Con Mucho Amor (y mantequilla) 4. Fuego cruzado
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4. Fuego cruzado

Fuego cruzado

La entrevista de trabajo había durado once minutos, de los cuales el chaval gastó nueve en explicarme por qué una repostera con dos premios provinciales y un negocio quebrado no servía para reponer yogures en un supermercado.

«Sobrecualificada», dijo, que es la palabra elegante para «das mal rollo».

Volví a la corrala con el currículum doblado en el bolso y unas ganas de tratar con la humanidad que rondaban el cero absoluto.

Llevaba dos semanas en Lavapiés y, contra todo pronóstico, no había conseguido estar sola ni un solo día.

Bajé el primer táper a la mañana siguiente, como había prometido, y de ahí ya no salí: las abuelas me habían adoptado con la misma terquedad con la que se adopta a un gato callejero, a base de comida y de no aceptarme un no.

Comía abajo casi cada día. Pelaba patatas fingiendo que era un favor.

Me sabía ya los nombres del corcho, las manías de cada una y cuál de las cinco había hecho qué guiso solo con olerlo.

Lo único que seguía sin hacer, lo único en lo que no me habían movido, era cocinar.

Las manos las llevaba bien metidas en los bolsillos, que es donde no dan problemas.

Así que cuando crucé el portal y vi el traje plantado en mitad del patio, lo primero que pensé fue: hoy no.

Era un traje caro en un sitio donde nadie lleva trajes.

Gris, sin una sola arruga, con unos zapatos demasiado limpios para una calle de adoquín suelto, y un hombre dentro que miraba la fachada con una carpeta azul en la mano y la cara concentrada del que está calculando algo que no le va a contar a nadie.

No era un vecino. No era un repartidor. No era nada que tuviera que estar en el patio de mi abuela a las siete de la tarde de un jueves.

—¿Buscas a alguien? —Lo dije desde la escalera, sin bajar del todo, en ese tono que reservo para los comerciales y para mi ex.

Levantó la vista. Y aquí viene la parte que me fastidia, porque la honradez obliga: era guapo.

Guapo de un modo ordenado y antipático, de esos que parece que se planchan también la cara.

Ojos oscuros, mandíbula de anuncio, treinta y tantos.

Justo el tipo de hombre que yo había jurado no volver a mirar, lo cual hice durante un segundo más de lo necesario antes de acordarme de que lo odiaba por principio.

Tengo una alergia muy concreta a los hombres que se visten así de bien.

Víctor también se vestía bien. Víctor también tenía una voz que no subía nunca y una sonrisa distinta para cada ocasión, y ya se vio cómo acabé: con dos maletas, una deuda que no era mía y la promesa firme de no volver a fiarme de nadie capaz de hacerse un nudo de corbata decente.

Así que a este lo tenía clasificado antes de que abriera la boca.

—Estoy revisando la finca —dijo. Voz tranquila, educada, de las que no suben nunca—. De parte de la propiedad. Rutina.

—Ah. Rutina. —Bajé los últimos peldaños y me planté en el patio—. ¿Y la rutina de la propiedad incluye fotografiar la persiana del bajo? Porque te he visto desde arriba.

Una pausa de medio segundo. La aprovechó para cerrar la carpeta despacio, como quien guarda una carta que no quiere que le leas.

—Incluye revisar instalaciones. Contadores, humedades, ese tipo de cosas. El bajo forma parte de la finca.

—El bajo es un trastero —mentí, con una soltura que me sorprendió hasta a mí.

—Huele a cocido para ser un trastero.

—Será del vecino.

—¿El vecino reparte táperes? —Señaló con la barbilla, sin mirar, la balda que se veía por la rendija de la persiana, esa hilera de fiambreras con nombres en esparadrapo—. Porque hay unos cuantos preparados ahí dentro.

Y ahí supe dos cosas a la vez. Una: este tío no estaba mirando contadores. Dos: yo iba a tener que ponerme muy pesada para que no mirase nada más.

—¿Tú quién eres, exactamente? —pregunté.

—Gabriel. —Lo soltó sin más, como si un nombre de pila fuera una credencial—. Llevo el tema de esta propiedad.

—¿Llevas el tema. Para quién?

—Para una gestora.

—¿Tiene nombre la gestora?

—Tiene varios. —Casi sonrió. Casi. Fue lo más cerca que estuvo de un gesto humano en toda la tarde—. ¿Y tú eres...?

