33. Elegir
Elegir
La torre de Azca donde mi padre tiene su despacho es toda de cristal, planta veintitantos, y desde arriba Madrid parece exactamente lo que él cree que es: un tablero.
Casas que son fichas. Gente que son números.
Subí en el ascensor por última vez con una caja de cartón vacía en las manos, porque por mucho que uno venga a romperlo todo, hay que recoger las propias cosas, que para eso me educó él, en el orden.
No había pedido cita. Entré en su despacho sin llamar, igual que él entra siempre en todos sitios, y por una vez le devolví el gesto. Estaba de pie junto al ventanal, mirando su tablero.
—Vengo a por mis cosas —dije—. Y a decirte una cosa a la cara, que es lo que se hace con la gente a la que has querido, aunque ya no te quiera ella a ti.
Se giró. No parecía sorprendido. Mi padre no se sorprende; calcula.
—Voy a parar lo del Sombrerete —dije—. No a escondidas, como hasta ahora, que de eso ya me he avergonzado bastante.
En abierto. Con mi nombre. Voy a meter la finca en catalogación, voy a ayudar a esa gente a blindar sus contratos, y voy a contarle al fondo holandés, con nombres y fechas, por qué el edificio que han comprado no se va a poder vaciar nunca y por qué la cláusula que firmaron se les va a comer vivos.
Voy a hacer que ese negocio sea tan caro y tan feo que prefieran irse.
Te lo digo por cortesía. Para que no te enteres por terceros.
Le devolví, palabra por palabra, la frase con la que él me había avisado a mí.
* * *
Mi padre me escuchó sin pestañear. Y cuando terminé, hizo lo que hace siempre que algo no le sale: convertirlo en una transacción.
—¿Sabes lo que estás tirando a la basura?
—dijo, muy tranquilo—. No es un edificio.
Es tu carrera. En este sector nos conocemos todos.
Si haces esto, si te pones del lado de cuatro okupas con contrato, no vuelves a trabajar en una operación seria en tu vida.
Me encargaré yo personalmente. No por venganza.
Por higiene. Nadie quiere en su equipo a un hombre que se vuelve contra los suyos por una cocinera.
—No es por una cocinera —dije—. Aunque eso tú no lo vas a entender nunca.
—Ilústrame.
—Es por la abuela. —Lo dije, y se le tensó algo en la cara, lo único parecido a una emoción que le había visto en años—.
Llevo toda la vida haciendo este trabajo para no volver a sentirme como me sentí el día que la echaron, ¿sabes?
Pensaba que si era yo el que tenía la carpeta, nunca más sería el niño al que le desmontan la casa.
Y me equivoqué. Lo único que conseguí fue convertirme en el señor del abrigo bueno.
En el de los zapatos que brillaban. Y eso, papá, no lo voy a hacer ni un día más.
Se quedó callado un momento. Y entonces dijo la cosa más triste que le he oído nunca, tan triste que casi le perdoné todo allí mismo:
—Yo también lo hice por ella, Gabriel. Toda esta empresa la levanté para que a nadie de los míos volvieran a echarlo de ningún sitio. Lo que pasa es que para construir tan alto hay que ser de piedra. Y tú no eres de piedra. Es una pena. Habrías llegado lejos.
Y por un momento, mirándolo allí, viejo y recto contra el cristal, con su tablero de fichas a la espalda, lo vi por lo que era en realidad: un niño asustado que se había pasado cincuenta años levantando una fortaleza tan alta que al final se había quedado solo dentro.
No le tuve rabia. Le tuve pena. Que es bastante peor, porque la rabia se va y la pena se queda.
—Prefiero llegar a otro sitio —dije.
Cogí mi caja. No había casi nada que meter dentro: una taza, un par de libros, una foto de mi madre. Toda una vida de hombre de empresa cabía en una caja de folios medio vacía. Eso también debería habérmelo dicho algo, hacía años.
