5. El círculo se amplía
El círculo se amplía
El domingo amaneció con olor a sexo rancio y a alfombra manchada.
Miguel abrió los ojos en el sofá del salón, donde había pasado la noche sin atreverse a subir a la cama.
Laura le había prohibido correrse, y él había obedecido, como obedecía todo desde que el mundo se había puesto patas arriba una semana atrás.
Su erección seguía allí, dolorosa, testaruda, presionando contra la bragueta del pantalón como un recordatorio de su lugar en aquella nueva jerarquía doméstica.
Se incorporó. La alfombra mostraba las huellas de la noche anterior: manchas blanquecinas ya secas, el perímetro exacto donde cuatro cuerpos habían fornicado durante horas.
El vestido gris perla seguía tirado en un rincón como una medusa muerta.
Los vasos de whisky, tres, con marcas de labios distintos en los bordes.
El cenicero de Pedro con dos colillas aplastadas.
Laura apareció en la puerta del pasillo. Llevaba puesta una camisa blanca de Miguel y nada más. La camisa le llegaba a medio muslo. Estaba despeinada, descalza, con las marcas de los dedos de Carlos aún visibles en sus caderas como medallas de guerra.
—Buenos días, cornudo —dijo, y su voz era ronca, pastosa—. ¿Has dormido bien?
—No he dormido.
—Mejor. Así piensas más.
Cruzó el salón sorteando las manchas de la alfombra con la agilidad de quien ya conoce el terreno.
Fue a la cocina y puso la cafetera. Miguel la siguió como un perro faldero, todavía vestido con la misma ropa de la noche anterior, todavía excitado, todavía confundido acerca de dónde terminaba la humillación y dónde empezaba el placer.
—Quiero invitados nuevos —dijo Laura, sirviendo dos tazas.
—¿Nuevos?
—Pedro, Carlos y Daniel ya los conozco. Ya sé cómo huelen, cómo follan, a qué saben. —Bebió un sorbo—. Quiero saber cómo huelen otros. Quiero ampliar el círculo.
Miguel sintió que el estómago se le encogía.
La semana anterior había sido una locura, un descarrilamiento progresivo de su matrimonio que sin embargo seguía discurriendo por raíles que él mismo había colocado.
Pero esto era distinto. Esto era abrir la puerta a desconocidos, a variables que no podía controlar.
—No sé si…
—No te he preguntado —Laura le cortó—. Tengo una lista. La hice anoche mientras tú dormías en el sofá.
Del bolsillo de la camisa —su camisa— sacó un papel doblado en cuatro.
Lo desplegó sobre la encimera. La letra era la de Laura, esa caligrafía redonda y precisa que Miguel conocía de las notas que ella le dejaba en la nevera antes de que todo esto empezara.
Pero el contenido no tenía nada que ver con la compra.
—Javier —leyó ella, señalando con el dedo—. Tu compañero de trabajo. El del departamento financiero. Ese que siempre me miraba el escote en las cenas de empresa.
—Laura…
—Tiene las manos grandes. Me fijé. Manos grandes y una nuez prominente que se le mueve cuando traga. Quiero saber si se la mueve también cuando se corre.
—Javier está casado.
—Tú también. Y mira lo que hacemos.
Miguel se sirvió whisky en lugar de café. Eran las diez de la mañana. El líquido ámbar le quemó la garganta y le templó los nervios lo justo para seguir escuchando.
—Luego está Roberto —Laura pasó el dedo al segundo nombre—. El vecino del quinto. Ese que se queda mirándome cuando saco la basura en bata. Tiene pinta de ser de los silenciosos. De los que no hablan pero observan. Como Daniel, pero con menos método y más instinto.
—¿El vecino? Laura, vivimos en el mismo edificio.
—Precisamente. Cómodo. No tendrá que conducir hasta casa después.
La tercera anotación hizo que a Miguel se le cayera el vaso. No se rompió, pero el whisky se derramó sobre la encimera formando un charco dorado que Laura ignoró.
—Martín —dijo—. Tu jefe.
—No.
—Sí.
—Es mi jefe, Laura. Es el hombre que me paga el sueldo. El que decide si me ascienden o me despiden. No puedo llamarle para que venga a follarte.
—Puedes y vas a hacerlo. —Laura se giró hacia él. La camisa se abrió un poco, dejando ver el nacimiento de sus pechos—. Piensa en lo que sentirías. Tu jefe, el hombre que te humilla en la oficina, humillándote también en tu casa. En tu salón. En tu cama. Follándome delante de ti. ¿No te excita?
La erección de Miguel, que nunca había llegado a desaparecer del todo, dio un latido doloroso contra la costura del pantalón. Laura lo vio. Sonrió.
—Eso pensaba.
—Es humillante. Es… es demasiado.
—Nada es demasiado para ti. Acuérdate de anoche. Lamiste tres pollas, Miguel. Te tragaste la leche de tus tres amigos. Estuviste de rodillas durante horas mientras yo era follada por dos hombres a la vez. ¿Y qué pasó después?
—No me dejaste correrme.
—Exacto. Porque yo controlo cuándo te corres. Yo controlo a quién invitas. Yo controlo todo. —Se acercó a él y le agarró la mandíbula con una mano—. Tú solo obedeces. Y obedeces bien. Eres un buen cornudo. El mejor que podría tener.
