21. Mantequilla al amanecer
Mantequilla al amanecer
Hay una hora, antes de que amanezca, en que Madrid no es de nadie. Las cinco y media de la mañana de un domingo. Ni los borrachos ni los panaderos, una tregua de una hora en que la ciudad calla y parece que el mundo se hubiera quedado en pausa esperando a que alguien lo encienda otra vez.
A esa hora bajamos Gabriel y yo al comedor.
No voy a entrar en por qué estábamos los dos despiertos a esa hora, ni por qué él no había dormido en Chamberí.
Hay cosas que una se guarda. Pero bajamos, agarrados, medio dormidos, riéndonos por lo bajo en la escalera para no despertar a nadie, y abrí el comedor con la llave que Reme me había dado hacía semanas como quien entrega las llaves de su casa, que es exactamente lo que era.
Dentro, a oscuras, el comedor era otro sitio.
Sin las viejas, sin la olla al fuego, sin las voces, era solo un local en silencio, con las sillas del revés sobre las mesas y un olor de fondo a guiso de la víspera.
Encendí únicamente la luz pequeña de la cocina para no espantar la madrugada, y por un momento nos quedamos los dos quietos en la penumbra, sin decir nada, con esa sensación de estar haciendo algo prohibido y precioso, como dos críos que se cuelan de noche en el colegio.
—¿Y qué hacemos aquí a estas horas? —preguntó él, frotándose los brazos. Hacía frío. El comedor sin encender, de madrugada, es una nevera.
—Es domingo —dije, encendiendo el horno y la luz pequeña de la cocina—. Y los domingos toca masa.
Había dejado el bloque de hojaldre reposando en la nevera desde la noche anterior. La saqué, la puse sobre el mármol enharinado, y mientras él me miraba sin entender muy bien qué iba a pasar, le tiré un delantal a la cara.
—Póntelo. Hoy no eres administrador de nada. Hoy eres mi pinche.
Y se lo puso. Y por un segundo, mientras se ataba aquel delantal de flores que le quedaba ridículo, le vi en la cara una cosa que no era de un hombre de treinta y seis años. Era de un niño de seis. El niño que pintaba cuernos con huevo un domingo en una corrala, antes de que se lo quitaran todo.
* * *
Laminar es un acto de paciencia y de frío.
—Esto es absurdo —dijo Gabriel cuando le expliqué que entre vuelta y vuelta había que meterlo todo en la nevera y esperar veinte minutos—. ¿Veinte minutos parados? ¿Para un cruasán?
—Croissant.
—Eso.
—Mira —le dije, y le puse las manos sobre las mías, las dos heladas, encima del rodillo—.
Esto no se le puede meter prisa. Si te impacientas y aprietas, revientas las capas, la mantequilla se sale y te queda un ladrillo.
Tiene que estar todo frío, hay que esperar, y hay que respetar los tiempos, te gusten o no.
Es lo más opuesto a ti que existe. Por eso te va a venir de maravilla.
—Yo respeto los tiempos.
—Tú controlas los tiempos. Que no es lo mismo. Hoy no controlas nada. Hoy obedeces a la mantequilla.
La mantequilla tiene que estar dura, casi fría, igual que la masa, porque si se calienta se funde con el hojaldre y se acabó: ni capas ni nada.
Por eso se lamina al amanecer, en invierno, con las manos heladas.
Le enseñé a Gabriel a colocar la placa de mantequilla en el centro, a doblar la masa por encima como un sobre, a sellar los bordes.
Le enseñé a estirar con el rodillo siempre en la misma dirección, sin apretar de más, con respeto.
A dar la primera vuelta. A meterla en la nevera.
A esperar. A sacarla y dar la segunda. Y la tercera.
Y obedeció. Fue lo más asombroso de la mañana: ver a Gabriel Salazar, que controla hasta el ángulo de su corbata, rendirse a los tiempos de una masa.
Estiró cuando tocaba estirar. Esperó cuando tocaba esperar, mirando el reloj con una impaciencia que poco a poco se le fue cayendo de la cara.
Y a la tercera vuelta, cuando levantó la masa y vio al trasluz las capas finísimas de mantequilla y hojaldre alternándose, decenas de ellas, esa cosa que parece imposible que salga de doblar y estirar tres veces nada más, se quedó callado, mirándolo, con una especie de respeto.
—¿Esto lo he hecho yo?
—Esto lo hemos hecho. Tú has puesto las manos. La mantequilla ha puesto el milagro.
Entre vuelta y vuelta había que esperar, y en esas esperas pasaban cosas.
