8. Tregua armada
Tregua armada
Bajé a por el plato a media tarde, cuando ya no quedaba nadie en el patio. Seguía en el alféizar de los contadores, donde lo había dejado. Vacío. Ni una miga.
Me quedé un rato mirándolo con cara de tonta, intentando decidir qué me molestaba más: que el traje gris se hubiera zampado mi croissant sin rechistar, o que una parte idiota de mí hubiera estado pendiente de si se lo comía o no.
Se lo comió. Pues claro. Hasta los buitres desayunan.
Cogí el plato y subí antes de darle más vueltas, que era justo lo que no pensaba hacer: darle vueltas.
Lo que no me esperaba era que el traje volviera. Y volviera. Y volviera otra vez.
* * *
En los días siguientes, Gabriel Salazar apareció por la corrala más veces de las que ningún ser humano aparece por un patio que no es el suyo.
Que si una medición de los contadores. Que si una revisión de no sé qué humedades.
Que si tenía que «documentar el estado del inmueble» para la propiedad, con una libreta y el móvil y una cara de estar haciendo algo importantísimo.
—¿Otra vez por aquí? —le dije la tercera tarde, apoyada en el quicio del bajo con los brazos cruzados—. A este paso le va a salir cédula de vecino.
—Vengo a trabajar. —Ni me miró; apuntaba algo en la libreta—. No todos tenemos tiempo libre para vigilar quién entra y quién sale.
—Yo no vigilo. Observo. Es distinto.
—Ya. —Pasó la página—. Pues observe desde más lejos, que me da el sol.
Y así un día sí y otro también. Pullas. Cruces.
Yo dejándole claro que no me fiaba un pelo y él dejándome claro que mi opinión le importaba lo mismo que el canario.
Lo malo, lo que no le pienso reconocer a nadie y menos a las abuelas, es que aquellos cruces eran lo más entretenido que me pasaba en todo el día.
Me descubría esperándolos. Y eso me reventaba más que el propio traje.
Encarna lo tenía clarísimo.
—Ese hombre no viene por los contadores —sentenció una mañana, con la libreta de las cuentas abierta y el lápiz en ristre—. Los contadores no se miran ocho veces. Ese viene a otra cosa.
—Encarna, hija, qué manía —dijo Carmina—. A lo mejor viene a lo que tiene que venir todo hombre con un par de ojos en la cara. —Y me señaló a mí con la barbilla, por si quedaba alguna duda.
—Carmina.
—Digo.
* * *
La que tomó cartas en el asunto, como no podía ser de otra manera, fue Pacita.
Llevaba días observándonos por encima de las gafas, con esa carita de algodón de azúcar que engaña a todo el mundo menos a quien la conoce, y un mediodía decidió que ya estaba bien de esperar a que la naturaleza hiciera su trabajo.
Gabriel había vuelto (humedades, esta vez) y andaba midiendo una pared del fondo del comedor cuando Pacita le cortó el paso con su metro y medio escaso.
—Joven. ¿Ha comido usted?
—No hace falta que…
—No le he preguntado si hace falta. Le he preguntado si ha comido.
—Y sin esperar respuesta, le quitó la libreta de las manos con una delicadeza de gato viejo, la dejó en la mesa y lo empujó hacia el banco—.
Siéntese. Aquí no se mide con el estómago vacío.
Candela, hija, ponle un plato a este chico, que está en los huesos.
—Yo no sirvo mesas —dije.
—Pues hoy sí.
Y se quedó tan ancha, ahuecando un cojín, mientras yo le ponía a Gabriel un plato de lentejas con la cara de quien le pone una multa. Él me miró el plato, me miró a mí, y por un segundo me pareció que se aguantaba media sonrisa. La aguanté yo también, no fuera a darle ideas.
—Siéntate con él, Candela, no seas seca —dijo Pacita, dándole una palmadita al banco a mi lado.
—Tengo cosas que hacer.
