Con Mucho Amor (y mantequilla) 7. Mantequilla en la armadura
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7. Mantequilla en la armadura

Mantequilla en la armadura

Volví a la corrala a media mañana, con la cámara del móvil cargada y la intención de terminar de una vez.

No había escrito la denuncia. Llevaba tres noches abriendo el portátil y cerrándolo sin teclear una palabra, y eso, en ocho años, no me había pasado jamás. Yo no era de los que se atascan.

Pero algo se me había metido en el cuerpo el día que pisé por primera vez aquel patio, algo que no sabía nombrar y que no se iba con café ni con trabajo.

Era un olor, en realidad. Un olor a mantequilla y a horno que llevaba tres semanas persiguiéndome por sitios donde no había ni horno ni mantequilla: en el coche, en el ascensor de mi edificio, en sueños.

Cada vez que me asaltaba abría el portátil decidido a redactar la denuncia y, en lugar de escribir, me quedaba mirando el cursor parpadear como un imbécil hasta que se me hacía tarde.

Un hombre que vive del orden no debería tenerle miedo a un olor. Yo se lo tenía.

Así que decidí hacer lo que hago siempre que algo se me resiste: ir, mirarlo de frente y resolverlo.

Cuatro fotos más, las que me faltaban para blindar el expediente (la balda de los táperes, la caja de galletas con su ranura, el cartel del menú, el horario de reparto), y a casa a redactar de una vez. Diez minutos. Sin pensar.

El patio estaba tranquilo a esa hora, antes del ajetreo del mediodía. El canario cantaba. Olía a algo que se cocía a fuego lento ahí abajo.

Desde una galería del primero, una de ellas me vio llegar. La de las gafas con cadenita, la que el primer día apuntaba algo en una libreta como si tomara nota de mis pecados. No me quitó ojo.

—Otra vez usted —dijo, sin asomo de simpatía.

—Los contadores —contesté, y levanté el móvil como si eso lo explicara todo—. Una lectura. Cosa de cinco minutos.

—Las lecturas las hace la compañía. No un señor de traje.

—Yo trabajo para la propiedad.

Se me quedó mirando un segundo más, con la boca apretada, y luego se metió para dentro sin despedirse, que en aquella casa debía de ser la manera más fina que tenían de mandarte a paseo.

Mejor. La quería lejos para lo que fuera que hubiese venido a hacer, que a esas alturas ni yo mismo tenía claro del todo.

Fui derecho al armarito de los contadores, junto a la puerta del bajo, con la cámara ya en la mano.

Y me paré.

El alféizar de azulejo de delante, donde a veces había geranios, tenía ahora un plato.

Un plato blanco, de los de diario. Y encima del plato, un croissant. No uno cualquiera: tenía clavado en lo alto, derritiéndose despacio por las grietas, un trozo de mantequilla al que alguien le había dado, con más voluntad que arte, la forma de un corazón.

Me quedé mirándolo como se mira una trampa, porque eso era.

Un soborno. Una de esas torpezas con las que la gente cree que se frena un procedimiento administrativo: una pasta, una sonrisa, un detalle.

La mujer del patio, supuse, la que me había llamado mentiroso, o cualquiera de las otras.

«Ablándate», decía aquel corazón ridículo.

Como si yo fuera de los que se ablandan.

Como si un cuerno con mantequilla pudiera contra cinco meses, un fondo holandés y mi padre.

Había visto de todo en ocho años. Me habían llorado, me habían gritado, me habían ofrecido dinero por debajo de la mesa y me habían amenazado por encima de ella.

Una vez una señora me persiguió hasta el coche con una sartén en la mano.

Lo del croissant era nuevo, eso sí. Más fino. Pero, me dije, igual de inútil.

Estuve a punto de tirarlo a la basura del rellano y seguir con mis fotos. Habría sido lo correcto. Lo limpio.

No lo tiré.

Lo cogí del plato, todavía templado, y le di un mordisco de pie, casi sin pensarlo, con la chulería del que se come la prueba del delito para demostrar que no le impresiona en absoluto.

Y dejé de masticar.

Porque aquello no sabía a un croissant de comedor de barrio. Sabía a mantequilla de verdad, a masa que ha dormido en frío, a capas que se deshacían en la lengua como se deshace algo que llevas mucho tiempo sin permitirte. Sabía, exactamente, a domingo. A los domingos de Pilar.

No fue un recuerdo. Los recuerdos se pueden manejar.

Esto fue peor: fue estar otra vez allí. Seis años, un taburete, una cocina pequeña con la ventana al patio, una mujer tarareando una copla cuyo nombre nunca supe, las manos enharinadas, el horno abierto, el olor subiendo por las galerías y avisando al barrio entero de qué día era.

Treinta años cerrado a cal y canto, con obra y todo, y se me abrió de par en par con un solo bocado.

Pilar amasando los sábados por la noche para que el domingo hubiera cuernos calientes.

Pilar dejándome pintar la masa con huevo batido y una brocha vieja, subido a un taburete, diciéndome que despacio, que sin pasarme por los bordes, que las capas tienen que poder respirar.

Pilar repartiéndolos por las galerías en una lata abollada, casa por casa, sin cobrar, porque a la gente que no llega a fin de mes no se le cobra el desayuno.

Y Pilar después, sin cocina y sin galería y sin domingos, apagándose en un piso interior que no daba a ningún patio, mientras un hombre con una carpeta firmaba papeles iguales a los que firmo yo.

Tuve que sentarme.

