12. Doble contabilidad
Doble contabilidad
A las ocho de la mañana redactaba el informe que iba a vaciar la corrala. A las once estaba en la corrala, pelando ajos.
Esa era mi vida desde hacía una semana. Doble contabilidad. En una columna, lo que escribía. En la otra, lo que vivía. Y cada día el abismo entre las dos columnas era más hondo, y yo me asomaba a él un poco más, sabiendo perfectamente que esas cosas terminan con uno cayéndose dentro.
El informe no decía que Remedios reinaba sobre una olla del tamaño de una lavadora como una almirante sobre su barco, ni que me había enseñado a desencajar una persiana asegurándome que las persianas se aprenden sufriendo, igual que todo lo demás.
El informe decía: «Volumen estimado: entre cuarenta y cincuenta comensales diarios. Reparto a domicilio a tres viviendas del inmueble.»
El informe no decía que una de esas tres viviendas era la de un viudo al que se le venía la casa encima de soledad, y que aquel táper no era comida: era la única puerta que se le abría en todo el día, la única cara que entraba a preguntarle qué tal.
El informe decía: «Se recomienda prolongar la fase de documentación hasta diciembre, a fin de blindar el expediente frente a un eventual recurso fundado en el carácter asistencial de la actividad.»
El informe no decía que esa recomendación era mentira.
Que tenía pruebas de sobra. Que cada día que pedía «para documentar» era un día que les robaba a mi padre y a la grúa, y que lo robaba no por el expediente, sino por seguir pelando ajos al lado de una mujer que cortaba la cebolla, y a la gente, con la misma facilidad pasmosa.
El informe ni siquiera la mencionaba a ella por su nombre.
En la jerga de los expedientes, Candela Ortega era «ocupante de la vivienda segunda, en virtud de subrogación pendiente de verificar».
Cinco palabras frías para una mujer que había montado y perdido un obrador, que cargaba con una deuda que ni siquiera era suya, que cortaba la cebolla apretando los dientes para no llorar por cosas que no tenían nada que ver con la cebolla, y que hacía el mejor croissant que yo he probado en mi vida.
«Subrogación pendiente de verificar.» Así se escribe a una persona cuando lo que de verdad quieres es no tener que mirarla a los ojos.
Llevaba ocho años escribiendo informes así. Nunca me había parado a leer lo que no decían.
* * *
Mi padre me citó en el despacho un jueves. No me llamó por teléfono. Me citó. Y cuando mi padre prefiere verte la cara a oírte la voz, es que la cosa ha dejado de ser una conversación y ha pasado a ser un aviso.
Subí a la planta cuarenta y dos. El despacho de mi padre es una caja de cristal sin una sola fotografía, ni un diploma, ni nada que diga que ahí dentro vive una persona.
Solo una mesa, dos sillas y Madrid entero a sus pies, encendiéndose a media tarde como lo que para él siempre ha sido: un inventario. Casas que son de quien las paga.
—Siéntate.
Me senté.
—El fondo ha firmado —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—. Esta misma mañana. Con su cláusula de entrega.
—¿Qué cláusula?
—Posesión libre. El edificio entero, vacío.
Sin un inquilino, sin una olla, sin un gato, antes del treinta y uno de marzo.
Si entregamos un día tarde, penalización por cada día.
Si no entregamos, la operación se cae y la penalización nos la comemos nosotros.
—Giró la pantalla hacia mí—. Mira lo que va a ser.
Y vi lo que iba a ser.
Era un render. Uno de esos dibujos de ordenador con luz de atardecer falsa y gente guapa que no existe.
El patio de la corrala, el de los geranios en latas de tomate y la ropa tendida de pared a pared, convertido en un «patio andaluz reinterpretado» con tumbonas de teca y un olivo solitario en una maceta de cemento.
Las galerías de madera donde Pacita tomaba el sol, ahora barandillas de cristal.
El bajo, donde Reme tenía la olla y las abuelas el alma, rotulado en letra fina: «Espacio gastronómico de autor».
Y por todas partes, turistas de catálogo con maletas de ruedas, sonriendo a la nada, exactamente donde ahora la Manoli del tercero esperaba su comida.
Veinticuatro «units boutique» donde había dieciséis casas.
En aquel render no había un solo rincón donde una abuela pudiera repartir cuernos en una lata.
No estaba pensado para que viviera nadie.
Estaba pensado para que pasaran por allí, durmieran cuatro noches y se fueran, sin enterarse de que dormían encima de cuarenta años de gente.
Pensé en Pilar. Pensé que el piso interior donde se apagó tampoco daba a ningún patio, ni andaluz ni reinterpretado, y se me ocurrió, por primera vez con esas palabras exactas, que a lo mejor mi oficio entero no era más que la forma elegante que había encontrado de seguir firmando, una y otra vez, el mismo papel que la mató, para no tener que perdonarme nunca por no haber podido romper el primero.
Me quedé mirando aquel dibujo más tiempo del que debía. Mi padre lo tomó por entusiasmo.
—Bonito, ¿verdad? Los holandeses pagan por esto cifras que ni tú ni yo veremos juntas en la vida.
—Se permitió media sonrisa, la única que tiene—.
A mí nadie me regaló nunca un patio andaluz, hijo.
Lo que tengo me lo he hecho yo, ladrillo a ladrillo, sin que me temblara la mano.
Tú tienes la suerte de no haber pasado lo que yo pasé. Y la tienes gracias a esto.
Por un segundo, debajo de aquella frase, me pareció ver una grieta. Algo viejo, algo que dolía. Se cerró antes de que pudiera mirarlo.
