Con Mucho Amor (y mantequilla) 30. El fondo del pozo
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30. El fondo del pozo

El fondo del pozo

Aquella semana ordené el piso entero. Tres veces.

Es lo que hago cuando el mundo se me cae encima: ordeno.

Doblo los calcetines por colores. Alineo los libros por altura.

Limpio cristales que ya están limpios. Mi padre me enseñó muy pronto que el orden es la única casa de la que no te pueden echar, y yo me lo creí tanto que me he pasado la vida construyéndomela, ladrillo a ladrillo, con la propiedad ajena.

Pero aquella semana descubrí que era mentira. Que se puede tener el piso más ordenado de Chamberí y haberlo perdido todo igual. Que el orden no es una casa. Es solo una manera bonita de estar solo.

Había perdido a Candela. Eso, primero, antes que nada, porque era lo único que de verdad me dolía.

Lo demás eran daños materiales. Ella era la herida.

La cara que puso en aquella cocina, dándome la razón en todo, echándome, dejando la llave en la barra, no se me iba.

La tenía pegada a los párpados. Cada vez que cerraba los ojos para dormir, allí estaba: «Para mí, a partir de ahora mismo, tú no existes».

Y lo peor era que tenía razón. Yo le había enseñado a no creerme. Eso no se arregla con una disculpa. Eso ni siquiera sé si se arregla.

Lo intenté una vez, a los dos días. Le escribí un mensaje larguísimo, de esos que se escriben de madrugada, explicándolo todo otra vez, con pruebas, con fechas.

Lo borré antes de enviarlo. Porque me di cuenta de que era exactamente lo que haría un mentiroso bueno: insistir.

Y porque ella me había pedido una sola cosa, que la dejara en paz, y era lo mínimo, la única cosa decente que todavía podía hacer por ella: obedecer.

* * *

El miércoles me llamó mi padre. La primera vez que me llamaba desde que me echó.

No me llamaba para reconciliarse. Mi padre no se reconcilia, gestiona.

Me llamó para informarme, con esa frialdad suya de la que yo había aprendido todo, de que asumía personalmente el expediente del Sombrerete.

Que Soldevila ya tenía los burofaxes preparados.

Que la ejecución del desalojo entraba en su fase final antes de Navidad, como estaba previsto, y que él mismo supervisaría que esta vez se hiciera «sin sentimentalismos».

—Te lo digo por cortesía —dijo—. Para que no te enteres por terceros. Has hecho un trabajo lamentable, Gabriel. Te encariñaste. Eso, en este oficio, es fallar. Y cuando uno de mis hombres falla, lo relevo. Ya está relevado.

«Uno de mis hombres.» Treinta y seis años trabajando para que me llamara hijo, y al final lo que era para él era uno de sus hombres. Un activo que había rendido por debajo de lo esperado.

—Vas a destrozar a mucha gente —le dije—. Hay una mujer de ochenta y dos años ahí dentro que lleva cuarenta dando de comer a medio barrio.

—Lo sé. He visto el censo —dijo, sin un gramo de duda—. ¿Sabes cuál es tu problema, Gabriel? Que crees que eso es un argumento. Yo a tu edad también lo creía. Se pasa.

—¿También se te pasó lo de la abuela? —dije, antes de que colgara—. ¿Lo de que la echaran de su corrala? ¿Eso también era lo que hace la vida?

Hubo un silencio distinto. Más largo. Por un segundo pensé que le había llegado.

—No metas a mi madre en esto —dijo, cortante—. A mi madre la echó la vida, que es lo que hace con todos al final. Yo lo entendí a tiempo. Tú, por lo visto, no.

Y colgó. Y yo me quedé con el teléfono en la mano, en mitad de mi piso ordenadísimo, entendiendo por fin de dónde venía yo. De ahí. De un hombre al que también, alguna vez, se le había pasado.

* * *

Lo que mi padre no sabía (o sabía y le daba igual) era que yo llevaba semanas montando, por debajo, la única defensa posible. Y que se me estaba cayendo entre los dedos.

Tenía tres palancas, y las tres se estaban torciendo.

La primera, la catalogación del edificio.

Si conseguía que Patrimonio reconociera la corrala como tipología protegida, no se podría destripar para hacer apartamentos turísticos: no se le quita las tripas a lo que está catalogado.

Había metido el expediente con nombre falso, de tapadillo, hacía un mes.

Pero estas cosas llevan medio año de informes, de visitas, de comisiones que se reúnen cuando les apetece.

Y yo ya no tenía la empresa detrás para meter prisa.

Solo tenía un número de registro y un funcionario que no me cogía el teléfono.

La segunda, los contratos. Casi todos los vecinos tenían renta antigua, de la de verdad, de la del sesenta y cuatro, con derecho a subrogación.

Sobre el papel, no se les podía echar. Pero el papel no echa a nadie y el papel tampoco defiende a nadie solo: hay que pelearlo, abogado a abogado, vecino a vecino, y Soldevila contaba precisamente con que aquella gente, mayor y asustada, firmara lo que le pusieran delante antes que meterse en un juzgado.

Y la tercera, la trampa del propio fondo.

Los holandeses habían firmado una cláusula que les obligaba a entregar el edificio vacío antes de marzo, con una penalización diaria si no.

