Con Mucho Amor (y mantequilla) 19. Rendirse un poco
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19. Rendirse un poco

Rendirse un poco

Resulta que enamorarse, después de jurar que no lo harías nunca más, da un miedo espantoso.

No el miedo bonito de las novelas, el de las mariposas y los nervios.

Un miedo de verdad, de los de quitar el sueño.

Porque yo ya sabía cómo era esto. Ya había estado aquí, en este sitio luminoso donde todo es fácil y el otro te parece la mejor persona del mundo, y sabía que de este sitio se sale por una puerta que da a un precipicio.

Lo había aprendido con cuarenta y un mil euros de matrícula.

Y, sin embargo, ahí estaba el problema: que cuanto más me repetía «cuidado, Cande, que ya sabes cómo acaba esto», más me apetecía mandar el cuidado a paseo.

Porque resulta que querer a alguien, después de un año de no querer a nadie, es como volver a comer después de una gripe larga: te da miedo, no sabes si te va a sentar bien, y a la vez te mueres de hambre.

Y yo llevaba un año muerta de hambre sin saberlo.

Así que las dos primeras semanas me las pasé con un pie dentro y otro fuera.

Me dejaba besar y me retiraba. Le sonreía y luego me asustaba de haberle sonreído.

Una mañana me sorprendí tarareando mientras bajaba al comedor y me paré en seco en mitad de la escalera, horrorizada, como si tararear fuera una traición a mí misma.

Pero hay una cosa que tienen las defensas, y es que cansan. Llega un momento en que estás tan agotada de protegerte que bajar los brazos, aunque sea un peligro, es también un descanso. Y un domingo por la mañana, sin decidirlo del todo, bajé los brazos.

Y me rendí. Un poco. Lo justo para empezar.

* * *

Ese domingo hice croissants.

No fue casualidad, y él lo supo en cuanto entró en la cocina del comedor a las nueve de la mañana, atraído por el olor, y me vio sacando la primera bandeja del horno.

Croissants. En domingo. Después de lo que me había contado de Pilar, de aquellos domingos de su infancia, de la masa reposando la noche anterior y los cuernos pintados con huevo.

No hacía falta explicar nada. Algunas cosas se dicen mejor con un horno encendido que con la boca.

Había empezado la masa el sábado por la noche, dejándola reposar en la nevera de mi abuela hasta el amanecer, igual que me había contado que hacía Pilar.

Me había levantado a las cinco, a oscuras, a laminar.

No le había dicho a nadie que iba a hacerlo.

Era un regalo, pero también era otra cosa más difícil de explicar: era una manera de decirle que su domingo, ese que le habían robado de pequeño, podía volver a existir.

Que las cosas que te quitan, a veces, alguien te las puede devolver.

Se quedó parado en la puerta, mirando la bandeja, y por un momento pensé que había metido la pata, que le había hurgado en una herida que no me tocaba.

Pero entonces se acercó, despacio, cogió uno, todavía caliente, y le dio un mordisco con los ojos cerrados, y cuando los abrió los tenía brillantes.

—Están casi tan buenos como los de mi abuela —dijo.

—¿Casi?

—No te voy a mentir para que estés contenta. —Una pausa—. Le faltan treinta años de domingos.

Y me reí, porque era exactamente la respuesta correcta, la única que no sonaba a peloteo, y porque un hombre que te dice «casi» es un hombre que te está diciendo la verdad, y a la verdad yo le tenía mucho más cariño que a los piropos desde lo de Víctor.

Cogí el cuchillo, unté un poco de mantequilla en el plato, al lado del croissant, y con la punta le dibujé un corazón. Como aquella vez. Como la primera vez, cuando lo hice de coña, para reírme de él y de mí y de todo.

—Esto ya lo había visto yo antes —dijo él, mirando el corazón de mantequilla. Y había algo raro en su voz.

—Fue una broma. La primera vez.

—Ya lo sé. —Levantó la vista—. Lo encontré. Aquella mañana. En el alféizar de los contadores. El croissant que dejaste ahí con esto mismo dibujado al lado.

Me quedé con el cuchillo en el aire.

—No me dijiste nada.

—No. —Tragó—. Me lo comí. A escondidas, como un ladrón, de pie junto a aquella puerta.

Y sabía exactamente igual que los de Pilar.

Y me senté en el coche y… —se paró, buscó las palabras, que es algo que él no hace casi nunca—.

Digamos que aquel croissant me complicó mucho la vida.

Ese fue el día en que supe que estaba metido en un lío del que no iba a saber salir.

No entendí del todo lo que quería decir. Pensé que hablaba de mí, de nosotros, de que se había empezado a enamorar aquel día. Y me pareció lo más bonito que me habían dicho nunca.

No se me ocurrió, claro, que un hombre puede meterse en un lío de muchas maneras distintas. Y que la mía no era la única.

—Pues que sepas —le dije, para tapar la emoción con una broma, que es mi especialidad— que esto del corazón de mantequilla no se lo hago a cualquiera. Es edición limitada.

—Más me vale ser de los pocos.

—Eres el único, idiota.

Y se me escapó, así, sin querer, y los dos nos quedamos un segundo en silencio, porque «eres el único» era mucho más que una broma, y los dos lo sabíamos.

* * *

A partir de ese domingo, el croissant con el corazón de mantequilla se convirtió en una cosa nuestra.

Un idioma privado de dos personas. Cuando él venía y no podíamos hablar porque estaban las abuelas delante, yo le ponía un croissant con su corazón al lado y eso quería decir «me alegro de que estés aquí».