Pasaba que me abrazaba por detrás mientras yo estiraba, con la barbilla en mi hombro, y me manchaba sin querer de harina, y yo le decía que se estuviera quieto, que me estropeaba la vuelta, y no me hacía ni caso.
Pasaba que, esperando, hablábamos de tonterías.
De cómo habíamos sido de pequeños. Me confesó que de niño quería ser farero, vivir solo en una isla con un faro, lo cual, viniendo de él, no me sorprendió nada y me dio una ternura que no supe dónde meter.
Yo le confesé que la primera tarta que hice en la vida, a los nueve años, salió tan mala que mi abuela se la comió entera para que yo no me diera cuenta de que era incomible, y que me enteré veinte años después, y que cuando me enteré lloré como una idiota en mitad de un cumpleaños.
Pasaba que discutíamos sobre si su placa de mantequilla estaba centrada (no lo estaba; es un maniático del orden pero de mantequilla no tiene ni idea) y yo se la recolocaba y él aprovechaba para robarme un beso con las manos llenas de harina.
Pasaba que, en una de las esperas, con la masa enfriándose en la nevera y los dos sentados en el suelo de la cocina con la espalda contra los armarios, esperando, me contó cosas de Pilar que no me había contado: que cantaba mientras laminaba, siempre la misma copla, y que él de mayor no había sido capaz de volver a escuchar esa canción sin que se le hiciera un nudo.
Y yo le dije que la cantara. Y la cantó.
Bajito, fatal, desafinando, una copla antigua de una mujer muerta, a las seis de la mañana, en el suelo de una cocina, y fue la cosa más bonita que he oído en mi vida.
Cuando terminó, no dijimos nada. Él miraba al frente, un poco avergonzado de haber cantado, y yo le cogí la mano llena de harina y se la apreté, y ya está. A veces el cariño es solo eso: aguantarle a alguien el silencio después de que te haya enseñado una herida.
Cuando por fin formamos los croissants (él pintando los cuernos con huevo, despacio, sin pasarse de los bordes, igual que le habían enseñado treinta años atrás) y los metimos en el horno, ya empezaba a clarear por la ventana del patio.
Y entonces, mientras se hacían, mientras la cocina entera empezaba a oler a mantequilla y a domingo, a ese olor que para él era la infancia y para mí era el oficio y para los dos, ya, era nosotros, lo besé. En serio. No uno de esos besos de robar entre vuelta y vuelta. Uno de los otros.
Y él me respondió como respondía a todo cuando bajaba la guardia: del todo, sin reservas, con esa intensidad callada que escondía debajo del traje.
Me cogió en volandas, sin esfuerzo, y me sentó en el mármol enharinado, entre la harina y la mantequilla, y el horno, los croissants y el resto del mundo se volvieron de pronto muy poco importantes.
Y lo que pasó después, mientras los croissants subían en el horno y el sol salía despacio sobre Lavapiés, es la única cosa de todo este libro que no pienso contar. Porque fue nuestra. Solo nuestra. La única que no le debo a nadie.
* * *
Yo nunca había entendido a la gente que habla de ser feliz.
Lo digo en serio. Para mí la felicidad siempre había sido una palabra de anuncio, una cosa que les pasaba a otros, a gente más simple, más afortunada o más tonta.
Mi vida había funcionado siempre con otras categorías más útiles: el orden, el control, el cumplimiento, la ausencia de problemas.
Yo no aspiraba a ser feliz. Aspiraba a que no se rompiera nada.
Mi padre me educó así. No con maldad: con lo que él entendía por amor.
Me enseñó que el mundo se divide entre los que tienen el control y los que lo sufren, y que la única forma de no sufrir es tener.
Tener la casa, tener los papeles, tener la sartén por el mango.
El cariño, en su sistema, era una variable peligrosa, algo que te debilitaba, que te ponía a merced de otro.
«No te encariñes de lo que vendes», me decía cuando yo era un crío y me daba pena alguna familia.
Aprendí la lección tan bien que la apliqué a todo, no solo a los edificios.
A las personas también. Llevaba treinta y seis años sin encariñarme de nada que pudiera perder.
Y aquella mañana, sentado en el suelo de la cocina de un comedor clandestino de Lavapiés, con un delantal de flores, harina en el pelo y a aquella mujer imposible dormitándome en el pecho mientras se hacían unos croissants, entendí por fin de qué hablaban los demás.
Era esto. Esta cosa caliente y sencilla.
No había truco. No había nada que controlar.
Solo había que estar, y dejar que pasara, y yo me había pasado la vida entera sin saberlo.