—Necesito correrme —Miguel gimió, y fue un gemido patético, quebrado, que le salió de algún lugar profundo donde el orgullo y la dignidad ya no existían—. Llevo toda la noche excitado. Por favor.
—No. —Laura le soltó la mandíbula—. Te corres cuando yo quiera.
Y hoy no quiero. Hoy quiero que llames a Javier, a Roberto y a Martín.
Quiero que los invites esta misma semana.
Y quiero que cada noche, antes de dormir, me chupes el coño hasta que me corra yo.
Sin correrte tú. Sin tocarte. Así te mantendré una semana entera. Caliente. Obediente. Necesitado.
—¿Una semana?
—Hasta que los tres nuevos hayan pasado por aquí. Entonces, si te has portado bien, te dejaré correrte. —Le dio una palmada en la mejilla. Suave, casi cariñosa—. Ahora bebe tu café y empieza a llamar. Quiero que esta noche esté aquí el primero.
****
Miguel pasó la mañana en el sofá, el teléfono en una mano y la lista de Laura en la otra. El whisky le había dejado un regusto amargo en la garganta y una lucidez extraña en la cabeza. No era valor lo que sentía. Era una rendición tan absoluta que se parecía a la paz.
Llamó primero a Javier. Su compañero de trabajo respondió al tercer tono, la voz sorprendida de recibir una llamada de Miguel en domingo.
—Miguel. ¿Todo bien?
—Todo bien. Oye, quería invitarte a cenar. En casa. Esta noche, si puedes.
—¿Cenar?
—A Laura le apetece conocerte mejor. Siempre dice que en las cenas de empresa nunca tenemos tiempo de hablar tranquilos.
Silencio al otro lado. Javier no era tonto. Algo en la voz de Miguel, en la ambigüedad de la invitación, debió de ponerle sobre aviso. Pero también —Miguel lo supo con esa intuición nueva que había desarrollado en la última semana— debió de excitarlo.
—¿A qué hora?
—A las nueve.
—Allí estaré.
La segunda llamada fue más fácil. Roberto, el vecino del quinto, abrió la puerta de su apartamento antes de que Miguel terminara de llamar al timbre. Era un hombre de unos cincuenta años, complexión media, pelo canoso en las sienes y una mirada gris que parecía estar siempre evaluando algo.
—¿Qué tal, vecino? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta. Olía a café y a tabaco de pipa, un aroma denso y antiguo que Miguel nunca había notado en el ascensor.
—Quería invitarte a tomar algo. En mi casa. Esta noche.
Roberto arqueó una ceja. Miró a Miguel de arriba abajo, deteniéndose en sus manos temblorosas, en su barba de días, en sus ojos enrojecidos.
—He oído ruidos —dijo lentamente—. Estas últimas noches. Ruidos desde tu piso.
—Lo siento. Hemos tenido… visitas.
—Ya. —Roberto esbozó una sonrisa que no llegó a ser amable—. He oído a tu mujer gemir. Varias veces. Con voces masculinas distintas.
Miguel sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Antes de que pudiera balbucear una disculpa, Roberto continuó hablando.
—No te disculpes. Me gusta oírla. Me gusta imaginarla. Así que sí, iré a tomar algo esta noche. Pero que sea mañana. Hoy ya tienes visita. He visto entrar a un tipo con pinta de oficinista hace un rato.
—No es…
—No me mientas, vecino. —Roberto le dio una palmada en el hombro. Su mano era seca y firme—. He visto cómo se te pone la cara cuando hablas de ella. He visto cómo miras al suelo cuando otros hombres la miran a ella. Sé lo que está pasando en tu casa. Y quiero participar.
—Mañana, entonces.
—Mañana. A las nueve.
La tercera llamada fue la más difícil. Martín, el jefe de Miguel. Cincuenta y tantos años, calvo, con un bigote poblado que le daba un aire de morsa satisfecha. Un hombre acostumbrado a dar órdenes y a que se cumplieran. Miguel marcó su número con los dedos sudorosos.
—Martín, soy Miguel. Quería invitarte a cenar. En casa. Esta noche.
—¿Cenar? —la voz de Martín era grave, autoritaria, la misma voz que en la oficina le decía que los informes estaban mal y que los plazos no se cumplían—. ¿Qué se celebra?
—Nada. Solo… Laura quiere conocerte. Fuera del entorno laboral.
—Laura. —Martín paladeó el nombre como quien paladea un caramelo—. Tu mujer. La morena de los vestidos ajustados. La de las cenas de empresa.
—Esa.
—He oído rumores, Miguel. En la oficina se habla. Se dice que Javier fue a tu casa hace unos días y volvió con una sonrisa que no le cabía en la cara. Se dice que no fue el único.
Miguel sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Tan lejos habían llegado los ecos de su vida privada? ¿Tan evidente era todo?
—No sé de qué me hablas —mintió.
—Claro que lo sabes. —Martín se rio. Era una risa seca, de fumador—. Y me parece bien. Cada uno gestiona su matrimonio como quiere. Iré a cenar. Pero no esta noche. Esta noche tienes a Javier. He visto su coche aparcado en tu calle.
—¿Cómo sabes…?
—Porque estaba pasando por aquí. Cosas del azar. —Otra risa—. Iré el miércoles, si te parece. Y si la experiencia con Javier es satisfactoria, igual hasta te subo el sueldo.
Colgó. Miguel se quedó mirando el teléfono con la misma expresión de un hombre que acaba de firmar un pacto con el diablo y aún no sabe cuál será el precio.
****