Con Mucho Amor (y mantequilla) 22. El barrio entero
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22. El barrio entero

El barrio entero

El primer domingo de diciembre, el comedor se llenó como no lo había visto nunca.

No sé muy bien cómo pasó. Empezó como un domingo normal y, hacia la una, aquello era una romería.

Vino la Manoli del tercero, bajada en su silla por dos sobrinos, porque dijo que después de la tarta de cumpleaños ya no se perdía un domingo aunque la tuvieran que bajar a hombros.

Vino don Aurelio, de punta en blanco, con la raya del pantalón que cortaba el aire.

Vinieron los del bajo de enfrente, y la familia ecuatoriana del segundo con sus tres niños, y una señora nueva que se había quedado viuda hacía poco y a la que Carmina había reclutado en la cola del pan, y dos chavales jóvenes que compartían piso y andaban sin un duro a fin de mes, y hasta el del kiosco, que cerró media hora para venir a comer caliente.

Reme había hecho cocido. Cocido para un regimiento, en la olla grande, la del tamaño de una lavadora, esa que solo sale los días señalados.

Y yo había hecho postre para todos: una bandeja inmensa de arroz con leche, con su canela quemada por encima haciendo dibujos, y dos docenas de magdalenas, y, porque ya no sé hacer otra cosa, una hilera de croissants que volaron antes de que me diera cuenta.

Aquello no era un comedor. Aquello era una boda sin novios. Un sitio donde cabía todo el mundo.

* * *

Las abuelas estaban en su salsa, cada una en su papel de siempre, como una compañía de teatro que lleva cuarenta años con la misma función y se la sabe de memoria.

Reme presidía desde los fogones, sudando, mandando, con la cuchara de palo de cetro, repartiendo cocido y broncas a partes iguales: «¡que repitas, que estás en los huesos!

», «¡las manos lavadas antes de sentarse!

», «¡el garbanzo no se deja, que ha costado Dios y ayuda!

». Carmina hacía de relaciones públicas, yendo de mesa en mesa con su periódico hablado, enterándose de todo, contándolo todo, casando una información con otra como quien teje.

Encarna, en su rincón, con la caja de galletas danesas convertida en hucha, vigilaba la ranura con ojo de halcón y, cuando alguien echaba un billete en vez de una moneda, fingía no verlo para no avergonzarlo, que era su manera rácana y tierna de cuidar la dignidad de la gente.

En un momento, Carmina se plantó en la cocina con una noticia fresca.

—Que dice la del quinto que su hijo se va a Alemania. A trabajar. Una pena.

—La del quinto lleva diciendo que su hijo se va a Alemania doce años —dijo Reme sin levantar la vista de la olla—. Ese no se va de Lavapiés ni aunque le paguen el avión.

—Yo solo informo —dijo Carmina, muy digna, y se fue a seguir informando.

Encarna, desde su rincón, hizo cuentas de lo que había caído en la hucha, frunció el ceño y dio su parte de guerra:

—Hoy comemos a pérdidas. Treinta bocas y la mitad no echa ni un euro en la caja.

—Hoy comemos en familia, Encarna. Que no es lo mismo que comer gratis.

—Para el butano es exactamente lo mismo —refunfuñó Encarna. Pero le vi servirle un cucharón de más al chaval que andaba sin trabajo, así que de rácana, lo justo.

Y en medio de todo aquel jaleo, en una mesa apartada, junto a la ventana del patio, estaba pasando otra cosa. Una cosa pequeña y enorme.

Lola y don Aurelio.

* * *

Yo llevaba semanas viéndolo venir, la verdad.

Lola, que había sido cupletista en el Salón Pompeya cuando el mundo era joven, que todavía se pintaba los labios de rojo cada mañana aunque ya no fuera a verla nadie, había empezado a sentarse siempre cerca de don Aurelio.

Y don Aurelio, viudo desde hacía seis años, que venía al comedor más por no comer solo que por hambre, había empezado a afeitarse con esmero los domingos.

