Con Mucho Amor (y mantequilla) 31. La nota de Pacita
78%

31. La nota de Pacita

La nota de Pacita

Los días después de echar a Gabriel los pasé como se pasa una gripe: tirada, sin hambre, contando las horas hasta que se acabaran.

Bajaba al comedor, cumplía, daba de comer a la gente, sonreía lo justo para que Reme no me mirara raro, y volvía a subir al piso de Amparo a no hacer nada.

Por fuera funcionaba. Por dentro estaba en pausa.

Había vuelto a ser la de antes, la blindada, la que no esperaba nada de nadie, y resulta que la de antes era un coñazo de mujer, pero por lo menos no le dolía nada.

Esa es la gran ventaja de la armadura. Pesa, no te deja moverte bien, pero amortigua los golpes.

El problema es que también amortigua todo lo demás.

Tenía dos lutos puestos a la vez, y no sabía cuál me pesaba más.

El de Pacita, que era limpio, de los que se lloran sin vergüenza.

Y el de Gabriel, que era sucio, porque a Gabriel no podía ni llorarlo en condiciones: cada vez que me ponía triste me acordaba de que el hombre por el que estaba triste no había existido nunca, y entonces la pena se me convertía en rabia, y la rabia en vergüenza, y así todo el rato, dando vueltas, como una lavadora con una piedra dentro.

Y, por encima de los dos lutos, la gota gorda: el comedor estaba sentenciado. Clausurado en los papeles, con el desahucio en marcha, con un señor de traje que ya había venido a avisar de que esto se acababa. Cuarenta años de Reme y de Amparo, a punto de terminar en un contenedor.

Reme seguía cocinando como si no pasara nada, con una entereza que a mí me daba hasta rabia.

Servía los platos, gritaba que repitiéramos, regañaba a Carmina por fumar dentro, igual que siempre, como si no le hubieran puesto fecha de caducidad a cuarenta años de su vida.

Yo no entendía de dónde sacaba las fuerzas.

Yo no las tenía. Yo, que era la joven, la que en teoría tenía que tirar del carro, lo único que quería era que llegara la noche para que se acabara el día.

* * *

Así que hice lo que hago yo. Empecé a pensar en irme.

No es algo que decida, es algo que me pasa.

Cuando las cosas se ponen feas, mi cuerpo, por su cuenta, empieza a calcular rutas de salida.

Es un don que tengo. Lo hice con Migas cuando quebró: a las dos semanas ya estaba mirando alquileres en otra ciudad.

Lo hice con Víctor. Lo había hecho toda la vida.

Huir se me da de maravilla; es lo único que se me da mejor que la repostería.

Y aquella tarde me sorprendí a mí misma haciendo inventario.

Pensando que total, el piso de Amparo lo podía vender, que con eso pagaba parte de la deuda y me quedaba un respiro, que en Valencia o en Bilbao nadie me conocía, que podía buscarme un trabajo de lo que fuera, lejos de todo, empezar otra vez de cero.

Que al fin y al cabo yo a esta corrala había llegado de rebote, hacía ocho meses, sin pedirlo.

Que no le debía nada a nadie. Que las viejas lo entenderían.

Que Pacita ya estaba muerta y a los muertos no se les falla.

Es asombrosa la cantidad de argumentos nobles que es capaz de fabricar la cabeza cuando lo que quiere de verdad el cuerpo es salir corriendo.

En diez minutos me había convencido de que marcharme no solo era razonable, sino casi generoso: que no quería ser una carga, que no quería dar falsas esperanzas a las viejas, que no quería que nadie peleara una batalla perdida por mi culpa.

Todo precioso. Todo mentira. La verdad cabía en cuatro palabras: tenía miedo de que volvieran a hacerme daño.

Saqué una maleta. Pequeña, la de cabina, para empezar. Y abrí el armario de Amparo para ver qué me llevaba.

Lo que tienen las huidas es que, mientras las preparas, te cuentas una historia muy convincente sobre por qué esta vez huir es lo sensato. Y casi siempre te la crees.