—Tienes que comer, que tú tampoco es que andes sobrada de chichas. Anda, siéntate. —Bajó la voz una pizca, lo justo para que lo oyera media mesa—. Y hazle conversación, que es muy callado y los callados luego son los mejores.
Me senté, porque a Pacita se le decía que no lo mismo que se le decía que no a un tsunami.
Y empezó el numerito. Que si Candela tiene dos premios, ¿sabe usted?
, dos. Que si cocina como los ángeles, ya lo habrá comprobado.
Que si está soltera, fíjese qué casualidad.
Que si él, un chico tan formal, tan trabajador, seguro que también.
¿Verdad que sí? ¿Verdad que está soltero?
—Pacita —dije, roja hasta las cejas—. Por el amor de Dios.
—Solo pregunto. La curiosidad no es pecado.
—Lo estoy —dijo Gabriel, muy serio, mirando las lentejas—. Soltero.
Y no sé por qué, aquel «lo estoy» dicho al plato me puso de un humor rarísimo el resto de la tarde.
* * *
Lo que de verdad me descolocó pasó después, y no tuvo nada que ver con Pacita.
A esa hora empezaron a llegar los de siempre.
El comedor a mediodía es otra cosa: se llena de gente del barrio que entra siguiendo el olor del guiso, deja lo que puede en la caja de galletas con la ranura y se sienta en los bancos corridos, debajo de las fotos de Reme y mi abuela de jóvenes.
Hay quien viene por la comida. Y hay quien viene, sobre todo, por lo otro.
Como don Aurelio.
Don Aurelio es un señor menudo, de chaqueta de pana y boina, que enviudó hace tres años y desde entonces, según Lola, «no ha vuelto a encender una cocina ni para calentarse las manos».
Viene todos los días. Come despacio, habla más despacio todavía, y tiene la costumbre de contar la misma historia de su mujer, la Pepita, y de cuando se conocieron en un baile del barrio, en una verbena con farolillos, en mil novecientos sesenta y algo.
Las abuelas se la saben de memoria. La gente nueva suele durar medio relato antes de buscar una excusa para levantarse.
Aquel día le tocó al lado de Gabriel.
Yo lo vi venir y casi me dio pena el traje. «Ahora se lo quita de encima en dos frases», pensé, «con esa cara de tener cosas más importantes que hacer». Lo tenía fichado: hombre de prisas, de no mirar a la gente a los ojos, de los que tratan a los viejos como muebles que estorban.
Pero no.
Don Aurelio arrancó con la Pepita y la verbena, y Gabriel, en lugar de mirar el reloj o el móvil o la puerta, dejó la cuchara, se giró un poco hacia él y lo escuchó.
De verdad. Le preguntó cómo se llamaba el baile.
Le preguntó si tocaban orquesta o vitrola.
Y cuando don Aurelio se hizo un lío con un año y se quedó callado, con esa cosa de los viejos que de pronto se les nubla la cara, Gabriel no aprovechó el silencio para escaparse.
Esperó. Le dio tiempo. Y le dijo, en voz baja, que su abuela también iba a las verbenas de su barrio, que también había farolillos.
Don Aurelio se le quedó mirando como si le hubiera tocado la lotería.
—¿Su abuela? Qué me dice. ¿Y vive?
—No. Hace ya tiempo.
—Vaya por Dios. —Don Aurelio le puso una mano en el brazo, esa mano de piel finísima que tienen los muy mayores—. Pues a las abuelas hay que cuidarlas mientras están, joven. Que luego se va una y se lleva media casa con ella.
Y Gabriel, el traje gris, el de los contadores y la libreta y la cara de palo, se quedó un segundo sin saber qué decir. Solo un segundo. Pero lo vi. Tragó, asintió, miró el plato, y supe que aquello le había dado en algún sitio que yo no sabía que tenía.
