Con Mucho Amor (y mantequilla) 32. Comando abuelas, segunda parte
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32. Comando abuelas, segunda parte

Comando abuelas, segunda parte

Ocho meses antes, cuando llegué a esta corrala hecha un cisco, cinco viejas me habían adoptado por la fuerza, me habían metido en su comedor y me habían enseñado a vivir otra vez sin pedirme permiso. A aquello, en mi cabeza, lo llamé el comando abuelas.

Lo que no me imaginaba es que el comando tuviera una segunda parte. Y que esta fuera en pie de guerra.

La reunión la convocó Reme para el día siguiente, después de cerrar el comedor, con la misma autoridad con la que convoca todo: a voces y sin admitir excusas.

«A las seis, aquí, las que tengáis sangre en las venas.

» Vinieron todas. Carmina, con su cajetilla de Ducados y cara de tener ya un plan.

Lola, repintada como para una función, con don Aurelio detrás cargando las sillas.

Encarna, con su eterna libreta de cuentas bajo el brazo, frunciendo el ceño antes incluso de empezar.

Y un puñado de vecinos: la Manoli del tercero, que para esto sí bajó; el matrimonio del cuarto; dos chavales de un piso compartido que llevaban dos años en la corrala y se habían criado, gastronómicamente, a base de las lentejas de Reme.

Para ser una reunión clandestina en un comedor clausurado, había bastante gente. Y casi todos traían algo: una bandeja de magdalenas, una botella de vermut, una indignación bien gorda. En Lavapiés, cuando se junta esa mezcla, pasan cosas.

Faltaba una silla. La de Pacita. Nadie la quitó, nadie la ocupó.

Se quedó ahí, en su rincón, presidiendo.

Y yo pensé que, de todas nosotras, la que más habría disfrutado de aquello, la que llevaba toda la vida moviendo los hilos del barrio como una directora de orquesta, era precisamente la que ya no estaba para verlo.

Esto lo organizaba ella mejor que nadie. Le tocaba a las demás aprender.

* * *

Reme tomó la palabra de pie, con la cuchara de palo en la mano, no porque la fuera a usar, sino porque para Reme la cuchara de palo es lo que el bastón de mando para un general.

—Bueno —dijo—. Resumiendo, que nos quieren echar. A todos. Para hacer pisos de esos de turistas. Cuarenta años llevamos aquí dando de comer y ahora viene un señor de Madrid, que es de Madrid como yo soy de Tokio, a decirnos que esto se acabó. Pues va a ser que no.

—Va a ser que no —repitió Lola, que ejerce de coro.

—La cuestión es cómo —siguió Reme—. Que somos cuatro viejas y una repostera arruinada, con perdón, Candela.

—Concedido —dije.

—Y enfrente tienen abogados, dinero y mala idea. Así que vamos a tener que ser más listas que ellos. Que tampoco es tan difícil, porque listos lo que se dice listos no son: si lo fueran, no se dedicarían a echar a viejas de su casa.

Reme había hecho los deberes a su manera.

Sacó del bolsillo del delantal un papel doblado en cuatro, lo desdobló, y resultó ser el reverso de una receta de flan con una especie de plan de batalla apuntado detrás, con su letra grande y torcida: una lista de nombres, unas cuantas flechas, y arriba del todo, subrayado dos veces, «QUE NO NOS PILLEN SOLAS».

Esa era toda la estrategia, de momento. Pero como titular no estaba nada mal.

Y ahí empezó el reparto de tareas, que fue cuando descubrí que cada una de aquellas mujeres era, a su manera, un arma.

Carmina pidió la palabra levantando el cigarro.

—Yo me encargo de la información —dijo, con el aplomo de una jefa de inteligencia—.

En este barrio no se mueve una persiana sin que yo me entere.

Necesitamos saber quién es exactamente el que compra, qué papeles le faltan, a quién le ha untado la mano y a quién no.

Dadme tres días. —Bajó la voz, como si el enemigo pudiera estar escuchando entre los pucheros—.

Tengo una prima en el registro de la propiedad.

—Carmina, eso es ilegal —dijo Encarna.

—Y echar a la gente de su casa, ¿qué es, un detalle bonito?

