Con Mucho Amor (y mantequilla) 6. Un croissant como arma
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6. Un croissant como arma

Un croissant como arma

Tres días después de que el traje gris pisara nuestro patio como si ya fuera suyo, las abuelas habían celebrado cuatro consejos de guerra, agotado dos cafeteras y llegado a una conclusión unánime: había que ablandar al administrador.

—Ablandarlo —repetí—. ¿Como a un filete?

—Como a un filete —confirmó Carmina, encantada—. A un hombre se le ablanda por el estómago, hija. Es la única puerta que no cierran nunca con llave.

—Carmina tiene razón en una cosa, por una vez en su vida —dijo Reme, removiendo la olla sin volverse—. A ese le vendría bien comer algo que no haya pedido por el móvil. Igual hasta se acuerda de que somos personas.

—Y si de paso se encariña con la niña, pues mira qué mal —añadió Pacita, con su vocecita de algodón, sin levantar la vista del ganchillo.

—Pacita.

—Digo. Que el cariño ablanda más que el cocido. Lo sabe cualquiera.

—Y tú, Pacita, ¿desde cuándo eres experta en ablandar hombres? —preguntó Carmina.

—Desde que enterré a tres, hija. Una aprende. —Pacita volvió a su ganchillo, tan serena—. Los tres encantados de la vida, además.

—Que en paz descansen —dijo Lola.

—Eso. En paz. Por fin.

—Lo que yo sé —dijo Encarna, que tenía la libreta abierta y el ceño fruncido— es que ese hombre vino con una carpeta y a los de la carpeta no se les ablanda con magdalenas, se les para con un abogado. Pero como aquí nadie me hace caso nunca, ustedes mismas.

—Un dulce no le para los pies —concedió Lola, dándole vueltas a su vermut—, pero le quita las ganas de tenerlas frías un rato. Y a veces con eso basta para ganar tiempo. —Suspiró—. A mí, en mis buenos tiempos, un buen merengue me arregló más asuntos que un buen abogado.

—Pues que cocine la niña —zanjó Carmina, y me señaló con la barbilla—. Que para eso es repostera. Una tarta, un hojaldre, algo fino que lo desarme.

—No —dije—. Yo no cocino. Ya lo hemos hablado.

—Ah, claro. —Carmina le dio un sorbo al café con la cara del que no se cree absolutamente nada—. Que se te ha olvidado.

—No se me ha olvidado. He decidido no hacerlo, que es distinto.

—Es lo que dicen todas las que ya no saben.

Y ahí, lo reconozco, me pudo el orgullo, que es el último órgano que se me va a morir.

Llevaba dos premios provinciales en un cajón y un negocio quebrado a la espalda, pero seguía siendo la mejor laminando en treinta kilómetros a la redonda, y que una señora con el pelo color caoba imposible insinuara que se me había «olvidado» me hirvió la sangre de una manera que no me esperaba.

—¿Que ya no sé? —Dejé la taza en la mesa—. Mañana os traigo un croissant. Uno. Y cuando lo probéis, os calláis todas una semana.

—Un croissant —repitió Carmina, fingiendo que le daba igual, que es como se cierran los buenos tratos.

—El más difícil que hay. Para que no quede duda.

Reme se giró por fin, con la cuchara de palo goteando caldo, y me miró con una sonrisa pequeña que no me gustó nada, porque era la sonrisa del que ha ganado una partida que tú ni sabías que estabas jugando.

—El delantal se cuelga, te lo dije —dijo—. Las manos no se cuelgan.

—Esto no cuenta —contesté, ya en la puerta—. Esto es para callaros.

—Lo que tú digas, hija.

* * *

Subí a casa con un paquete de harina de fuerza que me dio Reme, un sobre de levadura fresca y, porque hay cosas que una no negocia ni cuando se está demostrando algo a sí misma de mala manera, dos pastillas de mantequilla de la buena que bajé a comprar yo a la tienda de la esquina.

De la buena, no de la otra. «No seas rácana», decía el sobre de la luz pegado en la nevera de Amparo con el imán de Benidorm, con su letra de mayúsculas mandonas, y por una vez le hice caso a mi abuela muerta.

La cocina de Amparo era del tamaño de un confesionario.

Una encimera de granito de mentira en la que no cabían un rodillo y mis codos a la vez, y un horno tan viejo que abría la puerta como si te hiciera un favor.

En aquel cuchitril yo había aprendido a montar claras antes que a leer del tirón.

Amparo me subía a un taburete y me dejaba batir mientras ella cantaba fatal y me robaba la mitad de la nata con el dedo.

