Con Mucho Amor (y mantequilla) 5. Lo que pide mi padre
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5. Lo que pide mi padre

Lo que pide mi padre

El despacho de mi padre seguía sin tener una sola foto. Lo pensé otra vez al entrar, como lo pienso siempre: cuarenta y dos plantas de cristal, todo Madrid a sus pies y ni una cara en las paredes. Como si hubiera pagado la altura precisamente para no tener que mirar a nadie de cerca.

Llegaba de mal cuerpo y me fastidiaba no saber por qué.

El trayecto de subir a darle cuentas a mi padre lo había hecho cientos de veces y nunca me había costado.

Aquella tarde, en cambio, traía metido en la ropa el olor de un patio que no era el suyo, unas voces de mujeres discutiendo por una hoja de laurel y la cara de una chica que me había llamado mentiroso sin saber hasta qué punto tenía razón.

Me lo sacudí en el ascensor. Para cuando se abrieron las puertas, volvía a ser yo.

—¿Y bien? —Ni buenos días. Mi padre administra los saludos igual que administra todo lo demás: solo cuando dan rendimiento—. ¿Existe?

—Existe. —Dejé la carpeta azul sobre el cristal—. Comedor en el bajo. Sin licencia, sin alta, sin un papel. Dan de comer a medio barrio y reparten a domicilio. Lo lleva una mujer mayor, una tal Remedios. Hay cuatro o cinco más. Volumen alto. Llevan así cuarenta años.

—Cuarenta años. —Casi sonrió—. Cuarenta años de infracción ininterrumpida. Es casi una obra de arte.

Pasó las hojas del informe sin leerlas del todo, como quien confirma un pedido que ya conoce.

—Entonces ya tenemos por dónde empezar —dijo—.

Presentas la denuncia. Entra una inspección, se levanta acta, se abre expediente.

Una actividad económica ilegal en suelo residencial da de sobra para una resolución.

Empezamos por el bajo; cuando el bajo cae, los de arriba entienden lo que les viene y empiezan a firmar los realojos. El dominó de siempre.

—¿Y los de arriba? —pregunté—. Hay quince viviendas más. Gente que lleva medio siglo ahí.

—Los de arriba son lo fácil. En cuanto el bajo entre en expediente, les llega una carta a cada uno recordándoles que la finca tiene actividades irregulares y que la propiedad no se hace responsable de lo que pueda pasar.

La mitad se asusta y firma. La otra mitad se muere antes de marzo; a esas edades, el tiempo juega de nuestro lado.

—Lo dijo sin pestañear, como quien lee el parte del tiempo—.

Tú ocúpate del bajo. El bajo es la llave de todo lo demás.

—Lleva su tiempo.

—No tenemos tiempo. —Cerró la carpeta—. El fondo quiere la finca en proceso antes de Navidad.

Si en enero no ven un expediente abierto, se echan atrás, y una oferta así no se repite en diez años.

La entrega vacía sigue siendo para final de marzo, pero el papeleo tiene que estar rodando esta semana. No el mes que viene. Esta.

Asentí. Y entonces, en lugar de levantarme, hice algo que no estaba en el guion: seguí hablando.

—Hubo resistencia.

Levantó una ceja.

—Los vecinos. Las mujeres del comedor. No va a ser un realojo tranquilo. Esas no se van a ir por las buenas.

Mi padre se quedó callado un momento. Miró por el ventanal, hacia el Madrid de maqueta, y por una vez no contestó al instante.

—No —dijo, despacio—. Las viejas nunca se van por las buenas.

No tienen adónde ir y lo saben, así que se agarran al suelo con las uñas hasta el último día.

—Y entonces algo le cruzó la cara. Duró lo que dura un parpadeo, lo mismo que se me había cruzado a mí en aquel patio, y lo reconocí sin entender qué estaba reconociendo—.

Por eso hay que ir rápido. Cuanto más se piensa una cosa de estas, más duele. Para todos.

Nunca le había oído decir nada parecido.

Mi padre no hablaba del dolor de la gente a la que echábamos; la gente a la que echábamos no era gente, era una casilla.

Aquella frase, la de que más duele para todos, se le había escapado por una rendija que yo no sabía que tuviera, y por un segundo me pregunté quién habría sido la vieja de mi padre.

Pero no lo pregunté. A mi padre esas cosas no se le preguntan.

Volvió a girarse hacia mí, otra vez de hielo, como si la grieta no hubiera existido nunca.

—¿O es que ahora te dan pena?

—No —dije—. Es un edificio.

Mentí con la misma soltura con la que me había mentido la chica del patio cuando me juró que el comedor era un trastero. Y por primera vez en ocho años, al oírme decir «es un edificio», no me lo terminé de creer.

—Mejor. —Volvió a la pantalla, ya despidiéndome—. Porque el día que te den pena dejarás de servirme, y entonces tendré que mandar a alguien que lo haga peor que tú. —Una pausa—. Las casas no son de quien vive en ellas, Gabriel. Eso lo aprendiste de pequeño.

—Lo aprendí de pequeño —repetí.

Lo que no dije, porque esas cosas no se le dicen a mi padre, fue que aquella tarde, por primera vez, la frase me había sonado a mentira.

* * *

Esa noche, en mi piso de Chamberí (blanco, en orden, sin una miga en la encimera, sin nada dentro que oliera a haber sido cocinado por alguien que me quisiera), abrí el portátil para empezar a redactar la denuncia.