Nadie tuvo respuesta para eso.

* * *

Lola se levantó como quien sale a un escenario, y por un momento volvió a ser la cupletista del Salón Pompeya.

—Yo pongo el ruido —dijo—. Esto, para que funcione, tiene que salir en los periódicos.

La gente de fuera tiene que enterarse de que aquí hay un comedor de cuarenta años que da de comer gratis al que no tiene, y que lo quieren tirar para poner una recepción con plantas de plástico.

Eso, bien contado, parte el corazón. Y yo de partir corazones sé un rato.

Se ajustó el pintalabios sin espejo, de memoria, con la seguridad de quien lo ha hecho diez mil veces.

—Conozco a una que escribe en un periódico de esos digitales, una que venía de jovencita a verme cantar. La llamo.

Don Aurelio, desde su silla, asintió con la devoción de quien lleva toda la vida aplaudiendo a esa mujer.

—Y yo conozco al del bar de abajo, que tiene un sobrino que hace fotos —añadió.

—Pues ya tenemos prensa gráfica —sentenció Lola, encantada.

Le tocó el turno a Encarna, que cerró su libreta de golpe, se subió las gafas de la cadenita y nos miró a todas como se mira a un grupo de niños que se vienen muy arriba.

—Todo esto está muy bien —dijo—. Las fotos, los cigarros, los periódicos.

Muy bonito. Pero el amor no paga el butano, y la mala idea de esa gente tampoco se para con cariño.

Esto hay que ganarlo donde se gana de verdad: en los papeles.

Y resulta —abrió otra vez la libreta, donde lo tenía ya todo apuntado, porque Encarna siempre va tres pasos por delante mientras finge que va detrás— que he estado preguntando.

En este barrio hay un sindicato de inquilinos.

Gente joven, de esa que va a las manifestaciones, pero que sabe de leyes un rato largo.

Y me han dicho dos cosas que nos interesan mucho.

Se hizo el silencio. Hasta Carmina apagó el cigarro.

—La primera: que casi todos los contratos de esta corrala son de renta antigua, de los de antes, de los que dan derecho a quedarse.

Que sobre el papel, a la mayoría no nos pueden echar así como así, por mucho que el edificio cambie de dueño.

La segunda: que un edificio como este, una corrala de las de verdad, de las que ya casi no quedan, a lo mejor se puede declarar protegida.

Y que si la declaran protegida, no la pueden destripar para hacer apartamentos.

—Cerró la libreta—. Eso son dos puertas.

Estrechas, lentas, llenas de formularios. Pero puertas.

Yo escuchaba con la boca medio abierta. Porque las dos puertas que Encarna acababa de poner encima de aquella mesa de hule, la renta antigua y la catalogación del edificio, eran exactamente las que hacían falta.

Estrechas, lentas, llenas de formularios, como ella decía.

Pero eran las buenas. Una jubilada con una libreta de la compra y un sindicato de veinteañeros acababan de dar, a tientas, con el único camino que de verdad podía funcionar.

Y yo, por primera vez desde hacía mucho, tenía un plan que no consistía en rendirse.

* * *

A mí me dieron lo mío sin preguntar, que es como funciona esta familia.

—Tú, Candela —dijo Reme—, eres la que sabe escribir bonito y la que tiene la cabeza ordenada.

Tú llevas las firmas y hablas con el sindicato y con la periodista de la Lola.

Eres la cara joven. A las instituciones les da no sé qué echar a la calle a cuatro abuelas, pero les da más vergüenza todavía si al lado de las cuatro abuelas hay una chavala espabilada diciéndoles las cosas claras.

Y me puse a ello. Esa misma tarde empecé a redactar el texto de la recogida de firmas, a hacer una lista de a qué puertas llamar, a ordenar lo que el sindicato nos iba contando.

Y mientras lo hacía, noté una cosa rara en el pecho, una cosa que llevaba meses sin notar: que estaba ocupada.

Que tenía algo que hacer que importaba. Que me había levantado por la mañana con un motivo que no era simplemente aguantar el día.

Resulta que el propósito es mejor antidepresivo que la cama.

Yo llevaba meses esperando volver a tener ganas de algo, sentada, como quien espera el autobús.