Seguía oliendo a ella, a violetas y a ajo viejo, y ponerme a laminar allí, entre sus cazos abollados y su calendario parado en marzo, fue como hacerle una visita y profanarle la tumba a la vez.

No supe decidir cuál de las dos cosas pesaba más, así que hice las dos, que es lo que hago siempre.

Y en aquel cuchitril, ocho meses después de cerrar «Migas» con la persiana medio bajada para que no me vieran llorar los proveedores, volví a hacer una masa.

La hice casi sin pensar, que es como mejor salen las cosas que te sabes de memoria.

Harina, agua, un poco de azúcar, la sal por un lado de la levadura y nunca encima, que la mata.

Amasé hasta que dejó de pegarse a la mesa y empezó a obedecerme, esa textura de lóbulo de oreja que no se explica, se toca.

Y ahí, con las manos hundidas en la masa por primera vez en ocho meses, me pasó exactamente lo que me temía.

Que el cuerpo se acordaba.

No me había olvidado de nada. Las manos sabían el peso, la presión, cuándo parar.

Sabían más que yo, que llevaba ocho meses jurando que aquello se había acabado.

Y la traición no fue acordarme; la traición fue que me gustó.

Que en aquella cocina ridícula, con harina hasta los codos y la deuda de Víctor esperándome en el bolso, sentí por primera vez en mucho tiempo que estaba haciendo lo único que de verdad sé hacer en este mundo.

Me acordé del obrador sin querer. De las cinco de la mañana laminando para que a las ocho hubiera croissants calientes en la vitrina, de los clientes que entraban siguiendo el olor, de lo segura que estaba de Víctor y de mí y del futuro, los tres bien atados, mientras él me vaciaba las cuentas con la misma sonrisa con la que me traía el café.

Hornear no me curó de nada, que quede claro.

No fue un alivio, ni una terapia, ni ninguna de esas cosas bonitas que se dicen.

Fue peor: fue acordarme de quién era yo antes de que se me viniera todo encima, comprobar que esa seguía estando ahí dentro, intacta y esperando, y caer en que la había tenido ocho meses guardada en un cajón al lado de los premios.

Me dio una rabia espantosa. Amasé más fuerte. No lloré, que conste, porque llorar tampoco entraba en los planes; pero amasé como se llora cuando una no se permite llorar.

Saqué del frío el bloque de mantequilla, lo aplané entre dos papeles hasta dejarlo en una plancha cuadrada y fría.

Estiré la masa, coloqué la mantequilla en el centro y la encerré dentro como se cierra un sobre, con cuidado de que no se escapara una esquina, porque en eso está todo: en que la mantequilla y la masa estén a la misma temperatura, ni la una blanda ni la otra dura, las dos cediendo a la vez.

Si una de las dos va por libre, se rompe la lámina y adiós.

Llevaba ocho meses pensando que esa frase solo servía para el hojaldre.

Estiré. Doblé en tres. Vuelta simple. Y como en la nevera de Amparo no cabía ni una lechuga de más, dejé la masa a reposar en el alféizar de la ventana, envuelta en un paño, al frío de octubre, mientras Madrid se iba apagando ahí fuera.

Media hora. Otra vuelta. Al alféizar otra vez.

Otra. Cada pliegue multiplica las capas: tres, nueve, veintisiete, ochenta y una láminas finísimas de masa y mantequilla, una encima de otra, que en el horno se separan y suben y se vuelven aire.

Eso es un croissant: paciencia doblada muchas veces.

Entre vuelta y vuelta me sentaba en la silla de la camilla de mi abuela a esperar el frío, sin hacer nada, mirando la masa reposar en la ventana como si fuera lo más interesante del mundo.

Y lo era. Hay un silencio en laminar que no existe en ningún otro sitio: no puedes correr, no puedes saltarte un reposo, la mantequilla manda y tú obedeces.

Ocho meses huyendo hacia delante, y al final lo que me bajó las pulsaciones fue tener que estarme quieta media hora esperando a que una masa cogiera frío.

Lo dejé reposar toda la noche. Dormí poco y mal, y esta vez ni me molesté en echarle la culpa a la entrevista.

A las seis de la mañana, todavía de noche, formé los croissants.

Corté los triángulos, los enrollé desde la base hasta la punta, apretando lo justo, y los puse a fermentar tapados cerca del horno encendido.

Cuando casi habían doblado, los pinté con huevo batido, despacio, con una brocha, sin pasarme por los bordes para que las capas pudieran abrirse.

