18. Lo que callo cuando te beso
Lo que callo cuando te beso
Conduje a casa con el sabor de la canela todavía en la boca y la certeza absoluta de haberlo estropeado todo.
Las dos cosas a la vez. Esa es la parte que no sé explicar.
Iba por la Gran Vía a medianoche, con las manos en el volante y una sonrisa idiota que no me cabía en la cara, sintiéndome más vivo de lo que me había sentido en años, repasando el beso como un adolescente, el tacto de su mano en mi mandíbula, el «cállate», la risa contra mi pelo.
Eufórico. Literalmente eufórico, una palabra que yo creía que no se aplicaba a personas como yo.
Y al mismo tiempo, debajo, en el mismo cuerpo, en el mismo segundo, un pánico frío que me subía por la espalda.
Porque cada semáforo en rojo que me paraba me devolvía la realidad como una bofetada: que esa mujer a la que acababa de besar vivía en un edificio que yo tenía orden de vaciar.
Que en mi despacho, en el cajón de abajo a la derecha, dormía una carpeta azul con su dirección y la palabra DESALOJO en una pestaña.
Que yo no era el hombre del que ella se estaba enamorando.
Yo era el hombre de la carpeta. El de los buenos zapatos. El que un día llama a la puerta.
Llegué a mi piso de Chamberí, ordenado y silencioso como una sala de espera, me serví un whisky que no me apetecía, y me senté en el sofá a mirar la pared.
Y entendí, por fin, que se me había acabado el sitio donde esconderme.
* * *
El lunes, en la oficina, todo seguía su curso, ajeno a mí.
Encima de mi mesa había un correo de mi padre, reenviado a las siete de la mañana, que es su manera de recordarte que él ya estaba trabajando mientras tú dormías.
El fondo holandés había confirmado el calendario.
La cláusula seguía donde la firmaron: edificio vacío, posesión libre, treinta y uno de marzo, y una penalización diaria por cada día de retraso que daba vértigo.
Debajo, dos líneas suyas, secas: «¿Cómo va el Sombrerete?
Necesito la denuncia presentada antes de que pongan el árbol en Sol. Soldevila pregunta.»
Soldevila pregunta. Tres semanas antes esa frase me habría puesto en marcha.
Soldevila era la amenaza, el recambio, el que mi padre tenía esperando en el banquillo por si yo me ablandaba; el que no pierde el tiempo con caridades, el que corta el agua «por obras» y manda un burofax y en tres semanas tiene el edificio vacío sin que le tiemble el pulso.
Tener a Soldevila respirándome en la nuca siempre había sido suficiente para que yo apretara.
Esta vez leí el correo, me quedé mirándolo un rato largo, y lo cerré sin contestar.
No contestar a mi padre tiene consecuencias. A mediodía sonó el teléfono.
—No me has respondido el correo —dijo. Sin «hola». Mi padre no dice «hola»; lo considera información redundante.
—Estoy en ello.
—Llevas «en ello» dos meses, Gabriel —dijo, y dejó una de esas pausas suyas—. Empiezo a preguntarme si el problema es el edificio o eres tú.
—El edificio tiene contratos de renta antigua. Hay que hacerlo bien o nos lo tumba un juez. Si lo hacemos deprisa, nos sale más caro.
Le dije una verdad para esconder otra, que es la única forma de mentirle a un hombre que huele las mentiras a kilómetros.
—Tienes hasta Navidad —dijo, sin que la voz le subiera ni un tono, y por eso mismo daba más miedo—. Después le paso la carpeta a Soldevila y tú te dedicas a otra cosa. No me obligues a hacer eso. Sería decepcionante.
Y colgó. Mi padre cuelga sin despedirse, igual que entra sin llamar. Para él, los buenos modales son una pérdida de tiempo que se permiten los que no tienen poder.
Porque algo me había cambiado de sitio por dentro, y ya no había manera de recolocarlo.