* * *

Pero al abrir el cajón de abajo, debajo de las sábanas buenas que mi abuela guardaba para las visitas que nunca venían, estaba el cuaderno.

El cuaderno de recetas. El colectivo, el que habían ido escribiendo entre todas durante cuarenta años, con la letra de Amparo en las primeras páginas y la de medio barrio en las demás.

Lentejas de la Reme. Flan de Pacita. Pestiños de la Encarna.

Recetas tachadas, corregidas, con notas al margen («le falta canela», «esto lo bordaba la Manoli», «sin huevo, que a Lola le sienta mal»).

El libro de cuentas de una comunidad entera, escrito en gramos de harina.

Lo saqué. Lo abrí. Y se me fue la huida de las manos.

Porque una cosa es dejar tirada una corrala.

Eso, me había convencido, se podía hacer.

Y otra muy distinta es coger este cuaderno, meterlo en una maleta de cabina y llevártelo a Bilbao para que se muera en un trastero.

O, peor, dejarlo aquí, en el cajón, para que lo tiren los del desahucio junto con el resto de las cosas que no valen nada. Cuarenta años de manos. A la basura.

Pasé las páginas despacio. Había una receta de torrijas con la letra de Amparo, la misma del cartel de la nevera, y al lado, en otra letra distinta, una anotación: «las de la Amparo, que no fallan nunca».

Alguien, hacía años, había escrito eso de mi abuela.

Que no fallaba nunca. Y yo, que apenas la conocí, que me pasé la vida enfadada con ella, estaba a punto de fallarle a su comedor a la primera de cambio.

Me senté en el suelo del dormitorio, con el cuaderno en las rodillas, y por primera vez en días se me saltaron las lágrimas sin que fueran de rabia. Eran de las otras. De las de echar de menos.

Y fue entonces, buscando un pañuelo en el bolsillo de la rebeca, cuando la palpé. La nota. La de Pacita. La que llevaba semanas doblada ahí, conmigo, sin atreverme a abrirla, porque me la había dado con una condición.

«Ábrela el día que dudes de ti», me dijo.

Levanté la cabeza. Miré la maleta abierta encima de la cama, las rutas de salida, el cobarde plan de fuga. Si aquello no era dudar de mí, no sé qué sería.

Así que la abrí.

* * *

Era una cuartilla pequeña, escrita con boli azul, con esa letra de monja antigua, redonda y aplicada, que tienen las mujeres de su generación. Decía así:

«Candela:

Si estás leyendo esto es que estás dudando de ti, que es justo lo que me temía, porque las de tu clase dudáis mucho. Te lo dejo escrito ahora que todavía me responde la mano, para el día que yo ya no esté para darte la murga en persona.

No te vayas. Eso, lo primero. Ya sé que es lo que te pide el cuerpo, porque las que llegáis rotas siempre queréis salir corriendo antes de que os arreglen.

A tu abuela la vi llegar a esta corrala hace cuarenta años igual de rota que tú, y acabó fundando un comedor.

Las cocinas de esta casa arreglan a la gente. Déjate arreglar, anda.

Llegaste jurando que no ibas a cocinar y que no ibas a querer a nadie. Dos promesas muy tontas, hija. A estas alturas ya las habrás roto las dos, y has hecho bien. No te las vuelvas a creer.

Porque a veces el amor entra por la cocina.

Te quiere, la Pacita.»

* * *

La leí tres veces. La tercera ya no veía las letras de lo borrosas que las tenía.

Aquella vieja menudita, con sus gafas y su ganchillo, me había calado el primer día.

Sabía que iba a querer huir. Lo sabía meses antes de que me pasara.

Y se había sentado, con la mano ya temblona, a escribirme una nota para frenarme desde el otro lado, como quien le deja la cena hecha a alguien que va a llegar tarde y con hambre.

No me curó. Eso quiero dejarlo claro, porque no fue magia. Seguía teniendo a Pacita muerta, a Gabriel mentiroso y el comedor sentenciado. La nota no arregló nada de eso. Lo que hizo fue otra cosa, más pequeña y más útil: me quitó la excusa.