Las demás abuelas, claro, lo habían visto antes que nadie y llevaban semanas con la operación en marcha.

Pacita los sentaba juntos «por casualidad».

Carmina dejaba caer, como quien no quiere la cosa, que don Aurelio había sido muy buen marido, que enviudó sin merecerlo.

Reme le ponía a Aurelio, los días que venía Lola, un trozo más grande de carne, soborno puro.

Hasta Encarna, que de romanticismos no entiende, les guardaba siempre la mesa de la ventana, la buena, la de la luz.

El comedor entero, sin decirlo, había decidido que aquellos dos viejos tenían derecho a una última primavera, y se había puesto a conspirar para regalársela.

Aquel día lo vi claro. Don Aurelio había traído algo. Un paquetito, envuelto con un papel que se notaba reutilizado de otra cosa, atado con una cinta. Y, con un disimulo que no engañaba ni a los niños, se lo deslizó a Lola por encima del hule.

—Para usted —dijo, mirando el cocido con un interés repentino—. Que el otro día la oí decir que ya no los hacían.

Lola abrió el paquete. Eran caramelos. De violeta. De esos antiguos, de lata, que ya casi no se encuentran, los que tomaban las señoras en los teatros de antes.

Y vi a Lola, una mujer de ochenta años que ha enterrado maridos y cantado en tablaos y visto de todo en esta vida, ponerse colorada como una quinceañera. Se llevó una mano al pecho. Cogió un caramelo, se lo metió en la boca, cerró los ojos, y cuando los abrió los tenía húmedos.

—Sabe igual que entonces —dijo—. Madre mía. Igual que entonces.

—Pues hay más donde comprar esos —dijo don Aurelio, muy digno, muy colorado él también—. Si a usted le apeteciera, un día, dar un paseo. Hasta la tienda. Conmigo.

Y Lola, la cupletista, la deslenguada, la que tiene respuesta para todo, no encontró ninguna. Solo asintió, con la boca llena de violetas y los ojos llenos de cincuenta años atrás, y le puso una mano arrugada encima de la suya.

Tuve que darme la vuelta y hacer como que vigilaba el horno, porque se me había metido algo en el ojo.

Y mientras fingía, pensé una cosa que se me quedó dentro: que resulta que el amor no entiende de fechas de caducidad.

Que a los ochenta, igual que a los treinta, puede entrar por la puerta de una cocina, en forma de un paquete de caramelos de violeta, y ponerte el corazón del revés.

Que era exactamente lo que me había pasado a mí.

Solo que ellos llegaban tarde y con más entierros a la espalda, y aun así llegaban, con una valentía que a mí, treinta años más joven, me daba sopas con honda.

* * *

Comimos todos juntos. Veinticinco, treinta personas, apretadas en las mesas corridas, los niños correteando, el vino corriendo, las conversaciones pisándose.

Don Aurelio le pidió a Lola que cantara algo de antes, y Lola se hizo de rogar lo justo y luego cantó, de pie, con esa voz cascada que todavía guardaba un eco de la de antes, un cuplé que se sabían los viejos y aplaudieron a rabiar.

Reme sacó el orujo del bueno, el que esconde.

Los niños ecuatorianos se pelearon por el último croissant.

El del kiosco contó un chiste malísimo y nos reímos igual.

En un momento, la madre ecuatoriana del segundo se acercó a darme las gracias por el arroz con leche, con uno de sus niños colgado de la falda, y me dijo que en su país también lo hacían, casi igual, y que comerlo allí, en aquel sótano de Lavapiés, le quitaba un poco la morriña de su tierra.

Y se me ocurrió que eso era el comedor, también: un sitio donde cabían todas las morriñas, las de aquí y las de allá, y donde un plato de arroz con leche podía ser, a la vez, el de la abuela de una y el de la abuela de otra, aunque las dos abuelas estuvieran a un océano de distancia o debajo de la tierra.

