13. Casi
Casi
Hay noches en que el comedor, ya cerrado, es el sitio más bonito de Madrid.
Apagadas las luces grandes, con solo el fluorescente de la cocina parpadeando y el rumor del barrio entrando por el patio, aquel local de mesas con hule a cuadros se volvía un sitio recogido y cálido, de los que dan ganas de no irse.
La olla aún tibia sobre el fuego apagado, el corcho de los cuarenta nombres en penumbra, las fotos de Reme y mi abuela de jóvenes vigilándolo todo desde la pared.
Un sitio que olía a que alguien te esperaba, aunque no te esperara nadie.
Aquella noche en concreto habíamos tenido jaleo: al día siguiente venía no sé qué del ayuntamiento a inspeccionar los contadores de gas de la corrala (ironías del barrio), y Reme había decidido que, ya puestas, dejábamos preparado medio guiso del día siguiente.
Así que se había hecho tarde. Tardísimo.
Una a una, las abuelas habían ido cayendo.
Carmina, la primera, que mañana madrugaba para el médico.
Lola, después, no sin retocarse el pintalabios para subir tres pisos por si acaso.
Encarna, refunfuñando que esas horas no eran horas.
Y Pacita, la última, a la que aquella noche se le notaba el cansancio en la cara y una tos que no terminaba de irse, había subido a su piso con un «yo ya no doy más de mí, niños» y un beso a cada uno.
Y me había quedado yo. Terminando.
El problema, el problema de siempre, era que también se había quedado él.
—Puedes irte —le dije, fregando la olla mediana—. En serio. Que mañana lo de los contadores lo arreglan ellos, no hace falta que lo supervise el enfoque integral a las once de la noche.
—Ya casi está. —Gabriel secaba cucharones con un trapo, las mangas remangadas, la corbata hacía rato desaparecida—. Si me voy ahora, te toca todo a ti.
—Llevo fregando ollas yo sola toda la vida.
—Pues hoy no.
Me lo dijo igual que decía siempre las cosas: tranquilo, rotundo, sin dejar resquicio.
«Pues hoy no.» Y yo, que tenía un repertorio entero de respuestas ingeniosas, no usé ninguna.
Seguí fregando, y noté, sin mirarlo, que él seguía secando, y que entre el agua y los cacharros se había instalado un silencio distinto de los otros. Un silencio con cosas dentro.
Para romperlo hice lo de siempre: hablar.
—¿Tú no tienes casa? —pregunté—. Una de verdad, digo. Con sofá, y vecinos que no te mandan pelar ajos.
—Tengo casa.
—¿Y cómo es?
—Ordenada. —Lo dijo como si fuera una virtud, y a lo mejor para él lo era—. Todo en su sitio. Silenciosa.
—Suena a consulta de dentista.
—Suena a que nadie me grita «¡marchando!» a las dos de la tarde. Que es más de lo que puedo decir de aquí.
—Y, sin embargo, aquí sigues. A las once de la noche. Secando un cucharón que ya estaba seco.
Se quedó un momento con el cucharón en la mano, pillado, y por una vez no tuvo respuesta rápida. La dejó pasar, dejó el cucharón, y dijo, más bajo:
—Aquí se está mejor que en mi casa. No me preguntes por qué, que no te lo voy a saber explicar.
Y yo, que tenía munición para diez réplicas, no disparé ninguna.
Porque sabía exactamente a qué se refería.
Yo también estaba mejor allí, en una cocina que no era mía, fregando ollas que no eran mías, que en cualquier otro sitio del mundo.
Y las dos cosas, la suya y la mía, se quedaron flotando un momento sobre el fregadero sin que ninguno se atreviera a tocarlas.
* * *
—Las ollas grandes van arriba —dije, cuando terminamos, señalando la balda de encima de los armarios, donde Reme guardaba el arsenal pesado—. Si me las pasas, las subo yo.
Arrastré una silla, me subí y empecé a colocar. Él me iba pasando las ollas desde abajo, una a una, y yo las encajaba en lo alto, de puntillas, estirándome más de lo que mi estatura tenía pensado para mí.
—La que pesa —dije, recibiendo la olla del cocido, esa que parece de fundición de cañones.
—Cuidado.
—Puedo con una olla, Gabriel. He cargado sacos de harina de veinticinco kilos.
No pude. O sí pude, pero al estirarme para meterla al fondo la silla decidió bailar, y por un segundo el suelo y yo dejamos de tener una relación estable. Noté la olla irse hacia un lado, mi propio peso irse hacia el otro, y me preparé para el ridículo y el chichón.
No llegaron. Llegó él.
