Con Mucho Amor (y mantequilla) 16. Volver a la masa
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16. Volver a la masa

Volver a la masa

La culpable fue Pacita. Como casi todo lo que me pasa en esta corrala, para bien o para mal, la culpable fue Pacita.

Apareció el martes por la mañana en casa de mi abuela, sin avisar, con su rebeca abrochada hasta arriba y esa cara de no haber roto un plato que en esta familia, ya lo voy aprendiendo, es la cara más peligrosa que hay. Traía una bolsa de plástico.

—Mira lo que he encontrado en el mercado —dijo, y sacó de la bolsa un molde de tarta. Uno de esos antiguos, de aluminio, con el borde rizado—. Estaba tirado de precio. Pensé en ti.

—Pacita.

—¿Qué?

—Yo no horneo.

—¿Quién ha dicho nada de hornear? —Pacita puso cara de ofendida—.

Yo te traigo un molde porque estaba barato y me acordé de ti.

Si quieres lo usas para guardar botones.

—Dejó el molde encima de la mesa camilla, junto al sobre de la luz, como quien deja una cosa olvidada, y se sentó un momento en el borde de la silla, como sin querer—.

Lo de la Manoli es aparte. El domingo cumple ochenta y siete, la pobre, y no puede bajar por lo de la cadera, ya sabes.

¿Tú sabes cuántos cumpleaños le quedan a una a esa edad?

Pocos, hija. Se cuentan con los dedos de una mano y sobran dedos.

—Suspiró con un arte que ya quisieran en el Teatro Español—.

Pero nada, déjalo. Compramos un brazo de gitano en el Mercadona y ya está. Lleva nata y todo.

Y se fue. Así, sin más. Dejándome el molde encima de la mesa y la bomba puesta.

Un brazo de gitano del Mercadona. Para el ochenta y siete cumpleaños de una mujer que no sale de casa desde Reyes. La muy bruja sabía perfectamente lo que hacía.

* * *

Estuve dos días sin tocar el molde. Lo dejé encima de la mesa camilla, mirándome. Yo lo miraba a él. Una guerra fría entre una repostera arruinada y un cacharro de aluminio de tres euros.

Porque la cuestión no era el molde. La cuestión era todo lo demás.

Yo había jurado no volver a hornear. Y no lo había jurado por capricho.

Lo había jurado el día que eché el cierre de «Migas» por última vez, con el banco detrás y Víctor por delante, prometiéndome a mí misma que no volvería a meterme en una cocina profesional aunque me pagaran, porque cada vez que yo hacía algo bonito con las manos alguien encontraba la manera de convertirlo en una factura y en una traición.

Hornear me había costado un negocio, una pareja, cuarenta y un mil euros y la última conversación con mi abuela.

Hornear, en mi cabeza, era sinónimo de ruina.

Y no era solo el dinero, aunque el dinero diera para una novela de terror él solo.

Era que yo había puesto en aquel obrador todo lo que tenía, y no hablo de euros: hablo de las cinco de la mañana, de los domingos, de las navidades trabajando, de la fe entera de creer que una cosa buena hecha con las manos puede sostenerte la vida.

Y la respuesta que me dio el mundo a esa fe fue una deuda y un hombre que dejó de cogerme el teléfono.

Volver a hornear era volver a creer. Y de creer andaba yo muy escarmentada.

Pero esto no era «Migas». Esto era una tarta para una vieja que cumplía años y no podía bajar a soplar las velas.

Y eso, por lo visto, era una excepción que mi cabeza no había contemplado en el contrato.

El sábado por la noche bajé al comedor cuando ya no quedaba nadie, con el molde debajo del brazo y el cuaderno de Amparo en la otra mano, y encendí el horno.

El viejo, el que abre la puerta como si te hiciera un favor.

Y mientras esperaba a que cogiera temperatura, me quedé un rato de pie en medio de aquella cocina, sola, con las manos vacías, muerta de miedo.

Porque hay un terror muy concreto, que solo conoce la gente que ha sido buena en algo y lo ha perdido, y es el terror a descubrir que ya no sabes.

Que se te ha ido. Que aquello que un día hiciste mejor que casi nadie ahora te sale mal, como a un principiante, y que entonces ya no te quedará ni el consuelo de lo que fuiste.

Pesé la harina con ese miedo metido en el cuerpo.

Y entonces pasó lo que pasa siempre, lo que no había querido recordar en ocho meses: que las manos saben.

Que aunque la cabeza tenga miedo, las manos se acuerdan.

Tamicé sin pensar. Separé las claras con un golpe seco contra el borde del bol, ese gesto que aprendí subida a un taburete en la cocina de mi abuela antes que a leer.

Monté, batí, integré con movimientos envolventes que no he tenido que decidir, porque los llevo en los tendones.

El azúcar, la mantequilla pomada, la ralladura de limón.

La masa cogiendo cuerpo, brillante, viva.

Olía a obrador. A las seis de la mañana de hacía tres años, cuando esto era mi vida y no mi duelo.

El horno calentando, la mantequilla derritiéndose, el limón.

Hay olores que son máquinas del tiempo, y aquel me devolvió de un tirón a la chica que fui, la de antes de Víctor, la que tarareaba mientras laminaba porque le parecía que tenía la mejor profesión del mundo.

La había echado tanto de menos que casi no me atrevía a saludarla.

Y en algún momento, no sé cuándo, se me olvidó tener miedo.

* * *

No voy a mentir y decir que fue fácil. La primera tarta se me bajó en el centro y la tiré a la basura soltando tacos que habrían escandalizado a la Manoli.

La segunda la saqué un pelín pronto. Pero la tercera salió.

