17. La cena que no estaba en el plan
La cena que no estaba en el plan
La excusa fue tan mala que daba ternura.
—Es el santo de san Gabriel —anunció Pacita el jueves, en mitad del comedor, con una seguridad pasmosa.
—El santo de san Gabriel es en marzo —dijo Encarna, que de santos sabe lo suyo.
—Bueno, pues lo adelantamos. —Pacita ni se inmutó—.
¿Pasa algo? El chico se llama Gabriel, lleva meses viniendo a este comedor, comiéndose nuestro guiso y arrimando el hombro con la persiana y con todo, y nadie le ha dado nunca las gracias como Dios manda.
Pues el sábado le hacemos una cena. Una de verdad. Y se acabó la discusión.
Y no hubo discusión, porque cuando Pacita pone esa cara no la hay.
Yo, que para entonces ya conocía el percal, supe leer la jugada en cuanto la soltó: «cena para Gabriel» era el nombre artístico, pero la obra de verdad se titulaba «vamos a sentar a estos dos juntos a ver si de una vez espabilan».
La muy ladina llevaba toda la semana mirándonos a Gabriel y a mí con la sutileza de un foco de discoteca.
Le seguí el juego. No sé por qué. Bueno, sí lo sé, pero no me apetecía mirarlo de frente todavía.
* * *
El sábado, el comedor estaba irreconocible.
Habían sacado el mantel bueno, el de hilo, que según Carmina solo salía del cajón para bodas y entierros y ninguna de las dos cosas precisamente abundaba ya.
Lola había puesto velas. Velas de verdad, no las de la tarta.
Encarna había hecho cuentas para que cuadrara el presupuesto y aun así había metido una botella de vino que no era del que ponen normalmente, sino de uno con corcho de verdad.
Y de la cocina salía un olor que era el currículum entero de aquellas mujeres: el cocido de Reme, las croquetas de Carmina, el flan de Lola, una ensalada que había hecho Encarna con sus manos rácanas y, de postre, una tarta mía.
Porque me habían dejado hacer el postre.
Y yo lo había hecho con un cuidado que no le ponía a un postre desde hacía un año.
Gabriel llegó a las nueve, con una camisa azul y una botella de vino en la mano y una cara de no saber muy bien dónde se había metido.
Cuando entró y vio el mantel de hilo, y las velas, y a las cinco abuelas formadas como un comité de bienvenida, y su nombre escrito con rotulador en un cartel que había pintado Lola que ponía FELIZ SANTO GAbrIEL con una falta de ortografía que no pienso revelar, se quedó parado en la puerta.
Y por un segundo, solo un segundo, vi algo cruzarle la cara que no era incomodidad.
Era otra cosa. Algo que tardé en reconocer porque no se lo había visto nunca.
Parecía un niño al que, de repente, sin avisar, alguien le hace una fiesta.
—Esto no… —empezó, y se le quebró un poco la voz, y carraspeó—. No hacía falta.
—Calla y siéntate —dijo Reme—. La sopa se enfría.
* * *
Fue una noche rara y preciosa.
Las abuelas estuvieron en su mejor versión, que es mucho decir.
Carmina contó la historia de cómo conoció a su tercer marido en un baile del Pompeya, con Lola corrigiéndole los detalles porque ella estaba allí.
Encarna, dos vasos de aquel vino con corcho de verdad, se rio por primera vez en lo que yo llevaba de corrala, una risa ronca y sorprendente que hizo que todas nos giráramos a mirarla.
Reme presidía la mesa como una reina vieja, sirviendo, vigilando que todo el mundo repitiera, dándole a Gabriel los mejores trozos sin decir nada, que es la manera que tienen estas mujeres de quererte: llenándote el plato.
Y Gabriel, poco a poco, se fue soltando.
Se quitó la chaqueta. Se remangó. Se rio de verdad, con esa risa rara y bonita que le sale tan pocas veces, cuando Carmina le contó que de joven Reme había sido la más guapa del barrio y que tuvo que elegir entre dos pretendientes y eligió «al más feo pero el que mejor cocinaba», y Reme le tiró una servilleta a la cara.
Comió. Comió como come la gente que no come en compañía casi nunca, despacio al principio y luego con ganas, y a mí se me hacía un nudo tonto al verlo, porque pensaba en lo que me había contado de su abuela, de aquellos domingos, y entendía que aquella mesa le estaba dando algo que llevaba mucho tiempo sin tener.
Porque eso es lo que hace esta gente, me iba dando cuenta.
No saben decir «te queremos». Lo dicen de otra manera.
Te lo dicen poniéndote delante un plato de cocido con el garbanzo entero, sin que se deshaga, que tiene su técnica.
Te lo dicen guardándote la pechuga, que es lo que más cuesta.