Y no pude.

Llevaba treinta años sin permitirme pensar en aquello. Lo tenía tapiado, con obra y todo. Pero el olor de aquel patio (el cocido y, por encima, la mantequilla y el azúcar) había abierto una puerta que yo daba por clausurada para siempre, y ya no había manera de volver a cerrarla.

Mi abuela se llamaba Pilar.

Vivía en una corrala. No en Lavapiés; en otra, al otro lado del río, pero igual que esta: tres alturas de galerías de madera, un patio con geranios en latas de tomate, ropa tendida y un canario que no se callaba nunca. Y los domingos, Pilar hacía croissants.

No magdalenas ni bizcocho. Croissants, que a mí entonces me parecían la cosa más fina y más rara del mundo, porque los croissants eran de las cafeterías de los ricos y nosotros no éramos ricos.

Pero Pilar había servido de joven en una casa buena, había aprendido a laminar mirando trabajar a un cocinero francés y no se le olvidó jamás.

Los sábados estiraba la masa en la mesa de la cocina, le metía la mantequilla, la doblaba en tres, la dejaba reposar en el frío del patio.

Los domingos los horneaba al amanecer, y el olor subía por las galerías y se colaba por debajo de todas las puertas de la corrala, y los vecinos sabían qué día era sin mirar el calendario.

Yo tenía seis años y era su pinche. Mi cometido consistía en pintar los cuernos con huevo batido y no comerme la masa cruda, que me la comía igual.

Tarareaba mientras esperaba a que subiera. Siempre la misma copla, una que no sé cómo se llamaba. Tenía las manos siempre enharinadas.

Los vecinos pasaban a por los suyos con un plato y unas monedas, y ella se los daba calientes, envueltos en un paño.

Al que no llevaba monedas se los daba igual y le decía que ya se las daría otro día; el otro día no llegaba nunca, y a ella le daba lo mismo.

Cobraba en una lata. Daba de comer al que pasaba por delante.

Cuarenta años después, en otra corrala, al otro lado de mi vida, había una mujer que se llamaba Remedios haciendo exactamente lo mismo con una caja de galletas, y yo había ido a tomar nota de ello para que un juzgado se lo prohibiera.

Y un domingo (no de golpe; estas cosas nunca son de golpe) empezó a llegar el papel.

Cartas certificadas. Un señor con una carpeta que venía a medir y a tomar notas y no miraba a nadie a los ojos.

Obras en la finca que no se terminaban nunca.

Una oferta de realojo a un piso en las afueras que caducaba en quince días.

Mi abuela entendía las cartas perfectamente, que era lo peor de todo.

El señor de la carpeta vino tres o cuatro veces; siempre educado, siempre tranquilo, siempre con la voz que no sube.

Nunca nos gritó. No hizo falta. La gente como él no necesita gritar: tiene el tiempo, el dinero y el papel de su lado, y le basta con esperar a que te canses de pelear.

Nos fuimos. No se puede pelear contra el papel cuando no tienes con qué pelear.

A Pilar la mudamos a un tercero sin ascensor en un barrio donde no conocía a nadie, sin patio, sin galería, sin vecinos que supieran qué día era por el olor de su cocina.

Dejó de hacer croissants. Decía que en aquel horno no salían igual, pero no era el horno.

Dejó de tararear. Y se fue apagando como se apaga un piloto cuando le cortan el gas, despacio y sin ruido, en menos de dos años.

Yo tenía ocho cuando la enterramos. Y me juré, con esa solemnidad tonta y exacta que tienen los niños para las cosas importantes, que a mí no me iba a echar nadie de ningún sitio nunca.

Cumplí la promesa de la peor manera posible.

Me pasé al lado de los que mandan las cartas.

Me hice tan bueno mandándolas que mi padre me presume en las cenas.

Y aquella tarde, en el patio de la calle del Sombrerete, había estado tomando notas con una carpeta en la mano, sin mirar a nadie a los ojos, delante de una mujer mayor que daba de comer a todo un barrio.

Me había convertido, con treinta años de esfuerzo, en el hombre que mató a mi abuela.

Y lo sabía. Esa era la parte que no tenía arreglo: que lo sabía perfectamente.

Cerré el portátil. No escribí la denuncia esa noche.

Pero tampoco renuncié, y conviene que se entienda por qué, porque no fue por maldad.

Fue por miedo. Porque al otro lado de no terminar el trabajo estaba volver a ser aquel crío de ocho años en un tercero sin ascensor, sin patio y sin abuela, esperando a que un hombre con una carpeta decidiera por mí dónde podía vivir y dónde no.

Y antes que volver a sentirme así, yo era capaz de casi cualquier cosa. Incluso de esto.

Lo pensé en frío, que es como pienso las cosas que me dan miedo.

Si yo lo dejaba, mi padre mandaría a otro, y ese otro no sabría quién era la Manoli del tercero ni le temblaría la mano.

Las echarían igual, solo que sin que a nadie le costara nada.

Casi era mejor que lo hiciera yo, me dije.

Esa es la mentira que se cuentan los que hacen daño con buenos modales: que si no lo hicieran ellos, lo haría otro peor. Me la conté entera. Funcionó a medias.

El orden es la única casa de la que no te pueden echar. Me lo repetí, como cada noche, igual que se reza una oración en la que se ha dejado de creer.

Esa noche, por primera vez, no me sirvió de mucho.