Era el mismo gesto que llevo haciendo desde niña.

No sabía, no podía saberlo todavía, que a unos kilómetros de allí había un hombre que treinta años atrás había hecho de pinche para pintar con huevo unos cuernos exactamente iguales.

Eso lo supe mucho después. Esa mañana solo pinté croissants.

Y mientras se horneaban en el horno viejo de mi abuela, el olor a mantequilla y a masa caliente llenó la cocina, y se coló por debajo de la puerta, y bajó por la escalera de madera hacia el patio, y se metió por las rendijas de la corrala dormida.

Es un olor que no se parece a ningún otro: la mantequilla volviéndose oro, el azúcar del huevo caramelizándose por encima, el pan hinchándose por dentro.

Un olor que despierta a la gente de buen humor sin que sepan por qué.

Por la ventana vi encenderse una luz en el piso de enfrente, y después otra, como si el barrio entero se estuviera desperezando a base de olfato.

Cuando los saqué estaban dorados, hinchados, crujientes, con las capas marcadas como los anillos de un árbol. El obrador entero de «Migas» no había sacado nunca uno mejor.

Lo abrí por la mitad para verlo por dentro, que es lo que hacemos los que esto nos lo tomamos en serio, y tenía el panal: ese encaje de agujeritos que solo sale cuando las capas están bien hechas y la mantequilla no se ha escapado por ningún lado.

Perfecto. Me senté en el suelo de la cocina de Amparo, con la espalda contra el mueble, y me comí medio croissant allí mismo, con las manos, quemándome.

Estaba bueno. Estaba tan bueno que estuve a punto de echarme a reír y a punto de echarme a llorar, las dos cosas a la vez, y al final no hice ninguna de las dos, que es mi especialidad.

Pero odié, eso sí, lo bien que me sentí.

* * *

Cogí el más bonito de la bandeja y lo aparté en un plato. Ese no era para las abuelas.

Y entonces, porque una cosa es rendirse y otra es que se note, porque necesitaba con todas mis fuerzas que aquel gesto no pareciera un gesto, hice una tontería.

Saqué la mantequilla que me había sobrado, tallé un trozo con la punta del cuchillo hasta sacarle la forma de un corazón (torcido, casero, de andar por casa) y se lo planté encima al croissant, todavía caliente, para que se fuera derritiendo despacito por las grietas.

El corazón empezó a ablandarse en cuanto tocó el croissant caliente, a perder la forma por los bordes, a colarse entre las capas y a brillar.

Quedó bonito. Quedó, maldita sea, precioso: el cuerno dorado y el corazón de mantequilla fundiéndose encima como si lo hubiera puesto ahí alguien que sentía algo.

No lo había puesto nadie que sintiera nada, me dije; lo había puesto yo, que es distinto.

De pura mala leche. Para que el muy estirado del traje gris no tuviera ninguna duda de que aquello era una broma, un soborno con retranca, un «toma, ablándate» dicho con sorna.

—Con mucho amor y mantequilla —le dije al croissant, en voz alta, porque era a quien podía decírselo.

Sonó a burla. Casi del todo.

* * *

Bajé al patio con el plato cuando ya había abierto la tienda de abajo, antes de que llegara el ajetreo del comedor. No había nadie. Mejor.

El de la carpeta había dicho que volvería «para lo de los contadores», y los contadores estaban en un armarito empotrado junto a la puerta del bajo, con un alféizar de azulejo delante donde Encarna ponía a veces los geranios.

Dejé allí el plato. El croissant, su corazón de mantequilla derritiéndose, y nada más. Sin nota. La nota habría sido pasarse.

De lejos, el plato blanco con el croissant dorado y el corazón fundiéndose encima, allí solo en el alféizar de azulejo, parecía una ofrenda puesta en un altar pequeño. Y eso no me gustó nada, así que dejé de mirarlo.

Me quedé un segundo mirándolo, y por un instante incómodo se me pasó por la cabeza que aquello era demasiado bonito para ser solo una pulla, que le había puesto demasiadas horas y demasiada de la mantequilla buena a un hombre que venía a echarnos a la calle.

Aparté la idea de un manotazo, como se aparta una mosca.

Era un croissant. Era estrategia. A un hombre se le ablanda por el estómago, lo había dicho Carmina, y yo solo estaba siguiendo el plan.

Subí a casa antes de que llegara nadie y me preparé un café, y me dije que no me importaba lo más mínimo lo que aquel imbécil hiciera con mi croissant.

Me lo dije varias veces, por si colaba.