14. La receta de Amparo
La receta de Amparo
Hay tardes en el comedor que se quedan vacías de golpe.
Se va el último cliente, se van las abuelas a su siesta o a sus recados, y de pronto el sitio se queda en silencio, oliendo a guiso ya frío, con la luz cayendo de lado por la ventana del patio.
Aquella tarde nos quedamos Reme y yo. Ella fregando lo último; yo, sin saber muy bien por qué, dándole vueltas otra vez al cuaderno.
Lo había bajado del cajón con la excusa de buscar una cantidad y llevaba diez minutos sin buscar nada.
Solo pasando hojas. Letras distintas, manchas de aceite, recetas tachadas y vueltas a escribir, muertas y vivas mezcladas en las mismas páginas.
Desde que Lola me había dicho aquello de «aquí escribían las que ya no están», el cuaderno me llamaba como llaman las cosas que sabes que te van a doler.
Reme me miró por encima del hombro, se secó las manos en el delantal y, sin que yo le preguntara nada, vino y se sentó a mi lado en el banco.
—Sabía yo que tarde o temprano ibas a abrir ese cuaderno —dijo.
—Solo estaba mirando.
—Ya. —Me lo quitó con cuidado, lo puso entre las dos y empezó a pasar hojas él, despacio, con esos dedos gruesos que conocían cada página de memoria—. ¿Sabes lo que es esto, niña?
—Las recetas del comedor.
—Esto es el comedor. Lo de fuera, la olla, las mesas, las viejas, eso es el cuerpo. Esto es lo de dentro. —Pasó tres hojas más y se detuvo—. Y la mitad de lo que hay aquí dentro lo escribió tu abuela.
Levanté la vista.
—Amparo empezó esto conmigo —dijo Reme—.
Hace cuarenta años. Las dos. En esta misma planta baja, que entonces era un almacén lleno de ratas, cuando en el barrio había más hambre que ahora y a nadie le sobraba un duro.
Empezamos dando de comer a cuatro y acabamos dando de comer a medio Sombrerete.
Tu abuela y yo. Uña y carne. Cuarenta años cocinando codo con codo en esa cocina donde tú ahora no quieres cocinar.
¿Y sabes quién puso el primer puchero? Ella.
Con una olla que le quitó a su suegra, que en paz descanse y mejor lejos.
Yo ponía las ganas y la boca; ella ponía la cabeza y la mano.
Yo me peleaba con el del ayuntamiento; ella se peleaba con los proveedores y siempre ganaba, porque tenía una cara de no haber roto un plato que engañaba a todo el mundo menos a mí.
Sin tu abuela esto habría durado dos inviernos.
Con ella ha durado cuarenta años. Que no se te olvide.
Me quedé sin saber qué decir. Yo sabía que mi abuela «andaba con lo del comedor».
Lo sabía como se saben las cosas de los abuelos cuando una está ocupada teniendo su propia vida: de lejos, sin mirar.
No sabía que lo había levantado. No sabía que era suyo tanto como de Reme.
No sabía nada, en realidad, y esa era exactamente la cuestión.
—Mira —dijo Reme.
Y giró el cuaderno hacia mí.
Y ahí estaba.
No me hizo falta que me dijera de quién era la letra.
La reconocí en el acto, de golpe, como se reconoce una voz: mayúsculas grandes, mandonas, apretadas, esa letra que llevo viendo todos los días desde que llegué, clavada con un imán de Benidorm en la nevera de su piso.
«BIZCOCHO DE LA REME — 3 HUEVOS, LO QUE PESE EN AZÚCAR, LO QUE PESE EN HARINA, Y MANTEQUILLA, MUCHA, NO SEAS RÁCANA.
» Esa letra. La de mi abuela dándome órdenes desde una nevera.
Solo que aquí no era una receta. Eran muchas. Páginas y páginas con su letra. Y en una de ellas, arriba, ponía: «TORRIJAS DE AMPARO (LAS DE VERDAD, NO LAS AGUADAS DE LA VECINA DEL CUATRO)».