Salió alta, dorada, esponjosa, con esa cúpula ligeramente agrietada que tienen los bizcochos cuando están bien hechos, y al sacarla del horno y darle la vuelta sobre la rejilla y oír ese «toc» hueco y perfecto, me entró por el pecho una cosa caliente que no me pasaba desde hacía tanto que casi no la reconocí.

Era alegría. Pura y dura. La alegría tonta de haber hecho una cosa bien.

La rellené de crema, la cubrí, le hice un trenzado de nata en el borde con la manga pastelera (sí, la manga pastelera, la de mi juramento, esa misma) y, ya puestos, ya entregada del todo, lo rematé con unas virutas de chocolate y, en una esquina, con dos hojaldritos en forma de cuerno pintados con huevo, porque algunas cosas, por lo visto, ya no sé hacerlas sin firmar.

Eran las tres de la mañana cuando terminé. Estaba agotada, pringada de harina hasta las cejas, con quemaduras nuevas en el antebrazo y una tarta en medio de la mesa del comedor que, lo digo yo que he ganado dos premios, estaba para hacerle una foto.

Y me eché a llorar. Otra vez. Esta familia me está convirtiendo en una regadera.

Lloré un poco por Amparo, que me enseñó todo esto y no estaba allí para verlo.

Lloré un poco por «Migas», por la chica que fui, la que abría su obrador a las seis de la mañana llena de planes, antes de saber cómo terminaba la película.

Y lloré un poco, también, de alivio. Porque resulta que no se me había ido.

Que seguía ahí. Que Víctor se había llevado el negocio, la cuenta corriente y la dignidad, pero esto, lo de las manos, no había podido robármelo, porque esto nunca fue suyo.

Esto era mío. Y de mi abuela. Y, por lo que parece, no había contrato ni juramento que lo borrara.

* * *

El domingo, cuando subieron la tarta a casa de la Manoli con una vela del siete y otra del ocho (porque velas del ochenta y siete no había, pero ganas de sumar tampoco faltaban), se montó en aquel piso pequeño una fiesta que no me esperaba.

La Manoli, que es una mujer de pocas lágrimas, según Carmina, se puso a llorar al ver la tarta.

Dijo que hacía años que nadie le hacía una tarta de cumpleaños, que desde que murió su Paco compraba un sobado en el chino y se cantaba el cumpleaños feliz ella sola.

Lola sacó el vermut de donde saca el vermut siempre, que es un misterio sin resolver, y brindó por «la repostera de la casa», y a mí se me subieron los colores como a una cría.

Carmina hizo veinte fotos movidas con el móvil, que maneja como si fuera un ladrillo, y juró que se las iba a enseñar a todo el barrio puerta por puerta, que para eso tiene el periódico hablado más eficiente de Lavapiés.

Encarna, la recelosa, la de las cuentas, probó un trozo, masticó muy seria, y soltó su veredicto, que en su escala equivale a una ovación de pie:

—Pues está buena. Tiene su trabajo, esto.

Y Pacita, que llevaba toda la fiesta sospechosamente callada para lo que es ella, se me acercó, me cogió del brazo y me dijo al oído, con un brillo en los ojos que no presagiaba nada bueno:

—Esto hay que repetirlo, ¿eh? Una cosa así de bonita no se hace una vez y para de contar. —Me dio una palmadita en la mano—. Yo ya estoy pensando para quién.

—Pacita, ni se te ocurra.

—Pero si yo no he dicho nada. ¿He dicho yo algún nombre? —Sonrió, angelical—. Tú haz tartas, niña, que para lo demás ya estoy yo.

Y Reme, que no había dicho nada en todo el rato, se acercó al final, cortó un pellizco con los dedos, lo probó, y me miró con esos ojos suyos que lo ven todo.

—Con mucho amor —dijo.

—Y mantequilla —contesté yo, sin pensarlo, y se nos escapó la sonrisa a las dos a la vez.

—Mucha —remató ella—. No has sido rácana. Esa es de las que habría hecho tu abuela.

Y, de todos los premios provinciales que tengo metidos en un cajón, ninguno me ha sabido a tanto como esa frase dicha por una mujer de ochenta y dos años con la boca llena de mi tarta.

* * *

Esa noche, ya en casa, hice balance. Y fui justa, que es lo mínimo.

No me había curado. Que quede claro, no sea que alguien se venga arriba.

Seguía debiendo cuarenta y un mil euros que no tenía.

Seguía sin querer ni acercarme a la idea de montar nada profesional, de volver a poner mi nombre y mi dinero en un local con un rótulo, porque el pánico a que se repitiera la película seguía exactamente donde lo dejé.

Una tarta para una vecina no me arreglaba la vida.

La sanación, si es que esa palabra significa algo, no se cocina en una noche.

Las cosas que se rompen de verdad no se arreglan con una tarta, igual que no se arreglan con un hombre guapo que aparece por tu corrala con una carpeta, por mucho que las dos cosas te hagan olvidar el agujero un rato. Eso lo tenía clarísimo. O eso me decía.

Pero.

Pero por primera vez en ocho meses me había pasado seis horas seguidas sin pensar en lo que había perdido, porque estaba demasiado ocupada haciendo algo.

Por primera vez en ocho meses me había acostado oliendo a vainilla y a horno en vez de a tabaco y a insomnio.

Y por primera vez en ocho meses, tumbada en la cama de mi abuela mirando el techo, me atreví a decirme a mí misma, en voz muy baja y muy a regañadientes, como quien confiesa un delito, la verdad que llevaba todo ese tiempo negando:

—Lo echaba de menos.

Lo dije, y me quedé muy quieta, esperando a que me cayera encima el castigo por haberlo admitido. No cayó nada. Solo el sueño, por fin, de un tirón, sin pastillas.