Y yo, en algún momento, me retiré un poco. Me apoyé en el quicio de la puerta de la cocina, con un trapo al hombro, y miré.

Miré aquello que tenía delante y se me hizo un nudo de pura plenitud.

Porque aquel sitio, aquel bajo destartalado con el hule a cuadros y la persiana medio rota, no era un local.

Era lo único que le quedaba a mucha de aquella gente.

Era el único plato caliente de la Manoli, que vivía sola.

Era la única compañía de don Aurelio. Era la familia de aquellos chavales sin dinero, y el respiro de la madre ecuatoriana, y la corte de Lola, y la razón de levantarse de Reme, y el sitio donde una repostera arruinada y rota había vuelto a ser persona.

Aquel sitio sostenía vidas. Discretamente, sin licencia, sin que nadie lo supiera, con una olla y cinco viejas y una caja de galletas con una ranura, aquel sitio sostenía media docena de vidas que sin él se vendrían abajo.

Lo pensé con orgullo. Y, un segundo después, con un pinchazo de algo que no supe nombrar. Como cuando quieres demasiado una cosa y de pronto te asalta el miedo tonto de perderla.

Lo aparté. No era día de miedos.

* * *

A Pacita la senté a mi lado un rato, en un respiro, cuando ya el jaleo aflojaba.

Estaba más menuda que nunca, hundida en su rebeca, y se cansaba solo de mirar el barullo.

Comió cuatro cucharadas de arroz con leche, despacio, y dejó el resto.

Pero tenía los ojos vivos, encantada, mirándolo todo, y cuando le señalé con la barbilla a Lola y a don Aurelio, que seguían en su esquina como dos adolescentes con artrosis, se le iluminó la cara.

—Ay, esos dos —dijo, bajito, para que no la oyeran—. Llevo yo detrás de eso desde antes que de lo tuyo. —Me guiñó el ojo, con un resto de su picardía de directora de cine—. Ya solo me queda esa por colocar. Cuando esos dos den el paso, ya me puedo morir tranquila.

—Pacita.

—Es una manera de hablar, mujer. —Me dio una palmadita en la rodilla, y se rio, y la risa se le enredó en una tos que tuvo que disimular con la servilleta—. Qué bien ha quedado hoy todo esto, ¿eh? Mira qué lleno. Esto no se cae. Un sitio así no se cae.

—No se cae —dije yo.

Y le pasé un brazo por los hombros, y se quedó allí, apoyada en mí, pequeñita, mirando su comedor lleno de gente. Y las dos nos quedamos un rato así, calladas, creyendo lo mismo: que un sitio donde se quiere a tanta gente no se lo puede llevar nadie.

* * *

Aquella tarde, cuando se fue vaciando el comedor y nos quedamos recogiendo, con las sobras repartidas en fiambreras para los que no habían podido bajar y la cocina hecha un desastre feliz, yo era más feliz de lo que recordaba haber sido en años.

Tenía un sitio. Tenía una familia de cinco viejas imposibles y medio barrio.

Tenía a un hombre que me hacía reír y al que le hacía croissants.

Lo tenía todo, por primera vez en mucho tiempo.

Reme me pilló mirando el comedor vacío con cara de boba, el trapo parado en la mano.

—¿Qué miras tú ahí pasmada?

—Nada. Que está bien esto.

—Está bien, sí —dijo, y se quedó un momento a mi lado, las dos mirando las mesas corridas, el corcho con los nombres, la olla ya fría—. Cuarenta años lleva estando bien. Y los que le quedan. —Me devolvió a la mano el trapo que yo había dejado parado—. Anda, seca, que de mirar no se friega.

Y sequé. Y me reí. Y aquella tarde, te lo juro, no pensé ni una sola vez en que las cosas buenas se acaban. Olía a canela, Lola tenía un paseo pendiente, Pacita estaba cansada pero viva, y yo, por primera vez en mucho tiempo, estaba en casa.

Y a veces estar en casa es justo eso: el último sitio donde te crees que no te pueden echar.