Porque yo me estaba contando que irme era lo sensato, lo maduro, lo que haría cualquiera.

Y Pacita, desde su cuartilla, me llamaba lo que era en realidad: una que sale corriendo.

«Las que llegáis rotas siempre queréis salir corriendo antes de que os arreglen.

» Me había visto. Me había visto entera, antes que yo.

Y había una frase que se me clavó más que el tagline, más que el «no te vayas».

La de mi abuela. «A tu abuela la vi llegar igual de rota que tú, y acabó fundando un comedor.

» Resulta que Amparo, la cabezota, la dura, la que se murió sin que yo hiciera las paces con ella, también había llegado a este sitio hecha pedazos.

Y en vez de huir, se había quedado a dar de comer a la gente durante cuarenta años.

Mi abuela no era de piedra porque hubiera nacido de piedra.

Era de piedra porque se había quedado. Quedarse cuesta. Huir es gratis.

Y de repente entendí una cosa que llevaba ocho meses sin entender: que a lo mejor mi abuela no me había llamado nunca, en todos aquellos años de enfado, no porque no me quisiera, sino porque ella tampoco supo nunca cómo se arreglan las cosas con la gente a la que has querido mal.

A lo mejor las dos éramos iguales. Dos cabezotas esperando que la otra diera el primer paso.

Solo que ella se murió esperando, y a mí todavía me quedaba tiempo. Tiempo para no morirme esperando nada.

Por primera vez en mi vida me dio vergüenza ser tan buena huyendo.

* * *

Cerré la maleta. Vacía. La devolví al altillo de una patada.

No lo hice por Gabriel. Quiero que quede claro, porque me conozco y sé cómo suenan estas cosas. A Gabriel no lo había perdonado, ni de lejos, ni pensaba hacerlo. Lo que él me hizo seguía siendo lo que era. Esto no iba de él.

Iba de Pacita, que me había dejado deberes. Iba de Amparo, que se había quedado cuando le tocó. Iba de Reme y de las viejas, que no tenían a nadie más joven que peleara por ellas. Iba del cuaderno de las cuarenta manos. Iba, por una vez, de no ser la que sale corriendo.

Si el comedor estaba sentenciado, vale. Pero a Pacita le había prometido cuidarlo, y a los muertos, resulta, sí se les puede fallar, y yo no pensaba fallarle.

No me iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo un señor de traje convertía cuarenta años de amor en un aparthotel.

Que vinieran. Pero que supieran que aquí dentro había alguien dispuesta a dar guerra.

No tenía ni idea de cómo se peleaba contra un desahucio. No tenía dinero, ni abogados, ni la menor idea de leyes. Lo único que tenía era una corrala llena de viejas, un cuaderno de recetas y una rabia que, por primera vez en semanas, había encontrado hacia dónde apuntar.

Bajé al comedor. Reme fregaba la olla grande, de espaldas.

—Reme —dije—. ¿Tú sabes si en este barrio hay alguien que entienda de papeles?

Se giró, despacio, con el estropajo en la mano. Me miró la cara, esa cara que ya no era de derrota. Y por primera vez desde que se murió Pacita, sonrió.

—Niña —dijo—. Yo creía que no ibas a preguntar nunca.

—Pues ya lo pregunto —dije, y cogí un trapo para secar a su lado, como tantas veces—. Aunque no sé si servirá de algo, Reme. A lo mejor nos echan igual. Seguramente nos echan igual.

—Seguramente —dijo ella, tan tranquila, escurriendo el estropajo—.

Pero hay dos maneras de que te echen de un sitio, hija.

Yéndote tú sola, calladita, antes de que te empujen.

O agarrándote al marco de la puerta con las dos manos y que tengan que arrancarte a la fuerza.

Tu abuela era de las del marco de la puerta.

Me dio un golpecito en el brazo con el codo mojado.

—Bienvenida a la familia.