Cuando discutíamos por una tontería, aparecía un croissant sin corazón, lo cual era una declaración de guerra en toda regla.

Una vez me dejó él a mí uno comprado en una cafetería, malísimo, industrial, con un corazón de mantequilla dibujado fatal, torcido, y me reí tanto que Carmina vino a ver qué pasaba.

Porque eso es lo que nadie te cuenta del amor: que no son los grandes gestos.

Son los idiomas pequeños. Son las manías.

Es que él, que es un maniático del orden, no soporte que yo deje los botes de especias sin alinear, y que yo, solo por fastidiar, se los descoloque cuando no mira, y que él los vuelva a alinear sin decir nada, y que eso, esa estupidez, esa guerra silenciosa de los botes de especias, sea ya una forma de querernos.

Aprendí cosas de él que no le habría adivinado nunca.

Que se sabe de memoria las tablas de mareas de un pueblo de la costa donde veraneaba de niño, sin venir a cuento.

Que dobla los calcetines de una manera que es casi una ofensa personal.

Que cuando algo le importa de verdad se queda muy callado y muy quieto, al revés que todo el mundo.

Que tiene una risa de verdad, rarísima, que solo le sale dos o tres veces, y que yo me había propuesto coleccionar como quien colecciona sellos.

Y él aprendió cosas de mí: que hablo con la comida cuando cocino, que suelto muchos tacos cuando algo me sale bien y ninguno cuando me sale mal, que me hago la dura y luego lloro en los anuncios.

Nos fuimos haciendo ese mapa que se hacen dos personas que empiezan a quererse: el catálogo de las pequeñas rarezas del otro, que es la cosa más íntima que existe.

Eran felices, aquellos días. Lo escribo así, en pasado y en tercera persona, «eran felices», porque ya sé cómo termina y me cuesta menos contarlo como si le hubiera pasado a otra. Pero éramos. Éramos felices. Era verdad. Por mucho que viniera después, aquello fue verdad.

* * *

Una noche, en su coche, aparcados frente a la corrala sin subir todavía, le conté lo de Víctor. Entero. La parte que no le había contado a nadie.

Le conté que no fue solo que me arruinara.

Que lo peor no fue el dinero. Lo peor fue la manera.

Que Víctor no era un desconocido que me estafó: era el hombre con el que dormía, el que conocía mis contraseñas, el que sabía exactamente dónde estaban mis miedos porque yo se los había enseñado en la cama.

Le conté cómo, durante meses, mientras yo me dejaba la piel en el obrador convencida de que íbamos a salir adelante, él iba vaciando las cuentas y firmando papeles a mi nombre y preparando su salida sin que yo notara nada.

Que cuando todo saltó por los aires, lo que más me destrozó no fue la deuda.

Fue darme cuenta de que la persona en la que más confiaba del mundo me había estado mirando a la cara y mintiendo, todos los días, durante meses, mientras me besaba.

Lo dije en voz alta por primera vez, en aquel coche, y me sorprendió lo poco que me temblaba la voz.

A lo mejor es que ciertas cosas, hasta que no se las cuentas a alguien que te importa, no terminan de ser del todo verdad.

O a lo mejor es que necesitaba que él, precisamente él, lo supiera.

Que supiera de qué estaba hecha yo, y por qué me costaba tanto lo que estábamos haciendo, y que aun así lo estaba haciendo.

Con él. Que era la primera persona a la que me atrevía a entregarle el mando después de Víctor.

—Eso es lo que no se arregla —le dije, mirando por el parabrisas las luces del patio—.

La deuda se paga. Con años, pero se paga.

Lo que no vuelve es la confianza. Yo confiaba con los ojos cerrados, y ahora no sé hacerlo.

Me he vuelto una desconfiada de mierda. Estoy todo el rato esperando el cuchillo.

Hasta contigo, que no te lo mereces. Perdóname por eso.

Gabriel no dijo nada durante un rato largo. Tenía las dos manos en el volante, aunque el coche estaba parado, y miraba al frente, muy serio, con la mandíbula apretada de esa manera suya.

—No tienes que pedir perdón por protegerte —dijo al fin. La voz le salió rara, ronca—. La que tendría que pedir perdón es la gente que os obliga a protegeros así.

Me pareció una forma preciosa de decirlo. Le cogí la mano sobre el volante, se la aparté del volante, me la llevé a la cara.

Notaba su mano tensa contra mi mejilla, y lo oía tragar como si le costara. Yo lo interpreté como ternura, como emoción, como lo bonito de la noche. Y, tonta de mí, se la apreté más fuerte.

Tardaría en entender que un hombre puede sentir esas mismas cosas por la razón exactamente contraria.

Que la garganta se te puede cerrar de amor o de espanto, y que desde fuera se parecen tanto que no hay manera de distinguirlos.

Que aquella noche, mientras yo le explicaba sin saberlo el daño preciso que más me dolería en la vida, él lo escuchaba como quien lee su propia sentencia.

Pero también me quería. Esa es la trampa de todo esto. Que también me quería.

* * *

Subimos juntos. Y en el rellano, antes de despedirnos, me abrazó, y por encima de su hombro vi, en el felpudo de Pacita, dos cosas que me apretaron el corazón sin que supiera bien por qué.

Una caja de pañuelos. Y un jarabe nuevo, más grande que el de la otra vez.

Pero Gabriel me estaba besando el pelo, y olía a horno y a domingo, y yo había decidido, por una vez en mi vida, ser feliz aunque me diera miedo.

Así que aparté la vista del felpudo. Y me dejé querer.

Un poco más.