Durante meses me había contado un cuento muy cómodo: que yo no era el malo, que solo dilataba, que ganaba tiempo, que no enviaba la denuncia y por tanto no hacía nada.
Mentira. No hacer nada también es una decisión, y la mía solo servía para retrasar lo inevitable unas semanas, hasta que mi padre se cansara y soltara a Soldevila.
La dilación pasiva no salvaba a nadie. Solo me permitía a mí dormir un poco mejor mientras la bomba seguía intacta, esperando.
Y yo ya no quería dormir mejor. Quería que la bomba no estallara.
Eso era nuevo. Y eso lo cambiaba absolutamente todo.
* * *
Llevo dieciséis años vaciando edificios.
Sé cómo se hace. Sé exactamente dónde están los puntos débiles de una finca, porque mi trabajo siempre ha sido encontrarlos y meter ahí la palanca: un contrato mal subrogado, una renta que se puede actualizar hasta echar al inquilino, un local sin licencia que sirve de excusa, una obra que hace la vida imposible.
Conozco cada recoveco de la ley de arrendamientos como un cirujano conoce dónde cortar.
Y aquella noche, en mi despacho, hice por primera vez en mi vida lo contrario. Cogí toda esa pericia, todo lo que sé sobre cómo se vacía una casa, y lo puse del revés. Si yo sé mejor que nadie por dónde se hunde un edificio, también sé por dónde se sostiene.
Empecé a tirar de hilos.
El primero, las subrogaciones. El fondo había comprado el Sombrerete dando por hecho que la mitad de los contratos de renta antigua estaban muertos: inquilinos fallecidos, herederos sin derecho, vencimientos cumplidos.
Es lo que se asume siempre, porque es lo que conviene.
Pero cuando me puse a mirar de verdad, contrato por contrato, encontré que varios estaban perfectamente vivos.
Bien subrogados. Blindados por una ley de mil novecientos sesenta y cuatro que protege a esos inquilinos mucho más de lo que al fondo le habían contado sus prisas.
El de Remedios Cano, entre otros. Y el de la propia Candela, subrogado de su abuela, que yo mismo había marcado meses atrás como «pendiente de verificar» para no verificarlo nunca.
Lo verifiqué. Era válido. Echarla a ella, legalmente, era mucho más difícil de lo que mi padre creía.
El segundo hilo, el edificio. Una corrala.
No un bloque cualquiera: una corrala de las de verdad, con sus galerías de madera, su patio, su tipología protegible.
Madrid cataloga estos edificios. Algunos tienen niveles de protección que impiden tocarles una viga.
Y si yo conseguía que el Sombrerete entrara en ese catálogo, el precioso aparthotel de diseño del render holandés se volvía físicamente imposible: no se puede destripar lo que está protegido.
El tercero, el uso. El fondo quería pisos turísticos.
Pero el plan urbanístico del centro lleva años apretando las clavijas al hospedaje: hay calles donde, sencillamente, ya no se conceden esas licencias.
Si el cambio de uso no era viable, todo el negocio del aparthotel se caía solo, sin que nadie tuviera que pelear nada.
Tres palancas. Tres formas de salvar lo que me habían mandado destruir. Y yo era, probablemente, la única persona en Madrid que sabía manejar las tres a la vez, porque me había pasado la vida usándolas en la dirección contraria.
A las cuatro de la mañana tenía delante una carpeta nueva. Una segunda carpeta. Sin pestaña de DESALOJO. La carpeta de cómo no hacerlo.
La miré mucho rato, las dos sobre la mesa, una al lado de la otra. La azul, la de mi padre, la de la fecha. Y esta otra, todavía sin nombre. La de salvarlos.
* * *
Y sin embargo no la llamé. No cogí el teléfono para avisar a Reme, ni a Encarna, ni a nadie del barrio, para decirles «oye, tenéis más fuerza de la que creéis, y yo os puedo ayudar a usarla». No les dije nada.
Porque para ayudarles de verdad, para poner esas tres palancas a funcionar, tendría que sentarme delante de ellos y empezar por el principio.
