Compartiendo Esposa Con Amigos 5. El círculo se amplía #2
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5. El círculo se amplía #2

Javier llegó puntual, como llegaba a todas partes. Traía una botella de vino tinto y una corbata aflojada que le daba un aspecto informal pero controlado. Sus manos grandes sostenían la botella como si fuera un trofeo. Su nuez prominente se movió al tragar saliva cuando Laura abrió la puerta.

Ella llevaba un vestido negro que no le cubría los hombros.

El escote era profundo, triangular, y terminaba exactamente en el punto donde sus pechos se encontraban.

No llevaba sujetador. No llevaba bragas.

Lo único que cubría su cuerpo era esa tela negra que se ceñía a sus curvas como una segunda piel.

—Javier —Laura le recibió con un beso en la mejilla, más cerca de la comisura de los labios de lo que dictaba el protocolo—. Por fin vienes a casa.

—Gracias por invitarme. —La nuez de Javier volvió a moverse. Arriba y abajo. Como un metrónomo de la excitación—. He traído vino.

—El vino puede esperar. Pasa.

El salón estaba preparado. Esta vez no había velas ni penumbra sugerente.

La luz era la luz normal del hogar, blanca, cruda, sin concesiones al romanticismo.

La alfombra del centro estaba limpia —Miguel la había fregado de rodillas esa misma tarde— pero conservaba la memoria invisible de todo lo que había absorbido la noche anterior.

Los tres se sentaron: Laura y Javier en el sofá, Miguel en el sillón de enfrente.

—No sé muy bien cómo empezar esto —dijo Javier, y su voz era sincera, casi vulnerable—. Miguel me ha invitado y yo he venido, pero no sé exactamente a qué.

—Has venido porque te gusto —Laura cruzó las piernas. El vestido se tensó sobre sus muslos—. Te gusto desde hace años. Desde la primera cena de empresa, cuando me miraste el escote durante toda la velada.

—Eso no es…

—No me mientas. Me miraste. Y me gustó que me miraras. Me gustó saber que mi marido trabajaba con alguien que me deseaba.

Javier tragó saliva otra vez. Su nuez subió y bajó.

Miguel observaba la escena en silencio, notando cómo su erección matutina, que nunca había desaparecido del todo, comenzaba a presionar de nuevo contra la cremallera.

Una semana sin correrse. La orden de Laura resonaba en su cabeza como una condena y una promesa.

—Lo que pasa en esta casa —continuó Laura— es que yo follo con quien me da la gana. Y mi marido mira. A veces participa, pero sobre todo mira. Y tú has sido invitado a follarme. Si quieres.

La brutalidad de la frase dejó a Javier sin habla. Miró a Miguel, buscando confirmación. Miguel asintió lentamente.

—Es verdad —dijo, y su voz sonó ronca—. Es lo que hacemos ahora.

—¿Y te parece bien? —preguntó Javier, incrédulo.

—Me parece bien porque a ella le parece bien. Y porque… —Miguel tragó saliva—. Porque me excita.

—Joder. —Javier se pasó una mano por el pelo—. Joder.

—No tienes que hacer nada que no quieras —Laura se inclinó hacia él, apoyando una mano en su rodilla—. Pero si quieres, quiero que me folles. Quiero que tu primera vez conmigo sea delante de mi marido. Y quiero saborearte después.

—¿Saborearme?

—Quiero correrme contigo dentro. Y luego quiero lamer tu polla. Probar tu semen. Añadir tu sabor a mi colección.

La nuez de Javier parecía tener vida propia. Subía y bajaba sin control. Sus manos grandes se aferraban a sus propias rodillas como si temiera que se le escaparan.

—Nunca he hecho nada así —dijo—. Nunca con un marido mirando.

—Siempre hay una primera vez. —Laura le desabrochó el primer botón de la camisa—. Pregúntale a los otros tres.

—¿Los otros tres?

—Pedro, Carlos y Daniel. Tres amigos de Miguel.

Los tres han pasado por este salón. Los tres me han follado delante de él.

Y los tres van a repetir. Pero esta semana quiero caras nuevas.

Quiero sabores nuevos. —Terminó de desabrochar la camisa de Javier y la apartó a los lados—. Quiero saber a qué sabe un financiero.

Javier se rindió. Se rindió como se habían rendido Pedro, Carlos y Daniel antes que él, como se rendía todo hombre al que Laura ponía los ojos encima.

La besó. Fue un beso hambriento, ansioso, que contrastaba con su habitual contención de oficinista.

Sus manos grandes rodearon la cintura de Laura, la atrajeron hacia sí, la tumbaron sobre el sofá.

—Despacio —Laura le contuvo—. Tengo una norma nueva. Los estrenos son con mi marido dentro de mí primero.

—¿Cómo?

