4. Círculo de sumisión #3
Daniel, de pie junto a ellos, miró la escena mientras la lengua de Miguel seguía trabajando sobre su miembro. Sus dedos se enredaron en el pelo de Miguel, guiándole el ritmo, apretando en los momentos en que la doble penetración de Laura provocaba gemidos más intensos.
—Míralos —dijo Daniel, su voz más ronca que de costumbre—. Míralos mientras me lames. Mira cómo dos hombres se follan a tu mujer mientras tú estás aquí, de rodillas, lamiéndome la polla.
Miguel giró la cabeza sin dejar de lamer.
Vio a Laura atrapada entre los dos cuerpos masculinos, sus piernas alrededor de la cintura de Pedro, sus nalgas contra el vientre de Carlos, su boca abierta en un grito silencioso.
Vio cómo los dos hombres se movían al unísono, cómo la carne de su mujer se estremecía con cada embestida doble.
—Córrete, Daniel —ordenó Laura entre gemidos—. Córrete en su boca. Quiero verlo tragarse tu leche mientras me follan.
Daniel obedeció. Su mano apretó la nuca de Miguel, su cadera empujó hacia adelante, y el semen brotó directamente sobre la lengua extendida de Miguel. El sabor metálico, salino, denso, le llenó la boca como una moneda antigua.
—Trágatelo —dijo Daniel, y su voz era un hilo tenso, a punto de romperse—. Trágatelo todo.
Miguel tragó. El semen de Daniel le quemó ligeramente la garganta al pasar, dejando un regusto metálico que persistió incluso después de haber tragado saliva varias veces.
—Venganza —dijo, recordando las palabras de Laura—. Sabe a venganza.
Laura soltó una carcajada que se mezcló con sus gemidos. Su cuerpo seguía siendo mecido por las embestidas de Pedro y Carlos, que no se habían detenido durante todo el episodio. El ritmo se estaba volviendo errático, descontrolado, señal de que ambos estaban cerca del final.
—Ahora vosotros dos —anunció Laura—. Quiero que os corráis dentro de mí. Los dos a la vez. Y después, Miguel limpiará lo que rebose.
Fue cuestión de segundos. Pedro fue el primero, un gruñido largo y gutural mientras se vaciaba dentro de la vagina de Laura.
Carlos le siguió casi de inmediato, el cuerpo tenso, los dedos clavados en las caderas de ella, derramándose en su interior.
Laura sintió las dos explosiones simultáneas y su propio orgasmo se desencadenó como una reacción en cadena: un grito agudo, las uñas clavándose en la espalda de Pedro, las piernas temblándole alrededor de su cintura.
Los tres se derrumbaron sobre la alfombra. Pedro y Carlos se retiraron lentamente, sus miembros flácidos brillando con la mezcla de fluidos. De entre las piernas de Laura comenzó a resbalar un hilo espeso, blanquecino, que manchó la alfombra.
—Miguel —dijo ella, con la voz ronca y quebrada—. Termina lo que has empezado. Límpialos a todos.
Miguel se arrastró hacia ellos. Primero Pedro, cuyo miembro flácido goteaba aún restos de semen mezclado con los fluidos de Laura.
La lengua de Miguel lo recorrió desde la base hasta la punta, limpiando cada resto, soportando la risa ahogada de Pedro sin dejar de lamer.
Después Carlos, que le recibió con una palmada en el hombro y un murmullo de aprobación.
Su sabor a mango seguía allí, bajo la capa de sexo, como una firma indeleble.
Por último, Daniel, que ya se había limpiado parcialmente pero que se dejó hacer con una expresión de curiosidad clínica mientras la lengua de Miguel completaba el trabajo.
Satisfecha, Laura se incorporó sobre la alfombra.
Estaba sudada, despeinada, con el carmín corrido y los ojos brillantes.
Su cuerpo mostraba las marcas de los dedos de los tres hombres: en las caderas, en los muslos, en los pechos.
Se llevó una mano a la entrepierna y recogió un poco del semen que seguía resbalando de su interior. Extendió el dedo hacia Miguel.
—Esto también —dijo.
Miguel se inclinó hacia adelante y lamió el dedo de su mujer. El sabor era un cóctel imposible de descomponer: el tabaco de Pedro, el mango de Carlos, el metal de Daniel, y debajo de todo, el sabor inconfundible de Laura, el sabor de su mujer, el sabor del único hogar que le quedaba.
Laura le acarició la mejilla. Ese gesto. Esa ternura repentina que siempre le descolocaba.
—Has sido un buen cornudo esta noche —dijo—. El mejor.
A su alrededor, los tres hombres recogían su ropa. Pedro silbaba bajito mientras se subía los pantalones. Carlos se abrochaba la camisa con movimientos pausados. Daniel, como siempre, doblaba cada prenda antes de vestirse, meticuloso hasta el final.
La puerta de la calle se abrió y se cerró tres veces. Los pasos se alejaron por el rellano. El ascensor zumbó en la distancia.
Laura y Miguel se quedaron solos en el salón.
Ella seguía desnuda sobre la alfombra, las piernas entreabiertas, la cabeza apoyada en un cojín que había caído del sofá.
Él seguía arrodillado frente a ella, la boca todavía impregnada de cuatro sabores distintos, la erección dolorosa atrapada dentro de sus pantalones.
—Ni se te ocurra —dijo Laura, leyéndole el pensamiento—. Esta noche no te corres. Esta noche duermes excitado. Mañana será otro día.
—¿Mañana qué?
Laura sonrió. Era una sonrisa cansada pero hambrienta, la sonrisa de alguien que ha descubierto un apetito nuevo y sabe que nunca volverá a saciarse del todo.
—Mañana empezamos de nuevo.