Con Mucho Amor (y mantequilla) 11. Pinche a la fuerza
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11. Pinche a la fuerza

Pinche a la fuerza

No sabría decir en qué momento exacto pasé de ser «la nieta de la dueña que pasaba por aquí» a ser, oficialmente y sin que nadie me consultara, la pinche del comedor.

No hubo contrato. No hubo sueldo. No hubo un día concreto.

Fue como meterse en el agua fría: primero un pie, luego el otro, y de pronto estás dentro hasta el cuello preguntándote cómo demonios has llegado ahí.

Empezó con un «toma, sujeta esto» de Reme.

Siguió con un «ya que estás, pélame esas patatas» de Carmina.

Continuó con un «niña, llévale esto a la mesa cinco» de Pacita, y para cuando quise darme cuenta tenía un delantal de flores prestado, conocía de memoria quién comía sin sal y quién repetía siempre, y respondía a «¡Candela!

» desde la cocina como si me hubiera llamado así toda la vida.

Eso sí, había una línea, y la defendía como Numancia.

—Yo no cocino —le recordaba a Reme cada dos por tres—. Pelo. Pico. Sirvo. Friego. Pero no cocino.

—Claro que no, hija —decía Reme, removiendo el caldo con su cuchara de palo, sin levantar la vista, con esa paciencia de santa que en ella era pura guasa—. Tú solo haces todo lo que se hace en una cocina menos lo de en medio.

—Exacto.

—Lo que tú digas.

Pelar no era cocinar. Picar no era cocinar.

Cocinar era lo otro: era meter las manos en la masa, era decidir, era poner algo mío en un plato y que saliera al mundo con mi nombre detrás.

Y eso yo ya lo había hecho una vez en mi vida, me había salido caro, y no pensaba repetirlo.

Que pelara doce kilos de patatas no significaba nada.

Significaba que tenía manos y que las abuelas eran muy pesadas. Ya está.

Un día intenté no bajar. Me quedé arriba, en el piso de mi abuela, decidida a tener una mañana para mí sola.

A los veinte minutos subió Pacita con la excusa de un táper que no le había pedido nadie, se sentó en mi sofá, me preguntó por mi vida con esa carita de no haber roto un plato en ochenta años, y a los diez minutos yo estaba bajando con ella las escaleras sin saber muy bien cómo.

Tienen un sistema. No lo he descifrado del todo, pero funciona, porque llevo tres semanas cayendo en él todos los días.

* * *

La cocina del comedor a media mañana era un sitio del que, de haberme dejado, me habría costado salir.

Olía a sofrito y a lejía a partes iguales.

La radio escupía un programa de dedicatorias en el que una señora le pedía una canción a su marido «que en paz descanse, pero por si acaso me escucha».

Reme reinaba sobre la olla grande como una almirante sobre su barco.

Y cada abuela tenía su puesto, su tarea y su forma muy particular de no callarse ni debajo del agua.

Aquel día me tocó pelar al lado de Encarna, que estaba haciendo cuentas.

Yo a Encarna la tenía por la sosa del grupo.

La de la libreta, la del «esto no llega», la que fruncía el ceño cuando alguien echaba de más en la olla.

La que, si por ella fuera, le habría cobrado entrada a la Virgen.

Y, mientras pelaba, la miré de reojo sumar y restar columnas de números diminutos con un lápiz mordido, y descubrí dos cosas que no me esperaba.

La primera, que los números no le salían. Lo vi en cómo borraba, volvía a sumar, apretaba los labios. La segunda, que de la columna de «entra» a la columna de «sale» había un abismo que ella tapaba cada mes con malabares que no le agradecía nadie.

—¿Cuadra? —pregunté, por decir algo.

—Cuadra porque lo cuadro yo —dijo, sin levantar la vista—.

Esta semana, el butano, el seguro de la cría que viene a ayudar los martes, y la carne, que ha vuelto a subir.

Y la lata. —Señaló con el lápiz hacia el comedor, donde estaba la caja de galletas con su ranura—.

La lata da para la mitad de lo que comemos.

La otra mitad sale de aquí. —Y dio un golpecito en la libreta—.