—La nieta de la dueña de ese trastero que huele a cocido.

No era verdad. Amparo no había sido dueña de nada más que de setenta y dos metros y una deuda, pero sonó bien, y a mí, cuando alguien me mira por encima del hombro con un traje gris, me sale defender hasta lo que no es mío.

—Mira, Gabriel-que-lleva-el-tema —seguí, cruzándome de brazos—.

Aquí no hay nada que revisar. Hay unos vecinos, una comunidad muy normal y una señora que cocina para su familia, que no es delito.

Así que ya puedes ir guardando la carpeta y la rutina y los zapatos de domingo, que aquí huele a cocido porque la gente come, qué cosa más rara.

Lo miré esperando que se achantara. No se achantó. Me sostuvo la mirada con una calma de funcionario que llevaba mucho tiempo sin que le levantaran la voz, ladeó un poco la cabeza y dijo:

—Defiendes mucho un trastero para no saber de quién es.

Touché. Me fastidió tanto que casi me río.

—Y tú preguntas mucho para llevar solo «el tema».

—Es mi trabajo.

—Pues qué bonito trabajo. ¿Y se gana bien echando a la gente de su casa?

—Yo no he dicho nada de echar a nadie. —Ni un pestañeo—. He dicho contadores.

—Has dicho contadores tres veces. La gente que dice la verdad no necesita repetirla tanto.

Eso le tocó. Lo justo. Una sombra le cruzó la cara y se fue tan rápido como vino, pero ahí estuvo, y me dio una satisfacción mezquina que duró poco, porque enseguida volvió a la carga, tranquilo, imparable, como una gotera.

—¿Cuántos vecinos viven en la finca? —Lo preguntó como quien no quiere la cosa, que es justo como se pregunta lo que sí se quiere.

—Los justos.

—¿Y todos comen en el trastero?

—Comen en sus casas, como todo el mundo. ¿Tú dónde comes, en el coche?

—A veces.

—Se nota.

Anotó algo en la carpeta. No sé el qué. Pero cada vez que aquel boli se movía sobre el azul, a mí se me ponía el cuerpo en guardia, como si lo que apuntara no fueran contadores, sino nombres.

Nos quedamos ahí, los dos, midiéndonos en mitad del patio como dos gatos sobre la misma tapia, y por un instante absurdo (un instante que pienso negar bajo tortura) se me olvidó que venía de una entrevista humillante y que aquel hombre era exactamente la clase de problema con corbata que yo había venido a Lavapiés a no tener.

Solo había una pulla, y la siguiente, y unos ojos oscuros aguantándome el tipo.

Hacía mucho que nadie me devolvía la pelota así.

Entonces se abrió la puerta del bajo y salió la caballería.

Primero Reme, con la cuchara de palo en ristre, oliendo la bronca como se huele un guiso a punto de pegarse.

Detrás, Carmina, que para los conflictos tiene un radar mejor que para las gafas.

Y, cerrando, Encarna, que se ajustó las gafas de la cadenita, miró al traje de arriba abajo y lo señaló con la barbilla como quien identifica un cadáver.

—Ese es el de la carpeta del otro día —dijo—. El que andaba haciendo fotos desde la calle. Te lo dije, Reme. Los de fuera siempre vuelven.

—No vengo a molestar —dijo Gabriel.

—Los de fuera nunca vienen a molestar —contestó Encarna—. Hasta que molestan.

Reme se plantó entre él y la puerta del bajo con sus ochenta y tantos años y sus muchos kilos de autoridad, y por un momento el traje gris pareció mucho menos seguro de sí mismo.

—Mira, majo —dijo Reme, sin alzar la voz, que era lo que la hacía temible—. Esto es una comunidad de vecinos. Aquí la gente vive. Y come. Y lleva viviendo y comiendo más años que tú llevas respirando. Así que la rutina la haces desde la acera, ¿estamos?

—Ay, hijo, pero si no hay nada que esconder —terció Carmina, que no sabe estar callada ni con dinero por delante—. Que aquí no hay más que cinco viejas, una olla y un comedor para el que pasa hambre, que damos de comer a medio barrio y no le hacemos mal a...

—Carmina.

—¿Qué? Si no es ningún secreto, Reme.

—Todo es un secreto cuando viene de fuera.

En la puerta del bajo apareció Lola, secándose las manos en un paño con la dignidad de quien sale a saludar al patio de butacas. Miró a Gabriel de arriba abajo, sin ninguna prisa, y le dio un sorbo a una copita de vermut que había salido de no se sabe dónde.