Me entró la risa y se me cerró la garganta a la vez, que es una cosa rarísima que solo me pasa con ella.
—Esas torrijas —dijo Reme, con una sonrisa pequeña—.
Madre mía, esas torrijas. Las hacía en Semana Santa para todo el patio.
No había Dios que igualara el punto de la leche.
Y se ponía insoportable, ¿eh? Que si la canela tiene que ser en rama, que si el pan del día anterior y no de antes, que si freír en aceite limpio o no vale.
Una dictadora. —Reme me miró—. Igual que tú cuando le corriges el grosor de las zanahorias al pobre administrador.
Y entonces, debajo del título, leí la nota. Estaba escrita con la misma letra, pero más pequeña, como dicha en voz baja:
«A mi Candela le gustan sin pasarse de canela. Hacerle muchas cuando venga.»
Tuve que cerrar el cuaderno un momento. Solo un momento.
* * *
Porque la cosa, lo que Reme no sabía, o sabía perfectamente y por eso me lo estaba enseñando, era que yo no había venido. Que esa nota, «hacerle muchas cuando venga», la había escrito una mujer que se murió esperando una visita que no llegó.
—No vine —dije, en voz baja, mirando las tapas de hule reventadas—.
Los últimos años casi no vine, Reme. Y al final, cuando se puso mala, no vine.
Llegué al entierro y me volví a Madrid esa misma noche, hecha un trapo, sin hablar con nadie.
Y ahora vivo en su casa y como de su comedor y duermo en su cama, y resulta que ni sabía que era suyo.
Me he pasado meses sin abrir una sola caja de las suyas.
Sin tocar nada. Viviendo en su piso como una okupa de mi propia abuela, durmiendo entre sus cosas sin mirarlas, porque mirarlas era admitir que se había muerto de verdad, y que se había muerto sin mí.
Es más fácil no mirar. Lo tenía convertido en una especialidad.
Reme no me dijo «no te tortures», que es lo que dice la gente cuando quiere que te calles. Se quedó callada, dejándome el sitio para que lo dijera entero. Así que lo dije entero.
—Nos peleamos. Por Víctor. —El nombre todavía me raspaba—.
Ella lo caló desde el primer día. Me dijo que ese hombre tenía los ojos de los que se quedan con lo de los demás y se van de rositas.
Me dijo que no avalara nada, que no pusiera mi nombre en sus papeles.
Y yo, que estaba enamorada y que me creía muy lista y muy moderna, le dije que no se metiera, que ella de negocios no entendía, que lo suyo era una olla y cuatro vecinas y que el mundo había cambiado.
—Tragué—. Le dije eso. A ella. Con esas palabras.
—Y tenía razón —dijo Reme. No era una pregunta.
—En todo. Hasta en la última coma. Ese hombre se quedó con lo mío y se fue de rositas, exactamente como ella dijo.
Cuarenta y un mil euros de rositas. —Me reí sin ganas—.
Y yo nunca, ¿sabes?, nunca le dije «tenías razón».
Por orgullo. Porque era más fácil no venir que sentarme delante de ella y darle la razón.
Y se me murió antes de que el orgullo se me bajara.
Ahí sí, por fin, después de meses, se me cayeron las lágrimas que llevaba sin caérseme desde el entierro. Sin ruido. Solo agua.
Reme me dejó llorar un rato. Y luego, cuando vio que ya, me cogió la mano con esa suya áspera de toda la vida fregando, y dijo:
—Tu abuela era más cabezota que una mula.
Que conste. No me la pongas de santa ahora que se ha muerto, que la conocí cuarenta años y discutíamos a gritos un día sí y otro también.
Era orgullosa, era mandona, y para pedir perdón era todavía peor que tú, que ya es decir.
—Me apretó la mano—. ¿Tú crees que ella te llamó?
No te llamó. Estaba esperando a que la llamaras tú, igual que tú esperabas a que te llamara ella.
Dos cabezotas, cada una en su esquina, esperando a la otra.
Así estuvisteis. Y así se quedó la cosa, por culpa de las dos, no solo tuya.