—Lo quiero en marcha antes de Navidad —siguió, ya sin grietas—. La denuncia presentada, el expediente abierto y la primera notificación en el buzón de esas mujeres antes de que pongan el árbol en Sol. El resto cae solo. Pero el primer empujón lo das tú. Y lo das ya.
—Necesito hasta diciembre para dejarlo a prueba de recursos. Te lo expliqué.
—Para nada necesitas hasta diciembre. —No levantó la voz. Mi padre no levanta la voz; baja la temperatura—. He hablado con Soldevila.
El nombre me cayó encima como una losa.
—No necesito a Soldevila.
—Eso lo decido yo. Soldevila está al corriente del caso.
Por si acaso. Y Soldevila no documenta, ni pela ajos, ni pierde el tiempo.
Soldevila mete un burofax, corta el agua «por obras» y deja que recurran desde la acera mientras se les estropea la comida en la nevera.
Tres semanas, y el edificio vacío. —Me sostuvo la mirada—.
Tú llevas tres semanas dándole vueltas. Me dicen que muchas, en ese patio. Demasiadas para mi gusto.
Así que me vigilaba. Claro que me vigilaba.
—Y no me vengas con que falta documentación —añadió, como si me leyera el cajón—.
La denuncia de un caso así se redacta en una tarde, y tú eres el que más rápido la redacta de todos los que tengo.
Si en Navidad no está presentada, no será porque te falten pruebas.
Será porque no has querido. Y ese día tú y yo vamos a tener una conversación muy distinta de esta.
Ahí estaba la trampa, redonda, marca de la casa.
Porque la denuncia llevaba una semana redactada, impecable, en el cajón.
Mi excusa de que «faltaba documentación» no engañaba a mi padre, ni lo había engañado nunca; me la consentía, de momento, como se le da cuerda a un perro para ver hasta dónde llega antes de ahorcarse él solo.
Mi padre no amenaza. Mi padre te construye un pasillo con una única salida y se sienta a verte caminar por él.
—Estoy haciéndolo bien —dije—. A mi manera.
—Pues hazlo rápido, que tu manera me está saliendo cara. —Volvió la pantalla a su sitio, hacia él, hacia el render de tumbonas y turistas—. Antes de Navidad, Gabriel. O se lo doy a quien no se encariña.
* * *
Bajé los cuarenta y dos pisos en un ascensor de espejos en el que tuve que verme la cara todo el rato. No me gustó lo que vi: un hombre con un buen traje y un render grabado en la retina, calculando cuántos días le quedaban a la cocina donde era feliz.
Porque eso era lo más sucio de todo. Que era feliz.
Era feliz pelando ajos. Era feliz cuando Carmina me contaba barbaridades del barrio, cuando don Aurelio me cogía del brazo, cuando Reme me mandaba cortar en juliana con la autoridad de un general.
Era feliz, sobre todo, las tardes en que el comedor se vaciaba y me quedaba secando bandejas que ya estaban secas solo por no irme, discutiendo con Candela por el grosor de una zanahoria.
Disfrutaba de aquel sitio cada día con más ganas.
Y cada día tenía en un cajón los papeles para borrarlo del mapa y un padre poniéndole fecha.
Hay una palabra para alguien que disfruta de algo mientras prepara su destrucción, y no es una palabra bonita.
La sabía, la palabra. Se la había aplicado a otros muchas veces, desde mi lado de la mesa, cuando algún inquilino me ofrecía café para ablandarme y yo me lo tomaba y firmaba igual.
Traidor. Lo que pasa es que yo siempre había traicionado a desconocidos, que es lo que vuelve soportable este oficio: nunca llegas a saberte sus nombres.
Esta vez me los sabía todos. Sabía que Pacita había enterrado a tres maridos y que tosía lo que no quería que oyéramos.
Sabía que a Encarna no le salían las cuentas y que las cuadraba ella sola para que los demás comieran caliente.
Sabía cómo se reía Candela las pocas veces que se le escapaba.
Y, aun sabiéndolo, seguía con el cajón cerrado y el reloj en marcha.
No era mejor que mi padre. Era peor, porque él, al menos, nunca fingió cariño.
Esa noche, por fin, me dije la verdad entera. En voz baja, en un piso de Chamberí donde no me oía nadie, sin informe de por medio, sin coartada.
No estaba alargando aquello por las abuelas.
Me estaba enamorando de Candela Ortega como un completo idiota, despacio, a fuego lento, pelando ajos, y esa era la peor noticia posible para todo el mundo.
Empezando por ella, que se estaba riendo conmigo junto a un fregadero sin saber que el hombre con el que se reía era el de la carpeta de Encarna. El que venía con buena cara.
Saqué del cajón de la mesilla el medio croissant seco, envuelto en su servilleta, y lo dejé encima de la mesa, a la vista, como quien deja una foto de alguien que ya no está.
Faltaban seis semanas para Navidad.
Y yo, en lugar de hacer lo único sensato, que era no volver a poner un pie en aquel patio, me descubrí pensando en si Candela bajaría mañana al comedor, y a qué hora, y si llevaría el delantal de flores, y si me dejaría cortar a su lado.
Notaba que pronto, muy pronto, aquello iba a dejar de ser pelar ajos y discutir por el grosor de una zanahoria.
Lo notaba venir como se nota un cambio de tiempo en una vieja herida.
Y sabía que cualquier cosa buena que llegara a pasar entre Candela y yo nacería ya marcada por una fecha, la del treinta y uno de marzo, y por una mentira, la mía.
Que vendría con el plazo de caducidad impreso desde el primer día, aunque ella todavía no supiera leerlo.
El reloj corría. Y a mí, que vivo del tiempo, que cobro por contarlo a favor de quien me paga, se me estaba acabando en el peor sitio posible: en una cocina prestada, al lado de la única persona a la que no podía contarle quién era.