No me cuadraba. No me cuadraba nada. Los hombres que vienen a un comedor de viejas a apuntar humedades en una libreta no le hacen preguntas sobre la vitrola a don Aurelio. No tienen abuelas que iban a verbenas. No se les nubla la cara.
Y a mí, que me había costado lo mío meterlo en la caja de «tío insoportable», no me hizo ninguna gracia que se saliera de ella.
* * *
Más tarde, cuando se fue, con su libreta y su «buenas tardes» seco y sin haber medido ni una humedad más, me quedé recogiendo platos con la cabeza en otro sitio.
Don Aurelio me lo dijo al pasarme su cuenco:
—Majo, el chico. Educado. —Y luego, bajando la voz, con un brillo travieso—: ¿Y la Lola? ¿Hoy no ha bajado la Lola?
—Está dentro, peleándose con el bizcocho.
—Ah. —Se atusó la boina—. Nada. Por saber.
Tomé nota de aquello para reírme luego. Pero antes me senté un momento en el banco vacío, con los platos en el regazo, a intentar entender por qué un hombre que venía a algo (porque venía a algo, eso lo tenía tan claro como Encarna) se molestaba en escuchar a un viejo solo hablar de una mujer muerta hacía un baile de farolillos.
No me fiaba de él. Que quede claro. Un tío que ronda un comedor de cinco abuelas ocho veces en una semana no ronda por los contadores; ronda por algo, y yo no me fío de la gente que ronda por algo y no lo cuenta. En eso tenía toda la razón del mundo. En todo lo demás, no tenía ni idea.
* * *
Esa noche, fregando la olla grande, las abuelas hicieron balance.
—Ha comido aquí dos veces ya —dijo Pacita, encantada, secando cucharas—. Dos. Y hoy se ha sentado con la niña sin que tuviéramos que atarlo.
—Se ha sentado porque lo has sentado tú a la fuerza —matizó Encarna.
—Una empuja. El sentarse lo ha hecho él solo.
—A mí el chico me da buena espina —dijo Lola, retocándose el pintalabios en el reflejo de un cazo—. Tiene los ojos tristes. Los hombres de ojos tristes son los que mejor bailan.
—Lo que tiene es hambre y una madre que no le ha enseñado a comer —dijo Carmina—. Pero para la niña, oye, peor son otros.
—Yo sigo sin fiarme —dije, desde el fregadero, porque alguien tenía que decirlo.
—Tú no te fías ni de tu sombra, hija —dijo Reme, que hasta entonces había estado callada removiendo el caldo del día siguiente. Me miró con esa media sonrisa suya que ve más de lo que dice—. Pero has vuelto a hacer un croissant. Y eso, digas lo que digas, también es no fiarte un poco menos.
No contesté. Hay cosas que con Reme es mejor no discutirlas, porque tiene la mala costumbre de tener razón.
Pacita iba a rematar la faena (se le notaba en la cara que tenía un plan en la recámara) cuando le entró una tos.
Una tos seca, corta, que le sacudió los hombros menudos y se llevó por delante el final de la frase.
Carmina le acercó un vaso de agua sin darle importancia.
Pacita bebió, se dio unos golpecitos en el pecho con la mano abierta y soltó una risita.
—Nada, el frío de la olla, que se me mete. —Carraspeó—. A lo que iba.
—¿Y a qué ibas? —preguntó Lola.
—A que la persiana del bajo lleva un mes sin querer bajar del todo. —Pacita me miró por encima de las gafas, y juro que aquella mujer tenía el corazón de una directora de cine—. Y resulta que un hombre joven y fuerte como el de los contadores seguro que sabe arreglar persianas. ¿No os parece?
—Pacita —dije, oliéndome la encerrona a un kilómetro—. No.
—Yo no he dicho nada, hija. —Volvió a coger su paño y sus cucharas, tan tranquila, tan menuda, tan peligrosa—. Solo digo que la persiana está atascada. Lo demás se arregla solo.
Y se atascó. Vaya si se atascó. Pero eso fue al día siguiente.