Te lo dicen sentándote en la cabecera con el mantel de hilo que solo sale para bodas y entierros.
En esta casa el amor no se declara: se sirve, en raciones generosas, y se te queda mirando hasta que repites.
Y aquel hombre, que vivía de papeles y de despachos de cristal, estaba recibiendo esa noche una declaración en toda regla y no sabía ni cómo dar las gracias, porque seguramente nadie le había hablado nunca en ese idioma.
Solo una cosa me apretaba el corazón en mitad de toda aquella alegría.
Pacita.
Pacita, que era la directora de toda la función, la que había montado aquello, estaba esa noche más callada de lo normal.
Comía poco. Tosía, esa tos seca que llevaba arrastrando semanas y que ya no me sonaba a catarro.
En un momento dado la pillé con la mirada perdida, la sonrisa puesta pero los ojos en otro sitio, muy cansada, como quien aguanta de pie por pura voluntad.
Reme también la miraba. Lo noté. Las dos cruzaron una de esas miradas largas que se cruzan las amigas de toda la vida, y aparté la vista, porque me dio la sensación de estar viendo algo que no me tocaba ver todavía.
Pero entonces Pacita me sorprendió mirándola, me guiñó un ojo, señaló con la barbilla a Gabriel, y articuló sin voz, solo con los labios: «espabila». Y volvió a ser ella. Y yo decidí, por esa noche, creerme que no pasaba nada.
* * *
Cuando terminó el postre, las abuelas empezaron a recoger y a retirarse.
Una tras otra, igual que aquella otra noche, solo que esta vez no era casualidad.
Carmina dijo que estaba molida. Lola dijo que se llevaba a Encarna a tomar la última a su casa.
Reme dijo que ella fregaba mañana, que hoy lo dejaran todo.
Y Pacita, la última, antes de subir, se paró a mi lado, me dio un beso en la frente, me apretó la mano con una fuerza que no le pegaba a aquellas manos tan pequeñas, y me dijo bajito, solo para mí:
—Yo ya he hecho mi parte, niña. Lo demás es cosa tuya.
Y se fueron todas. Y nos dejaron, otra vez, a Gabriel y a mí solos en el comedor, con las velas a medio consumir y el mantel de hilo lleno de migas.
Esta vez sin ollas que colocar. Sin nadie que fuera a bajar a por jarabe.
* * *
Nos quedamos un rato en silencio. Un silencio distinto de todos los anteriores. Más lleno.
—Tu abuela —dijo él de pronto, mirando el cartel de Lola con la falta de ortografía—. La de las torrijas. ¿Era de aquí, del barrio?
—De toda la vida.
Asintió despacio. Y entonces, sin que yo le preguntara, sin la coraza de las otras veces, dijo:
—Yo no te conté toda la verdad. La otra noche. Sobre Pilar.
Me quedé muy quieta.
—Te dije que perdimos la casa. Que tuvimos que irnos.
—Tenía la vista clavada en la vela, en la llama—.
No fue así. No la perdimos, como quien pierde unas llaves.
Nos la quitaron. Vino un hombre, un día, muy bien vestido, muy educado, con una carpeta debajo del brazo y unos papeles firmados.
Y nos explicó, con muy buenos modales, que la casa donde mi abuela llevaba cincuenta años, donde había criado a sus hijos, donde hacía los croissants de los domingos, ya no era nuestra.
Que había unos plazos. Que había una ley.
Que todo era completamente legal. —Tragó—.
Y lo era. Esa es la parte que nadie entiende.
Que era legal. Que no hubo nada que denunciar, ningún delito, ningún malo de película.
Solo un señor con buenos zapatos haciendo su trabajo, cumpliendo una ley que estaba de su parte y no de la nuestra.
No dije nada. No se podía decir nada.
—A mi abuela la metieron en un piso interior, sin patio, sin vecinos, sin domingos, y se apagó en menos de dos años, ya te lo dije.
Lo que no te dije es por qué. Yo creía de pequeño que se había puesto enferma.
Tardé años en entender que no, que no se puso enferma.
Que la desarraigaron. Que la sacaron de la única tierra donde sabía crecer y la plantaron en una maceta sin luz, y que una persona también se seca, como una planta, cuando le quitas el sitio donde tiene las raíces.
Mi abuela no se murió de nada. Se murió de que le quitaran su casa.
Despacio. Con todos los papeles en regla.
La voz le salía firme, pero las manos no. Las tenía sobre el mantel, quietas, y le temblaban un poco, igual que a mí me había temblado la mano con las torrijas.
—Por eso eres como eres —dije, repitiendo lo que ya le había dicho, pero entendiéndolo ahora del todo—. Por eso necesitas el orden. Los papeles. Tenerlo todo controlado. Para que nunca venga nadie con una carpeta a decirte que lo que es tuyo ha dejado de serlo.