—Quiero que Miguel me folle. Aquí, delante de ti. Quiero que veas cómo me correo con él. Y luego, cuando yo esté a punto, se retira y entras tú. Quiero sentir la diferencia. Quiero comparar.

Miguel se tensó en su sillón. Llevaba una semana sin penetrar a su mujer.

La última vez había sido antes de que todo empezara, en otra vida, en otro matrimonio.

Desde entonces solo había lamido, chupado, limpiado.

Pero nunca penetrado. Nunca había sido el centro del placer de Laura, solo su complemento.

—Ven —Laura le tendió la mano—. Fóllame.

Se desnudó allí mismo, en el centro del salón, dejando que el vestido negro resbalara por su cuerpo hasta formar un charco de tela a sus pies. Estaba depilada, húmeda, lista. Sus pezones apuntaban hacia Miguel como dos acusaciones. Su sexo brillaba bajo la luz blanca del flexo.

—Quítate la ropa —ordenó.

Miguel obedeció. Su erección, liberada por fin del pantalón, brotó hacia arriba con una urgencia que casi le hizo gemir.

Llevaba días excitado, días al borde, días sin el alivio del orgasmo.

La visión del cuerpo desnudo de su mujer, sabiendo que iba a penetrarla pero no a correrse dentro de ella, era una tortura exquisita.

—Túmbate —Laura señaló el sofá.

Él se tumbó. Ella se colocó a horcajadas sobre su cadera. Javier, desde el otro extremo del sofá, observaba la escena con los ojos muy abiertos y la respiración acelerada. Su propia erección presionaba visiblemente contra el pantalón de vestir.

Laura se deslizó sobre Miguel. La sensación de estar dentro de ella después de tantos días le arrancó un gemido que resonó en todo el salón. Estaba caliente, mojada, y al mismo tiempo le resultaba distinta. Más experimentada. Más dueña de su propio placer.

—Mírame —dijo ella, comenzando a cabalgar—. Mírame a los ojos mientras me follas.

Miguel la miró. Vio sus pechos balanceándose al ritmo de sus caderas, vio el sudor empezando a brillar en su cuello, vio sus ojos entrecerrados y sus labios rojos y su expresión de control absoluto.

—Javier —Laura giró la cabeza hacia él sin dejar de moverse—. Ven. Quiero que me toques mientras me folla mi marido.

Javier se acercó como hipnotizado. Se arrodilló junto al sofá y extendió una mano hacia los pechos de Laura. Sus dedos grandes pellizcaron un pezón, luego el otro, mientras ella gemía y aceleraba el ritmo sobre Miguel.

—También quiero que me beses —dijo Laura—. Quiero que me beses mientras mi marido está dentro de mí. Quiero que pruebes su sabor en mi boca.

Javier la besó. Fue un beso torpe al principio, pero se fue volviendo más seguro a medida que Laura le guiaba con la lengua.

Miguel, desde abajo, veía cómo su mujer besaba a otro hombre mientras cabalgaba sobre él, y la excitación que sintió fue tan intensa que temió correrse allí mismo.

Se contuvo. Recordó la orden de Laura. Recordó que no podía correrse hasta que ella lo permitiera.

—Ahora —Laura se separó de Javier—. Ahora quiero que me folles tú. Miguel, sal.

Miguel obedeció. Salió de su mujer sintiendo el vacío repentino, el frío del aire contra su erección húmeda, la frustración de no haber llegado al final. Se sentó en el sillón de enfrente mientras Javier ocupaba su lugar.

—Ponme a cuatro patas —ordenó Laura—. Como hacen todos.

Javier la colocó sobre la alfombra, boca abajo, las caderas levantadas. Se bajó los pantalones con manos temblorosas. Su erección era proporcionada, recta, con una curva apenas perceptible hacia la izquierda. Se arrodilló detrás de Laura y entró en ella con un solo movimiento.

El gemido de Laura fue distinto a los de otras noches.

No era el gemido de quien reencuentra un placer conocido, sino el de quien descubre algo nuevo.

Javier comenzó a moverse con un ritmo irregular, nervioso, pero fue encontrando su cadencia poco a poco.

Sus manos grandes se aferraban a las caderas de Laura como a un salvavidas.

—Más rápido —dijo ella—. No tengas miedo. No soy de porcelana.

Javier obedeció. El ritmo se aceleró. El sonido de la carne golpeando contra carne se mezcló con los gemidos de Laura y con la respiración errática de Javier.

Miguel, desde su sillón, veía el ir y venir del miembro de su compañero de trabajo dentro de su mujer, y la imagen era hipnótica, obscena, adictiva.

—Dime a qué sabes —Laura jadeó entre embestidas—. Quiero saberlo antes de probarte.

—¿A qué… a qué sabe qué?

—Tu semen. ¿A qué crees que sabe?

—No… no lo sé. —Javier estaba sudando, sus gafas se le habían empañado—. A sal, supongo. A lo que sabe todo el semen.