Con Mucho Amor (y mantequilla) 35. Lo que hiciste a mis espaldas
88%

35. Lo que hiciste a mis espaldas

Lo que hiciste a mis espaldas

Pasé los días siguientes al reencuentro de un humor de perros, y lo pagué con todo el que se me puso por delante.

Le grité a un funcionario por teléfono. Quemé una bandeja de magdalenas por despiste, yo, que no quemo nada.

Le contesté mal a Encarna, que no se lo merecía.

Estaba como un cable pelado, y sabía perfectamente por qué, aunque me negara a decirlo en voz alta: porque ver a Gabriel me había desordenado por dentro todo lo que me había costado meses colocar.

Una hora en la misma sala con él y mi armadura, que yo creía soldada, había vuelto a hacer ruido por las junturas.

Encima, el reloj. La vista de la catalogación entraba a comisión el martes, y Nayra no paraba de repetir que sin los dos frentes coordinados estábamos vendidos.

Yo seguía resistiéndome. Una cosa era pelear por el comedor.

Otra muy distinta era tener que pelear hombro con hombro con el hombre que me había mentido durante medio año.

Y había algo más, algo que no me dejaba en paz desde la reunión y que me daba demasiada rabia para mirarlo de frente: que cuando lo vi allí, con la camisa holgada y las ojeras, mi primer impulso, el primero, antes de la rabia, antes de todo, no había sido de odio.

Había sido de pena. Me había dado pena verlo tan desmejorado.

Y a una no le da pena la gente que odia.

Eso me tenía de un humor espantoso, porque significaba que mi cuerpo sabía algo que mi cabeza se negaba a aceptar.

Así que fui a ver a Nayra para proponerle, básicamente, que prescindiéramos de él. Que ya nos había dado la información, que con eso teníamos suficiente, que yo podía con la parte vecinal sin necesidad de sentarme otra vez delante de Gabriel Salazar.

Y Nayra, que es joven pero no tonta, me miró como se mira a alguien que no se entera de nada.

* * *

—Candela, siéntate —dijo, apartando los papeles—. Te voy a contar una cosa, porque está claro que nadie te la ha contado, y estás tomando decisiones sin la mitad de la información, que es lo peor que se puede hacer.

Me senté, con el cuerpo otra vez en alerta.

—Tú crees que Gabriel nos pasó unos datos y ya. Que hizo una llamadita, un favor para limpiar su conciencia. —Negó con la cabeza—. No tienes ni idea de lo que ha hecho ese hombre. Y como vas a tener que trabajar con él, vas a escucharlo.

Y me lo contó. Todo. Con la frialdad de los datos, que es como más duele.

Que Gabriel no había empezado a ayudarnos hacía dos semanas.

Que llevaba meses. Que ya estaba saboteando la operación desde dentro mucho antes de que yo descubriera quién era.

Que cuando todavía estábamos juntos, cuando yo lo creía simplemente «raro» y «callado», en realidad estaba jugándose el cuello a escondidas para que el desahucio no saliera: metiendo la finca en catalogación con nombre falso, redactando informes que frenaban a su propia empresa, saboteando los plazos de su propio padre.

Que la persona que más motivos tenía para querer vaciar la corrala llevaba media novela, sin que nadie lo supiera, intentando salvarla.

—Eso no es verdad —dije, casi sin pensar, porque me removía demasiado—. Si hubiera estado de nuestro lado, me lo habría dicho.

—¿Cuándo? —dijo Nayra, con una ceja levantada—.

¿Mientras todavía trabajaba para la empresa que pagaba el desahucio?

¿Antes de tener nada que ofrecer? La gente que trama cosas buenas a veces también lo hace a escondidas, Candela, no solo la que trama cosas malas.

Que te mintiera en el cómo no significa que te mintiera en el fondo.

—Y eso es lo de menos —siguió Nayra, despiadada—.

¿Sabes lo que ha hecho hace tres semanas?

Ha roto con su padre. En serio, del todo.