—Una cosa más —dijo mi padre, cuando ya estaba en la puerta—. No vuelvas a llamarme padre. Ni en público ni en privado. Por tu bien.
—Tranquilo —dije, sin volverme—. No pensaba volver a llamarte de ninguna manera.
* * *
Salí de aquella torre sabiendo exactamente lo que acababa de costarme, porque soy contable de profesión y las cuentas las hago bien.
Me había quedado sin trabajo, en un sector donde mi padre tenía mano para asegurarse de que no encontrara otro.
Sin la herencia, que ya estaba avisado de que no vería.
Sin el apellido como salvoconducto, que en ciertos despachos vale más que un currículum.
Y sin padre, que era lo más raro de todo, porque no se puede echar de menos a alguien que nunca estuvo del todo, y sin embargo lo echaba.
A los treinta y seis años, volvía a empezar de cero. Con una caja de cartón, una cuenta corriente que daba para unos meses, y una causa por la que pelear que, encima, lo más probable era que perdiera.
Mi madre, si viviera, me habría dicho que estaba loco.
Mi padre acababa de decírmelo. Cualquier asesor con dos dedos de frente me lo habría confirmado: estaba tirando treinta y seis años de carrera por un edificio que no era mío y por una mujer que no me hablaba.
Tenían todos razón. En los números, tenían toda la razón del mundo.
Lo que pasa es que hay cosas que no salen en los números, y a mí, que me dedico a los números, me había costado treinta y seis años aprenderlo.
Visto en frío, era la peor decisión económica de mi vida.
Y, sin embargo, bajé en el ascensor más ligero de lo que había estado en años.
Como si llevara mucho tiempo cargando una mochila de piedras y por fin la hubiera soltado en el rellano.
Resulta que el orden no era mi casa. Mi casa, la de verdad, había sido durante unos meses un comedor cutre de Lavapiés con las mesas de hule a cuadros.
Y aunque ya no me dejaran entrar en ella, podía al menos evitar que la tiraran.
* * *
Esa misma semana puse en marcha todo lo que llevaba meses montando a oscuras, ahora a plena luz.
Lo primero, la catalogación. Cogí el expediente que había metido con nombre falso, lo retiré, y volví a presentarlo firmado con el mío, Gabriel Salazar, añadiendo algo que antes no podía aportar sin delatarme: el informe interno del propio Grupo Salazar que reconocía el valor arquitectónico de la corrala.
El mismo informe que en su día sirvió para tasarla y que ahora servía para protegerla.
Lo que mi padre usó como argumento de venta, yo lo usé como argumento de defensa. Las mismas palabras. Otro bando.
Lo segundo, los contratos. Localicé al abogado del sindicato de inquilinos del barrio, una chica con menos años que experiencia, y le entregué algo que valía oro: el plano completo de la operación desde dentro.
Qué viviendas tenían renta antigua blindada, cuáles eran las dudosas, qué estrategia pensaba usar Soldevila para asustar a los más débiles, dónde estaban los puntos flacos del adversario.
Pasé al enemigo todos los secretos del cuartel general. Y dormí estupendamente.
Y lo tercero, el fondo. Redacté un informe, frío, técnico, impecable, dirigido a los inversores holandeses.
Sin amenazas, sin dramas, solo números: les expliqué que el edificio que habían comprado no se podía entregar vacío dentro de plazo, porque la mayoría de los contratos eran irrescindibles; que la finca iba camino de ser declarada protegida, con lo cual su proyecto de apartamentos turísticos era papel mojado; y que, en consecuencia, la cláusula de penalización por retraso que ellos mismos habían exigido se iba a volver contra ellos, día a día, hasta convertir la ganga en un agujero.
Les hice, gratis, el análisis de riesgos que su propio dueño les había ocultado.
Para que decidieran con la información completa si de verdad querían seguir comprando una guerra.
Las tres jugadas las había ido afilando en secreto durante semanas, cuando todavía me creía capaz de salvar la corrala y guardarme las espaldas a la vez.
