecto.
Que se la veía fuerte. Que me alegraba de que, con todo lo que le había caído encima, hubiera encontrado una rabia que le sentaba bien.
Una tontería. Una de esas cosas que se le dicen a alguien a quien quieres y ya no puedes tocar.
Casi me alegré de que no me dejara decirla. Habría sonado a despedida.
Esa noche no dormí ni las cuatro horas. Conté los días que faltaban para el martes, y luego los que faltaban para marzo, y los dos números me parecieron igual de cortos.
El tiempo, que durante meses había sido mi aliado para preparar trampas en la sombra, se había convertido de golpe en lo único que jugaba en mi contra.
Aquella noche hice una cosa que no hacía desde niño: recé. No a Dios, en el que no creo. A Pilar, a mi abuela, que de catalogaciones no sabía nada pero que entendía mejor que nadie del mundo lo que es que te echen de tu casa. Le pedí tiempo. Solo un poco de tiempo. El que a ella no le dieron.
Quedaban siete días. Y dos frentes que tenían que aprender a ser uno antes de que se acabara la cuenta.