Ha ido a la empresa, ha dicho que se cambiaba de bando, y lo han echado.

Sin trabajo, sin herencia, sin apellido en el sector.

Su propio padre se ha encargado de que no vuelva a trabajar en una operación seria en su vida.

Ese hombre lo ha perdido todo, Candela. La carrera, la familia, el dinero.

Todo. Por meterse a defender una corrala de Lavapiés que ni siquiera es suya.

* * *

Yo no decía nada. No podía. Tenía la garganta cerrada y el cuadro entero reordenándose en la cabeza, pieza a pieza, pero al revés que el día que lo descubrí: aquel día, cada pieza que caía lo hacía más culpable.

Ahora, cada pieza que Nayra ponía sobre la mesa lo iba volviendo otra cosa.

Algo que yo no había contemplado. Algo que no encajaba en la historia limpia y cómoda que yo me había contado, la del lobo que paseé por el corral.

—¿Por qué? —conseguí decir—. ¿Por qué iba a hacer eso? Por mí no, desde luego. Yo lo eché. Le dije que no quería volver a verlo.

Nayra se encogió de hombros.

—Eso pregúntaselo a él. Yo solo sé lo que ha hecho, no por qué.

Aunque, si quieres mi opinión de barra de bar, la gente no quema su vida entera por una cocinera con la que ya ha roto.

La quema por algo más gordo. Por vergüenza, a lo mejor.

Por arreglar algo que rompió. O porque hay personas que, cuando por fin descubren de qué lado quieren estar, ya no saben estar en el otro aunque les cueste todo.

Y luego me soltó la última, la que me dejó sin suelo:

—Ah, y otra cosa. Nos pidió que no te dijéramos que era él.

Que no quería que lo supieras. Llevamos semanas con la orden de mantenerlo en el anonimato.

Hoy te lo cuento yo porque me sale de las narices y porque, si no, nos hundes el caso por orgullo.

Pero él no quería que lo supieras. Hazte tú las cuentas de por qué un hombre se arruina por ti y encima te pide que no te enteres.

* * *

Salí del sindicato y me senté en un banco de la plaza, porque las piernas no me daban para más.

Necesitaba reordenarlo todo, despacio, porque me lo habían volcado encima de golpe.

Lo que yo sabía hasta esa tarde era una historia sencilla: Gabriel era un mentiroso que se había metido en mi vida para hacer su trabajo y me había engañado mientras me quitaba la casa.

Una historia con un malo y una tonta. Yo era la tonta.

Pero la historia que me acababa de contar Nayra no era esa.

En esa, el malo, en algún momento, había dejado de serlo.

Había mirado lo que estaba haciendo, le había dado asco, y había empezado a deshacerlo en secreto, con un coste que iba creciendo hasta tragárselo entero.

No me había mentido para destruirme y largarse.

Me había mentido, sí (eso no cambiaba), pero al mismo tiempo estaba destruyéndose él para salvarme a mí.

Las dos cosas, a la vez. Y yo solo había visto una.

Y eso, lo de ver solo una, también era cosa mía, me di cuenta.

Porque ver solo lo malo es más cómodo. Si Gabriel era un sinvergüenza de pies a cabeza, yo no tenía que hacer nada: odiarlo, taparme con la armadura y seguir tirando.

Pero si Gabriel era un hombre que se había equivocado feo y luego se había roto la vida por arreglarlo, entonces la pelota volvía a estar en mi tejado.

Entonces me tocaba a mí decidir algo. Y decidir da mucho más miedo que odiar.

Y entonces, en aquel banco, pensé en Víctor. Era inevitable, porque llevaba meses midiendo a Gabriel con la vara de Víctor.

Y por primera vez, la vara no daba la misma medida.

* * *

Víctor, cuando las cosas se pusieron feas, hizo lo que hacen los Víctores del mundo: coger el dinero y correr.

Me dejó la deuda, me dejó en la lista de morosos, me dejó la cara de tonta, y se fue a rehacer su vida lejos, ligero de equipaje, sin mirar atrás ni una vez.