Ahora, simplemente, les quité la careta.
Era una sensación rara: las mismas armas que había preparado para no perderlo todo me servían ahora, sacadas a la luz, para perderlo todo a propósito.
Pero al menos eran mías. Al menos las usaba yo, y para algo que merecía la pena.
* * *
Lo único que no hice, en todo aquello, fue llamar a Candela.
Y no porque no quisiera. Habría dado cualquier cosa por presentarme en el comedor con la caja de mis movimientos debajo del brazo y decirle «mira, mira lo que estoy haciendo por vosotras, mira cuánto te quiero».
Pero eso habría sido exactamente lo contrario de lo que ella necesitaba.
Habría sido convertir el gesto en un chantaje.
«He renunciado a todo, así que ahora me debes el perdón.
» Y el perdón no se cobra. Si lo cobras, ya no es perdón, es una factura.
Lo más difícil, además, no fue romper con mi padre.
Romper con mi padre, en el fondo, llevaba pendiente toda la vida.
Lo más difícil fue la disciplina diaria de no escribirle a ella.
De pasar cerca del barrio y no entrar. De saber que estaba a cien metros, peleando su propia batalla sin sospechar que yo peleaba exactamente la misma, y callármelo.
Quererla en silencio, de lejos, sin que se notara, sin que sumara nada visible.
Eso sí que era nuevo para mí, que me había pasado la vida haciendo las cosas para que contaran.
Así que lo hice en silencio. Sin firmar mi nombre donde ella pudiera verlo, sin reclamar el mérito, sin pedir nada a cambio.
Si la corrala se salvaba, las viejas pensarían que había sido cosa del sindicato, o de las firmas, o de la suerte.
Y me parecía bien. A lo mejor era justo eso lo que tenía que hacer un hombre que se había pasado meses mintiendo: aprender a hacer el bien sin que se notara, sin recibir el aplauso, igual que durante meses había hecho el mal sin que se notara.
Una cosa por la otra. Las cuentas, otra vez. Solo que esta vez salían en positivo.
No lo hacía para recuperarla. Eso lo tenía asumido, y me lo merecía. Lo hacía porque era lo correcto, y porque, por una vez en mi vida, quería poder mirar una corrala a la cara sin agachar la cabeza.
* * *
El último papel lo firmé un jueves de madrugada, en la mesa de mi piso ordenadísimo, con un café frío al lado.
Lo tenía todo en marcha. La catalogación, presentada. Los contratos, en manos de quien sabía pelearlos. El fondo, avisado. Había gastado en abogados buena parte del respiro que me quedaba en la cuenta. Me había quemado todos los puentes con mi padre y con mi mundo. Lo había apostado entero.
Y, aun así, no tenía ni idea de si iba a servir de algo.
Porque las catalogaciones tardan meses y el desahucio corría.
Porque el fondo podía decidir seguir adelante por orgullo.
Porque mi padre, herido, era más peligroso que nunca, y no iba a quedarse mirando cómo su propio hijo le desmontaba la jugada.
El reloj seguía corriendo hacia marzo, indiferente a mis buenas intenciones.
Había hecho las cuentas mil veces. En el mejor de los casos, salía todo bien, la corrala se salvaba, las viejas se quedaban, y yo me marchaba a empezar de cero a otra ciudad, solo, pero sabiendo que había reparado lo único que de verdad había roto.
En el peor, perdía igual: la echaban a ella, echaban a las viejas, y yo me quedaba sin nada y sin haber servido de nada.
Y lo nuevo, lo que me desconcertaba, es que las dos versiones me parecían preferibles a la de antes, la del hijo obediente con la carpeta.
Hasta perdiendo, esta vez, salía ganando algo.
Pero por primera vez desde que llegué a aquel barrio con una carpeta azul debajo del brazo, estaba del lado correcto de la carpeta. Y eso, pasara lo que pasara después, ya no me lo podía quitar nadie.
Apagué el flexo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me dio miedo la oscuridad.