Con Mucho Amor (y mantequilla) 9. La persiana atascada
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9. La persiana atascada

La persiana atascada

La persiana del bajo eligió para morirse del todo el peor momento posible, que es justo lo que eligen siempre las persianas, las lavadoras y los maridos.

Fue al día siguiente, como había vaticinado Pacita con un aplomo que debería haberme escamado más de lo que me escamó.

A la una y media, justo cuando el carrito del reparto estaba cargado hasta arriba de táperes calientes y a punto de salir, la persiana metálica, que llevaba un mes bajando a regañadientes, decidió desplomarse hasta media altura con un estruendo de fin del mundo y quedarse ahí.

Clavada. Ni para arriba ni para abajo. Atravesada en la puerta como una guillotina oxidada.

—¡La leche! —dijo Carmina.

—La Manoli no come si esto no se arregla —dijo Encarna, que para los disgustos siempre tenía el dato exacto a mano—. Y la del quinto, y don Aurelio, que hoy no ha venido porque le duele la rodilla. Tres táperes ahí dentro enfriándose.

El reparto era sagrado. Cada mediodía, después de servir el comedor, las abuelas llenaban una hilera de táperes y alguien se los subía a los que no podían bajar: la Manoli del tercero, que no salía de casa desde Reyes por la cadera; la del quinto, que andaba peor de la cabeza que del cuerpo; don Aurelio los días que le fallaba la rodilla.

Para esa gente, aquel táper no era solo la comida.

Era, muchos días, la única vez que se les abría la puerta y entraba una cara conocida a preguntarles qué tal.

El carrito estaba atrapado al otro lado, en la penumbra del comedor, y por el hueco de medio metro que dejaba la persiana no pasaba ni el carrito ni nada que se pareciera a la comida de tres personas que no salían de casa.

Y entonces, qué casualidad, qué inmensa casualidad, resultó que Gabriel Salazar estaba en el patio. Con su libreta. Midiendo Dios sabrá qué.

—¡Joven! —Pacita ya lo tenía localizado, como un misil de calor—. Joven, venga usted, que es alto.

—No creo que…

—Usted es ingeniero o algo de eso, ¿no? De los que miden cosas.

—Soy administrador, no es exactamente…

—Pues un administrador sabrá administrar una persiana. Ande, arrímese.

Y así fue como el hombre que venía a apuntar humedades se vio, sin comerlo ni beberlo, agachado delante de una persiana de hierro de cuarenta años con cinco abuelas alrededor dándole instrucciones contradictorias y yo al lado, porque a mí Reme me había empujado con un escueto «tú también, que eres la única con la espalda joven aquí, aparte del chico».

—Yo no sé de persianas —protesté.

—Nadie sabe de persianas —dijo Reme—. Se aprende sufriendo, como todo.

* * *

Gabriel examinó el armatoste con esa concentración suya de funcionario, metió los dedos por el hueco, palpó la guía lateral y dictaminó:

—Está descarrilada. La lama de abajo se ha salido de la guía de la derecha y ha trabado todo el mecanismo. Hay que levantarla a pulso para volver a encajarla mientras alguien empuja desde dentro.

—Eso ha sonado a que sabes lo que dices —observé.

—Suelo saber lo que digo.

—Pues qué suerte. Yo casi nunca.

Me lanzó una mirada de reojo que no supe si era de fastidio o de otra cosa, y se quitó la chaqueta.

Y oye, no es que me fijara. Pero me fijé.

El traje gris, sin la chaqueta, con la camisa remangada hasta el codo y las manos a punto de mancharse de grasa de una persiana de Lavapiés, era de pronto un hombre bastante distinto del que apuntaba mis humedades con cara de palo.

Se notaba que aquellos brazos no se habían hecho solo de firmar papeles.

Aparté la vista antes de que la cosa fuera a más y me concentré, muy dignamente, en el óxido.

Lo intentamos. Vaya si lo intentamos.

La primera vez tiramos a destiempo y la persiana chirrió como un alma en pena y no subió ni un dedo.