De estos números míos que no le importan a nadie.

—Pues vaya marrón.

Me miró entonces, sorprendida de que alguien lo viera. Y por un segundo dejó de ser la sosa.

—El amor no paga el butano, niña —dijo, pero esta vez no sonó a tacañería.

Sonó a cansancio, al cansancio de la única persona de la casa que sabe lo cerca que está siempre el día en que esto no llegue—.

Las demás ponen el cariño. Alguien tiene que poner las cuentas, o el cariño se queda frío en una cocina sin gas.

Y mira, mejor ser la sosa y que coman, que ser la simpática y que no.

Bajó la voz y señaló con la barbilla hacia el patio, donde Gabriel andaba con su carpeta.

—Por eso a ese yo no le quito ojo. El día que alguien venga a quitarnos esto, no vendrá dando voces. Vendrá con buena cara y una carpeta debajo del brazo. Como ese.

Me reí, porque me pareció su manía de siempre, la de ver enemigos hasta en la sopa. Encarna no se rio.

No supe qué contestar. Así que hice lo único sensato: cogí dos patatas más y me callé. Pero a Encarna ya no la volví a mirar igual.

* * *

Carmina, en cambio, era otra escuela.

Carmina pelaba, fumaba en la ventana entre plato y plato, y mientras tanto repasaba la vida y milagros del barrio entero con una lengua que cortaba más que mi mejor cuchillo.

Que si la del segundo se había echado un novio treinta años más joven.

Que si al del estanco le habían embargado.

Que si fulanita, que si menganito. Yo escuchaba a medias, divertida, hasta que soltó, sin cambiar el tono:

—La pobre Manoli, la del tercero, lleva sin pisar la calle desde Reyes. La cadera. Y el hijo en Alemania, que llama por Navidad y gracias.

—Qué pena.

—Pena ninguna, que es muy maja. —Le dio una calada al Ducados—.

Lo que pasa es que se le caía la casa encima de sola que estaba.

Así que le subo yo el táper, me siento un rato, y le cuento todo esto que tú estás oyendo.

Todo. Con pelos y señales. —Me guiñó un ojo entre el humo—.

Para que se entere de que el mundo sigue girando ahí fuera aunque ella no pueda salir a verlo.

Y ahí entendí lo que era Carmina. No era una cotilla.

O sí, pero era una cotilla con oficio. Llevaba el periódico hablado del barrio puerta por puerta, a los que ya no podían bajar a buscarlo, para que nadie se muriera de la peor enfermedad que hay aquí, que no es la cadera ni el azúcar: es no tener a quién contarle nada.

—No se lo digas a nadie —añadió, muy digna, apagando el cigarro—. Que tengo una reputación de mala que me ha costado mucho construir.

—Tranquila. Tu secreto está a salvo.

—Más te vale. Anda, pásame el cuchillo, que tú pelas como una señorita.

* * *

Gabriel apareció a la una menos cuarto, con su carpeta y su excusa del día. Algo de revisar los desagües del office.

—Los desagües —dije, sin levantar la vista de la cebolla—. Ayer eran las humedades. Mañana, ¿qué? ¿El feng shui?

—Los desagües están relacionados con las humedades. —Dejó la carpeta en una silla—. Es un enfoque integral.

—Es un enfoque de no tener nada mejor que hacer.

No le dio tiempo a contestar, porque Reme, sin mediar palabra, le plantó un cuchillo en una mano y media docena de zanahorias en la otra.

—Usted, que está parado. Ahí, al lado de la niña. En juliana.

—No sé qué es en juliana.

—Tiras finas —tradujimos Carmina y yo a la vez.

Y así fue como el administrador de Grupo Salazar, traje, corbata aflojada y mangas remangadas, se pasó tres cuartos de hora cortando zanahorias a mi lado, regular al principio y bastante decente al final, mientras yo le corregía el grosor con una autoridad que no había vuelto a ejercer desde que cerré el obrador.

—Más finas.

—Están finas.

—Están como dedos. Más finas.

—Eres una tirana.

—Soy una profesional. Tú eres un aficionado con corbata. No es lo mismo.