Una mano firme en mi cintura, sujetándome contra la caída, y la otra parando la olla en el aire con un reflejo que no le pega a un hombre de despacho.
Me estabilizó sin esfuerzo, como si pesara lo que pesa un suspiro, y se quedó ahí, sujetándome, conmigo todavía subida a la silla y él de pie, de modo que por una vez yo estaba más alta y nuestras caras quedaban casi a la misma altura, a un palmo, en aquella cocina diminuta y mal iluminada.
—Te tengo —dijo.
Y no me soltó.
Y yo no me bajé.
Tendría que haberme bajado. Era lo lógico: ya estaba estabilizada, la olla a salvo en lo alto, el peligro pasado.
No había una sola razón sensata para seguir allí subida, con su mano todavía en mi cintura y la mía, sin que yo lo hubiera decidido, apoyada en su hombro.
Pero ninguno de los dos se movió. Nos quedamos así, suspendidos, como la persiana aquel día, aguantando un peso que ya no tenía nada que ver con ninguna olla.
Hay momentos en que el cuerpo decide cosas antes que la cabeza, y la cabeza llega tarde, jadeando, con el informe.
Yo notaba su mano en la cintura, el calor de la palma a través de la camiseta, su respiración, el olor a sofrito y a sudor limpio y a él.
Tenía los ojos más oscuros de lo que recordaba.
Bajó la vista a mi boca, esta vez sin disimulo ninguno, y la subió otra vez, y la pregunta quedó flotando entre los dos sin que ninguno la dijera.
—Esto es muy mala idea —susurré, que es lo más cerca del «sí» que sé decir.
—Malísima —dijo él, sin moverse ni un milímetro hacia atrás.
—De las peores.
—La peor que he tenido en mi vida.
—Trabajas para los que quieren echarnos —dije, en un último intento de que la cabeza ganara la partida—. No debería ni mirarte.
—No deberías —admitió. Y había algo extraño en cómo lo dijo, algo que pesaba, como si me estuviera dando la razón en bastantes más cosas de las que yo sabía que le estaba diciendo.
—Pues entonces.
—Pues entonces.
Y ninguno se apartó.
Al contrario. Nos estábamos acercando, despacio, lo justo, en ese viaje lentísimo de los dos últimos centímetros que dura más que el resto del camino.
Pero a mitad de ese viaje pasó algo.
Algo le cruzó la cara. Un segundo, no más.
Una sombra que venía de muy adentro, de un sitio al que yo no tenía acceso.
Frenó. Una fracción de nada, imperceptible para cualquiera que no estuviera, como yo estaba, con la boca a tres dedos de la suya.
Pero lo vi. Algo lo retenía justo ahí, algo se le ponía por delante en el peor momento, y no supe qué era.
Iba a apartarme, herida en mi orgullo, dispuesta a soltar una de las mías para tapar el agujero, cuando se encendió la luz grande del comedor.
—¡Ay! ¡Madre mía! ¡Que no he visto nada!
Pacita.
En camisón, con una rebeca por encima, las gafas torcidas y una mano en el corazón, plantada en la puerta de la cocina como una aparición mariana de metro y medio.
* * *
Me bajé de la silla a la velocidad del rayo. Gabriel dio un paso atrás y se concentró en doblar el trapo con la dedicación de un cirujano. Y Pacita, que se había tapado los ojos con una mano pero miraba descaradamente entre los dedos, empezó a deshacerse en disculpas que no engañaban a nadie.
—Perdón, perdón, perdón. Yo no estoy aquí. Vosotros seguid, seguid, hacéis como que no he bajado. Yo solo venía a por el jarabe, que con esta tos no pego ojo, y me caliento un poco de leche, y me subo, y no me veis. ¿Eh? Como si fuera invisible.
—Pacita —dije, con la cara ardiendo—, no estábamos…
—¡Que no he visto nada, hija! —Sonreía como no la había visto sonreír nunca, una sonrisa de oreja a oreja, la de quien lleva tres semanas regando una planta y por fin le ve un brote—. Faltaría más. Lo que hagáis dos personas mayores subidas a una silla a estas horas es cosa vuestra.
—Estaba colocando las ollas.
—Las ollas. Claro. —Se fue arrastrando las zapatillas hacia el armario de las medicinas, encantada de la vida—. En mis tiempos también se llamaba así.
Gabriel, detrás de mí, hizo un ruido que podía ser una tos o una risa estrangulada. No me giré a comprobarlo.
Pacita cogió su jarabe y se sirvió su leche con una parsimonia que estoy segura de que alargó a propósito para no perderse detalle.
La metió en el microondas y se quedó allí plantada, muy recta, tarareando, esperando los cuarenta segundos como si fuera lo más normal del mundo sorprender a la nieta de tu amiga muerta a punto de comerse a un administrador encima de una silla coja.