Víctor, cuando le tocó elegir entre él y yo, se eligió a él.

Siempre. Era lo único coherente que tenía.

Gabriel había hecho lo contrario. Gabriel, teniéndolo todo (el dinero, la carrera, el padre, el futuro) y pudiendo simplemente seguir adelante con el negocio, ejecutar el desahucio y olvidarse de la cocinera del barrio, había elegido quemarlo.

Se había puesto en la lista de morosos él solito, por gusto, para no dejarnos en la calle.

Donde Víctor huyó, Gabriel se quedó. Donde Víctor se salvó a sí mismo, Gabriel se hundió a propósito.

No eran el mismo hombre. Llevaba medio año tratándolos como si lo fueran, metiéndolos en el mismo cajón de «hombres que me mienten», y resulta que en ese cajón solo cabía uno.

El otro era otra cosa. Una que mentía, sí, pero que no huía.

Y yo, que me sé las traiciones de memoria, sé que la diferencia entre el que miente y se queda y el que miente y huye es toda la diferencia del mundo.

Llevaba meses protegiéndome de Gabriel como me había protegido de Víctor, con la misma muralla, las mismas reglas, la misma promesa de no volver a querer a nadie que me pudiera hacer daño.

Y la muralla estaba bien construida. El problema es que la había levantado contra el enemigo equivocado.

Era como atrancar la puerta de casa por dentro mientras el que de verdad me importaba se quedaba fuera, a la intemperie, descargando él solo el camión de mis muebles para que no me los robaran.

Eso no lo borraba. La mentira seguía ahí, grande, fea, con seis meses de antigüedad. Pero ya no era lo único que había.

* * *

Y sin embargo (y esto es lo importante, esto es lo que me niego a maquillar), no fui a buscarlo.

Podría haberme levantado del banco, haber ido derecha a Chamberí, haber llamado a su puerta y haberle dicho «ya lo sé todo, perdóname tú a mí por no haberte dejado explicarte». Sería más bonito contarlo así. Pero no soy de cuento, soy de verdad, y en la verdad las cosas no van tan rápido.

Porque seguía doliéndome. Que hiciera todo aquello a mis espaldas no quitaba que me hubiera mentido a la cara durante meses, en mi cama, en mi cocina.

Reordenar el cuadro no es lo mismo que perdonar el cuadro.

Y luego estaba el orgullo, que es mucho orgullo, y el miedo, que es mucho miedo, porque una cosa es entender que un hombre te quiere y otra muy distinta es atreverse a volver a ponerte en sus manos después de lo que dolió la última vez.

Entenderlo con la cabeza es gratis. Perdonar con todo lo demás cuesta, y yo no estaba segura de tener el cambio.

Además (y esto es feo, pero es verdad) estaba el amor propio.

Yo había soltado un discurso precioso aquella noche en la cocina, lo de «para mí tú no existes», muy digna, muy de mujer que ha aprendido la lección.

Y ahora resultaba que a lo mejor la lección no era la que yo creía.

Volver atrás, reconocer que me había equivocado a gritos, dar mi brazo a torcer delante del hombre que me había humillado, eso, a una orgullosa como yo, le cuesta horrores. Más que el dolor, casi.

Así que no fui. Me quedé en el banco hasta que se hizo de noche y empezó a hacer frío. Removida, eso sí. Movida de sitio. Con la historia entera puesta del revés y sin saber todavía qué hacer con ella.

Lo único que hice, antes de levantarme, fue mandarle un mensaje a Nayra: «Cuenta conmigo para la vista. Con todo. Dile a él que vaya preparado». Le di a enviar antes de arrepentirme.

Lo único que tenía claro, cuando por fin me levanté para volver al comedor, era que el martes había una vista. Que el comedor me necesitaba entera, no a medias. Y que, para salvarlo, iba a tener que sentarme al lado de Gabriel Salazar y, por una vez, fiarme de él.

Aunque solo fuera para eso. De momento. Aunque solo fuera para eso.