20. La tos que nadie nombra
La tos que nadie nombra
Hay una crueldad particular en que las cosas malas lleguen justo cuando empiezas a ser feliz. Como si el universo llevara la cuenta y, en cuanto te ve sonreír más de la cuenta, decidiera equilibrar la balanza.
Yo llevaba unas semanas felices. Las más felices en mucho tiempo.
Tenía a Gabriel, tenía la cocina, tenía a aquellas cinco viejas imposibles que me habían adoptado a la fuerza y a las que, sin darme cuenta, había empezado a querer como si fueran mías.
Bajaba al comedor cada mañana con ganas.
Me reía. Hacía planes, que es lo más parecido a la fe que conozco.
Y mientras yo andaba distraída siendo feliz, Pacita se estaba apagando delante de mis narices.
* * *
No fue de golpe. Fue como esas cosas que ves todos los días y por eso no las ves: un poco menos cada jornada, tan despacio que el ojo no lo registra. Hasta que un día lo registra de pronto, todo junto, y te preguntas cómo no te habías dado cuenta antes.
Ahora, mirando atrás, las veo todas. Las señales.
Que llevaba semanas comiendo como un pajarito, dejándose media ración en el plato, ella que siempre repetía.
Que había dejado a medias el ganchillo, un jerseycito de bebé para la nieta de no sé quién, parado quién sabe desde cuándo, ella que tejía a velocidad de máquina de coser.
Que se quedaba traspuesta en la silla a media tarde, con la boca un poco abierta, y se despertaba sobresaltada, disimulando.
Que subía las escaleras parándose en cada rellano «a tomar aire», decía, «que las vistas son muy bonitas».
Que la tos, esa tos, llevaba meses cambiando, haciéndose más honda, más suya.
Lo había visto todo. Simplemente no había querido sumarlo.
A mí me pasó un martes.
Pacita llevaba dos días sin bajar al comedor.
Dos días. Y eso, en una mujer que no había faltado a su puesto en la mesa ni el día que enterró al tercer marido, era una anomalía que me puso un nudo en el estómago.
Las abuelas dijeron que estaba acatarrada.
Que se cuidaba. Que ya bajaría. Pero subí de todos modos, con la excusa de llevarle un caldo, y cuando me abrió la puerta entendí, en un segundo, todo lo que llevaba semanas sin querer entender.
Estaba más pequeña. No es una forma de hablar: estaba físicamente más pequeña, encogida dentro de su propia rebeca, con los anillos bailándole en unos dedos que se habían quedado en los huesos.
Tenía mala cara, ese color de la gente que duerme mal y respira peor.
Y, encima de la cómoda de la entrada, alineadas como soldaditos, había más cajas de medicinas de las que había visto nunca en una casa que no fuera una farmacia.
No leí ninguna etiqueta, ni quería. Pero conté los blísteres con los ojos, sin proponérmelo, que es la deformación del que se ha pasado la vida pesando ingredientes, y eran muchos.
Demasiados para un catarro. Los catarros no necesitan tantas pastillas distintas, cada una de un color, cada una a su hora, con una cajita de plástico con los días de la semana para no equivocarse.
Eso no era cuidarse de un resfriado. Eso era administrar algo.
Algo que ya no se cura, que solo se lleva lo mejor que se puede.
—¡Anda, mi niña! —dijo, y la sonrisa fue tan de verdad como siempre, lo cual hacía todo aún más difícil—. Pasa, pasa. Qué detalle, el caldo.
Pasé. Me senté con ella. Y mientras se tomaba el caldo a sorbitos, despacio, porque ya no podía de otra manera, le dio un acceso de tos.
Pero no la tos de antes. Una tos honda, que le venía de muy abajo, que la dobló en la silla y que no paraba, una tos que le sacudía aquel cuerpecito como sacude el viento a una rama seca.
Me asusté. Le puse la mano en la espalda, sin saber qué hacer, y noté cada hueso de su columna, y noté lo poco que pesaba, y se me llenaron los ojos sin permiso.
Cuando por fin se le pasó, se limpió con un pañuelo, lo dobló, sonrió, y dijo, quitándole importancia con la mano:
—Esta tos rebelde. Hay que ver. En cuanto cambie el tiempo se me va.
Y yo le dije que sí. Que en cuanto cambiara el tiempo. Porque hay mentiras que se dicen por amor, y aquella era una de ellas.
* * *
Bajé al comedor con el cuenco vacío y una pregunta atravesada en la garganta. Y cometí el error de hacerla en voz alta.
—Reme. Lo de Pacita. La tos. Eso no es un catarro.
Reme, que estaba desplumando un pollo en el fregadero, no levantó la vista. Pero las manos se le pararon un segundo. Solo un segundo.
—Es una tos de las suyas —dijo—. La tiene desde hace años. Cuando aprieta el frío se pone así.
—Reme, está en los huesos. Tiene la cómoda llena de medicinas. Lleva dos días sin bajar.
—Está mayor, niña. —Volvió a lo del pollo, con una energía un poco excesiva—. Todas estamos mayores. ¿Qué quieres, que bajemos dando saltos? Un día se cansa una y se queda en casa. No le des más vueltas.
—Pero…
—Que no le des más vueltas, Candela. —Y esta vez sí me miró.
Y en aquella mirada, debajo de la dureza, había una cosa que me cerró la boca de golpe: había miedo.
El mismo miedo que tenía yo, pero con cuarenta años más de práctica en esconderlo—.
Pacita es más dura que un mendrugo de tres días.
Ha enterrado a tres maridos y a media corrala. Nos enterrará a todas. Ya lo verás.
Y se dio media vuelta, y siguió con el pollo, y dio por terminada la conversación.