Fueron los cuarenta segundos más largos de mi vida.
Gabriel los empleó en recolocar tres cucharones que ya estaban colocados.
Yo, en pedirle al sumidero que me tragara.
Antes de irse, ya en la puerta, se volvió, nos miró a los dos con sus ojos pequeños y vivos, y dijo, ahora sin guasa, con una dulzura que me desarmó más que cualquier broma:
—Está bien que os riáis. Los dos. Hacía falta. —Y luego, recuperando el tono—: Buenas noches. Y la silla, niña, que se cojea. No vaya a ser que os matéis colocando ollas.
Y se fue, tan campante, dejándonos a los dos plantados en una cocina que de pronto se había quedado enorme otra vez, y muchísimo más vacía.
* * *
Gabriel se fue poco después. Un «buenas noches» raro, una mirada que empezó una frase y no la terminó, y la puerta.
Yo subí a casa de mi abuela, me senté en la mesa camilla con el abrigo todavía puesto, y me dediqué a lo que mejor se me da después de hacer postres: ponerme furiosa conmigo misma.
Porque ¿en qué estaba pensando? ¿En qué cabeza cabía?
Yo había venido a Madrid huyendo de exactamente esto.
Había hecho dos promesas muy claras la primera noche, en aquella misma mesa: no volver a cocinar, y no volver a querer a nadie.
La primera ya la tenía medio rota, con harina hasta los codos y un «mi cocina» que se me escapaba solo.
Y ahora, por lo visto, me había propuesto cargarme también la segunda, y encima con el peor candidato posible: un tío con traje, con secretos, que aparecía por la corrala con excusas de garrafón y al que ni siquiera acababa de entender.
Porque eso era lo otro. Esa sombra. Ese frenazo de un segundo a tres dedos de mi boca.
¿Qué había sido aquello? Un hombre no para en seco cuando va a besar a alguien a quien lleva semanas rondando, a menos que tenga algo.
Algo que no cuenta. Y yo, tonta de mí, en lugar de salir corriendo de los hombres que tienen algo que no cuentan, que ya tuve uno y me costó cuarenta y un mil euros, me dedicaba a subirme a sillas cojas con ellos.
Con Víctor también había empezado así. Con esa sensación de que el mundo era un sitio más interesante con él dentro.
Con esa facilidad. Y ya sabía yo cómo acababan las cosas que empezaban siendo fáciles: acababan con mi firma de avalista en un papel y mi nombre en una lista de morosos.
Había jurado, con la mano en el pecho y la cabeza por una vez de acuerdo, no volver a sentir esa facilidad por nadie en la vida.
Y allí estaba, un año después, sintiéndola otra vez en una cocina prestada, por un hombre del que no sabía ni la mitad.
Pero por encima de la furia, debajo de la furia, mezclado con la furia, estaba lo otro. Lo que no pensaba reconocer ni bajo tortura. Que durante esos dos centímetros que no llegamos a recorrer yo había estado más viva que en todo el último año junto.
Y no era el deseo lo que me daba miedo. El deseo se gestiona.
Lo que me daba miedo era lo que venía detrás: las ganas de contarle cosas.
De preguntarle por esa sombra que le había cruzado la cara.
De arreglarle yo a él, por una vez, algo de lo que se le hubiera quedado atascado por dentro.
Eso no se gestiona. Por ahí es por donde se hunden los barcos.
Me levanté. Me hice una tila. Y mientras esperaba a que reposara, me dije a mí misma, muy seria, la mentira más grande que me he dicho nunca:
—No pasa nada. No significa nada.
Lo dije en voz alta, a la cocina vacía, con la autoridad de quien lee un informe.
Repasé las pruebas a favor. Una: no nos habíamos besado.
Dos: por lo tanto, no había pasado nada.
Tres: lo que no pasa, no cuenta. Cuatro: yo era una mujer adulta, con un máster en desastres sentimentales, perfectamente capaz de subirme a una silla con un hombre sin que aquello significara absolutamente nada.
La parte contraria, sin embargo, presentó una única prueba: el recuerdo de su mano en mi cintura, que se me había quedado pegado a la piel todo el camino escaleras arriba como si me lo hubieran cosido.
El jurado, que era yo, no consiguió ponerse de acuerdo consigo mismo.
Y, por si la tila tenía oídos, añadí el argumento definitivo, el irrebatible, el que demostraba que mi promesa seguía intacta:
—Además, ese hombre no tiene ni idea de lo que es una manga pastelera. Así que, técnicamente, no cuenta.
Me lo creí lo que tarda en enfriarse una tila.
O sea, nada.