—En mi trabajo, el que corta soy yo —dijo, muy concentrado en sus zanahorias—. Y no me corrige nadie.

—Pues aquí mando yo, que para algo es mi cocina.

Lo dije sin pensar. «Mi cocina.» Se me escapó así, como se escapan las verdades. Él no dijo nada, pero levantó una ceja, y yo me apliqué muchísimo con la cebolla para no tener que explicarle, ni explicarme, desde cuándo aquella cocina prestada se me había vuelto mía.

Se rio. Por primera vez desde que lo conocía, se rio de verdad, una risa corta que se le escapó sin permiso y que le cambió la cara entera. Y yo, que estaba cortando cebolla y podía echarle la culpa a la cebolla de cualquier cosa, sentí algo en el pecho que decidí, allí mismo, no mirar de frente.

Trabajamos un rato en silencio, codo con codo, en ese ritmo de cocina que se hace sin hablar. Me pasaba las zanahorias. Le iba diciendo la siguiente verdura. Él anticipaba. Era cómodo de una manera que me incomodaba, si es que eso tiene algún sentido.

—¿La cantidad de comino la sabe alguien o lo echo a ojo? —preguntó Lola, que andaba con un guiso suyo.

—En el cuaderno —dijo Reme—. Mira en el cuaderno, que ahí está todo.

Lola sacó de un cajón un cuaderno gordo, de tapas de hule reventadas por las esquinas, hinchado de papeles sueltos y manchurrones de aceite de cuarenta años.

Lo abrí un segundo, por curiosidad, mientras ella buscaba la página.

Estaba lleno de recetas escritas a mano, en letras distintas, unas encima de otras, con anotaciones al margen («más sal», «a Paco no le gustaba», «receta de la del cuarto, q.e.p.d.

»). Era el comedor entero metido en un cuaderno.

—Esto es de toda la vida —dijo Lola, pasando hojas—. De cuando esto empezó. Aquí escribían las que ya no están.

Me quedé un instante con la mano sobre una página, sin saber por qué, antes de que Lola me lo quitara para apuntar el comino.

«Las que ya no están.» Mi abuela había empezado este comedor con Reme hacía cuarenta años.

Por un momento pensé en preguntar. Pero entró un cliente, alguien gritó «¡marchando!

», y la idea se me fue con el ruido, como se van las cosas en una cocina llena.

* * *

A media tarde, cuando el comedor se vació y las abuelas se echaron su ratito, me quedé recogiendo. Gabriel, que ya debería haberse ido hacía rato con sus desagües sin revisar, seguía allí, secando una bandeja con un trapo, como si secar bandejas formara parte del enfoque integral.

—Puedes irte, ¿sabes? —le dije—. La bandeja ya está seca. Llevas secando la misma bandeja diez minutos.

—Es una bandeja complicada.

—Ya.

Dejó la bandeja. Se apoyó en la encimera, a un par de palmos de mí, y me miró con una media sonrisa que no era la del traje, sino la de un hombre que había cortado zanahorias en juliana toda la tarde.

—Cortas a la gente igual que cortas la cebolla —dijo—. Rápido y sin avisar.

—Es más sano. La gente, como la cebolla, si la tienes mucho rato en la mano, te hace llorar.

—¿Y yo? ¿Soy cebolla?

Lo dijo medio en broma. Pero lo preguntó mirándome a la boca un segundo de más, igual que debajo de la persiana, y la cocina, que un momento antes era enorme, se quedó del tamaño de aquel par de palmos.

Cogí un trapo y se lo lancé al pecho para tener algo que hacer con las manos, que es mi gran problema en esta vida.

—Tú todavía no sé lo que eres —dije—. Pero cuando lo averigüe, te lo digo. Anda, ayúdame con los vasos, ya que el enfoque es tan integral.

Y mientras fregábamos los vasos, hombro con hombro, riéndonos de nada, no se me pasó por la cabeza ni una sola vez preguntarme qué hacía de verdad un hombre como aquel en una cocina como aquella, tarde tras tarde.

Solo había vasos, y risas, y un trapo volando, y la sensación tonta y peligrosa de que hacía mucho que no estaba tan a gusto en ninguna parte.