La había visto trabajar toda la mañana y no me cansaba de mirarla.
Había algo en cómo se movía cuando cocinaba, una seguridad que no tenía en ningún otro momento, ni siquiera cuando me plantaba cara.
Las manos le iban solas. Sabía exactamente cuánta harina, cuánto frío, cuánto tiempo, sin pesar nada, sin pensar, como quien habla su lengua materna.
Aquella mujer que se pasaba el día diciendo que no servía para nada, que estaba acabada, que lo había perdido todo, se transformaba delante de un trozo de masa en la persona más competente que yo había visto nunca.
Me daban ganas de cogerla por los hombros y decirle: mírate.
Mira lo que sabes hacer. No estás acabada. Estás empezando.
La miré. Tenía una pestaña en la mejilla y respiraba despacio, confiada, abandonada del todo, en los brazos del hombre del que menos debería fiarse del mundo. Y sentí dos cosas a la vez, las dos enormes, peleándose por el mismo espacio en el pecho.
La primera era que la quería. Sin red, sin condiciones, sin cláusulas. La quería con un tipo de amor que yo no sabía que tenía, un amor sin contrato, de esos que mi padre habría calificado de mala inversión.
Y la segunda, debajo, royendo, era que yo tenía en un cajón los papeles para quitarle todo esto.
Que aquella cocina donde acabábamos de ser felices estaba en la lista.
Que aquel olor a domingo que le devolvía la infancia a ella y a mí me la había robado, salía de un horno que yo tenía orden de apagar para siempre.
Esa es la clase de pensamiento que no te deja disfrutar de nada.
Estás en mitad de la mejor mañana de tu vida y una voz (la de tu padre, la de tu oficio, la tuya propia) te recuerda que esa mañana tiene los días contados porque se los has puesto tú.
Que la mujer que duerme en tus brazos no sabe que eres la razón por la que, dentro de unos meses, puede que no le quede ni la cocina donde acaba de ser feliz.
Que cada croissant que habíais hecho juntos era, visto desde mi cajón, una prueba más en un expediente de desahucio.
La aparté con cuidado, me levanté a sacar los croissants antes de que se pasaran, y me quedé un momento de espaldas a ella, frente al horno, con un trapo en la mano, peleando para que no se me notara en la cara lo que acababa de pensar.
Porque iba a arreglarlo. Me lo juré allí, delante de aquel horno, con sus croissants dorándose detrás del cristal.
Iba a mover las tres palancas, iba a salvar la corrala, iba a hacer imposible el desahucio, y luego, cuando ya no hubiera peligro, se lo contaría todo, y le pediría perdón, y a lo mejor, con suerte, con mucha suerte, el regalo de haberla salvado pesaría más que la traición de habérselo ocultado.
Era lo que me repetía cada noche para poder dormir. Y casi me lo creía.
Saqué los croissants. Estaban perfectos.
Altos, dorados, con las capas marcadas, exactamente como los hacía Pilar.
Le llevé uno a la mano, todavía caliente, y con la punta de un cuchillo le dibujé al lado, en el plato, un corazón de mantequilla.
Nuestro idioma. La cosa más tonta y más nuestra del mundo.
Ella lo miró, medio dormida, sonrió, y dijo una frase que yo iba a recordar mucho tiempo después, cuando todo se hubiera roto, como se recuerda la última foto de unas vacaciones antes de la mala noticia.
—Esto deberíamos hacerlo todos los domingos —dijo—. El resto de nuestra vida.
Y yo dije que sí. Dije «todos los domingos».
Lo dije sabiendo que tenía un cajón en Chamberí dispuesto a impedirlo, y aun así lo dije, porque quería que fuera verdad con todas mis fuerzas, y porque hay promesas que uno hace no porque pueda cumplirlas, sino porque no soporta la idea de un mundo en el que no se cumplan.
Fuera ya era de día. Olía a mantequilla. Ella tenía harina en el pelo y me miraba como nadie me había mirado nunca.
Tendría que haber sido el hombre que ella creía que era.
Un hombre sin cajón, sin carpeta, sin fecha.
Un hombre capaz de decir «todos los domingos» sin que esa frase fuera una mentira.
Y por un instante, mordiendo aquel croissant, con el sol entrando por la ventana del patio y ella apoyada en mi hombro, casi pude serlo. Casi.
Y yo, que sabía exactamente cuánto duraría todo aquello, me senté a su lado, le di un mordisco a un croissant que sabía a mi infancia, y decidí, por una mañana, mentirme a mí mismo y creer que aquello podía durar para siempre.