La segunda, Gabriel dijo «a la de tres» y a la de dos ya estaba tirando él, así que me pilló desprevenida y me di un nudillo contra el hierro que me hizo soltar una palabra que no se dice delante de señoras mayores.

—Esa palabra la digo yo en mi casa —comentó Lola, encantada.

La tercera, Carmina aportó su sabiduría:

—¡Dadle un golpe seco con la cadera, que a las persianas hay que tratarlas como a los hombres!

—¡Mi difunto Paco le arreaba con la zapatilla y bajaba a la primera! —añadió Pacita.

—Pacita, tu difunto Paco le arreaba con la zapatilla a todo —dijo Carmina.

—Y mira qué obediente me salió.

Encarna apareció con una botella de aceite de girasol, «para que resbale», y embadurnó la guía, media puerta y un poco a Gabriel, que aguantó el tipo con una entereza admirable.

Lola se arremangó proponiendo empujar todas a la vez, como cuando movían el piano del Salón Pompeya en sus tiempos de cupletista, y aportó al esfuerzo colectivo unos cuarenta gramos de fuerza y una nube de perfume del bueno.

La persiana, impasible, siguió clavada. A esas alturas estábamos todos perdidos de aceite, óxido y dignidad.

Entre el chirrido, las instrucciones y las risas, tardé un rato en darme cuenta de que Pacita se había quedado callada.

* * *

Estaba apoyada en el quicio, con una mano en el pecho y la otra buscando el respaldo de una silla a tientas.

Le había entrado otra vez la tos, pero esta no era la tosecita de la víspera.

Esta venía de más abajo, le sacudía todo el cuerpo menudo y no la dejaba coger aire entre golpe y golpe.

Se sentó de pronto, más caída que sentada, blanca como el azulejo.

—Pacita. —Solté la persiana y me acerqué—. Pacita, ¿qué te pasa?

—Nada —dijo, con un hilo de voz, mientras la tos remitía—. El polvo. Este hierro está lleno de porquería de cuarenta años, cómo no voy a toser.

Pero no era el polvo, y creo que en aquel momento lo supe todos los presentes a la vez, aunque ninguno lo dijera.

Carmina le acercó el vaso de agua sin una broma, que en Carmina era la señal más alarmante posible.

Reme se le puso al lado y le sujetó la muñeca con dos dedos, como sin querer, como quien no toma el pulso pero lo toma.

Y Reme y Carmina cruzaron una mirada por encima de la cabeza de Pacita que duró medio segundo y que a mí me dejó un frío en el estómago que no tenía nada que ver con la persiana.

—Estoy bien —insistió Pacita, recuperando el color y el genio a la vez—. Estoy estupenda. Lo que no estoy es para ver cómo dos jóvenes con toda la fuerza del mundo no pueden con una persiana. Me dais vergüenza ajena. ¡Otra vez, y a la una de verdad!

Y porque era más fácil obedecerla que mirarla, volvimos a la persiana.

Pero yo me guardé aquel medio segundo de mirada entre Reme y Carmina en algún sitio, y supe que iba a volver a por él.

* * *

—A la una —dijo Gabriel, y esta vez esperó a la una de verdad—. A la dos. Tú levantas conmigo, y en cuanto la lama pase de este tornillo, gritas y la sujeto yo solo mientras tú la encajas en la guía. A la… tres.

Tiramos los dos a la vez. La persiana subió un palmo, dos, chirriando, y para sujetarla en el punto justo tuve que meterme medio debajo de ella, pegada a él, las dos manos en la misma lama helada, su brazo por encima del mío aguantando todo el peso, su cara a un palmo de la mía y oliendo, maldita sea, no a colonia de despacho sino a sudor limpio y a algo cálido que no me esperaba.

Por un segundo nadie dijo nada. La persiana aguantaba.

Nosotros también, los dos, muy quietos, en aquel hueco minúsculo, respirando fuerte por el esfuerzo y por lo otro, que también respiraba.

Tenía una mancha de óxido en la mandíbula y una gota de sudor bajándole por la sien, y yo, que estaba allí para sujetar una lama de hierro y no para inventariarle la cara, le inventarié la cara enterita.

