Compartiendo Esposa Con Amigos 5. El círculo se amplía #3
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5. El círculo se amplía #3

—Pronto lo sabré. —Laura empujó las caderas hacia atrás—. Pero antes quiero que te corras. Y quiero que lo hagas en mi boca. Como hicieron Pedro, Carlos y Daniel. Todos me han dado su leche en la boca. Todos saben distinto.

—Joder —Javier aceleró el ritmo—. Joder, Laura.

—Dime qué soy.

—Eres… eres increíble.

—No. Dime lo que soy para mi marido.

Javier giró la cabeza hacia Miguel. Le miró a los ojos mientras seguía follando a su mujer. Y dijo lo que Laura quería oír:

—Eres su dueña.

—Exacto. —Laura sonrió—. Ahora córrete.

Javier se corrió con un gemido gutural, una eyaculación larga y temblorosa que vació dentro de la boca de Laura después de que ella se girara para recibirla.

El semen aterrizó en su lengua, en sus labios, un poco en su barbilla.

Laura cerró la boca. Paladeó. Sus ojos se cerraron mientras analizaba el sabor como una catadora de vinos analiza un caldo nuevo.

—Sal —dijo al fin—. Sal y algo más. Un regusto amargo, como a café. Y una textura más líquida que la de los otros. —Abrió los ojos—. Me gusta. Eres salado y amargo. Eres distinto.

—¿Distinto bueno?

—Distinto necesario. —Se relamió los labios—. Ahora Miguel.

Miguel se levantó del sillón. Sabía lo que tocaba. Se arrodilló junto a Javier, que seguía de rodillas sobre la alfombra, su erección menguante brillando con los fluidos de Laura y los restos de su propio semen.

—Límpialo —ordenó Laura—. Quiero que lamas la polla de tu compañero de trabajo. Quiero que pruebes su semen directamente de la fuente.

Miguel se inclinó hacia adelante. Su lengua tocó la punta del miembro de Javier y el sabor le explotó en la boca: sal, café amargo, los fluidos de Laura mezclados con el semen de un hombre nuevo.

Cerró los ojos y lamió. Recorrió el tronco de arriba abajo, recogió cada resto, succionó suavemente la punta para extraer la última gota.

—Joder —Javier miraba la escena con ojos desorbitados—. Joder, tu marido me está chupando la polla.

—Lo sé —Laura se había tumbado en el sofá, una pierna colgando, la otra apoyada en el respaldo—. Lo hace siempre. Es su función. Limpiar lo que otros hombres me dejan.

Cuando Miguel terminó, Laura le hizo una seña para que se acercara. Le agarró el pelo y le olió la boca.

—Hueles a Javier. Sabes a Javier. —Le soltó—. Ahora vete a la cocina y tráenos vino. Javier y yo vamos a repetir. Y esta vez quiero que te sientes en la silla de la esquina, la de madera, y que no nos quites ojo. Pero sin tocarte. Sin correrte. ¿Entendido?

—Entendido.

Miguel fue a la cocina. Sirvió tres copas de vino tinto con manos que apenas podían sostener la botella. Cuando volvió, Laura estaba sentada sobre Javier en el sofá, de espaldas a él, cabalgándolo lentamente mientras él le mordisqueaba el cuello.

—La copa en la mesa —dijo Laura sin girarse—. Y tú a tu silla.

Obedeció. Se sentó en la silla de madera y observó cómo su compañero de trabajo poseía a su mujer una segunda vez, más lento, más seguro, con la confianza del que ya ha sido aceptado.

La nuez de Javier subía y bajaba con cada gemido.

Sus manos grandes recorrían el cuerpo de Laura como quien acaricia un instrumento valioso.

Y ella se dejaba hacer, los ojos cerrados, la boca entreabierta, el placer dibujado en cada músculo de su rostro.

—Miguel —gimió—. ¿Me estás mirando?

—Sí.

—¿Te gusta lo que ves?

—Sí.

—¿Te gusta ver cómo tu compañero de trabajo me folla en tu sofá?

—Sí.

—Pues mañana tendrás más. Mañana le toca al vecino.

Javier se corrió por segunda vez, esta vez dentro de Laura, y ella se corrió con él, un orgasmo largo y ruidoso que resonó contra las paredes del salón.

Miguel apretó los puños sobre los muslos y sintió su propia erección palpitar, dolorosa, implorante.

Pero no se tocó. No podía. La orden de Laura era clara: una semana sin correrse. Y él era un cornudo obediente.

Cuando Javier se hubo marchado —la nuez moviéndose arriba y abajo mientras balbucía un «hasta pronto» y recogía su corbata del suelo—, Laura se acercó a Miguel. Olía a sexo y a vino y a Javier. Le puso una mano en la nuca y le guió hacia el dormitorio.

—Ahora vas a hacerme lo de cada noche —dijo, tumbándose en la cama con las piernas abiertas—. Vas a comerme el coño hasta que me corra. Sin tocarte. Sin correrte. Y mañana, cuando llegue Roberto, estarás igual de excitado que hoy. Igual de necesitado. Igual de obediente.

Miguel se arrodilló junto a la cama y hundió el rostro entre las piernas de su mujer. El sabor de Laura se mezcló con el regusto de Javier que aún flotaba en su boca, y la combinación fue tan íntima y tan obscena que un gemido escapó de sus labios para vibrar contra el clítoris de ella.

—Así me gusta —murmuró Laura, enredando los dedos en su pelo—. Así, mi cornudo. Mañana será otro día. Y pasado otro. Y al final de la semana, cuando hayas invitado a todos los hombres de mi lista, quizá te deje correrte. Quizá.

Pero su tono indicaba que quizá era un quizá muy remoto. Y Miguel, mientras lamía a su mujer en la oscuridad del dormitorio, supo que la semana apenas empezaba.