Y el principio era: «hola, me llamo Gabriel Salazar, soy el administrador que la empresa de mi padre mandó para echaros a todos, llevo meses con vuestra denuncia firmada en un cajón, y la mujer a la que besé anoche vive en una de las casas que vine a vaciar».
Ese era el principio. No había otro. Y yo no era capaz de decirlo.
No por mi padre. A mi padre, por primera vez en mi vida, estaba dispuesto a fallarle.
Era por ella. Porque sabía, con una certeza que me daba náuseas, lo que iban a ser sus ojos en el segundo exacto en que entendiera quién había sido yo todo este tiempo.
La había visto mirar así una vez, cuando hablaba de Víctor: del hombre que la quiso, le ganó la confianza, y luego le clavó el cuchillo desde dentro.
Yo estaba a punto de ser su segundo Víctor.
Peor que el primero, porque el primero al menos no le hizo croissants.
Y cada día que pasaba sin contarlo, el cuchillo se hacía más grande.
Lo sabía. Lo veía venir con una claridad de quitar el sueño. Y aun así me callaba, porque el miedo a perderla podía más que la decencia, y prefería ser un cobarde un día más a no volver a ver cómo me miraba antes de saberlo.
* * *
De modo que esa madrugada tomé la única decisión que era capaz de tomar. Una cobarde y valiente a la vez, como todo lo mío últimamente.
No iba a confesar. Todavía no. Pero tampoco iba a quedarme quieto viendo cómo se acercaba la fecha.
Iba a salvar la corrala en secreto. Sin que ellos lo supieran.
Sin que mi padre lo sospechara. Iba a mover las tres palancas desde dentro, yo solo, aprovechando que era el hombre de confianza de Grupo Salazar y que nadie revisa lo que hace el hombre de confianza.
Iba a tramitar la catalogación por vías que parecieran ajenas.
Iba a reforzar las subrogaciones en lugar de tumbarlas.
Iba a dejar morir el expediente de uso turístico en un cajón de algún funcionario amigo.
Y cuando todo estuviera atado, cuando el Sombrerete fuera jurídicamente imposible de vaciar, entonces, solo entonces, quizá reuniera el valor de contarle a Candela quién había sido yo, con el regalo ya hecho, esperando que el regalo pesara más que la traición.
Era un plan estúpido. Lo sé. Los planes de los hombres asustados siempre lo son.
Tenía todos los números de salir mal. Si mi padre se olía el sabotaje antes de que yo terminara, me apartaba, soltaba a Soldevila, y en tres semanas no quedaba ni el recuerdo del comedor; y encima Candela se enteraba de quién era yo por la peor vía posible, viendo cómo su casa se vaciaba con mi apellido en los papeles.
Y si no se olía nada, si lograba salvarlos, seguía teniendo por delante la conversación imposible.
Ganara como ganara, había una factura con mi nombre esperándome. La única incógnita era el importe.
Pero al escribir el primer correo (discreto, anodino, una solicitud de información sobre el nivel de catalogación de un inmueble en la calle del Sombrerete, firmado con mi nombre, desde mi cuenta de la empresa, dejando un rastro que cualquier día alguien podría seguir hasta mí) supe que acababa de cruzar una línea de la que no se vuelve.
Hasta ese momento, yo solo había dejado de hacer mi trabajo.
A partir de ese correo, empezaba a traicionarlo activamente.
Le di a enviar. Y me quedé mirando la pantalla, en mi despacho vacío, a las cuatro y media de la mañana, sabiendo que la mecha ya estaba encendida y que solo había dos finales posibles: o salvaba aquel sitio y a aquella mujer antes de que la verdad me alcanzara, o me alcanzaba a mí primero.
Aposté por mí mismo, que es lo que hace la gente que no tiene nada que perder.
El problema es que yo, por primera vez en mi vida, sí tenía algo que perder. Y dormía en una corrala, con olor a torrijas, soñando que yo era buena persona.