Me senté en el escalón de la puerta del bajo, con el plato en una mano y el croissant a medio comer en la otra, y durante un rato que no sabría medir no fui capaz de hacer absolutamente nada.

No tragué. No me moví. Cerré los ojos, que fue lo único que se me ocurrió para que no se me notara por fuera lo que se me estaba cayendo por dentro.

Tenía el bocado en la boca y no era capaz ni de tragarlo ni de darle otro.

Me temblaba un poco la mano, lo justo para que el plato tintineara contra el azulejo del escalón, y apreté la mandíbula hasta que paró.

Llevo toda la vida entrenándome para que no se me note nada.

Aquella mañana, en aquel escalón, estuve a punto de no conseguirlo.

Un hombre de traje, sentado en el escalón de una corrala de Lavapiés a media mañana, con medio croissant en la mano, a punto de algo que llevaba treinta años sin dejarse estar a punto.

No lloré. Pero estuve mucho más cerca de lo que pienso reconocer delante de nadie.

Cuando conseguí volver a mí, lo primero que pensó el profesional que llevo dentro, porque el profesional no descansa ni en mitad de un derrumbe, fue: esto no lo ha hecho una abuela.

Esto lo ha hecho alguien con oficio. Alguien que ha laminado mil veces, que sabe lo que es una vuelta doble y un punto justo de fermentación, que ha trabajado de esto de verdad.

En aquel comedor de cinco viejas y una olla había alguien capaz de hacer un croissant mejor que la mayoría de las pastelerías en las que yo pago cuatro euros sin pestañear.

No sabía quién. Pero quise saberlo. Y esa, la de querer saber, fue la primera de las decisiones que tomé aquella mañana sin reconocer que las estaba tomando.

No hice las fotos. Me guardé el móvil en el bolsillo.

Me dije que volvería otro día, con la cabeza más fría, a documentarlo como es debido; que para blindar un expediente de verdad no bastaba con cuatro fotos robadas, que había que entender el funcionamiento de cerca, observar quién entraba y a qué horas y con qué volumen, durante varios días. Más visitas. Más tiempo.

Era mentira. O era verdad solo en la parte que me convenía. La verdad entera era que necesitaba una excusa para volver a aquel patio, y «investigar de cerca» era la mejor que tenía a mano.

Llevaba ocho años entrando en casas ajenas con la coartada perfecta siempre preparada. Resulta que las coartadas también sirven para mentirse a uno mismo. Lo descubrí aquella mañana, sentado en un escalón, con la boca todavía sabiendo a domingo.

* * *

Mi padre me llamó cuando todavía seguía allí sentado en el escalón, con el plato al lado, como si hubiese olido desde su torre de cristal que algo se me estaba torciendo.

—¿Tienes la denuncia? —preguntó, sin saludar, como siempre.

—La estoy preparando.

—Te dije esta semana.

—Y esta semana la tendrás.

Y entonces, sin haberlo decidido del todo, me oí añadir:

—Pero le falta un dato, y es importante.

No tengo confirmada la titularidad de la actividad: quién responde legalmente del comedor.

Si presentamos una denuncia contra «unas señoras» sin un nombre y un DNI detrás, cualquier abogado de oficio nos la tumba a la primera y perdemos seis meses.

Necesito unos días para atar quién lo lleva.

Un silencio al otro lado de la línea. A mi padre los silencios siempre les han salido caros a los demás.

—¿Y no lo sabes ya? Me dijiste que lo llevaba una tal Remedios.

—Me lo dijeron unas vecinas, de oídas. No es lo mismo que tenerlo confirmado y documentado para un juez. —Lo cual, técnicamente, no era mentira. Era mentira solo en la intención, que es la peor clase que hay, porque por fuera tiene exactamente la cara de la verdad.

—Tres días —dijo mi padre—. Ni uno más. Y como esto sea que te estás ablandando, mando a otro y se acabó.

La palabra me cayó encima como una piedra. Ablandándote. La misma que decía el corazón de mantequilla derritiéndose en aquel plato.

—No me estoy ablandando —dije—. Lo estoy haciendo con cabeza, que no es lo mismo.

—Eso espero. Las casas no son de quien vive en ellas. Son de quien las paga. No se te olvide nunca.

—No se me olvida.

Colgué. Y me quedé mirando el teléfono, asombrado de mí mismo, porque acababa de ganarle al comedor tres días de vida usando exactamente lo que mejor se me da en este mundo, que es el papeleo.

Por primera vez en ocho años lo había usado para frenar una máquina en lugar de para ponerla en marcha.

Tres días no era nada. Pero era mío, se lo había robado a mi padre, y ese pequeño robo, por insignificante que fuera, ya no tenía vuelta atrás.

Antes de marcharme hice la última cosa, la que jamás habría hecho el hombre que había entrado en aquel patio por la mañana.

El croissant a medio comer seguía en el plato, en el escalón, donde lo había dejado. Saqué una servilleta de papel del bolsillo, envolví con cuidado el trozo que quedaba, como se envuelve algo que importa, y me lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta, al lado de la cartera.

No tenía ningún sentido. Un hombre adulto no se guarda medio croissant frío en el forro del traje. Pero no quería tirarlo, no podía comérmelo entero allí sentado, y la idea de dejarlo en aquel alféizar para las palomas se me hizo, de repente, insoportable.

Me lo llevé. Lo noté en el bolsillo interior, contra el pecho, como se lleva una prueba que uno no piensa presentar jamás.

Olió a mantequilla todo el camino de vuelta. Igual que el coche, la otra vez.

Solo que esta vez no me molesté en respirar por la boca.