Él me miró la boca medio segundo más de lo que mira un administrador la boca de nadie.

Y la persiana, que no entiende de momentos, eligió ese para crujir y recordarnos que pesaba veinte kilos.

—La guía —dijo él, bajito, sin apartarse.

—La guía —repetí, como una idiota.

Encajé la lama. La persiana se rindió con un clac metálico y de pronto corría como la seda, arriba del todo, libre. Salimos los dos de debajo a la vez, despeinados, llenos de óxido, y nos quedamos un instante mirándonos sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—¿De qué sabes tú de persianas? —solté, porque atacar es lo que hago cuando no sé qué hacer con las manos—. Pensaba que los de tu oficio solo sabíais firmar desahucios.

Lo dije sin mala idea, de broma. No tenía forma de saber lo cerca que pasaba la broma del hueso.

Algo le cambió en la cara un segundo. Luego se limpió las manos en un trapo y contestó, más bajo, casi sin querer:

—Crecí en una casa con una persiana igual que esta. Vieja, oxidada, cabrona. La arreglaba mi abuela con un destornillador y una paciencia infinita. Me enseñó ella.

Me quedé parada. Aquello no me cuadraba con el traje, ni con el coche, ni con la libreta de las humedades.

—¿Una casa como esta? —pregunté, y se me debió de notar la sorpresa, porque algo en él se cerró otra vez, como una persiana que sí obedece.

—Hace mucho tiempo. —Dobló el trapo—. Otra vida.

No insistí. Pero por una grieta de un segundo había visto a un crío con su abuela peleándose con un hierro viejo, y ya no pude volver a meterlo del todo en la caja de «tío de despacho».

—A mí también se me había olvidado —dije, sin mirarle, recogiendo la chaqueta del suelo para tener algo que hacer—. Lo bien que sienta arreglar algo. Llevo un año entero rodeada de cosas que solo se rompían. Cosas, negocios y personas. Sobre todo personas.

Me tragué un nombre que no pensaba decirle a él ni a nadie.

—En fin. Que arreglar una persiana, dentro de lo que cabe, es casi un lujo.

Le tendí la chaqueta. La cogió. Nuestros dedos se rozaron en la solapa medio segundo y los dos hicimos como que no.

—Gracias —dijo.

—De nada —dije—. No te acostumbres.

* * *

El carrito salió por fin, Encarna se llevó el reparto escaleras arriba a buen paso, y la Manoli, la del quinto y don Aurelio comieron caliente aquel día.

Las abuelas aplaudieron, Lola declaró que «el chico, además de triste, es mañoso, que es la mejor combinación», y por un momento el comedor entero fue ruido bueno y olor a guiso y persiana que sube.

Gabriel recogió su libreta, se puso la chaqueta (el traje volvía a su sitio, y con él la distancia) y se despidió con su «buenas tardes» de siempre. Pero antes, en la puerta, se volvió un segundo hacia Pacita, que seguía sentada en su silla.

—Cuídese esa tos —le dijo.

—Bah. —Pacita le hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca—. Que yo entierro a todos.

Lo dijo con su retranca de siempre. Pero cuando él se fue y el barullo se deshizo, me fijé en que Pacita seguía sentada, más pequeña que de costumbre en aquella silla, con las manos quietas en el regazo y la respiración todavía un poco corta.

Reme andaba cerca, fingiendo que ordenaba cucharas que ya estaban ordenadas, sin perderla de vista.

Me acerqué con la excusa de un paño.

—¿Seguro que estás bien, Pacita?

—Niña. —Me cogió la mano con sus dedos finos y fríos, y me la apretó—. Tú a lo tuyo, que hoy lo has hecho muy bien. Las dos cosas.

—¿Qué dos cosas?

—La persiana. Y el chico. —Me guiñó un ojo, y por un instante volvió a ser la de siempre—. Lo de hoy ha sido un ensayo. Ya verás el estreno.

Me reí. Pero por el rabillo del ojo vi que Reme no se reía, y que no le quitaba ojo a Pacita, y aquel medio segundo de la mirada de antes me volvió a pesar en el estómago, como una piedra pequeña que no sabes dónde meter.