—Qué chico tan elegante para venir a amargarle la merienda a unas viejas —dijo—. En mis tiempos, los que venían con esa planta a quitarte algo al menos te invitaban a cenar antes.

—Lola —dijo Reme.

—Solo digo que hay maneras.

Pero ya estaba dicho. Y Gabriel registró la palabra «comedor» sin mover un músculo, igual que se guarda una moneda en el bolsillo sin mirarla, y a mí me dio un pinchazo de algo parecido al miedo sin saber todavía a qué.

Y entonces Pacita, que no había abierto la boca, que llevaba todo el rato observándonos a Gabriel y a mí desde su metro y medio de estatura con una sonrisa de gata satisfecha, me dio un golpecito en el brazo y dijo, en un susurro que oyó hasta el canario del tercero:

—Hija, qué tensión con el muchacho. Qué tensión más bonita.

—No hay ninguna tensión, Pacita.

—La que tú digas, criatura. —Y le dedicó a Gabriel la sonrisa con la que una abuela mira a un posible yerno—. ¿Estás casado, hijo?

—¡Pacita!

—Pregunto. Por tener el cuadro.

Gabriel no contestó, pero en ese instante una vaharada salió por la puerta abierta del bajo: el cocido de fondo y, por encima, el bizcocho de la merienda que Lola tenía en el horno, mantequilla caliente y azúcar.

Yo estaba mirándole la cara para disfrutar de su incomodidad, así que no se me escapó: algo se le descolocó un segundo.

Un parpadeo. Como si le hubieran dado con algo blando en un sitio donde no se lo esperaba.

Apenas duró nada. Volvió a ser de mármol enseguida.

Pero lo vi.

—Gracias por su tiempo —dijo entonces, de usted otra vez, recolocándose la carpeta bajo el brazo y la armadura en la cara—. Volveré para lo de los contadores.

—Aquí no hay nada que revisar —repetí.

—Eso lo decidiré yo. —Sin amenaza. Sin levantar la voz. Con la tranquilidad insoportable del que ya lo ha decidido. Me sostuvo la mirada ese segundo de más, otra vez, y se dio la vuelta y se fue, patio arriba, con sus zapatos demasiado limpios pisando el adoquín de mi abuela como si ya fuera suyo.

Las cinco nos quedamos mirando la esquina por la que desapareció.

—Insoportable —dije, por decir algo.

—Guapísimo —dijo Carmina.

—Casado no está —dijo Pacita—. No lleva anillo. Me he fijado nada más llegar.

—Pacita, ese hombre ha venido a tocar las narices, no a pedir mi mano.

—Las dos cosas no tienen por qué reñir, hija.

—Yo lo veo —dijo Carmina, encantadísima—. Esa mala leche tuya con esa cara de palo que tiene él. Os complementáis.

—Que ha venido a por nosotras, Carmina.

—Pues mejor tenerlo cerca y vigilado, ¿no?

A Encarna no le hizo ninguna gracia. Recogió su libreta del banco, se la metió bajo el brazo y dijo, sin mirar a nadie en concreto:

—A mí me da igual si está casado o soltero. A mí lo que me preocupa es la carpeta. La gente con buena planta y carpeta azul es la que más cara sale siempre.

—Tú es que lo ves todo negro —dijo Carmina.

—Yo lo veo todo en su columna. Que es distinto.

Me reí, casi sin querer, y me di la vuelta para subir a casa antes de que la tarde se torciera del todo.

Pero al llegar a la escalera me giré un momento.

Reme seguía en el patio, quieta, mirando todavía la esquina vacía, con la cuchara de palo apretada en la mano.

No riñendo a nadie. No mandando. Solo mirando.

Y por primera vez desde que la conocía, Reme no tenía cara de ir a ganar la discusión por ser la más vieja. Tenía cara de las que, cuando vienen mal dadas, ya lo saben antes que nadie.

Subí a casa. Dejé el currículum encima de la mesa camilla de Amparo, al lado del sobre de la luz con su letra mandona, y me quedé sentada a oscuras un rato más largo del que pienso reconocer.

Esa noche dormí mal. Me dije que era por la entrevista. Pero lo que no se me iba de la cabeza, cada vez que cerraba los ojos, era una carpeta azul y un boli moviéndose encima, apuntando cosas que no eran contadores.