—Pero ella se murió.
—Sí. Esa es la putada de ser la que se queda viva: que te toca cargar tú con el orgullo de las dos.
* * *
Estuvimos un rato calladas. Fuera, en el patio, el canario seguía a lo suyo, ajeno.
—Lo que sí sé —dijo Reme al cabo— es que no dejó de hablar de ti ni un día.
Que tenía tus dos premios, esos del obrador, recortados del periódico y metidos en el marco del espejo de la entrada, para verlos al salir.
Que cuando alguien preguntaba por su nieta sacaba pecho y decía «la mía hace los mejores dulces de Madrid».
—Reme sonrió—. Estaba orgullosísima de ti, niña.
Lo que pasa es que era incapaz de decírtelo a la cara, porque para eso era tan tonta como para lo otro.
Y yo me había pasado la vida creyendo justo lo contrario.
Creyendo que no le parecía bastante, que se había quedado con las ganas de otra nieta: una que se quedara en el barrio, que cocinara para querer y no para cobrar, que no se largara con el primer listo de sonrisa fácil.
Y mientras yo me lo tragaba enterito, ella iba sacando pecho por las esquinas con lo de su nieta la repostera.
Las dos, cada una en su esquina, queriéndonos fatal, a base de silencios y de orgullo, como si nos sobrara el tiempo del mundo.
Y ahí estaba. La cocina entera de mi vida, de pronto, ordenándose de otra manera.
Porque yo me había pasado un año pensando que la repostería era cosa de Víctor.
Que el obrador, los premios, las cinco de la mañana laminando, todo aquello estaba contaminado, era parte de la estafa, de la vida que se me había caído encima.
Por eso no quería volver a cocinar. Porque cocinar me sabía a él.
Y resulta que no. Que cocinar no me venía de Víctor.
Que yo había aprendido a montar claras subida a un taburete en la cocina de Amparo, antes que a leer.
Que el oficio, el de verdad, el de las manos, no me lo había dado el hombre que me arruinó, sino la mujer que me lo advirtió.
Que cada vez que yo metía las manos en una masa, sin saberlo, estaba haciendo lo que ella me enseñó.
Víctor solo le había puesto encima un nombre comercial y una deuda.
Pero lo de debajo, lo bueno, era de ella. Siempre había sido de ella.
Eso no me lo había quitado nadie. Ni Víctor, con todo lo que se llevó.
* * *
Cuando me levanté para irme, ya de noche, con los ojos hinchados y una paz rara que no me esperaba, Reme empezó a guardar el cuaderno en su cajón.
—Espera —dije.
Se paró.
—¿Puedo… quedármelo esta noche? El cuaderno. Te lo devuelvo mañana, lo juro. Es que quiero copiar una cosa.
Reme me miró un segundo largo. Y yo creo que entendió perfectamente que aquello no era para copiar una cosa. Era el primer «sí» que yo le decía a algo en mucho tiempo.
—Llévatelo —dijo—. Pero me lo cuidas, que ahí dentro están todas.
—Y al pasar por mi lado, camino de la puerta, me puso una mano en la mejilla, breve, áspera y caliente, igual que se la habría puesto a Amparo—.
Y mañana, niña, ya que estás, podías hacer las torrijas.
Que hace mucho que nadie las hace bien en esta casa.
Y a alguien de aquí arriba —señaló al techo con la barbilla— le gustaría saber que las haces tú.
Subí a casa de mi abuela con el cuaderno apretado contra el pecho.
Cambié, por primera vez desde que llegué, la hoja del calendario que llevaba parado en marzo desde el día que ella se fue al hospital. Lo puse en el mes que tocaba.
Y antes de acostarme, abrí el cuaderno por la página de las torrijas, copié la receta entera en un papel con mi propia letra, que no se parece nada a la suya, y debajo de la nota que decía «hacerle muchas cuando venga», añadí, en voz baja, lo único que me quedaba por decirle y que ya nunca iba a poder decirle a la cara:
«Ya vine, abuela. Tarde. Pero vine.»