Y no funciona así. Las ganas no vienen y te recogen.

Las ganas aparecen cuando te pones a hacer algo, aunque sea sin ganas, aunque sea a rastras.

Nadie me lo había explicado nunca, y mira que me habría ahorrado disgustos.

No era Gabriel quien me había devuelto eso.

Quiero dejarlo claro, porque durante un tiempo me había confundido y había creído que la persona que me sacaba del pozo tenía que ser un hombre.

No. Quien me sacaba del pozo era esto: una vieja con una cuchara de palo, otra con una libreta, una cantante jubilada, una cotilla con una prima en el registro y una silla vacía que me miraba.

La familia que no había elegido y que me había elegido a mí.

El amor, resulta, también entra por la cocina. Pacita tenía razón hasta en eso.

* * *

No me quiero poner épica, porque la realidad nos bajó los humos enseguida.

El segundo día, cuando empecé a llamar a puertas con las firmas, descubrí que no todo el edificio estaba dispuesto a pelear.

El matrimonio del cuarto, sin ir más lejos, me dijo que ellos, la verdad, estaban pensando en aceptar el dinero que ofrecía la empresa por marcharse, que ya eran mayores, que para qué meterse en líos, que un pájaro en mano.

Y los entendí, además, porque el miedo es muy legítimo y porque la empresa sabía perfectamente lo que hacía ofreciendo sobres a los más cansados para romper la piña antes de que se formara.

No eran los únicos. La señora del primero también dudaba.

Y un par de pisos ni me abrieron la puerta, no sé si por miedo o por desconfianza, que en según qué sitios vienen a ser la misma cosa.

De dieciséis viviendas, el primer día conseguí ocho firmas.

La mitad. Que para empezar no estaba mal, pero que tampoco era el barrio entero alzándose como un solo puño, que es como me lo había montado yo en la cabeza, porque para imaginar epopeyas soy la primera y luego la realidad siempre trae menos violines.

Y esa noche, fregando con Encarna, le dije lo que llevaba todo el día pensando.

—Encarna, ¿tú crees de verdad que esto puede salir? ¿Que cuatro firmas y un sindicato pueden con una empresa con esos millones?

Encarna escurrió la bayeta, despacio, sin mirarme.

—¿La verdad, verdad? —dijo—. No lo sé. Esto es David contra Goliat, y a David, en la versión buena, le ayudaba Dios, y nosotras no tenemos ni eso, tenemos a la Lola.

—Suspiró—. A lo mejor no basta, niña. A lo mejor nos echan igual.

Pero te voy a decir una cosa que aprendí enterrando a mucha gente: lo que no se pelea, se pierde seguro.

Lo que se pelea, a veces también. Pero solo a veces.

Y en ese «a veces» es donde vivimos los pobres.

Lo apunté, mentalmente, en mi propia libreta. En el «a veces» es donde vivimos los pobres.

* * *

Esa madrugada no dormí, pero esta vez no era por pena. Era por las listas.

Tenía un cuaderno nuevo (el de las recetas lo había dejado a salvo) lleno de tareas, de nombres, de teléfonos, de cosas que hacer al día siguiente.

La cocina del comedor, esa que llevaba clausurada en los papeles desde hacía semanas, se había convertido sin que nos diéramos cuenta en un cuartel general.

Había un mapa del barrio pegado con celo en la pared, al lado del corcho de los cuarenta nombres.

Había un montón de hojas de firmas esperando rúbricas.

Había, encima de la mesa grande, un termo de café y el cenicero de Carmina, que no hay revolución sin tabaco.

No teníamos ni idea de si íbamos a ganar. Lo más probable, siendo honestos, era que no. Enfrente había dinero, abogados y un señor de traje que ya había venido a avisar de que esto no tenía vuelta.

Pero por primera vez, el comedor que no existía iba a dar guerra antes de dejarse morir. Iba a agarrarse al marco de la puerta con las dos manos, como mi abuela. Y que vinieran a arrancarnos.

A ver quién tenía más aguante: si ellos, con sus millones, o nosotras, que no teníamos nada que perder y una vieja muerta a la que no pensábamos defraudar.