No fue solo Reme. Lo probé con todas, esa semana, una por una, con la torpeza del que busca que alguien le diga que su miedo es una tontería.
Y todas tenían su forma de cerrar la puerta.
Carmina, que para cualquier cosa tiene una historia de tres cuartos de hora, de pronto no tenía ninguna y se ponía a mirar por la ventana con un «¿has visto qué frío hace de repente?
». Lola me contaba que ella tuvo una bronquitis tremenda allá por el sesenta y ocho, que estuvo a las puertas, y mírala, tan pimpante, dando guerra todavía.
Y Encarna, la realista, la que nunca endulza nada, la del «el amor no paga el butano», fue la peor de todas: me cogió de la mano, me la apretó, y me dijo «no te preocupes, mujer».
Fue la única vez en mi vida que Encarna me dijo algo bonito.
Y por eso supe que la cosa era seria. Cuando hasta Encarna te trata con dulzura, es que el barco se está hundiendo de verdad.
Lo entendí entonces, mirándole la espalda rígida.
No es que no lo supieran. Lo sabían perfectamente.
Lo sabían mejor que yo, porque la conocían de toda la vida y le veían en la cara cosas que yo no sabía leer.
Lo que pasaba es que no podían decirlo. Porque decirlo en voz alta, ponerle nombre a la tos, era hacerlo real.
Y mientras no le pusieran nombre, mientras siguiera siendo «una tos de las suyas» y «está mayor» y «nos enterrará a todas», podían seguir fingiendo, un día más, que aquella mesa iba a estar siempre completa.
Era un pacto. Un pacto de silencio entre cinco mujeres que se querían demasiado para mirarse a los ojos y decirse la verdad. Y yo, que acababa de llegar, que era la última, no tenía ningún derecho a romperlo.
Así que no lo rompí. Me tragué la pregunta y me puse a pelar patatas, que es lo que se hace en esa cocina cuando uno no sabe qué hacer con lo que siente.
* * *
Esa noche no pude dormir.
Porque me di cuenta de una cosa que llevaba meses sin querer mirar de frente, demasiado ocupada en protegerme: que quererlos tenía un precio.
Que durante un año entero yo había vivido sin querer a nadie, blindada, a salvo, y que esa vida miserable tenía al menos una ventaja: que no se puede perder lo que no se tiene.
Y ahora, de pronto, tenía. Tenía a Gabriel.
Tenía a las abuelas. Tenía a Pacita, que me había sentado a su mesa el primer día y me había hecho de casamentera y me había devuelto las ganas de reírme.
Y resulta que con el cariño venía esto en el mismo paquete, esta cosa que no me dejaba dormir: la certeza de que todo lo que quieres es, tarde o temprano, algo que vas a perder.
Acababa de enterrar a una abuela. A Amparo. Y no había terminado de llorarla. Y ya estaba el universo poniéndome delante la siguiente factura, antes de pagar la anterior.
Y lo peor era que esta vez no me podía permitir el lujo de la distancia.
A Amparo la había llorado de lejos, mal, a destiempo, parapetada detrás de kilómetros y de orgullo.
A Pacita la tenía aquí, a tres pisos, sentándose cada día en su silla, haciéndome de abuela sin pedirme permiso.
A esta no la iba a poder llorar desde lejos.
A esta me tocaba quererla de cerca mientras se iba, que es la manera más cara que existe de querer a alguien.
Por un momento, tumbada en la cama, sentí el impulso cobarde de antes. De cerrarme otra vez. De coger el portazo, irme del comedor, dejar a Gabriel, volver a la vida blindada donde no dolía nada porque no había nada. Sería tan fácil.
Pero ya no podía. Esa es la trampa del cariño: que cuando te das cuenta de lo que te va a costar, ya lo debes.
* * *
Al día siguiente, Pacita bajó. Más despacio, agarrada a la barandilla, pero bajó. Y se sentó en su silla de siempre, y cogió su ganchillo, aunque las manos ya no le daban para mucho, y presidió la sobremesa como si no pasara nada.
En un momento en que nos quedamos las dos solas recogiendo, me cogió de la muñeca, con esa fuerza rara que le salía de no se sabe dónde, y me miró muy fijo, con sus ojillos vivos.
—Oye, niña. Tú a este sitio no lo dejes caer, ¿eh?
Pase lo que pase. —Lo dijo con una sonrisa, como si fuera una de sus bromas, pero no era una broma—.
Y a las chicas me las cuidas. Que parecen muy fieras pero por dentro son de mantequilla.
—Me dio una palmadita—. Tengo un par de cosas que dejar arregladas, y me quedo más tranquila sabiendo que tú estás aquí.
—Pacita, no digas tonterías. Las cosas las arreglas tú, que estás hecha un roble.
—Claro, claro. —Sonrió, y me soltó la muñeca, y volvió a su ganchillo—. Un roble.
Y no dijo más.
Pero yo me quedé con su «tengo un par de cosas que dejar arregladas» dándome vueltas en la cabeza el resto de la tarde, como una piedrecita en el zapato. Y por más que intenté convencerme de que no significaba nada, de que era una manera de hablar, de que los viejos dicen esas cosas, no se me fue.
Aquella noche, el comedor cerró como cada noche. Las luces, la persiana, la olla fría. Todo igual.
Pero algo había cambiado. Algo se había metido en aquella casa, sin hacer ruido, y se había sentado a la mesa con nosotras. Y aunque ninguna lo nombrara, aunque siguiéramos diciendo «catarro» y «está mayor» y «nos enterrará a todas», las seis sabíamos que ya estaba ahí.
Y que no tenía ninguna prisa por marcharse.