Yo había metido esa cláusula a propósito, hacía meses, cuando todavía era el niño bueno de papá, pensando en otra cosa.

Y ahora resulta que esa misma penalización, si el edificio no se vaciaba a tiempo por culpa de unos contratos de renta antigua perfectamente legales, se volvía contra ellos.

Convertía la compra en un marrón carísimo. Era mi mejor carta.

Pero las tres dependían de una sola cosa: tiempo. Y mi padre acababa de quitarme el poco que me quedaba.

Desde dentro de la empresa, con sus recursos, con sus abogados, con sus contactos, a lo mejor habría llegado.

Desde fuera, solo, con un ordenador y una cuenta corriente que se vaciaba, era como intentar parar un tren empujándolo con las manos.

Tenía las tres cartas buenas. Lo que no tenía era una mesa donde jugarlas.

* * *

Aquella noche no ordené nada. Me senté en el suelo de la cocina, con la espalda en los armarios, igual que me había sentado con Candela el día que se murió Pacita, solo que ahora no había nadie a quien sostener ni quien me sostuviera a mí.

Y toqué fondo. El de verdad. No el bache, no el mal día. El fondo.

Lo había perdido todo. A la mujer. A mi padre, que nunca había sido del todo mío pero que era lo único que tenía.

El trabajo. El apellido, en cierto modo.

Y estaba a punto de perder también lo único que le daba sentido a todo lo demás: la corrala.

Iba a ver, en directo, cómo echaban a Reme y a las viejas a la calle, igual que habían echado a mi abuela cuarenta años atrás.

Con un señor de abrigo bueno y zapatos limpios y una carpeta.

Solo que esta vez el señor del abrigo bueno era de mi sangre. Y yo no podía hacer nada.

Yo. Que me había hecho administrador precisamente para que no volvieran a echarme nunca de ningún sitio.

Para no volver a ser aquel niño impotente que vio cómo desmontaban la cocina de su abuela mientras ella miraba sin entender.

Me había pasado la vida entera huyendo de la impotencia, poniéndome siempre del lado del que tiene la carpeta, del lado del poder.

Y allí estaba, al final del camino, en el suelo de una cocina, más impotente que nunca.

Tan impotente como Pilar. Como si todo lo que había construido para no ser ella me hubiera traído, dando un rodeo larguísimo, exactamente al mismo sitio.

Y lo más amargo es que en algún momento de aquellos meses, sin darme cuenta, había dejado de querer salvar la corrala por Pilar, o por estrategia, o por culpa.

La quería salvar por Candela. Por las viejas.

Por aquel comedor absurdo y maravilloso donde, por primera vez en mi vida, alguien me había puesto un plato delante sin pedirme nada a cambio.

Y ahora iba a perderlo, y encima sin ella, que era lo único que le había dado sentido a todo.

Lloré. No me da vergüenza decirlo. Por mi abuela, por Candela, por Pacita, a la que casi no conocí y a la que también iba a traicionar dejando que cerraran su comedor. Lloré por todos, sentado en el suelo, a oscuras, como un crío.

* * *

Y fue ahí, en el punto más bajo, cuando lo vi. No fue un rayo de luz. Fue una cosa pequeña, fría, casi geométrica, de las que se le ocurren a uno cuando ya no le queda nada que perder.

Pensé: lo he hecho todo a medias.

Toda mi vida. Incluso la rebelión. Llevaba semanas saboteando el plan, sí, pero a escondidas, con nombres falsos, sin dar la cara, dejándome siempre una puerta abierta por si acaso, por si tenía que volver con mi padre.

Había cambiado de bando de tapadillo, como un cobarde, igual que se lo había callado todo a Candela.

Y por eso lo estaba perdiendo. Porque seguía sin elegir del todo.

La impotencia no me venía de no tener poder. Me venía de no haberme atrevido nunca a usarlo entero, a cara descubierta, sabiendo lo que cuesta.

Y ahora ya no tenía nada que perder. Mi padre ya me había echado. Candela ya me había echado. No me quedaba un solo puente que no estuviera quemado. Lo cual, visto de cierta manera, era la libertad más absoluta que había tenido en mi vida.

Si iba a perder de todas formas, al menos iba a perder peleando de verdad.

En abierto. Con mi nombre, el de verdad, en cada papel.

Contra mi padre, contra Soldevila, contra el fondo, contra quien hiciera falta.

No para recuperar a Candela, eso lo daba por perdido y me lo merecía.

Sino para hacer, por su casa, lo que nadie había hecho por la de mi abuela.

Y a lo mejor, si por un milagro la corrala seguía en pie cuando todo esto acabara, algún día, dentro de mucho, Candela sabría que el hombre que le había mentido también fue el que, desde la nada, sin pedirle nada y sin esperar que lo perdonara, peleó para que ella no perdiera su casa como la perdió mi abuela.

No para que volviera. Solo para dejar de ser, en su memoria, únicamente el de la carpeta.

Me levanté del suelo. Eran las tres de la mañana. Cogí un folio y un boli, porque las cosas importantes las sigo escribiendo a mano, y empecé a hacer una lista. La primera línea decía: «Dejar de esconderme».

Fuera todavía era de noche. Pero por primera vez en una semana, no ordené nada. Tenía algo mejor que hacer.