—Para que no me lo puedan volver a quitar —dijo él—. Sí.
Y me miró. Y en esa mirada había tanta cosa rota, tanto niño de seis años con una brocha de huevo en la mano viendo cómo desmontaban su mundo con buenos modales, que algo dentro de mí, lo último que me quedaba en pie de todas mis murallas, se cayó sin hacer ruido.
Dejé de pelear.
Llevaba semanas peleando. Contra él, contra mí, contra la promesa que hice en aquella mesa camilla de no volver a querer a nadie.
Y de pronto, en aquel comedor que olía a cocido y a cera de vela, con aquel hombre enseñándome la herida más honda que tenía, me di cuenta de que estaba agotada de pelear, y de que algunas batallas se pierden porque en el fondo quieres perderlas.
Me acerqué. Despacio. Como aquella otra noche, pero sin silla, sin olla, sin excusa.
Le puse una mano en la cara, en esa mandíbula que siempre lleva tan tensa, y la noté ceder bajo mi palma.
Él levantó la vista, y por un segundo vi que iba a decir algo, una advertencia, un «no deberías», la sombra esa que se le enciende a veces.
—Cállate —le dije, muy bajito, lo mismo que le había dicho Reme con la sopa.
Y lo besé.
* * *
Y el mundo, que llevaba un año entero siendo un sitio incómodo y frío, se calló por fin.
No fue un beso de esos de película, con violines.
Fue mejor. Fue un beso de los que tienen detrás muchas semanas de no darse, todo el peso de los casi, de las miradas, de las manos rozándose colocando ollas.
Sabía a vino y a la canela de mi tarta. Él tardó medio segundo en responder, ese medio segundo en que un hombre decide si se permite o no ser feliz, y luego me cogió la cara con las dos manos como si fuera algo que se le pudiera escapar, y me besó de vuelta con un hambre contenida que no me esperaba, que desmentía de golpe toda esa frialdad de despacho que gasta.
Besaba como hace todo lo demás cuando se olvida de vigilarse: a conciencia, sin prisa, entero.
Y yo, que llevaba meses diciéndome que aquel hombre era un peligro, que tenía algo que no contaba, que mejor lejos, descubrí en aquel beso que tenía toda la razón.
Era un peligro. El peligro de los de verdad: el que no avisa, el que entra por la cocina, el que ya lo tienes dentro cuando te das cuenta de que no hay salida y, lo peor de todo, de que tampoco la estás buscando.
Nos besamos en aquel comedor a oscuras mucho rato. Como dos personas que llevaban demasiado tiempo solas y que acababan, las dos a la vez, de dejar de estarlo.
Cuando nos separamos, le apoyé la frente en el pecho, y le oí el corazón ir tan deprisa como el mío, y me reí, no sé de qué, de pura felicidad idiota, y él se rio también, bajito, contra mi pelo.
—Llevaba queriendo hacer eso desde el día de los contadores —dije.
—Yo desde antes.
Y me abrazó. Fuerte. Demasiado fuerte, quizá, para la alegría del momento. Me abrazó como se abraza a alguien de quien no estás seguro de que vaya a seguir contigo mañana. Yo lo achaqué a las ganas. A la emoción. A lo bien que se estaba.
No se me ocurrió pensar que había otra razón. No se me ocurrió, porque yo era feliz, y la gente feliz es la más fácil de engañar.
* * *
Lo que yo no podía ver, con la cara escondida en su pecho, era la cara de él.
Que no era la de un hombre feliz.
Era la de un hombre que acababa de besar a la mujer de la que se había enamorado, en el comedor que tenía orden de cerrar, mientras en un cajón de su despacho dormía una carpeta azul con el nombre de aquella corrala y una fecha que se acercaba.
Era la cara de alguien que, por primera vez, había entendido del todo lo que había hecho.
Que se había pasado meses contándose que protegía a aquella gente, que ganaba tiempo, que ya encontraría la manera.
Y no había manera. Nunca la hubo. Las cuentas eran las cuentas y los plazos eran los plazos, y por mucho que él retrasara la firma, por mucho que enterrara la carpeta en el fondo del cajón, la fecha seguía ahí, acercándose, tan inevitable como el hombre de los buenos zapatos que un día llamó a la puerta de Pilar.
Solo que esta vez el hombre de los buenos zapatos era él.
Y la casa que tenía orden de vaciar era la de la mujer a la que acababa de besar.
Y que aquel beso, aquel beso maravilloso que sabía a canela, acababa de convertirlo todo en algo mucho peor que un trabajo mal hecho.
Lo había convertido en una traición.